Las medallas del ADO (V) - Las Merinadas Deportivas de Edu

Las medallas del ADO (V)

Viene de las medallas del ADO (IV)


En 2006 se celebraron en Turín (Italia) , los Juegos Olímpicos de Invierno. Jordi Font fue cuarto en Snowboard Cross, rozó la medalla y se vino a España con un diploma y una actuación magnífica. 

Pekín fue la organizadora de los siguientes Juegos Olímpicos de Verano. El equipo español estuvo bastante bien. Se subió en número de oros con respecto a la cita olímpica anterior, aunque se lograron dos metales menos. Se consiguió un número bastante aceptable de diplomas, hubo 6 cuartos puestos y 12 quintos.

Pekín 2008. 18 medallas. 5 de oro. 10 de plata. 3 de bronce.  288 deportistas. 162 hombres. 126 mujeres. 14 medallas masculinas. 4 femeninas. 36 diplomas (puestos del 4º al 8º). 

OROS

Samuel Sánchez. Ciclismo en ruta.

 

Joan Llaneras. Puntuación. Ciclismo en pista.

Imágenes de la medalla


Saúl Craviotto y Carlos Pérez Rial. K2-500. Piragüismo.

Imágenes de la medalla

Rafa Nadal. Tenis.

Imágenes de la medalla

Fernando Echávarri y Antón Paz. Clase Tornado. Vela.


Crónica del diario El País del 22 de agosto de 2008:


«Seguimos siendo una gran potencia»

La medalla de oro que se colgaron ayer al cuello Fernando Echávarri y Antón Paz estuvo salpicada por la tristeza y el homenaje a las víctimas del accidente aéreo en Barajas. Los dos navegantes recibieron sus medallas de la clase Tornado con brazalete negro. «Es un momento complicado para nosotros. Por un lado, estamos muy felices, porque llevamos 10 años trabajando para conseguir este premio, pero no pudimos dejar de pensar en el dolor que sufren cientos de familias ahora. En el podio hemos pensado en ellos», reconoció Echávarri. «Nos enteramos de la noticia por la noche, viendo la BBC y nos quedamos de piedra», explicó el navegante cántabro, pontevedrés de adopción, «y lo mínimo que podíamos hacer es llevar el brazalete en la regata como recuerdo a las víctimas».

En la hora de pasar balance a lo que ha sido el camino de preparación de los Juegos, Echávarri habló de los patrocinadores, la Federación, el plan ADO y por supuesto de su entrenador, Toni Ripoll (que ya suma tres medallas olímpicas con diversas tripulaciones) y de los sparringsdurante sus entrenamientos, Toni Rivas y Escudé: «Sin ellos, no lo habríamos conseguido», dijo. Paradójicamente, la medalla de oro que ganaron ayer, la segunda que consigue un barco español en la categoría después de la conseguida en Atlanta por Fernando León y José Luis Ballester (Rafa Trujillo fue plata en Atenas), podría ser la última medalla que se entregue en unos Juegos Olímpicos en la claseTornado, dado que en principio ha sido excluida del programa olímpico.
Echávarri, sin embargo, no descarta que en el campo de regatas de Weymouth, donde se disputará la vela en Londres 2012, el Tornadovuelva a navegar: «Creo que después del espectáculo que se ha visto en esta medal race de Qingdao, tendrán que recapacitar. Difícilmente encontrarán un barco más espectacular». La regata de ayer se disputó con vientos altos y una mar complicada, sin llegar a la ola que protagonizó la regata de 49er el pasado domingo.
Juntos en el barco desde 1997, la experiencia de la pareja de navegantes, que han sido juntos campeones de Europa y del mundo, se notó ayer, en una regata que comenzaron de manera espectacular, pasando en cabeza la primera ceñida, con alemanes, australianos y argentinos a popa, los únicos que podrían arrebatarles el oro que defendían en la regata definitiva. Los alemanes Bolgar y Spaltehoz volcaron y rompieron, desapareciendo de la lucha de las medallas, así que sólo tuvieron que preocuparse de vigilar a la pareja argentina, Lange y Espínola, y a la australiana, Bundock y Ashby.
La superioridad de Echávarri y Paz fue total durante las 10 regatas, completando cuatro primeros puestos para un total final de 44 puntos, cinco más que los australianos, plata, y a 12 de los veteranos argentinos. «Nos lo hemos trabajado mucho. Ir líderes desde el primer día ha supuesto una presión adicional que hemos sabido manejar perfectamente cada día. Lástima que el octavo puesto el último día nos impidiera llegar más cómodos a la medal race«, aseguró Echávarri, muy orgulloso de la estrategia elegida: «Creo que hemos hecho una regata muy inteligente tácticamente», reconoció.
Al tiempo, se felicitó por el presente y el futuro de la vela española, que suma ya 17 medallas, 11 de ellas de oro. «La federación y nuestros patrocinadores pueden estar orgullosos. Además de las dos medallas, los dos diplomas de 470 y RS:X han sido para gente muy joven que participaba en sus primeros Juegos. Eso demuestra que la vela española sigue siendo una gran potencia y permite ser optimista de cara a Londres». Ayer, en Qingdao, hubo tornado de oro, algo triste, pero de oro.
PLATAS
Equipo de baloncesto masculino. 



Joan Llaneras y Toni Tauler. Madison. Ciclismo en pista.

Crónica del diario El País del 20 de agosto de 2008:

Una plata que vale por cuatro

Corrieron dos, Joan Llaneras y Toni Tauler, pero triunfaron por cuatro. El éxtasis por la medalla de plata que atraparon en el velódromo de Laoshan incumbía de manera directa a dos ciclistas que no dieron pedales, pero que estuvieron, a su manera, muy presentes en todos y cada uno de sus relevos y de sus sprints. En una de las pruebas que requiere más sincronización y empatía, Llaneras demostró que, a los 39 años, se ha erigido en un auténtico maestro de la pista. Su epopeya en Pekín le ha valido para pasar a ser el deportista español con más medallas olímpicas, dos de oro y dos de plata, junto a Arantxa Sánchez Vicario, que atesora dos de plata y dos de bronce. «Es la despedida soñada», convino el mallorquín que ha decidido retirarse.

