El milagro de Brujas cumple quince años - Las Merinadas Deportivas de Edu

El milagro de Brujas cumple quince años

Los milagros existen. En el deporte en general y en el fútbol en particular. Todo comenzó en Chipre un 5 de septiembre de 1998. España llegaba a Larnaca tras haber fracasado en el Mundial de Francia. Se iniciaba una nueva fase de clasificación, esta vez para la Eurocopa de Bélgica y Holanda en el año 2000. La selección se enfrenta a Chipre en el primer partido clasificatorio y acaba perdiendo por 3-2. Los goles de Raúl y de Morientes no sirven de nada. Se trata de una de las derrotas más humillantes de la historia del equipo nacional. Javier Clemente es destituido y José Antonio Camacho se hace cargo de un grupo que empieza a ilusionar desde el minuto uno. Los siete partidos clasificatorios para la EURO del año 2000 acaban con victoria española, cinco de esos encuentros son goleadas, 9-0 a Austria, 0-6 y 9-0 a San Marino, 8-0 a Chipre, 3-0 a Israel.

Se trata de un grupo de futbolistas joven, pero sobradamente preparado para intentar alcanzar las últimas rondas de un gran campeonato. La selección de Camacho llega a Bélgica y Holanda como una de las favoritas. El grupo C está formado por Noruega, Eslovenia y Yugoslavia. A priori España debería pasar a cuartos de final sin ningún problema. Primer partido, primer tropiezo. Una vez más la selección debuta con derrota en una fase final. Un error garrafal de Molina, que midió mal su salida, supuso el 0-1 definitivo para Noruega en Rotterdam. Favoreció que en el otro partido que se jugaba aquel 13 de junio de 2000, Yugoslavia y Eslovenia empataran a tres. El segundo partido lo ganó España por un gol a dos a Eslovenia. Fue en Amsterdam. Raúl marcó a los cuatro minutos, Zahovic empató en el 58 y Joseba Etxeberría sentenciaba dos minutos más tarde. El grupo de España queda así tras las dos primeras jornadas disputadas: Yugoslavia 4 puntos, España 3, Noruega 3 y Eslovenia 1. Todos tienen opciones de clasificación. A España no le vale el empate en el tercer partido. Tiene que ganar por lo civil o por lo criminal.

El último encuentro de la primera fase se juega el  miércoles 21 de junio de 2000 en Brujas (Bélgica) ciudad con más de dos siglos de historia. Hay que ganar a Yugoslavia. A los yugoslavos les vale perder para clasificarse, si los noruegos no ganan. El empate les mete seguro en cuartos de final. España sale con este equipo: Cañizares, Michel Salgado, Abelardo, Paco Jémez, Sergi, Mendieta, Guardiola, Helguera, Fran, Alfonso y Raúl. También participaron en este partido, Munitis, Urzaiz y Etxeberría. 23.000 espectadores asisten al estadio Jan Breydel. Arbitra el francés Gilles Veissiere.

A los 30 minutos se adelanta Yugoslavia. Savo Milosevic es el autor del gol de cabeza. Ocho minutos después empata Alfonso. Empate a uno al descanso que solo le vale a los yugoslavos. A los cinco minutos de la segunda parte, Yugoslavia vuelve a ponerse por delante. Govedarica marca el dos a uno. España está eliminada. Un minuto después empata Munitis. A los 75 minutos llega un nuevo jarro de agua fría para el equipo español. Yugoslavia se adelanta por tercera vez, gracias al gol de Komljenovic. Nadie esperaba el desenlace final de este partido. Todo el mundo daba por eliminada a la selección. Se alcanza el minuto 93 y le pitan un penalti a favor a España. Mendieta anota. A España le quedan dos minutos de descuento. Solo un milagro podría darle la victoria. Y el milagro llegó. Faltaban tan solo unos segundos para llegar al minuto 95. No había tiempo para más. Centro medido de Guardiola a Urzaiz que pasa de cabeza a Alfonso y este remata con la zurda de volea magníficamente y marca el gol más importante de su carrera deportiva (con España marcó 11 goles en total). A partir de ahí el delirio, la euforia desatada, llanto de emoción por la alegría provocada por un gol milagroso. Los aficionados españoles se vuelven locos en la grada. Todo el equipo español va corriendo a abrazar a su héroe. La locura. España pasó en solo dos minutos de estar eliminada, a clasificarse para cuartos de final. Un partido para la historia. Una remontada épica inolvidable. Los yugoslavos no se lo creían, pero también se clasificaron porque Eslovenia y Noruega empataron a cero en el otro partido.

