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IGLESIA

El obispo de la Diócesis celebró en San Julián la eucaristía del Viernes Santo

Este sábado, a las 21,00 horas nuestro prelado celebrará también en privado la Vigilia Pascual en la Concatedral de Ferrol

Monseñor Luis Ángel de las Heras presidió la homilía del Viernes Santo a puerta cerrada

Monseñor Luis Ángel de las Heras presidió la homilía del Viernes Santo a puerta cerrada - FOTO: Fernando Iguacel

COPE Ferrol - Javier GarcíaFerrol

Tiempo de lectura: 3'Actualizado 16:34

El obispo de la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol, Luis Ánge de las Heras celebró en la Concatedral de San Julián, en privado, la eucaristía del Viernes Santo.

Además, este sábado, a partir de las 21,00 horas, también en la Concatedral de San Julián, nuestro prelado celebrará también sin público la Vigilia Pascual, a la misma hora que el Papa Francisco oficiará también en el Vaticano.

Esta es la homilía pronunciada por monseñor Luis Ángel de las Heras este Viernes Santo:

“Abrazamos la Cruz. Abrazamos al Crucificado y, en Él, a todos los crucificados de nuestro mundo. No solo a causa de la actual pandemia, sino por todas las causas crueles, dolorosas, imaginables e inconcebibles en las que descubrimos el mal, el pecado. Las que levantan cruces para los seres humanos en lugares como Siria o Irak, en los campos de refugiados, en la migración forzosa, en las prisiones, en los desahucios vitales, en la trata y explotación de seres humanos, en la violencia, en cualquier situación sin lo esencial para vivir, en cualquier corazón desesperanzado… Cruces que dejan crucificados sin aspecto atrayente, despreciados, descartados, personas ante las cuales se vuelven los rostros, igual que ante Jesús, el Siervo de Yahvé.

Nuestro abrazo a la Cruz, al Redentor, es abrazo a la redención y está animado por el Espíritu que nos impulsa a acoger entrañablemente todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando cualquier afán de omnipotencia y posesión, tal y como nos invitó a hacer el papa Francisco en su oración del 27 de marzo pasado en aquella plaza de san Pedro vacía y lluviosa.

El abrazo del Crucificado y de los crucificados nos hace crecer en humanidad, inspirados por el Dios al que Cristo se confía en el Calvario, pues de Él nos vienen la misericordia y el perdón, desde Él podemos compartir con otros la compasión y la piedad, con Él alcanzamos la perfecta comunión con quienes sufren y caen y quieren levantarse. Hemos sido salvados en el abrazo de la Cruz de Cristo para albergar la luz de la vida en nuestro interior y emprender, desde ese Reino nuevo que nace del madero santo, nuevos caminos de amor, de fraternidad universal y de amistad en los que se prodigan el cuidado al prójimo, así como el coraje y la esperanza que nos liberan del temor y la debilidad. En una palabra: en el Varón de dolores, el Hijo de Dios que ha atravesado el cielo, hemos conocido la fuerza de la fe y en Él la mantenemos firme. Por eso queremos abrazar su santa Cruz y, en ella, todas las cruces de este Viernes Santo que parece no terminarse nunca.

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Abrazamos la Cruz sin desesperación, con el ánimo que viene de Dios y con la serenidad que otorga la fe esperanzada y bañada en oro de caridad. Es un abrazo que nos confirma en la fraternidad hospitalaria y solidaria, que es cuidadosa y arriesgada al mismo tiempo. Es un abrazo que nos sostiene para socorrer y dar vida al ser humano apaleado por la enfermedad y por cualquier amenaza de muerte. El abrazo a la Cruz nos permite hoy navegar sin naufragar, porque la Cruz es ancla, timón y vela desplegada. El abrazo a la Cruz de Jesús y a las cruces de nuestros hermanos nos da cuanto creemos perdido o necesitamos, porque es Cristo Crucificado quien nos abraza y son los crucificados quienes nos abrazan. Sus heridas nos han curado.

Movidos a misericordia en este tiempo extraño, hagamos nuestro el padecimiento ajeno y, fundiéndolo en uno solo con el propio, elevemos a Dios una súplica confiada, breve, pero cargada de emoción y de intención misericordiosa y samaritana hacia Jesucristo y hacia cada crucificado de nuestro mundo diciéndoles: “¡Ay si los clavos vuestros / llegaran a mí tanto / que clavaran al vuestro / mi corazón ingrato! / ¡Ay si vuestra corona [de espinas], / al menos por un rato, / pasara a mi cabeza / y os diera algún descanso!” (cf. Himno de la Liturgia de las Horas / Laudes / Semana Santa). Amén”.

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