El madison, 50 kilómetros por parejas con diez sprints puntuables, exige potencia, estrategia y sobre todo una absoluta compenetración. Por eso resulta tanto más encomiable la capacidad de superación de Llaneras, que perdió hace dos años en un terrible accidente a Isaac Gálvez, el que fue su compañero de fatigas en el velódromo. Por si fuera poco, apenas hace dos meses eligió a Tauler como compañero para Pekín porque el hombre con el que obtuvo la clasificación, Carlos Torrent, se rompió el fémur durante una carrera en Portugal.
Llaneras y Tauler se acoplaron de maravilla a pesar de que afrontaron la prueba después de entrenarse juntos sólo dos veces. Un disparate. Más aún si se tiene en cuenta la meticulosidad con la que se prepara Llaneras, hasta el punto de que el pasado mayo ya viajó a China para comprobar la madera de la pista, sus características y las condiciones ambientales. «Me enteré de que tenía que venir a Pekín a competir en madison hace 25 días. Pero ya había sido campeón de España junto a Miquel Alzamora, que, a su vez, había sido compañero de Joan», contó Tauler, tan exhausto como feliz nada más concluir la prueba; «todo el mérito es de Joan. Yo, simplemente, ejecuté la táctica que él ideó haciendo los relevos que me marcaba».
La pareja argentina se ganó el oro a pulso. Curuchet y Pérez atacaron en el tercer sprint y lograron una vuelta de ventaja. Todo cambió. Los británicos Cavendish y Wiggins, los favoritos, se hundieron. Los italianos y los canadienses se lanzaron a fondo para neutralizar a los argentinos, pero se desfondaron. Llaneras y Tauler se reservaron para el último tramo, ganaron el sexto sprint, tomaron una vuelta de ventaja y se unieron así a los argentinos y los rusos. En ese momento, Tauler las pasó canutas. «Estaba fundido, pero miré al marcador, vi que íbamos terceros y había que intentar que nadie nos ganara esa vuelta», relató el ciclista, de 34 años y mallorquín como su compañero.
«No me esperaba que nos consideraran favoritos, pero los rivales nos tenían fichados», explicó Llaneras; «cuando arrancamos, se hizo muy dura la carrera. Había que tapar muchos huecos después de ganar una vuelta y tiramos muchos cartuchos». Aún les quedaba uno. Les sirvió para desbancar a los rusos del segundo puesto en el último sprint, el último golpe de pedal de Llaneras. Tauler elogió a su compañero: «Es lo máximo. El español más laureado en unos Juegos. Me parece poco considerarle un crack». Tan grande es que fue capaz de irse ganando una medalla de plata para cuatro: para él, para Tauler, para Torrent y para Gálvez. Una despedida a lo grande.
Gervasio Deferr. Suelo. Gimnasia Artística.
Equipo de hockey hierba masculino.
Crónica del diario El País del 24 de agosto de 2008:

La plata les hizo llorar

El pelirrojo Sebastian Biederlack tiene pinta de bohemio de entreguerras. Pero es un central alemán. El hombre no sabe nada de fútbol, pero comparte la misma manera de sentir, el mismo espíritu cósmico, que, por ejemplo, Cristoph Metzelder. Los alemanes modernos disfrutan defendiéndose porque encuentran en la marca una forma de realización personal. Necesitan expresar su pragmatismo, su sentido del cálculo, su solidez idealizada, y para eso no hay nada mejor que agruparse en torno a un líder y aguantar. El jefe de la defensa alemana, ayer contra España, fue Biederlack, un gigante cada vez que los españoles amenazaron su portería. El premio fue la victoria sobre un adversario superior.

Alemania salió a presionar a España en su campo y lo logró con creces. Además de perder la bola, los españoles perdieron la concentración. Perdida la posesión, perdieron el alma. Parecían hasta displicentes cuando los rivales entraban por las bandas desdoblándose con puntualidad mecánica. El escenario se fue llenando de caramelos para un tal Christopher Zeller. Este muchacho de piel morena y pelo largo engominado es un delantero letal. Un elemento poco aprovechado por su equipo, pero infalible cada vez que entra en acción. En los primeros 15 minutos lanzó tres tiros entre los tres palos. Dos fueron rechazados por la defensa y el portero español. El tercero, en el penalti-córner, fue adentro.
El partido cambió completamente a partir del gol de Zeller. Si Alemania había empezado adelantando la presión para desconectar la salida del juego español, acabó metiéndose en su campo. Hubo repliegue. Cada uno a su sitio y arriba un delantero solo para coger los rechaces o los pases largos. España se había metido en uno de los problemas más terribles que puede afrontar un equipo: ir perdiendo contra Alemania una final.
Pol Amat, Edu Tubau y Santi Freixa se vieron en una situación desesperada. Tal vez se metieron demasiada presión a sí mismos. Se obligaron a ser creativos y se abocaron al individualismo. Dejaron de verse o se vieron poco. Todas sus acciones acabaron en el embudo de Biederlack. Al acabar el partido, el pelirrojo celebró el triunfo: «Fue la clásica victoria alemana. Hicimos un gol al principio y luego supimos aguantar. El problema de los españoles fue que no supieron librarse del marcaje al hombre. Cuando les das pocos espacios, sus jugadores más creativos están incómodos».
El seleccionador de España, el holandés Maurits Hendriks, se mostró elegante. «Si vas perdiendo contra la mejor defensa del mundo, sólo te queda una opción: que la fortuna esté de tu lado, y esto no ha pasado», dijo el técnico; «al contrario, las cosas pequeñas han favorecido a Alemania. No hemos podido hacer más y es una pena. Porque ha sido un resultado de fútbol, no de hockey».
Los españoles se veían campeones. Se sentían más poderosos. Y, en cierto modo, lo eran. Pero perdieron. «Otra vez lo mismo», dijo el veterano Pol Amat con su cara de inexpresiva calavera; «no hemos sabido jugarles a los alemanes». Cuando el árbitro sopló el silbato, los españoles se fueron desplomando sobre la moqueta verde. Edu Tubau no paraba de llorar. Hendriks recorría el campo consolando a los chicos. Pero no había caso. Estaban desconsolados. En eso, tuvieron grandeza. Fueron los únicos españoles en Pekín que lloraron después de ganar una plata.
Gemma Mengual y Andrea Fuentes. Dúo. Natación Sincronizada.
Crónica del diario El País del 21 de agosto de 2008:

Epopeya española

Las nadadoras desarrollan el cuerpo para vivir sin sustentación. Andrea Fuentes asegura que, después de pasarse 15 años metida en el agua ocho horas al día, siete días a la semana, lo que más le cuesta es hacer ciertas faenas que para la mayoría son triviales: «No soporto ir de compras. Se me cansan los músculos que se usan para estar de pie».
Andrea Fuentes y Gemma Mengual no saben caminar sin esforzarse. Pero lo que hicieron ayer fue prodigioso. Hace falta tener muchos pulmones y mucho corazón para remar cabeza abajo durante cuatro minutos y producir un resultado armonioso y emocionante. Se precisan brazos fuertes como los de un cargador y sensibles como los de una bailarina de ballet. No es posible nadar una final de natación sincronizada y obtener una puntuación de 9.9 sin reunir una serie de atributos incomparable en el repertorio olímpico.
Esto hicieron ayer Mengual y Fuentes en la piscina del Centro Acuático de Pekín. Desde que entraron al agua como dos arpones y empezaron a bailar como ninfas. Salvo una pequeña descoordinación, al principio, su rutina libre fue una exhibición de arte y poderío. Les valió una plata, muy cerca de la pareja de campeonas rusas, que debió exprimirse para salir adelante en el concurso más reñido que se recuerda en la historia de la sincronizada olímpica.
El tránsito de España por esta disciplina es una epopeya que se remonta a 1984, cuando los dúos se inscribieron en el programa en los Juegos de Los Ángeles. El equipo español acudió para dar testimonio de su propia participación. No había potencial para mucho más. Anna Tarrés, junto con Gisella Antich, fue una de las integrantes de aquel dúo. Ella dice que era el vivo reflejo del desarrollo de este deporte en España: «No podía ni levantar una pierna». Aprovechó el viaje para aproximarse a la alta competición y, cuando pudo, escaparse del campus de la UCLA e irse de marcha por Beverly Hills con los jugadores de baloncesto.
¿Qué más se podía hacer? Para sus adentros, Tarrés siempre lamentó no haber tenido una entrenadora como Anna Tarrés. Alguien capaz de rebelarse contra los prejuicios sociales que inspiraba un deporte demasiado femenino para ser considerado siquiera deporte por un sector de la opinión pública. Alguien con la suficiente audacia como para fundar un equipo de élite capaz de medirse a las estadounidenses, las japonesas y las rusas de igual a igual. Alguien que hiciera cosas impensables.
En 1987, Anna Tarrés empezó a entrenar en su club de Barcelona, el Kallipolis. En este pequeño reducto se había iniciado ella y ahí conocería a su nadadora fetiche. Gemma Mengual tenía nueve años cuando la entrenadora la vio moverse en el agua por primera vez. Lo hacía con una facilidad insospechada. Tenía el don de la gracia. «Era ligeramente despistada, igual que ahora», recordó ayer, al pensar en la chica que acababa de emocionarla al recibir la medalla. «Era feliz. Vivía el momento sin hacer grandes dramas. Y como era superior a las otras, ya despertaba envidias».
Anna Tarrés, la visionaria hiperactiva, y Gemma Mengual, el talento aglutinador, fundaron una sociedad rompedora. Las dos eran ambiciosas. Tal vez demasiado. No tardaron en encontrar resistencias federativas. Directivos incrédulos, mediocres, suspicaces. No importó. La entrenadora siguió empeñada en formar un equipo potente. En 2003, durante el Mundial de Natación de Barcelona, empezaron a recoger medallas. Desde entonces, España se ha convertido en una potencia. El único poder capaz de retar a la factoría de Rusia. La actuación de Mengual y Fuentes tuvo tal magnitud que obligó a Anastasia Davidova y Anastasia Ermakova a nadar bajo presión. La referencia de las superdotadas rusas ya no eran las estadounidenses ni las japonesas. Tampoco las chinas. Las rusas nadaban para derrotar a España.
Gemma Mengual y Andrea Fuentes interpretaron una coreografía marcada por la música de la ópera Requiem del fuego. Empezaron con un allegro vivace, haciendo una apnea de más de 30 segundos, con un empuje en el que Andrea tuvo que propulsar a Gemma fuera del agua, en una demostración de fuerza y control. En cada gramo de la final fueron depositando el resultado de años de trabajo en jornadas de ocho horas de agua durante siete días a la semana. En la segunda parte, se movieron por la superficie remando y tomando aire a ritmo de andante sostenido. Finalizaron agotando las reservas de oxígeno con la figura más rápida del torneo, batiendo brazos, manos, y piernas, cabeza abajo, con medio cuerpo sumergido. Con los músculos atenazados por la falta de oxígeno en la sangre. Remando a toda potencia y haciendo que lo necesario parezca un ejercicio de liberalidad, lleno de gracia. Sólo ellas saben por lo que han tenido que pasar. Una epopeya.
Equipo natación sincronizada.
Crónica del diario El País del 24 de agosto de 2008:

«La próxima será de oro»

Gisela Morón es una de esas nadadoras que ofician de cimiento, de flotador y hasta de catapulta para las compañeras que hacen acrobacias en el equipo español de natación sincronizada. Mientras arriba las más etéreas y fotogénicas vuelan y hacen muecas, por debajo, muchas veces sumergidas, en apnea, chicas como Gisela Morón reman con todas sus fuerzas. El elemento más crítico de todos, el que exige mayor precisión en las capas superiores y en las inferiores, recibe un nombre coloquial entre las componentes del grupo. «Le llamamos Humor Amarillo», dijo Gisela ayer, en referencia al programa japonés, «porque Andrea tiene que caminar sobre el agua pisando nuestras espaldas como si fueran troncos flotantes».

