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Ad Libitum con Javier Pereda. Hoy: Hungría

Tiempo de lectura: 3Actualizado 09:50

La Unión Europea de los veintisiete contradice su lema “In varietate concordia”, con la injerencia en las políticas internas de los estados miembros, como Hungría y Polonia. Éstos se han defendido con el bloqueo de los fondos de recuperación del Covid-19. Este desencuentro se remonta a 2010, cuando el partido “Fidesz Unión Cívica Húngara” de Viktor Orbán, formado en Oxford, gana las elecciones; desde entonces, pese a la oposición de la izquierda, continúa revalidando encuentros electorales por mayoría. Los burócratas de Bruselas se han encontrado con que el Grupo de Visegrád —reeditado en 1991 para un pacto de colaboración—, y compuesto por Eslovaquia, Hungría, Polonia y República Checa, disienten radicalmente de los derroteros ideológicos de la UE.

Así, en 2018, en el informe Sargentini —una eurodiputada holandesa del partido “verde”— se denunció a la república magiar por “violar gravemente los principios democráticos”. Además, el multimillonario húngaro, George Soros, está invirtiendo en la ingeniería social a nivel mundial, con la connivencia de la ONU, en la ideología de género, aborto, eutanasia y medios anticonceptivos. De ahí la inadmisible intromisión del Consejo de Europa en la política interior de estos estados, para que se alineen con la corrección política globalista. Para la ministra de Justicia húngara, Judit Varga, “los fondos europeos no pueden ser una herramienta para perseguir políticas que están fuera de la corriente de opinión progresista”.

El país heredero de los hunos de Atila, de casi diez millones de habitantes, que ocupa la llanura panónica de la cuenca media del río Danubio, aunque suscribió en 1985 el Tratado de Schengen, disiente de las políticas multiculturales de la Unión. En un momento de crisis de identidad y relativismo de los valores morales que conformaron a Europa —recordamos la exhortación en 1989 del Papa polaco Juan Pablo II en Santiago de Compostela: “¡Europa, sé tu misma!”—, alzan la voz unas naciones que pretenden recuperar las esencias cristianas. Esta región de deportistas, como Ladislao Kubala o Ferenc Puskas, está curtida en mil batallas a lo largo de la historia: la de Mohács (1541-1699) ante los otomanos del sultán Solimán el Magnífico; la integración de los Habsburgo, el imperio austriaco y el Imperio austrohúngaro. En la I y la II GM, este enclave centroeuropeo luchó con el Eje y sufrió grandes pérdidas materiales y humanas. Las cuatro décadas que padeció el gobierno comunista (1947-1989), le sirvió para abominar el yugo de la hoz y el martillo. Con la Revolución húngara de 1956, plantaron cara a la dictadura de la URSS de Kruschov y Andrópov. Estos hitos históricos han marcado la personalidad de un pueblo que se subleva ante los ataques liberticidas del comunismo. El estadista más importante, primer rey y luego santo, fue Esteban I de Hungría (1000-1038) —considerado su fundador—, de la dinastía de los Árpad. Fomentó la conversión al cristianismo de sus habitantes. La reforma de la Constitución de 2011—en sintonía con su historia— protege “la vida del feto desde su concepción hasta su nacimiento”; también existe un proyecto de declarar lo obvio y acorde con la naturaleza: que la madre es mujer y el padre es hombre.

Estas medidas, han encolerizado a toda la progresía europea que han leído este texto: “Dios salve a Hungría. Estamos orgullosos de que nuestro rey Esteban, santo patrón de Hungría durante mil años, haya fundado sobre buenos cimientos nuestra patria, incorporándola a la Europa cristiana. Reconocemos el papel del cristianismo en la pervivencia de la nación”. Hungría, Polonia, Eslovenia, han acudido a sus orígenes europeos ante el escarmiento de padecer la opresión comunista (100 millones de muertos). Sin embargo, la vuelta al comunismo que se experimenta en España (contra la separación de poderes, la libertad de enseñanza y de expresión…) no parece inquietar a una Europa nihilista que reniega de sus raíces. La bandera europea de 12 estrellas con fondo azul —inspirada en el Apocalipsis— en honor a la Inmaculada Concepción, contrasta con la supresión masónica en el preámbulo de la Constitución europea de la referencia a su herencia cristiana. Los padres fundadores europeos: el alemán Konrad Adenauer, el italiano Alcide Gasperi y el francés Robert Schuman (los dos últimos en proceso de canonización) cuestionarían el himno del viejo continente —la Oda de la Alegría de Beethoven—, al constatar la realidad: “¡Cayó, cayó, la gran Babilonia!”.

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