Cuando todos fuimos del Real Zaragoza - Las Merinadas Deportivas de Edu

Cuando todos fuimos del Real Zaragoza

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La Recopa de Europa dejó de existir hace algunos años. La jugaban los campeones de Copa de cada país y el ganador del año anterior, salvo que se clasificara para la Copa de Europa. El 10 de mayo de 1995, toda España se hizo del Real Zaragoza. Pocas veces ha existido tanta unanimidad con un equipo de fútbol español. La final disputada conta el Arsenal inglés en el Parque de los Príncipes de París, fue y sigue siendo el partido más importante en la historia del club aragonés. Nada comparable a las Copas del Rey conquistadas, ni a la alegría de los ascensos a Primera División. Ni siquiera la Copa de Ferias ganada en 1964 por el equipo de «Los Magníficos» formado por Canario, Santos, Marcelino, Villa y Lapetra.

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El camino hacia París estuvo lleno de obstáculos. En Dieciseisavos de final, el Gloria Bistrita rumano vencía por dos goles a uno y tocaba remontar en casa. Cuatro a cero en la vuelta para el Zaragoza. En octavos el rival fue el Tatran Presov eslovaco. Cero a cuatro para el equipo maño y dos a uno en Zaragoza. En cuartos de final hubo que remontar el uno a cero de la ida contra el Feyenoord holandés. Pardeza y Esnáider colocaron el dos a cero en el marcador. El rival en semifinales fue el Chelsea dirigido aquellos días por Hoddle. Fácil en La Romareda, tres a cero. En la vuelta, tres a uno para los ingleses.

La final comenzó igualada. El Zaragoza se adelantó en el minuto 68 con un zurdazo imparable del argentino Juan Eduardo Esnáider desde 25 metros. Pronto llegaría el empate, obra de Hartson en el 76. No se movió el marcador y tuvo que jugarse la prórroga. Todo parecía destinado a los penaltis. Hasta que Nayim recogió un rechace en el centro del campo. Pegado a la banda derecha y desde unos 40 metros de distancia, no lo dudó un instante, disparó con el exterior y batió a Seaman que estaba muy adelantado. El gol más importante de la historia del Real Zaragoza. Un gol histórico, un golazo, que por muchos años que pasen nunca olvidaremos. Nayim explicó después que lo intentó porque de pequeño había logrado dos goles así jugando en Ceuta.Un gol que no solo gritó Zaragoza, sino toda España. Era el minuto 120. No hubo tiempo para más. Ese día la Virgen del Pilar si quiso ser francesa y el gol de Nayim se ganó una calle.

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Han pasado veinte años de aquella noche memorable. Estos fueron los héroes : Cedrún, Belsué, Cáceres, Aguado, Solana, Nayim, Aragón, Poyet, Pardeza, Esnáider, Higuera y Sanjuán y Geli que salieron desde el banquillo. Víctor Fernández fue el maestro que les guió hacia la gloria europea.

Crónica de Santiago Segurola en el diario El País del 11 de mayo de 1995

Europa bendice al Zaragoza

Un remate memorable de Nayim, cuando el partido tocaba última hora y se anunciaba la suerte incierta de los penaltis, dio la Recopa al Zaragoza en un partido que creció hasta encontrar un final apropiado en ese tiro imposible que pasará a la historia. También resultó apropiado que el autor de la hazaña fuera Nayim, el muchacho que se endureció en las grises tardes inglesas cuando jugaba en el Tottenham. De aquellos días se guarda la memoria de un jugador que siempre tuvo éxito frente al Arsenal. Con el mismo respeto por el destino, Nayim ajustició a su viejo rival londinense con un remate desde el lateral del campo, con un grado de dificultad que hace infantiles las parábolas de Pelé, Hagi y Aragón. Cerca del medio campo, echado sobre el lateral derecho, de espaldas a la portería, Nayim enganchó un pelotazo largo y alto, que cayó cubierto de plomo y gloria sobre la portería de Seaman. Fue un gol sorprendente y bellísimo, un gol para la historia.La magnitud del partido empapó la noche. En las gradas, dos aficiones abigarradas y leales hasta el final celebraban la ocasión en un duelo a pulmón. Había ese aire eléctrico del gran fútbol, cuando el juego se llena de símbolos y pasión. La intensidad. en los graderíos sólo era comparable a la ansiedad de los dos equipos, aplastados por la responsabilidad y el miedo. Durante la primera media hora, el más afectado por el compromiso fue el Zaragoza, apenas reconocible frente a un rival hermético y limitado. El Arsenal tenía el aspecto envejecido del fútbol inglés, donde el balón es sólo la excusa para otras cuestiones menos delicadas, el vigor, el temperamento, el juego elemental, siempre descamado.