Andrea Fuentes se arqueó sobre la espalda y ejecutó el puente apoyada con pies y manos sobre las cabezas de las compañeras que luchaban por mantenerse sobre la superficie. Fue un ángulo agudo perfecto. Un ejercicio plástico y difícil. Bien puntuado, pero demasiado arriesgado. Un error en cualquiera de los pilares, un pequeño fallo, acarreaba el naufragio. Se precisa mucha sangre fría para asumir la responsabilidad de ser el mono, como le llaman las chicas. Lo representó Andrea Fuentes, que, con ademanes simiescos, evocadores del mundo salvaje, hizo un puente con el cuerpo y constituyó la parte culminante de la rutina libre por equipos. Concluido el tránsito, la coreografía África empezó su desenlace. La plata estaba virtualmente asegurada. Fue la segunda que consiguió la sincronizada española en Pekín tras un concurso fatigoso y disputado.
«Hemos marcado nuestro terreno, que era la plata», dijo Andrea, en el pasillo de los vestuarios, después de celebrar el segundo puesto abrazándose con sus compañeras; «la próxima vez iremos a por el oro. En Pekín, el objetivo real era la plata, y aquí estamos».
Andrea Fuentes, que se ha convertido en una líder en toda regla, encabezó al grupo español al entrar en la piscina. En ese momento, los médicos se llevaban a Hiromi Kobayashi en camilla. La nadadora japonesa no había resistido la tensión y, al salir de la última apnea, tuvo un desfallecimiento. El hundimiento de la integrante de uno de los equipos más potentes de la sincronizada mundial habla claro sobre la exigencia física y mental de este deporte. Dos mozos orondos se tuvieron que lanzar al agua para rescatarla. La depositaron sobre la vereda y la japonesa se desmoronó. Tuvieron que llevársela al hospital. Había sido víctima de la hiperventilación y de la presión.
España, China y Japón asumieron su inferioridad técnica y se dispusieron a dirimir la plata y el bronce. Rusia nada en otro nivel. Sus nadadoras provienen de una escuela única. Una cultura imbatible cuando dispone de la suficiente organización. Anastasia Ermakova es la gran figura, pero sus siete acompañantes no tienen mucho que envidiarle. Todas ligeras, todas ágiles, todas fuertes y ordenadas. Poseen el mismo cuerpo, el mismo estilo y, probablemente, la misma manera de concebir la vida. Las ocho se han instruido en un sistema de inspiración militar y nadan como un escuadrón que desfila por la Plaza Roja. La sincronización es una consecuencia casi automática de su cultura. El oro era suyo.
En un deporte cuyas reglas están básicamente inspiradas en el modelo soviético, la irrupción española ha supuesto una subversión de los valores. El equipo de Anna Tarrés va comiendo la roca, poco a poco, desde 1995. Ha introducido dosis de sorpresa y creatividad que hasta entonces resultaban inconcebibles. La iniciativa ha comenzado a dar frutos. Desde los Mundiales de Barcelona, en 2003, las nadadoras españolas cosechan medallas en todas las reuniones. Los Juegos Olímpicos de Atenas fueron una excepción. Pero ayer se tomaron la revancha. Lo hicieron metiendo presión al equipo ruso y a su reflejo asiático, China. Lo hicieron en un territorio inhóspito. Su plata vale oro.
David Cal. C1 500 y C1 1000 metros. Piragüismo.
Crónica del diario El País del 23 de agosto de 2008:

Attila revienta a Cal

Sopló viento de costado, la carrera se hizo lenta y David Cal no pudo con el pelirrojo Attila Vadja, el húngaro poderoso, el campeón, el que acabó gritando fantastic mientras se besaba los bíceps. El duelo de la final de C-1 1.000 metros era un mano a mano: o ganaba el gallego de Cangas de Morrazo o el palista de Szegedm, no había otra opción en el canal de Po de Shuny, a una hora de Pekín en coche. Ganó Attila Vadja, sin opción para Cal: se impuso porque fue mejor y completó la prueba en 3m 50,467s, con una canoa y media de ventaja sobre el español, a dos segundos insalvables.
Mucho Attila incluso para Cal, medalla de oro en Atenas 2004, el palista del rostro impertérrito, el atleta que gane o pierda mira sin transmitir ninguna sensación, el mismo que cuando habla no se sabe si está contento o triste, imposible saber si la plata es un buen premio al trabajo concienzudo y bien hecho o una decepción. María José, la madre de Cal, que sabe del esfuerzo del hijo, lo aclaró, por si acaso, a pie de canal: «¡Tiene que estar muy contento, hombre! Ahora se lo voy a decir. Otros no ganan nunca y él ya conquistó la tercera medalla. ¿De plata?, pues de plata, así que ¡bien contentos!». Y la señora, tan feliz, con el ramo de flores que acababa de recoger su hijo en el podio.
«Estoy contento, pero no sabe tan bien como la medalla de oro. He hecho mi carrera y ya veré si estuvo bien. Quedé segundo y es lo que cuenta», afirmó Cal. Los que vieron la carrera desde fuera, incluido su entrenador, Suso Morlán, estaban convencidos de que David no había estado mal; sencillamente, Vadja estuvo mejor. El oro de Atenas, en cualquier caso, se había vuelto plata en Pekín. «Podía imponerse cualquiera de los dos», concretó el preparador de Cal, «y, con viento, el húngaro lleva cierta ventaja». Pura física: menos envergadura, abajo, el viento le frena menos. Aunque no lo pareciera, Cal ni siquiera arrancó mal, por mucho que pasara sexto los primeros 250 metros, a más de un segundo del sorprendente líder inicial de la prueba, el uzbeko Menkov. Simplemente, tenía que regular. Curtido como está, fue a la suya. «Otros salieron muy fuertes y no llegaron. Yo salí bien», explicó. «Lo importante es cómo llegas y lo hice segundo porque el húngaro iba mejor que yo y fue más rápido», dijo el palista español. El húngaro, que pasó octavo en el primer tramo, también fue a más y, aunque le vio la espalda durante unos metros al español, resultó incontestable en los últimos 100. «Reventé y a él le quedaban fuerzas», razonó Cal, consciente de que las condiciones climáticas le complicaron la vida.
El viento no era muy fuerte, pero sí lo suficiente como para ralentizar la carrera a razón de cuatro décimas cada 100 metros. Al final, tres o cuatro segundos por encima de lo que le viene bien al gallego: «Por encima de 3m 50s no queremos ni ver la carrera y esa es la que tocó», explicó el entrenador. Pura frecuencia -na-die en el mundo da más paladas que él sin viento- y mucho más técnico -los hay más fuertes, pero no más constantes-, ayer Cal marcó un ritmo entre dos y tres paladas menos por minuto de lo que es capaz en otras condiciones más favorables. Puede alcanzar las 66-65 por minuto, y ayer no superó las 62, según su entrenador: «Eso no significa que lo haya hecho mal. Attila no es manco; es muy bueno. O sea, que felicidades y a celebrar la plata».
El otro componente climático, el calor, estaba asumido desde la concentración en el embalse salmantino de Saucelle. «Al calor lo empatamos entrenándonos. Aunque aquí hace más humedad, no afectó. Pero contra el viento no hay pelea; si sopla, malo». Cal, en cualquier caso, pasó página: «Tengo otra oportunidad para el oro en 500 metros». El rival será hoy (8.45) Maxim Opalev, y el pronóstico, idéntico al de ayer. El ruso es más pesado que Cal y si la carrera es lenta, tiene más opciones. Por debajo de 1m 47s, gana Cal. «A 1m 50s, a sufrir», anunció Morlán.
Crónica del diario El País del 24 de agosto de 2008:

«Quise apretar y no pude»

El esfuerzo de David Cal durante los últimos cuatro años, las penurias en el embalse salmantino de Saucelle, un lugar precioso para pasear, pero duro para vivir, le alcanzó ayer para colgarse del cuello su cuarta medalla en su cuarta final olímpica, esta vez en canoa en la distancia de 500 metros. Llegaba a Pekín para sumar dos oros porque los tiempos en los entrenamientos le daban para soñar. Pero, si hace cuatro años sacaba canoa y media a sus rivales, ahora ha tenido que pelear palada a palada y les ha visto la espalda en las dos regatas, la de 1.000 metros, que ganó el húngaro Vajda el viernes y la de ayer, en la que se impuso el ruso Opalev. Pese a todo, ha sido el único canoísta en Pekín que ha repetido en el podio.

A Maxim Opalev, «un amigo y un gran campeón», según le definió el español, seguramente el deporte le debía una porque había ganado Mundiales y Europeos en 200, 500 y 1.000 metros desde 1997, pero sólo fue plata en Sidney en 500 y bronce en Atenas en la misma categoría. Según Suso Morlán, entrenador de Cal, «si alguien merecía ganar esta medalla era él, le faltaba ese caramelo».
Cal terminó la regata mucho más contento que el viernes, pero reventado. La tolerancia al lactato del cuerpo del gallego llegó al límite en los últimos 100 metros de la prueba, cuando trataba de acelerar para coger al ruso. «Me está subiendo todo, me mareo», dijo Cal, tambaleándose, pocos minutos después de bajarse de la canoa, cuando tuvo que ser asistido por el médico. La organización ni se inmutó pese a que su tez blanquecina y sus ojos idos avisaban de que algo iba mal y ni siquiera atendió el consejo del médico, que pedía tiempo para que se recuperara del esfuerzo antes de la entrega de medallas. Así que, mientas Opalev, Cal y el ucranio Cheban escuchaban el himno ruso en honor del ganador, el palista español, que parecía que se iba a caer de un momento a otro, vomitó tras el podio.
La de ayer fue una carrera de las que le gustan a Cal. Sin viento y rápida, la cadencia de paleo fue la propia de una victoria porque el tiempo así lo dice. «1m 48s es un buen resultado. He ido por delante de Opalev y un rato le he tenido controlado, pero al final, cuando me ha pasado, he intentado forzar y se me han agarrotado los antebrazos», dijo. Por una vez, dio síntomas de debilidad: «Quise apretar y no pude. Pero estoy contento. Vine a por dos oros, pero me han ganado dos grandes campeones. No se ganan cada día dos medallas», razonó el gallego. «Cuando ganamos, no nos gustan las disculpas del que queda segundo, así que no vamos a ponerlas cuando nos ganan los demás», añadió su entrenador, que sólo se separó de la pala para hacerse una foto con Cal y las dos medallas. «En Atenas me la robaron. Y el barco, también», explicó risueño el técnico.
Cal se enteró de la victoria de sus compañeros Carlos Pérez y Saúl Craviotto durante la rueda de prensa mientras engullía un plátano tras otro para recuperar las constantes vitales que el ácido láctico le había robado. Para entonces, Cal ya era una enorme sonrisa. «Lo de las medallas está muy bien, pero no sé si me alegra más saber que me voy de vacaciones», dijo. «Nos queremos mucho, pero hemos trabajado tanto que no nos soportamos», bromeó Morlán. Hasta el 7 de enero de 2009, Londres 2012 no existe. Cal tiene cuatro meses para disfrutar de todo lo que se ha privado en los cuatro últimos años. Ahora, cuando suene el teléfono, podrá ya decir que sí a sus amigos.
Anabel Medina y Vivi Ruano. Dobles femenino. Tenis.

