Las medallas del ADO (IV) - Las Merinadas Deportivas de Edu

Las medallas del ADO (IV)

Viene de «Las medallas del ADO (III)» 

En 2002 se celebraron en Salt Lake City (EEUU) , los Juegos Olímpicos de Invierno. María José Rienda fue sexta en Slalom Gigante consiguiendo así un diploma valiosísimo. El fondista alemán nacionalizado español, Johann Müelegg «Juanito» ganó tres medallas de oro, pero fue descalificado, fue uno de los mayores escándalos por dopaje de la historia del deporte.


Atenas fue la organizadora de los siguientes Juegos Olímpicos de Verano. Para España fueron los Juegos de la confirmación. Estuvo muy cerca de igualarse Barcelona 92. 19 en aquellos días y una conquistada años después con otro dopaje demostrado en la prueba de peso. El equipo olímpico español resurgió y tuvo una actuación bastante notable en la capital griega, tanto en número de medallas, como en el de finalistas. Seis deportistas acabaron en cuarta posición y catorce en el quinto lugar.


Atenas 2004. 20 medallas. 3 de oro. 11 de plata. 6 de bronce.  343 deportistas. 197 hombres. 146 mujeres. 14 medallas masculinas. 5 femeninas. 1 mixta. 50 diplomas (puestos del 4º al 8º). 

OROS

Gervasio Deferr. Salto. Gimnasia Artística.





 


Crónica del diario El País del 24 de agosto de 2004:

Un genio de ida y vuelta

Del cielo al infierno para volver otra vez al cielo. Eso sólo puede hacerlo un tipo genial. Gervasio Deferr, campeón olímpico de salto en Sidney, hace cuatro años, repitió una hazaña sólo reservada a los grandes privilegiados del deporte, pero que se agranda todavía más por las condiciones en que lo ha conseguido. Tras fallar nuevamente en suelo, su mejor aparato, como le sucedió en 2000, pero, sobre todo, después de haber pasado un calvario por un control antidopaje positivo con hachís en 2002; por problemas físicos que le llevaron incluso al quirófano, y por la muerte de un hermanastro en un accidente, ha vuelto a la gloria.
En apenas cinco meses, sólo esta temporada, Gervasio Deferr se ha preparado para volver a la cumbre que había alcanzado y que, con su carácter extravertido, parecía haber perdido para siempre. Pero Gervi, capaz de lo mejor y de lo peor, ha renacido de sus cenizas. También con fortuna, ya que el salto es el aparato de la gimnasia más imprevisible y él ganó en la lotería porque también perdieron los demás. Pero se dice que para conseguir las cosas, con fortuna o sin ella, hay que estar en el momento oportuno en el lugar apropiado. Y Deferr ya ha estado dos veces.
A sus condiciones físicas extraordinarias ha unido Gervi una capacidad mental asombrosa para soportar también el duro trago de perder a su hermanastro en un accidente de tráfico el pasado 25 de abril. El irse a Madrid desde Barcelona para entrenarse con el equipo nacional le ha ayudado mucho. Quizá en solitario habría sido imposible, aunque él ha tenido siempre en mente a su entrenador, Alfredo Hueto.
El equipo español de gimnasia había hecho la mejor competición olímpica de su historia e incluso había rozado el podio con Rafael Martínez en el concurso múltiple individual y con el propio Gervi en suelo. Pero le faltaba la medalla. Y tenía que ser él, maldito en su mejor aparato y bendecido en el que también es apropiado para su físico, de centro de gravedad bajo y piernas potentísimas, pero que no lo domina tanto. Buena prueba de ello es que presentaba en el concurso de Atenas los dos saltos con nota de partida de dificultad de 9,90 puntos, no de 10, como la mayoría de sus grandes rivales. No había tenido tiempo de preparar, por ejemplo, los dobles mortales con carpa impresionantes que se vieron ayer. En la final, los gimnastas se la juegan y el que clava las salidas es medalla segura. Deferr necesitaba clavar alguno de los suyos y que los demás fallaran incluso en la ejecución. Y eso fue lo que ocurrió.
El concurso empezó bien para los intereses del español. El rosario de caídas lo inició el ruso Bondarenko, plata en Sidney, que cayó en ambos saltos de bruces, de forma impresionante, lesionándose en el segundo. Acabó desconsolado. El húngaro Gal clavó sólo uno de sus saltos, pero no era de los peligrosos como el búlgaro Yanev, que se salió en el segundo de las líneas de salida. Y el chino Li Xiaopeng, campeón mundial en 2002 y 2003, se sentó en el primero perdiendo toda posibilidad. Sólo el letón Saproneko subió la presión y puso el oro caro. No clavó ninguno de sus saltos de 10, pero se fue a 9,706 con dos puntuaciones de 9,712 y 9,700. Al final, sería plata. El canadiense Shewfelt, oro en suelo, otro especialista de los aparatos de potencia de piernas, falló en las dos salidas, aunque se colocó detrás de Sapronenko, con 9,599.
Deferr tenía su gran oportunidad y pareció desaprovecharla en el primer salto. Lo mismo que Shewfelt, no clavó el final de su Yurchenko (la gimnasta rusa que lo inventó, apoyando primero las manos en el suelo) con un mortal y doble giro medio sobre el eje longitudinal. Necesitaba clavar el segundo, un Tsukahara (su inventor) o rondada, extendido, también con doble giro y medio sobre el eje longitudinal. Y lo logró. Cuando levantó los brazos, sabía que el podio era seguro. Con 9,737 ya era plata.
Sólo quedaba el rumano Dragulescu, uno de sus rivales tradicionales, subcampeón del mundo de 2003 y gran especialista. Hizo un primer salto extraordinario y el 9,900, la máxima nota de la noche, le dejaba con el oro casi en el cuello. Pero necesitaba no fallar en el segundo. Y falló. Se desequilibró y se fue fuera de las líneas y de la colchoneta. Bajó hasta el bronce. El oro era otra vez de Gervi.

