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Misa de acción de gracias por la beatificación del misionero asturiano Juan Alonso Fernández

El nuevo beato fue asesinado en El Quiché (Guatemala), en 1981. Con él son ya 45 los religiosos asturianos beatificados

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Tiempo de lectura: 4'Actualizado 20:44

El Arzobispo de Oviedo ha presidido este viernes la misa de acción de gracias por la beatificación del misionero asturiano, Juan Alonso Fernández. En la ceremonia, celebrada en la Catedral de Oviedo, además de monseñor Jesús Sanz Montes, también ha participado el padre Francisco Blanco, Provincial de los misioneros del Sagrado Corazón, congregación a la que pertenecía el nuevo beato, asesinado en El Quiché, en Guatemala, en 1981. El pasado 23 de abril era beatificado precisamente en esa diócesis, Santa Cruz del Quiché, junto con dos hermanos de su congregación y siete laicos. Con él, son ya 45 los religiosos asturianos beatificados.

TIERRA DE NUESTRA TIERRA

El hermano del beato asturiano, Arcadio Alonso, es autor del libro “Tierra de nuestra tierra”, en el que relata la biografía del mártir, natural de Cuérigo (Aller), su labor como misionero y las circunstancias sociopolíticas que envolvieron su persecución y su muerte, en los años 80 del pasado siglo. En una entrevista concedida para el programa diocesano El Espejo, en Cope Asturias, Arcadio Alonso recuerda que su hermano era de pequeño “un chico inquieto, muy activo, colaborador con su familia y un líder dentro del grupo de amigos de su edad, por sus cualidades deportivas y por su amor a la tierra y a las raíces”.

Su relación con los Misioneros del Sagrado Corazón se debe a que la congregación, al igual que los Dominicos, tenía una presencia importante en el concejo, recorriendo las escuelas cada año y proponiendo a las familias la posibilidad de que sus hijos estudiaran en su internado de Valladolid a un precio muy asequible, o incluso con becas.

“Él aceptó ir a Valladolid a estudiar –recuerda su hermano–. Y cuando terminó el bachillerato, decidió seguir adelante y así empezó su vocación misionera, que culminó con su ordenación sacerdotal en 1960. Ese mismo año, pidió ir a Guatemala, ya que la congregación acababa de instaurar allí un puesto misionero importante. Se lo permitieron, y el mismo año de su ordenación, partió hacia allí”.

Y en Guatemala permaneció en un primer momento durante tres años, coincidiendo con una época muy convulsa donde los países de Latinoamérica se encontraban, en su mayor parte, en manos de gobiernos autoritarios, despóticos y militares por lo general. Las comunidades indígenas, en particular en Guatemala, eran marginadas, “económicamente explotadas, socialmente excluidas y políticamente oprimidas”, tal y como recuerda Arcadio Alonso, y “en una situación así, ser misionero allí era mucho más que predicar”.

A los tres años el padre Juan se presentó voluntario para ir a Indonesia. Allí, el gobierno había expulsado a todos los misioneros holandeses, porque Holanda había sido colonizadora del país, y habían pedido personas que pudieran cubrir sus puestos. El cambio fue radical. “De los mayas, a una cultura indígena donde las religiones budistas y musulmana eran prevalentes, y tan sólo con un 12% de católicos en el país –explica Arcadio–.

"Tuvo que aprender un idioma nuevo, hacerse presente en una cultura nueva, y es cuando surge en él la palabra “inculturación”, que después ha tenido un recorrido muy importante en la historia de la Iglesia, y que significa hacer presente el cristianismo en culturas diferentes. No predicar sólo el Evangelio desde fuera, sino penetrar desde dentro en la cultura, de acuerdo con los valores de aquellas gentes, su relación con la naturaleza, la historia del pasado, la familia, las relaciones etc. "Ese fue el aprendizaje fundamental que realizó en Indonesia”.

