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Uli Dávila: “No fui consciente de lo feliz que hice a mucha gente”

El mexicano recuerda en COPE Córdoba cómo fue el gol que permitió al equipo blanquiverde subir a Primera tras 42 años lejos de la élite

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Toni Cruz González
@tonicruzgon

Redacción COPE Córdoba

Córdoba

Tiempo de lectura: 4'Actualizado 14:12

Quedaba un minuto y medio para el final del añadido del Las Palmas-Córdoba que decidía un ascenso a Primera. Saca de banda el Córdoba, el balón llega al costado izquierdo tras una falta muy protestada sobre Iago que el árbitro no señala. Pelayo trata de disparar a la desesperada, pero su lanzamiento rebota en un rival y le cae a Raúl Bravo, quien trata de burlar a su par pero no puede. El balón llega entonces a Pinillos, pero tampoco puede zafarse de la marca de Ángel, quien pega un patadón que envía el cuero a la posición de Juan Carlos, el portero, que ya está muy lejos de su área. Éste golpea con fuerza tratando de buscar la portería rival, pero su lanzamiento queda corto. El marcador de Pelayo, Castillo, en lugar de seguir la pelota y, en consecuencia, el juego se evade y recula, dejando que el asturiano –con su codo vendado y maltrecho- controle con suficiencia con su zurda. Los jugadores de la zona media que llegan a tapar un posible centro del asturiano aparecen muy tarde en escena y Pelayo tiene margen para darse la vuelta, levantar la cabeza, ver que en diagonal y no tan lejos como para no llegar si el pase es bueno, tiene compañeros sorprendentemente sin cubrir y en una posición adecuada. Es un segundo, pero no duda, vuelve a agachar la cabeza justo antes de golpear con su zurda. La pelota vuela durante dos segundos. En ese margen un jugador de Las Palmas (¿Ángel?) levanta la mano como reclamando un fuera de juego que todos saben que no existe. Al mismo tiempo Raúl Bravo se muerde las ganas de correr más para empezar a trotar en su última carrera de la temporada desde poco antes de que empiece el área enemiga. Lo hace en el momento adecuado. Está justo en el final de la media luna del área cuando mira por última ocasión la pelota acercarse. Decidido y sin percatarse de quién le acompaña, da cinco, seis pasos fuertes sin perder de vista el volar del balón y las evoluciones de sus compañeros. Barbosa, portero rival, recula movido por la inercia del resto de sus compañeros hacia su línea de gol mientras salta para concentrarse esperando no tener que realizar una postrera intervención de mérito.



Tal vez el hacer tantas cosas al mismo tiempo nuble la capacidad de remate de Bravo. Tal vez si no llega a hacer tantas cosas hubiera golpeado mejor y el portero Barbosa la hubiera parado. Lo que sucede es que Bravo golpea la bola con su zurda sin dejar que bese el césped casi cayéndose, de manera inverosímil, flojo. La pelota sale de su bota con una fuerza suficiente para impulsarla, pero mínima para que el arquero de Las Palmas sea capaz de corregir su inicial espera. Barbosa, arrodillándose, llega a rozar ese balón un poco. Lo bastante como para que no le diera tiempo a rectificar después, pero no lo suficiente como para que el rebote le llegara a alguno de sus compañeros que pudieran conjurar el peligro.

El níveo y negro balón se dirige a la red, pero hay un instante –sublime- en el que es dueño del destino, en el que coquetea con el tiempo y con la fortuna. Que se muestra casquivana para deleite de quien ahora se regocija. Ahí, casi parada, detiene el pulso de 32.000 que piensan en frenar su rodar y en cincuenta que soplan por empujarla. Es en ese instante donde aparece Uli Dávila, perseguido por Hernán, Deivid y Aythami y arrastrado por muchos años de frustraciones, de miedos, de acongoje. Quien diga que era fácil empujar esa pelota es que no entiende de fútbol. Es como una escena de baile. Uli la acaricia con su zurda y la bola besa la red como cuando se produce una cópula completa y perfecta. Es el minuto 47:20 de la segunda parte exactamente. Arturo y Raúl Bravo miran al auxiliar, Xisco se dirige al santo del día y le abraza. Es el primero en tocarle. No le deja que se quite la camiseta. Todo ha terminado. Todo ha empezado.

El recuerdo del héroe

Uli Dávila, el hombre que empujó al Córdoba a Primera ese 22 de junio, tiene hoy 29 años y milita en un club de las antípodas -el Wellington Phoenix neozelandés-. Su distancia en el espacio y en el tiempo no ha borrado su memoria: “Es bonito recordar eso. Han pasado ya seis años y parece que fue hace poco”. Rememora el delantero que “en ese momento todo el mundo nos daba por muertos y sabíamos que había que hacer un esfuerzo lo poco que quedara. Cuando despeja Juanca la gana muy bien Pelayo se gira y tira un centro que parece que se va a pasar y llega Raúl al segundo palo y no la engancha bien y también parece que como Barbosa se quedó un poco fuera de órbita pensando que le iba a pegar fuerte. El portero no sabe si agarrar o despejar y me deja la pelota ahí y entonces yo la empujé... y a correr como locos”.



Ese momento hizo feliz a mucha gente e incluso cambió la vida de algunos, pero el que lucía entonces el “10” del Córdoba no cayó en la cuenta: “No sé si fui consciente de que hice algo tan grande para tanta gente. Creo que nunca pensé así. Sabía que estaba haciendo mi trabajo y lo disfrutaba. Fui muy feliz allí y traté de devolver el cariño y la felicidad que recibí en Córdoba. Fue un momento muy feliz de mi vida y que lo recuerdo con mucho gusto”.

Para que no se olvide lo vivido, Uli guarda dos botines de sumo valor para el cordobesismo en su tierra: “Conservo la camiseta y las botas de ese día. Las tienen en mi casa de Guadalajara mis padres”.

Desde ese 2014, “mi carrera dio un giro para bien. Quise quedarme en Córdoba, pero por las circunstancias no se pudo. Me fui a jugar a Portugal y me sentí bien. Después me compró Santos en México. Aquello me sirvió para crecer y aprender cosas y me siento feliz por lo vivido”.

Es el testimonio de un momento feliz pero lejano. De un icono que iluminó una época que ahora, por desgracia, vuelve a ser oscura para el Córdoba C.F.

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