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OPINIÓN

Las Divinas Palabras con Ernesto Medina. Hoy: desde el confinamiento

Tiempo de lectura: 2Actualizado10:09

Ignoro si ustedes, dilectos oyentes, han valorado las ventajas del confinamiento. Una situación indeseable y que está provocando mucho dolor requiere que le pongamos optimismo a la vida. De modo que permítanme que les exponga algunos beneficios del asunto.

Ha disminuido la contaminación atmosférica. Circulan tan pocos coches que, como me contaba mi amigo David, el silencio consiguiente le ha permitido escuchar el sonido de la lluvia por la mañana. Fue, según relata, una experiencia iniciática. Tenía tan asociado a la noche el plin, plon de las gotas en el alféizar de la ventana que cerró los ojos mientras soñaba con la lluvia austral de Pablo Neruda.

Otras cuestiones son más triviales. Yo llevo diez días sin planchar camisas. No salgo a la calle, ergo no necesito camisas. Me apaño tan estupendamente con unas camisetas de deporte. Las cuales además me conceden un aspecto pulcro a la vez que desenfadado. Si son de fibra, no tienen arrugas. Que en su composición sólo hay algodón, ¡la arruga es bella que proclamó Adolfo Domínguez! La cuestión de elegir camiseta por la mañana no es baladí. Dado que es la prenda que llevaré toda la jornada, elijo el color considerando diversos factores. A saber. El tiempo que hará. Si hay opción de tomar el sol en la terraza, lo más indicado es una clara, preferiblemente blanca. A veces, la elijo según la comida. Las legumbres, tonos crudos, no me pregunten por qué. Cuando me asalta la añoranza futbolera, allá qué visto mi zamarra del Atleti, canturreando el himno colchonero, el cual tiene una letra muy apropiada para estos tiempos, “porque luchan como hermanos… derrochando coraje y corazón”.

Las consecuencias trascendentales de la epidemia no necesitan que yo se las relate. Las constatan cada día en las noticias: abnegación, solidaridad, y muchos pequeños detalles que nos convierten en gigantes. No tengo duda de que saldremos de este aislamiento distintos. La semana pasada comentaba que éramos una generación muy tierna que no se había enfrentado a ningún desastre colectivo. Estamos madurando a marchas forzadas y con clases intensivas. La cual maduración será, afortunadamente, irreversible. El aspecto más trascendente que deseo recalcar, no obstante, es que hemos aprendido a separar lo superfluo de lo sustancial. Veremos la vida con ojos más limpios e inteligentes. Valoraremos lo que de verdad importa. El día que volvamos a abrir las calles, saldré hasta con la camisa almidonada, que tendré que preguntarle a mi madre eso cómo se hace.

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