En 1966 regresó a Guatemala. “Su ilusión era ir a lo que llamaban la “zona Reyna”, recuerda el hermano del mártir. “Una zona alta, prácticamente inaccesible, donde había que hacer desplazamientos en caballo de 14 ó 15 horas para ir de un poblado a otro. Quería levantar una iglesia en la zona conocida como Lancetillo, donde, en aquella época, había unos 30 ó 40 habitantes, y todos estaban dispersos.

El beato Juan Alonso logró construir su iglesia, que se erigió en parroquia en 1967, teniendo como titular a Nuestra Señora de Covadonga. Y junto a ella, un colegio, y un dispensario médico, para atender las enfermedades endémicas de la zona.

El mártir asturiano está enterrado en aquel templo, convertido hoy en una parroquia fuerte y viva, al igual que pequeña escuela, hoy un colegio dirigido por las Dominicas misioneras. Y el dispensario continúa activo, gracias a voluntarios de Estados Unidos y dos españolas, que acuden cada verano, “una de ellas desde Turón, en Asturias”, tal y como señala Arcadio Alonso, puesto que en la zona sigue sin haber atención médica organizada. De las 30 ó 40 personas que habitaban la zona en los años 60, la población ha aumentado hasta más de 4.000.

En los años 80 se agravan las tensiones entre el gobierno guatemalteco. “El general Romeo adoptó una posición de hostilidad abierta contra la Iglesia –recuerda Arcadio. Como ejemplo, la homilía del beato Juan, en Santa Cruz, que los espías del ejército consideraron como revolucionario, donde leía el pasaje de la Carta del Profeta Isaías donde dice: “Abrir las prisiones, hacer saltar los cerrojos, romper las cadenas que oprimen y humillan a los inocentes; el ayuno que yo quiero es partir el pan con el hambriento, hospedar al pobre, vestir al que va desnudo y prestar ayuda al desvalido”.

“Las fuerzas militares comenzaron asesinando al padre Gran, natural de Barcelona, en junio de 1980, y poco después mataron a otro sacerdote, el padre Villanueva, en la zona sur”, recuerda Arcadio.

La misión diocesana en El Quiché

Tres años antes se había establecido una misión de la archidiócesis de Oviedo en la zona. Era la segunda, después de la de Burundi, en África, y en ella se establecieron los sacerdotes diocesanos César Rodríguez, José A. Orviz y Marcelino Montoto, a los que más tarde se les uniría José Antonio Álvarez. También ellos fueron testigos de la situación conflictiva del país, las injusticias con los más desfavorecidos y la persecución a los católicos y a los misioneros, a quienes se les consideraba enemigos y revolucionarios. Fue tal la situación de peligro que corrían, tras varios sucesos en los que fueron atacados, que, en el año 1980 el entonces Arzobispo de Oviedo, Mons. Gabino Díaz Merchán, ordenó su inmediato regreso a España.

“Fue entonces cuando mi hermano se prestó voluntario para suplirles en las parroquias, aún sabiendo que estaba sentenciado –afirma Arcadio–. En su última carta me dice: “Sé que mi vida corre peligro, pero por miedo jamás negaré mi presencia”. Y aquello era una forma de culminar el ideal de su vida, que había formulado el día de su ordenación, cuando tomó como lema las palabras de San Pablo: “En Cristo no hubo no, sólo sí. Sí a la vocación, sí al sacerdocio, sí a la vida misionera y sí a las comunidades indígenas que le fueron confiadas”.

El 15 de febrero de 1981, cuando acudía en moto a Cunén para celebrar la eucaristía, fue capturado, torturado y asesinado. En el himno que cantaron las comunidades mayas que atendía, en su despedida, le dijeron como últimas palabras: “Con tu sangre, el suelo maya regaste, sois ya tierra de nuestra tierra, porción sagrada de nuestra herencia maya. Seguid con nos, padre Juan, seguid en nuestra tierra”.

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