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Dos menores inmigrantes viven escondidos en Tenerife por miedo a ser repatriados

Quieren viajar a Albacete para trabajar en la agricultura

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Agencia EFE - Belén RodríguezTenerife

Tiempo de lectura: 4'Actualizado 11:29

Invisibles y solos. Así se sienten Cheikh y Modou, dos jóvenes senegaleses, quienes, desconfiados, prefieren esconderse de asociaciones y administraciones con la esperanza de poder así lograr su objetivo, viajar desde Canarias a Albacete para trabajar en la agricultura.

Invisibles son porque desde que salieron del hotel donde vivieron los primeros días tras su llegada en cayuco a Tenerife permanecen ocultos por temor a ser repatriados a sus país y volver sin dinero con el que poder ayudar a su familia, que hasta hace unos años vivía de la pesca.

Solos pasan su día a día, con la compañía que les da una televisión que habla un idioma que se esfuerzan por aprender y un móvil que es el único nexo de unión con Senegal, un país que les ha "expulsado" ante la falta de oportunidades laborales y al que se niegan a volver, "cueste lo que cueste".

Cheikh y Modou, cuyos nombres son ficticios por miedo a que les puedan identificar, tuvieron que dejar sus estudios antes de tiempo para trabajar en la pesca y poder ayudar a su familia, la misma que, años después, les ha ayudado a costear su viaje a Canarias.

Los primeros años de la pesca los recuerdan con euforia, como muchos de sus conocidos, pues gracias a este oficio podían vivir. Sin embargo, todo cambió hace unos cuatro años, cuando la pesca empezó a no darles ni para pagar el combustible.

¿Qué sucedió? Los jóvenes echan la culpa a los barcos extranjeros, que pescan en aguas senegalesas con el beneplácito del Gobierno de su país, que en 2014 firmó un acuerdo con la Unión Europea para que grandes pesqueros puedan capturar pescado en esta zona del Atlántico.

Desesperados por ver las cajas de pescado casi vacías, estos jóvenes que llevan casi 10 años saliendo al mar todas las mañanas decidieron emigrar a Europa.

Para ello, como sucede en la mayoría de las ocasiones, recurrieron a más de diez familiares y amigos para que les echaran una mano con el precio del viaje en cayuco a Canarias, que les costó 533 euros a cada uno de ellos, un precio similar al de un billete de avión desde Senegal a España.

Como el avión no era viable, "jamás" hubiesen conseguido los papeles para poder viajar de esta forma a España, Cheikh y Modou se subieron en un cayuco en Casamance, al sur de su país, con otras 110 personas, entre ellos tres niños y una mujer.

Aunque les dijeron que el viaje duraría cinco días, estuvieron ocho días sin ver tierra, en mitad del océano "con mucho viento y el mar muy malo" y, desde ese momento, el miedo se instaló en su cuerpo.

Ni su fortaleza física ni las ansias de llegar a la soñada Europa, donde pensaron que podrían trabajar nada más llegar, fueron suficiente para no llegar "agotados, desorientados" a Tenerife, una isla que no les recibió como esperaban.

El miedo les obligó a mentir desde un primer momento, dijeron que eran mayores de edad, cuando en realidad aún no han cumplido los 18 años, porque pensaron que así podrían trabajar de inmediato y no ser apartados con el resto de los menores.

Según cuentan, esto hizo que no les practicasen ningún tipo de pruebas para corroborar su edad y que les trasladasen a un hotel donde pasaron poco tiempo, hasta que llamaron a su primo Mamadou, residente en la isla desde hace 13 años, a la que llegó cuando tenía 15 años.

A partir de ese día, son invisibles, casi no salen a la calle por miedo a ser detenidos y desconfían de todo aquel que se les acerque tratando de ayudarles.

Prefieren estar solos, a la espera de que su familia les envíe su partida de nacimiento, el papel que les permitiría entrar en un centro específico para menores, recibir la tutela del Gobierno de Canarias y asegurarse de que no volverán a Senegal con las manos vacías.

Asesorados por su primo mayor, ya se resignan a no poder trabajar de forma inmediata y se ilusionan con poder aprender español, idioma que empezaron a estudiar en el colegio, y algún oficio, como la carpintería, que les permita ganarse la vida más adelante.

Congelado, de momento, queda su objetivo de viajar a Albacete, donde tienen a algunos conocidos, para dedicarse a la agricultura, pues al no tener pasaporte no pueden ir de momento a la Península.

Ya lo intentaron en septiembre, cuando animados por algunos casos cercanos que habían logrado viajar compraron un billete de avión con destino a Madrid que les costó más de cien euros a cada uno.

Sin embargo, al no tener pasaporte perdieron el viaje, el dinero y un poco más de ilusión.

La poca que les queda la emplean en no poder la esperanza: "Es muy duro estar de brazos cruzados, nosotros solo queremos trabajar para enviar dinero a Senegal", cuentan.

Pese a todo, se sienten afortunados, primero por haber llegado con vida a Canarias; y después, por contar con la ayuda de su primo mayor, quien es todo un ejemplo para ellos.

Mamadou, después de recibir clases de cocina y de español, ha logrado convertirse en un gran cocinero en un restaurante conocido por sus ricas hamburguesas, su especialidad.

"Sean invisibles hasta que tengan la partida de nacimiento que acredite que son menores", les recomienda su primo, consejo que solo se han saltado alguna vez para ir a jugar a fútbol.

Cheikh y Modou no son los únicos en esta situación, ellos aseguran que hay muchas otras personas que han abandonado los hoteles por miedo a ser repatriados y no han tenido la misma suerte que ellos de tener un familiar al que recurrir.

Cruz Roja Española, que gestiona la mayor parte de los hoteles donde han trasladado a los inmigrantes que han llegado en cayuco a Canarias, informa de que en torno al 12% del total de acogidos han decidido irse de forma voluntaria de este recurso.

Este porcentaje coincide de forma aproximada con quienes han logrado salir de Canarias para continuar con su proceso migratorio en la Península o en Europa.

Según la ONG, aunque algunas personas, como Cheikh y Modou, se fueron del hotel por miedo a ser repatriados, la realidad es que desde los dispositivos que gestiona Cruz Roja no se ha producido ninguna repatriación.

Aunque no suponen un porcentaje alto en relación al total de personas alojadas en los hoteles, algunas han restablecido el contacto con sus familias y se han marchado a reunificarse con ellas.

Por eso, además tratar de ser invisibles y de sentirse solos, Cheikh y Modou admiten que son afortunados por poderse reunir muchas noches alrededor de una mesa con un thiéboudienne hecho con todo el cariño por su primo mientras esperan lograr su sueño, un trabajo en Europa.

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