El descontrol presidió el primer tercio del encuentro. La crisis de ansiedad del Zaragoza se concretó en un juego desordenado, sin ninguna cualidad apreciable. Como la respuesta inglesa era todavía más pedestre, el balón se hizo materia jabonosa, incontrolable para los jugadores. La apuesta del Zaragoza debía pasar por otro camino, y algo así se anunció cuando el juego comenzó a desbravarse, a perder el lado físico, en beneficio de la técnica.
Rebajado de vigor, el partido permitió la lenta progresión del Zaragoza. Nunca le faltó al Arsenal el grado de decisión que se espera de los equipos ingleses, esa capacidad para mantenerse de pie en cualquier circunstancia, pero la realidad se hizo evidente: el Zaragoza tenía más recursos. Cuando la pelota se volvió por fin disponible, el juego comenzó a oxigenarse, a tomar sentido y levantarse sobre las carencias anteriores. Se observó entonces el corte superior del Zaragoza, que trabajó con más paciencia las zonas blandas del Arsenal.
Sin el balón, el Zaragoza había sido un equipo sufriente, expuesto a las condiciones inglesas. Pero cuando llegó el gobierno, el partido fue del Zaragoza. El segundo tiempo confirmó los progresos. Emergieron Aragón, Pardeza y Esnáider, y sobre ellos se instaló definitivamente el ataque del Zaragoza.
Aragón se levantó en el centro del campo contra la mediocridad anterior y llevó a su equipo a su territorio natural. El tráfico con la pelota se volvió natural, con los resultados previstos. Poco a poco, comenzaron a aparecer los jugadores y las oportunidades. Un mano a mano de Higuera con Seaman saludó la superioridad del Zaragoza, que no se concretó hasta el formidable gol de Esnáider, emparentado en casi todo con el remate victorioso de Nayim.
El partido, que había sido pedregoso en la primera parte, tomó cuerpo y se puso a la altura de una gran final. El Arsenal, con todas sus carencias, tuvo la virtud del coraje, esa vena perpetua de los ingleses que les hace temibles. Sin fútbol, pero frontal y fuerte, el Arsenal se lanzó a por el empate. Lo consiguió por la vía tradicional: una incursión rápida por la banda derecha, el pase atrás y la llegada instantánea de los dos delanteros. Harston empujó la pelota.
El combate volvió donde estaba, pero con más épica. Llegó la prórroga con la carga de dramatismo habitual. Los cuerpos estaban rotos, pero todos se exigían un esfuerzo más. Allá iba Esnáider contra Adams en el enésimo cuerpo a cuerpo, casi todos favorables al incandescente delantero del Zaragoza. Y en la grada, los cánticos se hacían finalmente comunes en homenaje a los dos equipos, saludando cada fondo a sus héroes, puesto que la sombra de los penaltis se hacía inminente. Pero en aquellos momentos de agonía, el fútbol se reconoció a sí mismo. De una jugada intrascente, de trámite, surgió un remate inesperado y devastador. Lo ejecutó Nayim, porque el destino y su pie derecho lo decidieron, y lo celebró extasiada una hinchada que había apoyado de manera indesmayable a los campeones.
Análisis de José Sámano en el diario El País del 11 de mayo de 1995.

Nayim, la abeja ceutí

«Nayim flota como una mariposa, pero pica como una abeja». Así definió la afición del Tottenham a Mohamed Alí Amar Nayim (Ceuta, noviembre de 1966), cuando aterrizó en el legendario equipo del norte de Londres en el otoño de 1988. Nayim llegó a la embarrada Liga inglesa de la mano de Terry Venables, que ya le había dado la alternativa en el Barcelona, tras su actuación en el Mundial Juvenil de Rusia (1985), donde fue subcampeón con España.Su prometedor futuro azulgrana se había visto truncado por la primera lista enhebrada por Johan Cruyff. El holandés le descartó por una supuesta vida «excesivamente licenciosa», según. sus propias palabras, y le prohibió tajantemente acercarse por el vestuario. Nayim, que había crecido en La Masía (la casa cuarteI de la cantera del Barça) juró que no volvería jamás a Barcelona mientras estuviera Cruyff. Al margen del técnico holandés, el más aliviado con su salida fue el cocinero de La Masía, que nunca mas tuvo que hacer un menu musulmán para uno de sus chicos.
Sus primeros pasos en Londres no fueron sencillos. Lógico, al tratarse del primer futbolista español que se atrevía con la exigente temporada británica. Tuvo infinidad de problemas para conseguir un permiso de trabajo. Pero, por fin, le llegó la primera oportunidad. Todo estaba preparado para su bautizo en White Hart Line. Radiante como nunca, Nayim se enfundó la camiseta, con el rito ceremonial de un torero. Pero, de repetente, sintió un molesto cosquilleo: Holsten, una firma de cerveza, se anunciaba en la casaca de los Spurs. Serio compromiso para un musulmán, un pueblo reñido con el alcohol.
Su tránsito por el Tottenham fue brillante. Disfrutó en el mejor Totthenham de la época, junto a Chris Waddle, Paul Gascoigne y Gary Lineker, el mejor trío que ha alumbrado el fútbol inglés en los últimos años. Y, por si fuera poco, participó en una gesta imborrable: ganar la Copa en el santuario de Wembley.La salida de Terry Venables del Tottenham precipitó su regreso a casa. De nuevo un fiel amigo se cruzó en su destino: Víctor Muñoz, un ex jugador del Barca vinculado ahora al Zaragoza. Nayim se enroló en el equipo maño en abril de 1993 y, tras vanos titubeos, ha explotado este año. Es un referente imprescindible en el equipo de Víctor Fernández  y en todo Aragón, donde se ha adaptado tan señorialmente que dispone de un fiel mayordomo musulmán que le descarga de tareas ingratas.Ayer, fiel a su apodo deabeja, atacó de nuevo y mandó al Arsenal -acérrimo rival del Tottenham- al abismo: «Vi al portero adelantado, tiré y la metí. No tiene importancia». ¡Qué picor!

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