David Cal. C1-1000 metros. Piragüismo.

Crónica del diario El País del 28 de agosto de 2004:

«¡Tengo que quedar primero como sea!»

Ya se sabe que es muy suyo, que apenas habla, que le cuesta transmitir sus emociones. David Cal es un personaje muy singular. Ayer, sin embargo, logró explicar su triunfo con un punto de épica muy propio de los deportistas únicos. «A mitad de carrera», contó, justo cuando se discutía el papel de favorito que se le había adjudicado desde la clasificación, se dijo: «¡Tengo que quedar primero como sea!». A sus 21 años, Cal no quería fallar, y menos cuando recordó que el piragüismo español acumulaba veinte años sin ganar una medalla olímpica. Tras dominar la carrera del C-1 1.000 metros con autoridad, apareció la figura de Andreas Dittmer, dispuesto a disputarle la victoria. La sombra del alemán le puso sobre aviso, y David empezó a palear todavía con más fuerza, con más intensidad, con más determinación. Si habitualmente tiene una frecuencia de entre 60 y 65 paladas por minuto, debió llegar a las 70. Y a Dittmer no le quedó más remedio que rendirse.

David Cal ganó como estaba escrito, y el piragüismo español se colgó el primer oro y además logró la primera medalla individual, después de cuatro medallas acumuladas en anteriores Juegos: dos de plata (K-4 1.000 metros en Montreal 1976 y K-2 500 en Moscú 1980) y dos de bronce (K-2 1.000 en Moscú 1980 y C-2 500 en Los Ángeles 1984).
«La carrera de hoy [por ayer] ya la había disputado el año pasado en el Campeonato del Mundo en Gainesville [Estados Unidos]», relató después Cal. «Entonces Dittmer me ganó en los últimos metros», prosiguió «No quería volver a ser segundo. Aquí, con las gradas a reventar, con gente jaleándome, no quería que se me escapara el triunfo, y apreté más el ritmo. Si me vuelve a pasar… no sé que habría ocurrido».
David Cal estaba reventado por el esfuerzo, por el cansancio, por el palear que se había marcado para que Dittmer no le volviera a superar. Así que cuando llegó a la meta se dejó caer de espalda en el mismo muelle y allí estuvo durante varios minutos. En el momento en que fueron a buscarle para que acudiera al control antidopaje, descubrió con terror que no llevaba la credencial. Acababa de ganar el oro y, sin embargo, parecía abrumado más que preocupado. Ni siquiera pasó por la zona mixta, circunstancia que los periodistas interpretaron como una muestra más de su carácter introvertido, de que no le apetecía hablar. Pero no era el caso. Acudió a la ceremonia de entrega de medallas y después volvió al control antidopaje -«yo siempre he pasado sin problemas todos los controles»- precisó cuando se le preguntó por las denuncias realizadas por algunos palistas sobre la incitación al dopaje por parte del presidente de la federación española, Santiago Sanmamés. No encontraba la manera de orinar.
«Le estamos muy agradecidos a nuestro fabricante de canoas , porque nos construyó una especial para nosotros de cara a estos Juegos», explicaba, mientras tanto, Jesús Morlán, que entrena a Cal desde los 14 años, después de recuperarle para el piragüismo en 2002 cuando, tras una mala experiencia en el CAR de Sevilla, había decidido ya colgar los palos y la canoa. «Elevó unos seis centímetros la altura del casco en la proa y la cubierta en la zona de popa, y con ello evitó la entrada de agua cuando el viento era fuerte y había oleaje en la prueba de clasificación; sin esas modificaciones, lo más probable es que ahora no estuviéramos celebrando el oro. David rema muy duro en ataque, y se hunde. Hoy [ayer] no soplaba el viento, no había oleaje, y por eso ha competido con el barco de siempre».
Morlán tuvo que correr para cargarse al hombro la canoa, que pesa 16 kilos y cuesta unos 3.200 euros, cuando vio que dos voluntarios ya la estaban retirando del agua. «Hay que controlarla», exclamó, «porque mañana [por hoy] la necesitamos». No era la canoa que habían utilizado en la clasificación. Era la que usan habitualmente, más baja, pero con una pequeña elevación en la parte de atrás. «Vimos que venía viento de culo», agregó, «y creíamos que eso evitaría que entrara el agua y nos ayudaría a competir». El técnico se sorprendió cuando le comentaron que Cal había hecho los 1.000 metros en 3m 46,2s. «Es un registrobomba; sería récord si existieran en este deporte», adviritió. «Y lo bueno es que es un yogurín, porque sólo tiene 21 años y todos sus rivales rozan los 30 o ya los han superado».
Nunca dio la impresión de que Cal estuviera nervioso, ni antes ni después de la carrera. «No lo estuve», certificó después el campeón, tomando la palabra a su entrenador. «Me levanté a las seis, una hora y media antes de la competición, para preparar la carrera, pero había dormido muy bien. Me gusta calentar en la caona, para luego salir del agua y calentar en tierra y finalmente acabar el calentamiento de nuevo en la canoa. Mis sensaciones durante estos días eran muy buenas». «Él, no; quien estaba nervioso era yo», descubrió Morlán. «Notaba más la ansiedad de la competición yo que él». Frente a la flema de David Cal, sus conocidos expresaban su satisfacción.
Una de las primeras personas en felicitarle fue su madre, María José Figueroa, desde la panadería que regenta la familia en Hito, perteneciente al municipio de Cangas de Morrazo, en Pontevedra. «Estaba muy emocionada», explicó David. «La medalla significa mucho para mí y para el piragüismo, y también para la familia». Frío como es, introvertido como se le ve, resulta difícil conversar con el nuevo campeón olímpico. No fue fácil, consecuentemente, preguntarle por las próximas jornadas. Hoy afronta la segunda final, la de C-1 500 metros, y el domingo será el abanderado de España en la ceremonia de clausura de los Juegos. Hay esperanzas nuevamente de que pueda obtener una medalla. El oro, sin embargo, parece más difícil de alcanzar. «Veremos», responde David, mientras su entrenador, Suso Morlán, anuncia: «Él tiene un estilo un poco keniano, y es mejor en 1.000 metros que en 500, pero pensamos que también se podrá conseguir algo. Pero debe quedar claro que la prueba tiene un superfavorito, que es el ruso Maxim Opalev, del que hemos visto ya varios vídeos».
David Cal no sólo aspira a volver a subir al podio, sino que suspira porque su mejor amiga, María Teresa Portela, y Beatriz Manchón consigan una medalla en K-2, al igual que Damian Vindel y Francisco Llera. «Hasta mañana», se despidió ayer Cal.