Crónica del diario El País del 18 de agosto de 2008:

«No nos han dado opción»

Mientras Anabel Medina veía cómo Virginia Ruano recibía la visita del fisioterapeuta, las hermanas Williams, Venus y Serena, arreaban raquetazos al aire con la mirada perdida. Golpearon una y otra vez las estadounidenses una bola imaginaria. Se pusieron de espaldas a sus rivales mientras lanzaban mandobles. Y mantuvieron bien calentitas sus revoluciones. Ni entonces, con el partido parado, se frenaron las Williams, que dominaron de cabo a rabo la final olímpica de dobles femenino: 6-2 y 6-0. Ruano, plata en Atenas 2004 con Conchita Martínez, volvió a quedarse a un paso del oro. En Grecia consideró el metal un amargo regalo. En Pekín es un éxito construido con sus propias manos.

«Las derrotas no sientan bien, pero, cuando pasen las horas, apreciaremos esta medalla. Ahora te dices que no la quieres. Luego, le daremos su valor», dijo Medina. «No nos han dado opciones», cerró Ruano, la maestra del dobles. El secreto de la plata estuvo en su libro de jugadas, que durante años dominó el mundo del dobles femenino con la argentina Paola Suárez como pareja. Nadie en el abundante cuerpo técnico del equipo chino fue capaz de resolver el jeroglífico de la estructura de juego de las españolas. El sello de Vivi.
El fracaso de la dupla local en las semifinales provocó un tumulto del que sólo trascendió un quedo murmullo. El entrenador de Zi Yan y Jie Zheng, finalmente bronce, despreció en público los golpeos de las españolas. «Son muy suaves», dijo. La respuesta de las tenistas chinas proyectó luz sobre las razones del éxito de Medina y Ruano. «De hecho», dijo Zi Yan, «ése es el típico nivel de los equipos españoles. No son fuertes al ataque. Usan mucho topspin (efecto curvado) y no nos gusta ese estilo. Nos complica el resto. Cuando perdimos así en Roland Garros, intentamos aprender la lección y aplicar diferentes estrategias para responder a esa táctica. No tenemos ni buenas experiencias ni capacidad de respuesta contra eso».
Las españolas no se enfrentaron a cualquiera. Las hermanas Williams llevan años decidiendo cómo, cuándo y dónde ganan. Sólo la maestría de Justine Henin, retirada, y su falta de deseo competitivo, traducido en lesiones y sobrepesos, explican que su dominio del circuito femenino no haya sido continuo. Lo resumió la ironía de la conga de 15 españoles que animó la final entre los aplausos del escasísimo público: «¡Menos hamburguesas y más jamón!», gritaban los aficionados, infatigables pese a la opresora presencia de un marcador siempre contrario. «¡Vamos, chicas; vamos! ¡Vamos, España!».
El tenis, claro, se reconfirmó como el mejor vivero olímpico. Desde los Juegos de Seúl 1988 nunca ha dejado de aportar medallas. Ya son 11 -un oro, siete platas y tres bronces-, seis de ellas logradas en la modalidad de dobles. La última la consiguió ayer el segundo mejor dúo del mundo, que se subió al segundo escalón del podio. Pareja de plata.
Iker Martínez y Xabi Fernández. Clase 49er. Vela.
Crónica del diario El País del 18 de agosto de 2008:

Medalla sin color

Por un instante, se abrió el cielo, el mar se serenó y dejó de diluviar. Terminada la tempestad, Iker Martínez y Xabi Fernández encontraron el abrazo de sus compañeros de selección, que les felicitaron al llegar a puerto. Son medalla, al menos de plata, tras firmar ayer un primer puesto en la última regata de 49er, la medal race, pero se fueron a dormir (si durmieron) sin saber si volverán a casa con un oro o una plata al cuello después de una protesta presentada a los jueces por la actuación de la tripulación danesa. Los hasta ayer líderes, Ibsen y Darrer, sufrieron la rotura del palo de su barco antes del inicio de la regata, y utilizaron con algunas modificaciones el barco croata para competir (fueron séptimos y mantuvieron así el primer puesto). El director del equipo español, Alejandro Abascal, y el experto en reglamentación, Jordi Lamarca, aseguran que no se puede sustituir una embarcación completa por otra de otro país, y presentaron una queja. Los jueces se reunieron hasta la medianoche de Pekín, pero aplazaron a hoy su resolución. También los australianos pidieron suspender la prueba, pero su queja fue desestimada. Si los daneses son eliminados, Iker y Xabi conquistarán el oro. En cualquier caso, los vascos lograron para el 49er español otra medalla que sumar a los méritos de la vela olímpica, y ya van 16.

