La historia oculta del carnaval de Jaca: de la prohibición de armas en el siglo XVI a la vigilancia de 100 presos carlistas
La historia de las carnestolendas jacetanas se remonta al siglo XV y está marcada por normas estrictas para evitar altercados, espionaje y hasta el uso de disfraces religiosos

Juan Carlos Moreno, asociación Sancho Ramírez
Jaca - Publicado el
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El Carnaval de Jaca, lejos de ser una simple fiesta, atesora una compleja historia llena de normas, prohibiciones y anécdotas que reflejan las tensiones sociales de cada época. El historiador Juan Carlos Moreno, de la asociación Sancho Ramírez, ha desvelado algunos de los episodios más desconocidos de esta celebración, cuya primera referencia documentada se remonta a 1480. En aquel año, un judío obtuvo el arriendo de las carnicerías hasta las Carnestolendas del año siguiente, lo que demuestra que la fiesta ya estaba arraigada en el siglo XV y se vivía, en sus inicios, “en paz entre los jaqueses”.
Un Carnaval sin paz
Sin embargo, esta tranquilidad no fue la norma. Un siglo más tarde, en 1579, los problemas con los bandoleros obligaron a las autoridades a tomar medidas drásticas. Un pregón emitido en enero de ese año prohibía “el porte de armas ofensivas ni defensivas durante las Carnestolendas”. El incumplimiento de la norma se castigaba con la pérdida de las armas y hasta tres días de cárcel, una pena severa para la época.
Esta preocupación por la seguridad no era exclusiva de Jaca. En la cercana localidad de Lanuza, también se prohibía portar armas, aunque con una curiosa excepción: durante el Carnaval se permitía el uso de ballestas en juegos de puntería, pero solo a aquellos que no tuvieran “enemigos declarados”. Esta normativa evidencia el clima de inseguridad que se vivía en el territorio y cómo la fiesta podía convertirse en un catalizador de conflictos.
Control militar en la Ciudadela
El siglo XIX trajo consigo nuevas tensiones, esta vez de carácter militar. En 1842, el teniente de rey de la Ciudadela de Jaca, Nicolás Franco, emitió una orden tajante que prohibía la entrada de enmascarados al recinto fortificado. La orden especificaba que no se permitiría el acceso a las mascaradas, “cualquiera que sea su número”, ni en la fortaleza ni en sus accesos.
Según deduce el historiador Juan Carlos Moreno, este celo por la seguridad no era casual. Justo en esas fechas se esperaba la llegada a Jaca de 100 penados, posiblemente presos carlistas, ya que la primera guerra carlista había finalizado dos años antes. Las autoridades temían que el bullicio del Carnaval pudiera ser aprovechado para organizar un motín o una fuga, por lo que reforzaron la guardia de la fortaleza con un oficial, un sargento, dos cabos y 24 soldados.
Normas estrictas para el disfraz
Nueve años después, en 1851, el Ayuntamiento de Jaca, con el teniente de alcalde Félix Fita como firmante, estableció una detallada normativa para controlar los disfraces y el comportamiento durante la fiesta. Se permitían los disfraces por la calle solo hasta el anochecer, pero quedaba terminantemente prohibido “el uso de vestimentas de ministros de la religión, la imitación a los funcionarios públicos y a los militares”.
La regulación también vetaba portar armas que no fueran de atrezo y, de manera muy significativa, prohibía “los insultos y amenazas a las autoridades, y sobre todo a los que no vayan disfrazados”. Esto sugiere que los enfrentamientos verbales entre enmascarados y viandantes eran un problema recurrente que las autoridades querían atajar.
La celebración ha vivido numerosos altibajos a lo largo del siglo XX. Tuvo un gran peso durante la Segunda República, llegando a producirse un “indecoroso carnaval” en 1932 que provocó la dimisión del concejal Marcos Gelos. Posteriormente, la fiesta desapareció durante la época franquista y no se recuperó hasta el año 1984, un renacimiento que muchos vecinos todavía recuerdan con cariño.
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