Plaza de Pontevedra: el principio del Ensanche - Pateando A Coruña

Plaza de Pontevedra: el principio del Ensanche

Plaza de Pontevedra. Entre la avenida de Finisterre. Juan Flórez, San Andrés y la Calle Orzán. 25 números. 15003.

 

La extensión de la ciudad en el siglo XIX

La plaza de Pontevedra marca la frontera entre Pescadería y la prolongación de la ciudad. El baluarte de Caramanchón, que protegía la zona del Orzán atravesaba este lugar. Cuando se planificó el Ensanche, la nueva plaza se ideó como un espacio abierto rodeado de grandes edificios. Lo que estaba en el papel empezó a crecer a finales del siglo XIX alrededor de la antigua Puerta de Arriba. Como el resto de esta nueva ciudad dentro de la ciudad, la nueva zona recibiría el nombre de una urbe gallega. En 1910 ‘Plaza de Pontevedra’ fagocitaría otras denominaciones previas hasta configurar la extensión que conocemos hoy en día.

La primera ciudad escolar

Lo que fue Campo de Caramanchón se convirtió en la primera gran ciudad escolar de A Coruña. Donde estaban la fuente y el lavadero se levantaron el instituto de segunda enseñanza y las escuelas municipales, gracias al compromiso del filántropo Eusebio da Guarda. Daría su nombre a los centros… y su dinero. El primer edificio costó la desorbitada cantidad de un millón de aquellas valiosísimas pesetas. A don Eusebio no le alcanzó la vida para ver la segunda obra terminada, pero dejó en su testamento la orden de inyectar financiación suficiente para poder completarla.

Hoy, el CEIP Eusebio da Guarda y el instituto que todavía muchos llaman femenino están entre los centros educativos con mayor demanda de A Coruña. Haber dado clase a Picasso, Nóvoa Santos, Torrente Ballester o Manuel Fraga parece un aval de excelencia difícil de igualar en Galicia. Contaba algunos de los secretos de este auténtico museo educativo la directora del IES Eusebio da Guarda, Isabel Ruso

 

Edificios singulares

Pero los centros educativos no son la única parte imponente de esta plaza de configuración irregular que atrajo a la clase alta desde su inicio. Las demostraciones arquitectónicas más claras son la Casa Salorio, un excepcional edificio modernista que recuerda a una quilla de barco en la esquina con Rubine. O la denominada Casa Escariz, proyecto de los años 20 de Rodríguez Losada con sus curvas restauradas hacia Teresa Herrera y los llamativos pináculos que coronan la plaza. Otro de los flancos lo guarda la colosal jefatura territorial de Facenda. El edificio Ocaso, que, con el ocaso real, va quedando sin letras poco a poco.

 

Tráfico constante y comercio variado

La plaza de Pontevedra vive entre el ruido constante del tráfico que se entrelaza debajo y encima de la superficie. Hay dos paradas de bus a cada lado, porque una no basta para acoger las decenas de líneas urbanas y comarcales que llegan a este punto. Es una intermodal al aire libre si tenemos en cuenta que aquí está la estación de Bicicoruña más utilizada de la ciudad. Para aparcar, apenas hay un puñado de plazas de zona ORA sobre los vestigios del carril bus desaparecido.

El comercio es de lo más variado, con establecimientos de renombre como El Pote o San Luis ya en el recuerdo. Aunque la plaza de Pontevedra no se contagie del efecto Inditex de su vecina lucense, nos abastece de tabaco, maletas, comida china o un buen surtido de telefonía móvil. Entre las múltiples oficinas destaca una: la sede del Deportivo, en la que se gestaron parte de los grandes éxitos blanquiazules a altas horas de la madrugada. Es una de las notas de esta caótica sinfonía de constante actividad que interpreta la plaza de Pontevedra, un punto de paso pero también de encuentro alrededor de su blanca paloma de la paz.

La plaza eternamente inacabada

La plaza de Pontevedra está construida sobre estratos y nunca termina de asentarse pese a ser un punto clave del centro de A Coruña. Vio sobre ella desde aquella extraña ‘cubierta Scalextric’ de hormigón del parking hasta un mercado provisional en el que se ubicaron los puestos de la antigua plaza de Lugo. Fue antes de la remodelación de 2009, que cambió una pista no oficial de skate por un espacio llano con chorros que salen del suelo. En esta macroplaza de convivencia intergeneracional confluyen los niños que se descuelgan en la tirolina del parque infantil con los jóvenes que fuman en la estatua de Eusebio da Guarda en el descanso de clase. Los mayores que descansan en los bancos junto a algún usuario matinal de la Cocina Económica. O cientos de viandantes que atraviesan este cruce de caminos entre los que juegan al baloncesto o los virtuosos de la bici.

Y ahí siguen todos, en una plaza a medias. La reforma diseñada por José González-Cebrián quedó inacabada, sin una segunda fase que incluiría enterrar completamente el tráfico bajo tierra y mover la icónica Cafetería Manhattan. Todo quedó en el cajón de los proyectos olvidados y seguimos tomando los churros de fin de año en esa isleta redondeada aislada del medio de los coches.

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