España vuelve a sentirse favorita. En cuartos de final esperaba la campeona del mundo, Francia. Es 25 de junio. Mismo estadio que el del milagro. Arbitra el italiano Pierluigi Collina. A los 32 minutos Zidane adelanta a los franceses. Mendieta empata de penalti en el 36. Siete minutos más tarde, al filo del descanso, Djorkaeff anota el uno a dos. En el minuto 89 Barthez comete un penalti muy claro sobre Abelardo. Mendieta, lanzador habitual de los penaltis de la selección había sido sustituido por Urzaiz al comienzo de la segunda parte. Raúl se dispone a lanzar. Si marca, habrá prórroga. Lo lanza muy mal. Busca la escuadra y se le va muy desviado. Se acabó lo que se daba. La maldición de cuartos volvió a cumplirse. Francia fue campeona con gol de oro de Trezeguet en la prórroga.

Crónica del diario El País (Santiago Segurola) tras el Yugoslavia 3-4 España.

Una volea para la historia

Esa maravillosa volea de Alfonso, entrando al balón de zurda en el último minuto del partido, quedará para la historia no sólo por lo que representa para la selección española, sino por lo que tiene el fútbol de impredecible y misterioso, de gigantesco motor de emociones. Y pocas como las que se vivieron ayer en Brujas, escenario de un partido desgarrado que se decidió fuera de hora de manera heroica. España había estado por detrás durante todo el partido, en la primera parte y en la segunda, frente a once y contra diez.Venía de cubrir todo el arco posible. Desde algunos momentos espléndidos en el primer tiempo a un periodo de ofuscación cuando todo le pintaba favorable. Acababa de empatar Munitis, con una hermosura de gol, y Jokanovic había salido expulsado. Soplaba el viento de cola, pero Camacho se equivocó. Cambió a Paco por Urzaiz, retrasó a Helguera al centro de la defensa y, de repente, se produjeron dos efectos devastadores. Se vació el medio campo -donde se tenía que ganar el partido- y se amontonaron demasiados delanteros, con la ventaja añadida de servir como referencia a los defensas yugoslavos. El partido se atascó inmediatamente, lo que menos necesitaba un equipo que había comenzado a funcionar con naturalidad.