 

Xabi Fernández e Iker Martínez. Clase 49er. Vela.




Crónica del diario El País del 27 de agosto de 2004:

Botín de oro

Al paso de la primera boya, Iker Martínez y Xabier Fernández iban los duodécimos y sus posibilidades de asegurarse la medalla de oro en la clase 49er estaban bastante comprometidas. Ya tenían un metal asegurado, pero, como siempre se mantuvieron como líderes de la clasificación general, querían el primer premio y la última regata se estaba convirtiendo en un sufrimiento. «Yo también sufro, claro», explicaba Alejandro Abascal, su entrenador; «han comenzado con un viento muy flojo y salieron en una mala posición. Hay incertidumbre y se pasa mal porque cualquier error es decisivo».

Iker y Xabier, en cambio, mostraban una tranquilidad sobrecogedora. Al inicio, se habían propuesto marcar a los ucranianos, los segundos, pero se quedaron sin viento y su máximo rival se fue. Los españoles pasaron un mal rato hasta que sacaron la calculadora y se dijeron: «Hay que concentrarse y pensar en hacer nuestra regata». Al final, acabaron los séptimos. Eso les bastó para ganar el oro. El décimo de la vela española, la 15ª medalla olímpica en la historia de este deporte y la tercera en Atenas, tras las platas de Natalia Vía Dufresne-Sandra Azón en 470 y de Rafael Trujillo en Finn. «Todo esto nos compensa por lo que ocurrió en Sidney, donde no ganamos ninguna», remachó Abascal.
«Era la regata más importante de nuestras vidas», exclamó Iker tras sacar el barco del agua, como es su costumbre, incluso el día en que fueron los mejores del mundo; «y lo hemos hecho muy bien». «¿La primera sensación? La de tener una medalla dorada en casa y los nuevos bríos e ilusión que eso nos da para seguir adelante», agregó Xabier.
Cuando atravesaron la línea de llegada, los dos levantaron las manos y se fundieron en un largo abrazo, al que minutos más tarde se unió Abascal. «Fue un abrazo que… ¡Dios mío! No hacían falta palabras», proclamó el entrenador; «los tres sabíamos lo mucho que nos había costado: nada menos que siete años trabajando a fondo, sin descanso, para lograr ser los primeros. Estamos todos muy emocionados».
En el muelle del centro de vela de Agios Kosmas, Iker y Xabier comenzaron ya a pensar en el futuro inmediato. Con la medalla de oro se han asegurado un premio de 30.000 euros cada uno y poder seguir con la beca ADO del tipo A, que supone un ingreso anual de unos 50.000.
Hoy la vela cierra las puertas con la última regata de la clase Tornado, en la que ayer Fernando Echavarri y Antón Paz perdieron todas sus posibilidades de medalla. La de Iker y Xabier fue la última. Un excelente punto y final a la competición.

PLATAS

«Paquillo» Fernández. 20 km marcha. Atletismo.