«Los jueces han dicho que esperan un informe de los medidores de 49er,que deben dar validez a las piezas cambiadas por los daneses», explicó sorprendido Lamarca. «Fuese cual fuese el premio, hubiéramos estado igual de contentos, pero ahora…», se lamentó Iker Martínez. «A mí casi ya me da igual», explotó, harto, su compañero Xabier. Los dos son medalla porque se propusieron conseguirlo: «Ya dijimos que no íbamos a parar de pelear, que nos íbamos a dejar la piel en la regata por las medallas y alguien nos ha puesto a prueba en unas condiciones terribles. Tenemos el fruto de pelear como locos», dijo Iker. «¡Esto es la bomba!», zanjó exultante antes de saber que la batalla legal iba a convertirse en un calvario. La otra, la vivida sobre el mar, fue espectacular, vibrante pero menos tensa que la librada ante los jueces, que llegó a desesperarles.
Navegando en medio de una tempestad impresionante, lucharon contra vientos de más de 20 nudos, olas enormes que golpeaban sin aviso y que les tumbaron dos veces y nueve barcos que, como ellos, buscaron un tesoro con el puñal entre los dientes, nueve tripulaciones que naufragaron, una tras otra, tres veces los brasileños, otra el barco francés, más tarde el inglés, el estadounidense, el francés, el austriaco y también el italiano, a la par que el alemán, cuando ya esprintaban en ceñida rumbo a la medalla de oro. Entonces aparecieron Iker y Xabi y entraron primeros, pura raza de marinos vascos, sobreponiéndose a todo.
Ganaron incluso a un barco fantasma, con bandera y casco croata, tripulado por los daneses. Les bastaba un noveno puesto para colgarse el oro y fueron séptimos, pero con trampa, según varios equipos. Todavía en puerto, desplegaron el spinnaker y se pusieron a trabajar con él. «¿Qué hacen estos tíos jugándose el pellejo?», comentaron dentro el barco español al ver la imprudencia danesa. Minutos después, vieron cómo se les rompía el palo mayor. Trataron de cambiarlo y terminaron cambiando de barco.
«Se han equivocado, cuando el viento es tan duro hay que conservar», explicó Iker Martínez. «Nosotros hemos montado el spee para ver que estuviera todo bien y nos quedamos quietos 40 minutos». La veteranía es un grado y en el mar, mucho más. «La experiencia te dice dónde están los límites», razonaron los vascos. Al ver un barco croata navegando a su lado, Xabi Fernández le gritó a su patrón: «¿Qué cojones hacen esos entrenándose?» No entendían nada, pero bastante tenían. «El viento ha ido subiendo durante la regata y todos íbamos al límite, jugándonos las medallas. El problema no era el viento, era la ola difícil y complicada y que al lado teníamos a cinco barcos arriesgando muchísimo». Superado el vuelco en la virada, volvieron a tragar agua al trasluchar. «Son barcos complicados, rápidos y difíciles de manejar», aclaró el caña del 49er español, que zanjó: «Oro o plata, si lo peleas tanto como lo hemos peleado, es igualmente la bomba».
Explicó Martínez que hace año y medio estuvo a punto de dejarlo todo: «Las cosas iban muy mal, no estábamos contentos, yo estaba hecho polvo porque murió mi madre y no tenía ganas de seguir navegando». Reaccionó, se dio cuenta de que no iba a ningún lado, que no era su estilo abandonar a medio camino, que se había comprometido a hacer una cosa y que no era cuestión de si le apetecía o no: «Era mi obligación, no podía dejar a Xabi tirado ni a la gente que nos estaba ayudando en ese momento difícil. Hoy me acuerdo de mi madre más que nunca». Iker adelgazó hasta 64 kilos y Xabier bajo a los 77 para facilitar la navegación en un campo de regatas con poco viento.
Como ayer, como siempre, Iker y Xabi pelearon solos, lucharon, bravos, y sacaron botín en la batalla. Lo avisaron y cumplieron, palabra de marinero, estirpe de navegantes obcecados. Tienen un tesoro chino, pero se fueron a dormir sin saber su color. El caso es que ya le han arrancado dos medallas olímpicas al mar. Una, la de Atenas, de oro; la de ayer todavía está por ver. Y esa ya no depende de ellos.
BRONCES
Equipo masculino balonmano.
Crónica del diario El País del 25 de agosto de 2008:

Del plomo al bronce

Si la dinámica de fluidos es difícil de entender, más aún lo parece la de grupos, más imprevisible y complicada de resumir en fórmulas, y no digamos la de grupos deportivos. Por ejemplo, la de un equipo de balonmano. La selección española, sin ir más lejos, que ayer cerró el ciclo Pastor, iniciado con un oro inesperado en el Mundial de Túnez 2005 ante Croacia y cerrado ayer, tres años después, con otro bronce imprevisto ante el mismo rival. Como no hay ciencia capaz de explicar la larga marcha olímpica de este conjunto que llegó a Pekín sin apenas publicidad, precedido de un serio patinazo (séptima plaza) en el último Mundial, sin el central titular y sin el mejor pivote del mundo, sólo cabe lo irracional como razón.

Pastor, el técnico, que es de Valladolid, por lo tanto de los que aún creen que encima de la niebla hay cielo, y actúa con el atrevimiento que da el saber que detrás de cada fachada se esconde una realidad más falsa aún, comenzó el torneo con milagros pequeños, arriesgados y poco efectivos, vistosos, sin embargo, como el de convertir al tímido Malmagro en Barrufet de pega para jugar el ataque de las inferioridades, pero terminó a lo grande. Bajo la mirada atenta de Iñaki Urdangarín, que antes que duque y yerno real fue lateral, y se retiró en la pista olímpica de Sidney con el segundo bronce consecutivo de España, el último hasta ayer, el agua se hizo vino, el loco Romero se transformó en el cerebral Chema Rodríguez -el central añorado-, se multiplicaron los panes y los peces, el tosco Carlos Prieto fue, de repente, el felino y letal Roli Uríos -el pivote herido-, el juego libre acabó siendo la maldición del equipo del Balic desquiciado, y el plomo fue bronce. Hombrados, no, Hombrados fue siempre Hombrados, o sea, el chico que lo hizo todo bien: paró, robó, dirigió y hasta miró el reloj a tiempo para invitar a Barrufet, cuatro Juegos Olímpicos, dos medallas, en sus 38 años y dos metros de portero, a despedirse de la selección desde la cancha.
Después del partido de liguilla contra Francia, que finalmente alcanzó el primer título olímpico de su historia al derrotar (28-23) a Islandia en la final, la cosa estaba tan baja que, aquello sí que fue un milagro, le costó al siete de Pastor hasta ganar a Brasil por un gol y llegar a cuartos, que, como todos sabían, era el mínimo necesario. «Todo era sólo un preámbulo para el cruce de cuartos, que era donde en realidad comenzaba el torneo», dijo Pastor. Tocó Corea, victoria segura, lucha por las medallas, maldición: el equipo invisible, al que, tapado por el baloncesto, nadie hacía caso, salía a la luz de los medallables, con lo que las críticas implacables tras su derrota en semifinales ante la asequible Islandia desbordaron su capacidad de aguante. «Todo aquello nos dejó anímicamente destrozados», dijo Hombrados, que es casi tan viejo, un par de años menos, y tan alto como Barrufet. «Fue durísimo levantarse al día siguiente. Yo, personalmente, estaba que me quería ir a casa».
No había digerido el milagro, entonces, el guardameta madrileño, el milagro de ver a Romero haciendo jugar a los extremos, a Juanín mortal en la derecha; dándole juego al pivote, a Prieto que fue Uríos; y en vez de jugarse en disparo absurdo todos los balones, combinando con Alberto Entrerríos hasta en un flying en el minuto 22 de la segunda parte que abrió a cinco la ventaja por primera vez. El remate de una medalla aparentemente inesperada. «Pero no», rebatió Pastor. «Hemos merecido el bronce. Si estábamos aquí era por algo».
Leire Olaberría. Puntuación. Ciclismo en pista.
Crónica del diario El País del 19 de agosto de 2008:

La gloria, del tartán al velódromo

La gloria en el último sprint, el llanto de alegría en un podio olímpico al que jamás una pistard española había subido, en un deporte que Leire Olaberria ni siquiera practicaba hace cinco años. Y tiene 31. Pero la vida, a veces, da vuelcos insospechados. La de Leire Olaberria, medallista de bronce en la carrera por puntos, cambió por completo el día en que se dejó convencer por su novio, Javier Azkue, y se montó en una bicicleta en el velódromo de Anoeta.
Leire había sido atleta. Llegó a batir el récord de España de los 100 metros en categoría cadete. Tenía 16 años y en Arganda del Rey, con la selección de Euskadi, logró una marca de 11,86 segundos. Era una ferviente admiradora de Merlene Ottey, Marion Jones e Irina Privalova, pero, agobiada por los problemas que tuvo con el peso y el exceso de trabajo, dejó el deporte.
«Fui perdiendo la ilusión», cuenta. Diplomada en Turismo, trabajaba en el Palacio de Hielo de San Sebastián y allí le surgió la posibilidad de enseñar a los niños a patinar al tiempo que estudiaba Magisterio. Le faltaban horas a sus días. Fue entonces cuando su novio, Javier, la llevó a Anoeta: «Lo tenía cerca de casa. Había ido alguna vez a ver los Seis Días, pero el ciclismo no me atraía en especial». Le sonó a broma que su novio le animara diciéndole que iba a competir en Pekín. Pero probó y acabó cogiéndole el gustillo.
Néstor Lejarreta, hermano de Marino Lejarreta, el hombre que estaba sentado en las gradas del velódromo de Laoshan, con una fotografía de Leire estampada en su camiseta y con una ikurriña en la mano era el mismo que hace cinco años se quedó pasmado al verla.
«Era increíble. Se había montado por primera vez en la bici y se metía en los sprints como si nada. La sometimos a unos controles. Físicamente, estaba fenomenal. Ha seguido las pautas y en carrera es muy inteligente», explica eufórico el coordinador del equipo Cespa Euskadi en el que se hizo ciclista la ex atleta de Ikaztegieta (Guipúzcoa).
La sangre fría y la paciencia fueron clave en la batalla de Leire por la medalla: 100 vueltas a la pista con diez sprints puntuables. Empezó bien, no se puso nerviosa cuando quedó relegada al quinto puesto a falta de tres sprints para el final, ganó el antepenúltimo, reguló en el penúltimo y, con una entereza física y mental extraordinaria, cruzó la meta como un meteorito en el primer puesto para totalizar los 13 puntos que le valieron el metal.
«Ha salido como habíamos planeado. Se me ha hecho muy largo. No sabía cuántas fuerzas me quedaban, pero me quedaban», decía exultante. Didac Navarro, el seleccionador, era más preciso: «Primero ha acumulado unos puntos, después ha regulado. Si entraba en los dos últimos sprints, no iba a sacar nada. Valía la pena recuperar en el penúltimo, esperar atrás y dar el máximo en el último. A veces, se obceca y se le atraganta la carrera, pero ha sabido relajarse». Leire lo corroboró: «Ha sido uno de los días en que he salido más tranquila». La noche anterior no lo estuvo tanto. Le costó conciliar el sueño. Tal vez, un buen presagio de lo que iba a depararle el día cuando tocó diana a las nueve de la mañana en la Villa Olímpica.
Lejarreta asegura que la planificación de Leire iba encaminada en principio a los próximos Juegos, los de Londres. «Pero disfruta entrenándose y ha progresado a pasos agigantados», asegura. La ciclista fue mentalizándose sobre sus posibilidades desde que logró el cuarto puesto en los últimos Mundiales: «Podía hacer algo, subir un peldaño. Ganar esta medalla es una ilusión tremenda. Crecí como atleta viendo los Juegos en el salón de mi casa. Los problemas me quitaron un poco esa ilusión y decidí dejar el atletismo. Se lo debo todo a Javier». La ex atleta reconoce que para correr en pista hay que estar un poco loco: «Al principio, me asustaba mucho luchar con 20 rivales codo con codo y a 60 kilómetros por hora. Pero me ha enganchado esa sensación de velocidad. Compitiendo es cuando más viva me siento».
En su reconversión de atleta a ciclista también ha tenido mucho que ver su entrenador, Xabier Muriel. «Sobre todo, tenía que mejorar técnicamente», cuenta Navarro; «ha trabajado mucho con él. Le faltaba dominar la carrera, rodar y colocarse bien en el grupo, no entrar en todos los sprints. También tuvo que trabajar físicamente, por supuesto, porque al principio no movía los desarrollos y ahora tiene más fuerza y potencia y acumula menos ácido láctico [el indicativo del cansancio]».
La atleta que quiso ser Merlene Ottey acabó triunfando en el velódromo. Cuando su novio, tras el éxito, la llamó para felicitarla, ella, agradecida, acertó a responder: «¡Ya te lo dije: el día 18 teníamos que pedalear los dos!». Si no fue así, lo pareció.
José Luis Abajo. Espada. Esgrima

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