Yugoslavia aprovechó la concesión, marcó en el minuto 75 y pretendió dar carpetazo al partido. No lo consiguió. España, sometida a durísimas críticas durante todo el torneo, tuvo el coraje para resistirse a la fatalidad. Aprovechó un penalti a Abelardo en el último minuto para empatar, lo que se tomó como un premio menor porque la selección continuaba eliminada. Parecía escrito el epitafio: reservaron su mejor partido para la despedida. Como siempre. Pero si algo sirve contra la fatalidad es la obstinación para no aceptarla. Ya muy fuera de tiempo, Guardiola recogió la pelota en la posición de interior derecho y cruzó el último centro al área. Urzaiz se elevó, ganó la disputa al central y dejó el balón franco para el remate de Alfonso, que entró de aire y marcó con la zurda. Contra todas las previsiones, después de un torneo que había provocado el desconsuelo por el mal juego del equipo, España estaba en los cuartos de final.
De la intensidad del partido hablan los siete goles. Del carácter del equipo español habla su feroz resistencia a aceptar la derrota. De su categoría como futbolistas hablaron Guardiola, Raúl y Mendieta, los tres jugadores que jamás se resignaron. Guardiola jugó a lo grande y transmitió como un caudillo. Su liderazgo quedó establecido por las decisiones que tomó y por el compromiso con el equipo en los peores momentos. Había que verle conmocionado por la proeza después del partido, con el rostro desencajado por la felicidad y también por el sufrimiento, con la mirada perdida, buscando a alguien a quien abrazar, alguien que supiera lo que significaba ese partido y esa victoria. Todavía en los últimos minutos, cuando algunos jugadores comenzaban a flaquear por la desesperación, Guardiola pidió la pelota y dio órdenes en todas las líneas. El milagro era posible. El milagro sucedió.
El partido escondió varios partidos. Hubo uno, el que mejor jugó España, que se saldó con un empate. Durante todo el primer tiempo, la selección se movió con velocidad y criterio. Por primera vez en todo el torneo, funcionó la sociedad Guardiola-Raúl. El delantero se tiró varias veces atrás y conectó con Guardiola con paredes y pases cortos que luego derivaban en aperturas a los lados, especialmente a la banda izquierda, donde Sergi y Mendieta provocaron el caos en la defensa yugoslava. Sergi fue decisivo por su rapidez y por su pujante condición física. Mendieta multiplicaba por dos el impacto de la banda izquierda. No había comenzado allí. Camacho lo ubicó de salida en la derecha, pero el técnico aprovechó una leve lesión de Fran para sustituir al interior izquierdo. Fran había vuelto a quedar aplastado. En la primera jugada del partido sufrió un ataque de pánico. No se recuperó. Su sustitución obró maravillas en el equipo español, que alcanzó media docena de ocasiones. Alfonso falló un remate sencillo, Helguera no pudo encontrar la portería en una excelente media vuelta, Kralj sacó un taconazo de Raúl, un cabezazo de Abelardo se escapó por centímetros, Raúl no llegó a un excelente centro de Mendieta y Etxeberria no consiguió aprovechar en el segundo palo un envío de Mendieta desde la izquierda.
La selección había dado tantos signos de vitalidad que se hacía extraño su desánimo en los dos partidos anteriores. Pero como este encuentro ocultaba varios por dentro, también había sombras. Un colosal error de Salgado, que apareció inopinadamente por el callejón izquierdo y perdió la pelota, dio carta de naturaleza al primer gol yugoslavo. Contestó poco después Alfonso, tras una jugada que comenzó con una intercepción de Guardiola y siguió con un regate frustrado de Raúl. Alfonso se hizo con el rechace y marcó. Por juego, Alfonso tuvo una actuación desafortunada. Se equivocó demasiado en los controles y en los regates. Y, sin embargo, terminó por consagrarse como el héroe de la tarde. Otro curioso guiño del fútbol.
Camacho siguió tomando decisiones. Retiró a Salgado, colocó a Mendieta en su puesto y puso a Munitis en la banda izquierda. Boskov reaccionó con inteligencia: trasladó al zurdo Drulovic a la banda de Sergi para controlar sus cabalgadas y para comprometerle defensivamente. De una de sus diagonales nació el segundo gol yugoslavo, contestado inmediatamente por un delicado remate de Munitis.
Poco después, Jokanovic fue expulsado, lo que situaba a España en un escenario inmejorable. Sin embargo, la reacción de Camacho resultó más que discutible. Entró Urzaiz por Paco, se retrasó Helguera y Raúl pasó al medio campo. El efecto fue pésimo para el equipo español. Se desconectó del partido y entró en crisis, tanto que Yugoslavia tuvo tiempo para marcar el gol que se suponía letal para España. No ocurrió así porque el duelo llamó a la heroica, que se consumó fuera de hora en una volea de Alfonso que quedará para la historia.

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