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OPINIÓN

Cinco palabras para resumir 2020

El articulista Ernesto Medina Rincón repasa el fenecido 2020 en tan sólo cinco palabras

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Ernesto Medina

Tiempo de lectura: 3'Actualizado 18:50

Plandemia.

Son la antítesis del niño de la película “El sexto sentido”. No han visto muertos, ni enfermos, ni han tocado, cuales Santo Tomás modernos, el virus con sus propias manos. Los negacionistas y conspiranoicos pertenecen a diversas ramas. Quienes sostienen que el coronavirus no existe al tratarse de un embuste de los gobiernos para controlar a los ciudadanos camino de un estado totalitario digital a la manera del que anticipaba George Orwell. Otros postulan que el virus sin ser tal se transmite por Google y nos están instalando microchips subdérmicos. Los menos locos de este grupo esquizofrénico admiten la enfermedad, pero alegan que las multinacionales farmacéuticas confabuladas con los poderes fácticos y económicos ocultan que nos curaríamos bebiendo lejía o con el cloro de las piscinas. Su máximo valedor es el expresidente Donald Trump, cuyas apelaciones al fraude de las elecciones estadounidenses refuerzan sus teorías sobre una conjuración planetaria en contra de la humanidad.

Chominás.

A gusto del hablante también pueden utilizarse las expresiones folletás, miguelicos o jarrones chinos. Han proliferado como consecuencia del virus, el confinamiento y el hastío. Abarcan todo tipo de instrumentos que indefectiblemente acaban arrumbados casi sin haber perdido la virginidad. “Me compro un horno para hacer pan casero; que ya me manejo estupendamente con la masa madre”. “He encargado un contador de pasos por gps conectado a un reloj inteligente para saber cuántos metros he recorrido en las trescientas dieciocho vueltas que le doy cada día al circuito del pasillo, la cocina y el salón de mi casa”. “Acabo de recibir un medidor digital de calorías para saber las que gasto con el ejercicio y que sugiere, además, la dieta y cantidades apropiadas. ¡Qué hambre para perder un kilo en seis meses!”. Los damnificados de tales compras han sido los matrimonios, con reproches mutuos de ambos cónyuges. El mayor beneficiado, Amazon, que ha encontrado un filón en el descoloque del personal.

Las colas.

Los milagros existen. Los españoles hemos aprendido a hacer colas. En línea recta, en zig-zag o sinuosas, pero siempre con estricto respeto de las distancias y sin saltárselas o recurrir al viejo truco de ir a saludar a un amigo que casualmente encabeza la fila de los esperantes. Lo cual ha venido a demostrar que somos gente normal que, cuando las circunstancias obligan, es capaz de acatar órdenes y recluirse en los hogares por más que nos guste la vida en la calle. Las excepciones en el incumplimiento de las normas, que las ha habido, ponen de manifiesto que nuestros gobernantes no están a la altura de las circunstancias. Son incapaces de ejercer con los díscolos la autoridad que legítimamente les compete en una sociedad democrática por miedo de perder un puñado de votos. Tengan por seguro que en las colas no había políticos organizándolas.

El cine.

O el teatro, los museos, los conciertos. Y los campos de fútbol. Todos cerraron. Cuando hubieron abierto de nuevo, lo hicieron sin público o admitiendo asistentes con cuentagotas. Descubrimos en un suspiro que la vida sin cultura ni deporte es mucho más anodina. Que los viernes por la noche son para ver una película en el cine o una función teatral con su añadido de cervezas o cena. Que los domingos por la mañana tienen mejor luz con un concierto de la banda municipal en el parque. Nos mataron las tardes de los domingos sin los goles de nuestro equipo en el campo o en la radio. La pesadilla habrá acabado cuando las luces se apaguen para dar paso a los títulos de crédito, el director de orquesta levante de nuevo la batuta o el árbitro haga sonar el silbato. Nuestra fanfarria de triunfo será volver a la cultura y el entretenimiento.

Esperanza.

Sólo los más viejos de entre los nuestros recordaban lo que era una guerra. El resto nos hemos encontrado la primera crisis social que marca una generación. Éramos tiernos. No estábamos acostumbrados a las penurias ni al sufrimiento. La vida, globalmente, y la historia nos habían tratado bastante bien. Hasta que un insignificante virus nos ha puesto ante la dura realidad de la existencia. Con sus dificultades y afanes. En nueve meses que llevamos de epidemia, aunque algunos se han quedado en la histeria infantil de la negación, hemos madurado a golpe de enfermedad, crisis económica y desconcierto. Ignoro si hemos salido mejores o peores. Supongo que el coronavirus nos ha fortalecido. Constato que añoramos los pequeños placeres cotidianos que ahora se nos asemejan el summum de la felicidad. Por todo lo cual cada día pedimos volver a ser como antaño, que la vida torne a la que conocíamos. Las cartas adultas de los Reyes Magos están llenas de “por favor”, “como antes”, “devolvednos lo que teníamos”. Nuestra aspiración para 2021 es algo tan frágil como la esperanza. No la pierdan. Siempre nos quedará la esperanza.

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