Crónica del diario El País del 21 de agosto de 2004:


Una plata memorable

Llegado el momento más importante de su vida, Paquillo Fernández se agachó, cruzó las piernas y se sentó sobre el tartán, a la sombra, en la curva del 100. Eran las nueve menos un minuto. Se sentó en el suelo y, tranquilo, las gafas de sol ya bien asentadas sobre su nariz, hizo unos ejercicios de relajación de piernas. A su alrededor, nerviosos, impacientes, los otros 47 participantes en la prueba de los 20 kilómetros marcha, la cita que inauguraba las competiciones en la pista del estadio Spiridon Luis, se movían sin parar, en círculos, de atrás adelante; se colocaban la gorra, se ajustaban las gafas… Los ardientes chinos, los callados rusos, los acelerados italianos, el feliz Molina, el preocupado ecuatoriano Jefferson Pérez, el altísimo australiano Deakes… Mientras tanto, Paquillo, con una botella de agua en la mano, esperaba sentado el sonido del silbato. Parecía el más tranquilo de todos y, sin embargo, muy pocos, si es que alguno, se disponían a participar en una final olímpica soportando la carga emocional que el atleta granadino de Guadix llevaba encima.

Un crespón negro en la camiseta roja le delataba.
El día del entierro de su entrenador de toda la vida, Manuel Alcalde, aquel marchador de los tiempos de los pioneros, de Josep Marín, Jordi Llopart y compañía, aquel hombre que contagió a Paquillo con el veneno de la marcha, los técnicos de la federación, directores, presidentes…, le preguntaron a Paquillo, la gran esperanza olímpica, cómo, con quién, dónde…, se entrenaría los últimos cuatro meses antes de Atenas. Su respuesta no extrañó a nadie: «Seguiré aquí, en Guadix, y seguiré solo. Sé perfectamente lo que me mandaría hacer Manolo en cada momento, en cada situación». Y solo, siguiendo su instinto, la inspiración de su técnico desaparecido, Paquillo desgastó zapatillas en el pulido asfalto del altiplano de Guadix, en el áspero asfalto del cabo de Gata, en el desierto de Almería, junto a la playa de Aguadulce…
Quizás no fuera la decisión más acertada. Quizás Paquillo no llegó su cita con la gloria tan perfecto como habría deseado, con la misma velocidad, con el mismo cambio de ritmo… Quizás, físicamente, no era el mejor Paquillo posible. Quizás allí, por ello, no ganó la medalla de oro. Pero seguro que, mentalmente, se sentía más fuerte que nunca, que nadie. Seguro que por eso ganó la plata. Su mundo era otro, inaccesible.
Ocurrió en el minuto 50, recién rebasada la marca de los 12 kilómetros. Marín, el director técnico de marcha, se asustó de verdad. «Ya está todo perdido», pensó Marín, quien, con la ayuda de la viuda de Alcalde, Montse Pastor -de acá para allá con el coche, con el agua, con las sales…-, organizó el avituallamiento; «ya no hay nada que hacer. Paquillo, cuando se queda, se queda». Hablaba la experiencia. Marín conoce la marcha. Marín, hace 22 años, en el mismo estadio ateniense, había ganado un Campeonato de Europa. Marín conoce a Paquillo. Lo conocía. Conocía al antiguo Paquillo, al Paquillo que pinchaba y se hundía. Y ayer parecía, sí, que pinchaba.
Paquillo había marchado toda la competición en cabeza. Por su lado habían comenzado a tirar los impetuosos chinos. Por su lado habían pasado los mexicanos en tromba. A su lado habían permanecido el sólido italiano, el Ivano Brugnetti, que buscaba su primer título en la pista -hace casi tres años, en noviembre de 2001, se enteró de que era el ganador de los 50 kilómetros de los Mundiales de Sevilla 99: en un despacho le entregaron la medalla, de la que habían desposeído por dopaje al ruso Skurgyn-; el temible Jefferson Pérez -aunque se le veía sudar, el calor no le gustaba al campeón mundial de París 2003-, el regular Deakes, de tan feo pero tan efectivo marchar… Y Paquillo seguía al frente después de que sus propios tirones y los tremendos cambios de ritmo del italiano hubieran dejado en tres al grupo.
La prueba, que había comenzado no muy rápida, por encima de los cuatro minutos el kilómetro, como el cronómetro que cada 2.000 metros le pitaba en la muñeca informaba a Paquillo, se había acelerado. Ya iban a ritmo rápido, a tres cincuenta y poco el kilómetro, a casi 17 kilómetros por hora, y siempre con un pie en el suelo, sin doblar la rodilla, sin correr. El italiano todavía encontró reservas para acelerar más. Y Paquillo empezó a quedarse. «Pinchazo», temieron todos. Él también lo temió, ma non troppo. «Bueno, la verdad es que me acojoné un poco», confesó más tarde.
Pero Paquillo no pinchó. A su lado, detrás, olía la llegada de Jefferson Pérez, quien se había soltado antes. Por delante veía la sombra del italiano y la del australiano. Y él se colocó su máscara de dolor. Se acordó de Alcalde. Se prometió que no fallaría, que no podía fallarle ni fallarse en ese momento precisamente. Se recuperó.
En los últimos kilómetros, cuando Deakes, ya dos veces advertido, empezó a hacer la goma, cuando el oro ya era un asunto hispano-italiano, Paquillo intentó dos veces escaparse de Brugnetti, milanés del 76, un año mayor que el español. Pero su rival le aguantó los dos tirones. Y no sólo eso.
Pese a cargar también con dos advertencias, Brugnetti también tiró por su cuenta. Fue a las puertas del estadio, cuando Paquillo ya se había hecho ilusiones de oro. El italiano se le fue dos, cinco, diez metros… Se le fue. Paquillo, entonces, pensó que la plata tampoco estaba tan mal, que seguro que Alcalde le habría abrazado loco de alegría nada más cruzar la meta. Pero, detrás de la cinta, no estaba nadie aguardándole.
Paquillo, sin quitarse las gafas, levantó un puño en señal de alegría. Y envió un beso al cielo con la otra mano.
José Antonio Hermida. Mountain Bike.
Joan Llaneras. Puntuación. Ciclismo en pista.
Crónica del diario El País del 25 de agosto de 2004:

Medalla y polémica

Joan Llaneras, el gran hombre del ciclismo español en pista, no pudo repetir su título ganado en Sidney 2000 en la prueba de puntos, pero ganó la plata. Demostró que es el mejor, el más fuerte, pero en una carrera extraña, con muchas escapadas, en la que todos le vigilaron y no hicieron lo mismo con el ruso Ignatyev, al que dejaron irse demasiadas veces en las 160 vueltas (40 kilómetros), con sprints cada diez. El mallorquín tuvo así muchísimo mérito y sobrada clase para remontar todo, menos el oro. Por ello valoró incluso más esta plata que el título de Sidney. Tenía cuentas personales pendientes. Es un tipo de carácter que no se ha sentido bien tratado: «He pasado malos momentos durante los dos últimos meses. La federación ha sido muy injusta conmigo, y más que los últimos meses todo el año. Para mí, es la recompensa al trabajo, a la constancia, a no dejarme influir por el mal ambiente que han intentado crear conmigo. En principio, ha sido por el asunto de Gálvez, pero después ha habido más cosas. Ahora no voy a hablar más. Después quizá haga un escrito».

No suele ser normal que ganar medallas traiga descargas de amargura, pero el deporte español parece que se está abonando a las reivindicaciones. Los triunfos son para quienes los consiguen, pero, al parecer, también para lanzarlos a la cara de los directivos y los técnicos. Lo de Llaneras no es una rabieta juvenil como en el remo. Se queja un oro y plata olímpico y mundial (2000 y 2003) en puntuación y doble plata mundial en americana (2000 y 2001), que hoy corre con Alzamora en vez de con Gálvez, con quien piensa que tendría más posibilidades. De ahí, uno de sus contenciosos con la federación y más concretamente con Jaume Mas, el técnico que ha decidido y que contestaba ayer a la gallega: «Ahora mismo, Miguel Alzamora es la mejor pareja que puede tener Joan y pienso que lo van a hacer muy bien».
Llaneras confirmó lo difícil que fue subir otra vez al podio: «La carrera ha sido muy dura porque salía como uno de los favoritos y sabía que había mucha gente pendiente de mí. De hecho, desde el principio ha sido así. Ha habido un ataque al que nadie ha respondido. He tenido que salir yo a por él y a partir de ahí ha habido un segundo ataque en el que estaba el ruso y tampoco nadie ha respondido. Entonces, han cogido una vuelta casi gratis. Sabía que la carrera iba a ser difícil, pero esperaba rivales un poco más honrados y que no hubiesen estado tan pendientes de mí. Todo el mundo me ha dejado la responsabilidad a mí y desde ese momento ha sido muy duro remontar. Pero, a base de arrancar y atacar muchas veces, he conseguido romper la carrera, unas veces con unos y otras con otros y, bueno, al final, contento porque creo que ha sido una recompensa. El ganador ha sido muy fuerte, pero también le han dejado muy libre. Si se ve el vídeo, cada vez que arrancaba, absolutamente nadie iba a por él. Es muy difícil luchar contra eso. Que me hubieran dejado solo a mí…»
A sus 35 años, puede que sean sus últimos Juegos, pero tiene su receta para seguir en activo: «No es cuestión de edad, sino de cabeza. Si mantienes la ilusión, las ganas de entrenarte, la familia te apoya, un buen grupo de amigos, que no te cueste salir a entrenarte, que cada día te lo pases mejor yendo en bicicleta… Eso es lo más importante. La edad no es un hándicap con ilusión y ganas».
José Antonio Escuredo. Keirin. Ciclismo en Pista.
Crónica del diario El País del 26 de agosto de 2004:

Triunfador sin resabios

Cuando tenía 22 años, cuando los Juegos de Barcelona, a tiro de piedra de su casa, en Salt (Girona), José Antonio Escuredo se llevó el berrinche de su vida al no ser seleccionado para el equipo de velocidad. Cuando, ya maduro, con 33, le llegó la noticia de que las autoridades deportivas pensaban que estaba acabado y que más le valdría dejarlo, a Escuredo, que pasaba por una mononucleosis, no le extrañó lo más mínimo. Estaba acostumbrado a decisiones que creía caprichosas. No le afectaban.
Por eso, pese a ser el dinosaurio de la selección española de pista que ha cerrado su participación con dos medallas de plata y dos de bronce, ayer, cuando alzó en el podio la medalla de plata que logró en el keirin,en el ánimo de Escuredo no había el menor tinte de revancha, de se van a enterar los que no creían en mí, lo que no está nada mal en un equipo en el que los dos que participaron en la americana, una prueba por parejas que se simboliza con el apretón de manos y la palanca con que se marcan los relevos, no se hablan. Tampoco voceó. Se hizo la víctima hace un par de meses en Melbourne, cuando también fue plata en keiriny velocidad por equipos.
Su familia tiene varios secaderos de jamones por media España, posee la marca La Jabugueña, tiene piaras y granjas de cerdos. Entonces, Escuredo no corre por dinero. No mantiene su cuerpo de coloso, rompedor; no se juega la vida a 70 kilómetros por hora peleando por la posición con codos, piernas y dientes frente a otros bestias de la velocidad y el músculo para sobrevivir, sino por placer. Por la descarga de adrenalina súbita, embriagadora, que precede la entrada del derny -la curiosa motocicleta que se activa a pedales y tras la que los corredores del keirin, entre media docena y ocho, marchan como rebaño unas vueltas- mientras, ansiosos, esperan el disparo del starter;por la agresividad contenida -ahora que el keirin, esa disciplina olímpica que se parece un poco a la caricatura que Takeshi Kitano hizo en El verano de Kikujiro: especie de carrera de galgos, de ciclistas sin nombre, sin cara, sólo un número y un color en el casco, y apuestas, se ha civilizado y ya no se producen aquellas folclóricas agresiones con la cabeza- en la lucha por el espacio, por la cuerda, en el zigzag a 70 para evitar perder el espacio vital, la treta o el amague que le dejen desarmado; por la liberación de la llegada, todos los músculos, una décima de segundo antes, en contracciones velocísimas, se relajan, se sueltan, se dulcifican.
Eso es el keirin, el sprint de pista en su versión colectiva: cuando la moto que los ha llevado progresivamente se aparta, los ciclistas tienen dos vueltas y media para jugarse la victoria entre peraltes, curvas y una mínima recta. Ésa es la disciplina que hizo ayer grande a Escuredo, pero eso, que el keirin le daría la alegría definitiva tras años de ser uno bueno, pero nunca el mejor, no lo supo Escuredo -nervioso, tics, guiños involuntarios, dicción acelerada, como su pedaleo, como su mente, esposo de Sonia, padre de Víctor, de dos años y medio- hasta muy tarde. Para Escuredo, la élite de lo suyo, de la velocidad pura, era, lo sigue siendo, el kilómetro, la contrarreloj explosiva, la más corta, la más agotadora -en esa prueba llegó a tener efímeramente el récord del mundo, 1m 1,945s, conseguido en Quito en 1995- y hasta que no le convencieron, después de los Juegos de Sidney, de que quizá en elkeirin tendría más terreno de expresión, hasta que el influjo del joven de la velocidad, del extravertido Villanueva, la sana competencia, no le inyectó en vena la especialidad, no juraba más que por el kilómetro. Pero se picó con Villanueva y con Cabrero, dos madrileños que algunos meses fueron a Japón a participar en las series de keirin, un furor nacional. Se picó, mejoró y siguió mejorando. Hasta que llegó el día, ayer; el lugar, Atenas, el velódromo de la madera más pulida; el acontecimiento, los Juegos; la circunstancia favorecedora -eliminado en las semifinales, fue repescado por la eliminación del británico Staff- para que, por fin, el dinosaurio se expresara como tantos años llevaba deseando. Y, aunque le ganó el australiano Ryan Bailey, finalmente levantó el brazo en triunfo, sin amargura, sin resabios.

Mucha, mucha fuerza

El ciclismo de velocidad en pista, pruebas muy cortas, sprints de 200 metros en menos de 10s, o un poco más largas, de un kilómetro en un minuto y muy poquito más, aparenta ser un deporte sencillo, de potencia pura, de máxima fuerza en mínimo tiempo, pero no sólo es eso. También es un deporte de inteligencia -el keirin es un ejercicio perfecto en el que se comprometen la medida interna del tiempo, el conocimiento de los rivales, la habilidad para pedalear a 70 kilómetros por hora mirando hacia atrás, cerrando, anticipando el movimiento de los rivales que persiguen-, de astucia, de suerte. «Y de mucho sacrificio», dice Jordi Porta, el profesor del INEF de Barcelona que dirige el entrenamiento de fuerza de la selección española de velocidad; «de muchas horas en el gimnasio y en la carretera, de combinar el entrenamiento aeróbico con el de resistencia y el anaeróbico».
«Pero, al final, todo depende de la fuerza», dice José Antonio Escuredo, el medallista de plata, una mole no muy alta para lo que se ve por ahí -1,79 metros-, pero muy ancha, una montaña de músculos de 90 kilos con sólo un 8% de grasa. Excepcionales glúteos y cuádriceps en los muslos; extraordinarios isquios, magníficos pectorales y grandorsales, tan fuerte de torso como de tren inferior, capaz de romper bielas y manillares de acero en sus arrancadas, capaz de desarrollar más de 2.000 vatios de potencia máxima durante casi 10 segundos, como para mantener en marcha un secador profesional. «Porque, aunque de vez en cuando alguien menos rápido, menos fuerte, puede ganar una carrera, eso es la excepción».
Pese a sus 34 años, Escuredo, explica Porta, que trabaja con la selección desde hace poco, ha mantenido los niveles de fuerza que acreditaba desde hace años. «Eso es excepcional y casi digno de estudio», precisa; «tiene la fuerza explosiva de un jugador de baloncesto y al tiempo es capaz de levantar en el gimnasio más de 200 kilos en sentadillas [en cuclillas, al deportista le depositan sobre los hombros las pesas, que eleva hasta ponerse de pie] y hacer cuatro series de cuatro repeticiones de 175 kilos». Todo ello se traduce en fuerza, en vatios.
Doma por equipos mixto. Hípica.
Crónica del diario El País del 22 de agosto de 2004:

Doma de plata

«De momento, hemos tocado pelo. Luego, veremos de qué color es». Rafael Soto, espléndido líder en una primera jornada que anunciaba glorias, daba saltos de alegría en los aledaños del rectángulo de tierra de 60 por 20 metros en el Centro Ecuestre de Markopulo. El jerezano hablaba en términos taurinos para la gran ocasión. Beatriz Ferrer-Salat acababa de tener una actuación aún mejor que él, como se esperaba, y Juan Antonio Jiménez la había precedido con una tercera puntuación magnífica. Sólo el holandés podía quitar la plata a un equipo que estaba logrando una de las hazañas más grandes de la historia olímpica española. El bronce estaba asegurado, pero quedar más arriba, sólo por detrás de Alemania, la superpotencia, en doma aún más que en saltos, era un hito, el cielo máximo tocable. Si se conseguía, era casi un milagro tras haber empezado de la nada en Atlanta 96. Y se consiguió. Sven Rothenberger tenía que sacar 74 puntos, como Beatriz, pero su caballo no daba para más y se quedó en 69. Así, Holanda incluso perdió el bronce en beneficio de Estados Unidos. Éxito consumado.


De ser séptima en Atlanta 96, un digno principio, y magnífica quinta en Sidney 2000, España ha subido al segundo peldaño del podio. En los Juegos Ecuestres de Jerez 2002, los Campeonatos del Mundo, fue bronce y pudo quedar la duda de si, al ser en casa, el favoritismo de los jueces había influido. Pero la plata en los Europeos de Hickstead (Reino Unido), en 2003, ya confirmó que se habían rendido a la escuela española.
Sólo queda ganar a la gigante Alemania. Pero eso es aún más difícil que vencer a los chinos en tenis de mesa o a los japoneses en yudo. Ellos tienen los mejores caballos y llevan muchos más años de experiencia con la repetición de los movimientos. Rainer Klimke, Isabelle Werth y Nicole Uphof, precursores de la máxima estrella actual, Ulla Salzgeber, no sólo forman parte de la historia de la doma o de la hípica, sino de las páginas más brillantes de dominio en el olimpismo. Salzbeger, precisamente, hizo la mejor puntuación ayer y es la más firme candidata individual al oro. Pero inmediatamente detrás está Beatriz, que bordó el ejercicio obligatorio. El jinete y el caballo deben bailar en algo menos de diez minutos, y ejecutar 32 ejercicios prefijados, combinaciones de las tres formas de moverse el animal: pasos, trote y galope. En diagonal o en paralelo a los lados. Beauvalais, su caballo, hizo otra exhibición, lo mismo que en las dos variantes clave: el passage, un trote más elevado, y el piaffer, en el que el animal, parado, debe oscilar entre diez y doce movimientos.
La plata de ley ganada ayer es el fruto de muchos años de preparación y de estar compitiendo en Alemania, en la cuna, donde empezó Beatriz, para coger experiencia y que los jueces conociesen el trabajo de los españoles. Porque, al igual que en otros deportes en los que los resultados dependen de las puntuaciones, como la gimnasia o el patinaje, no se trata lo mismo a los grandes que a los recién llegados. Beatriz fue la pionera, por libre, en Alemania y después se incorporó a la escuela andaluza para esta llegada conjunta a la cumbre. Ya fue plata individual en Jerez y bronce en Hickstead. Ahora está en su doble salto a la cima olímpica, por equipos y en solitario, para quedarse en ella tras ser 32ª en Atlanta 96 y décima en Sidney 2000.
Jiménez empezó temprano a abrir el camino. Era clave para tener una tercera puntuación alta porque Ignacio Rambla, el día anterior, no pudo hacer más con Oleaje, un caballo muy joven, que no está preparado. Pero Guizo, el ejemplar de raza lusitana que montó el cordobés, estuvo magnífico. «No hemos estado mal, no», comentó. Con su actuación, el bronce era casi seguro, salvo catástrofe de Beatriz, porque Estados Unidos y el Reino Unido estaban superados. Sólo quedaba Holanda. Su mejor baza, Anky van Grunsven, no había estado bien al fallarleSalinero. Así, su último hombre necesitaba dar mucho más y no lo dio. Beatriz, en cambio, se salió.
David Cal. C1-500 metros. Piragüismo.
Crónica del diario El País del 29 de agosto de 2004:

David Cal hace historia

La fiabilidad de David Cal ha sido extrema en Atenas. Al bajarse del podio de la categoría C-1 1.000 metros, con el oro colgado del cuello, el palista gallego pronosticó que al día siguiente iba a por una segunda medalla en la prueba de C-1 500, pero que difícilmente volvería a ser primero. Y así fue. La segunda medalla de David Cal fue de plata, resultado que en cualquier caso le convierte en un deportista español único: su hazaña en canoa individual (C-1) traspasa los límites de su propia especialidad, el piragüismo, y le sitúa en un lugar preponderante porque hasta ahora ningún deportista español se había adjudicado dos medallas, el oro y la plata, los dos metales más nobles, en pruebas individuales en unos mismos Juegos Olímpicos.

Cal, de 21 años, cuadró su gesta prácticamente sin parpadear. Ni siquiera pareció emocionado. «Contento, sí», explicó. «Pero me habría gustado más que la medalla de hoy [por ayer] hubiera sido también de oro como en los 1.000 metros». Ocurrió que en la prueba de C-1 de 500 que ayer disputó en el lago Schinias, Cal no pudo controlar el empuje del alemán Andreas Dittmer en los últimos metros del recorrido. El palista gallego partió esta vez por detrás del ruso Maxim Opalev -que se había reservado sólo para esta prueba y acabó ganando el bronce pese a ser el máximo candidato al título- pero cuando le superó se encontró con la potencia del alemán, que pasó a liderar la carrera hasta el final.
«Yo quería subir más y más, pero iba ya al límite», confesó Cal, que pese a todo sólo cedió por cuatro décimas. «Las condiciones impedían remar muy bien, pero si no podía ganar yo, me alegro de que el campeón haya sido Dittmer. La plata no sabe tan bien como el oro, pero me voy con dos medallas. Y me dicen que es algo muy importante. Para mí lo es, porque he podido confirmar lo que ya apunté en el Mundial 2003 [2º en 1.000 metros y 4º en 500] y en el Europeo de mayo pasado
[2º en 1.000 y 3º en 500]. Estaba en mi mejor momento de forma y lo he demostrado».
Hace unos meses, Cal recibió precisamente una invitación para asistir a una serie de regatas de canoa que se celebran en Alemania, con la participación de los mejores palistas del mundo, pero declinó la propuesta por entender que interfería en su preparación olímpica. Su objetivo era subir dos veces al podio en Atenas.
El viento pegó ayer fuerte por atrás, movió las aguas y perjudicó a los zurdos, como Cal. El español decidió competir con la canoa más elevada -seis centímetros- para evitar que se hundiera excesivamente. «Con Nelo -propietario de la fábrica que le proporciona las canoas- hemos hecho un buen trabajo», insistió. «Convertimos una embarcación que no era buena en la mejor», prosiguió. «Cada vez que probaba una canoa le iba diciendo lo que debía modificar y sus ingenieros lo aplicaban. Hasta que en el noveno prototipo salió esta canoa, que nos llegó hace sólo dos meses». El fabricante de Oporto se llevó ayer la canoa para realizar los moldes y ponerla en el mercado en serie. Hasta ayer, la de Cal era el único prototipo.
Cuando salió del agua, Cal sonreía. Recibió el abrazo de su entrenador, Suso Morlán, que le apartó de los medios de comunicación por unos segundos para darle un mensaje personal que no quiso desvelar. «Todo esto supera mis sueños», señaló Morlán. «Para cualquier entrenador, que su atleta gane una medalla olímpica ya es lo máximo. Con un oro y una plata me voy encantado de la vida».
Después, David acudió al palco para saludar a la Familia Real y al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. La reina Sofía se dirigía hacia el palista gallego y en el momento en que le aplaudía, él pasó a saludar a la esposa del presidente de la Federación Española de Piragüismo. La Reina solventó el protocolo dándole dos besos. «Me sorprendió ver a la Reina tan eufórica», respondió Cal. «No esperaba encontrármelos allí», agregó en referencia a la presencia de Doña Sofía, la infanta Cristina y su esposo, Iñaki Urdangarin.
David Cal será el abanderado español en la ceremonia de clausura de los Juegos que se celebrará hoy. «La elección me satisface, pero por otro lado también me hubiera gustado tener al resto del equipo de piragüismo conmigo y no ha podido ser porque regresan antes a España. El Comité Olímpico no lo ha considerado oportuno, quizá por razones de seguridad». Cal quería que el protagonismo recayera sobre todo el equipo, que ha firmado su mejor actuación olímpica, puesto que en la jornada de ayer se lograron otros dos diplomas: Fran Llera y Damián Vindel fueron sextos, y Beatriz Menchón y Teresa Portela quintas, en la prueba de K-2 500 metros.
Cal, en cualquier caso, decidió posponer cualquier celebración hasta pasado mañana. «Estoy muy cansado», dijo. «Ahora me gustaría descansar, y mañana [hoy] acudiré a la ceremonia final», concluyó, «El lunes ya llegaremos a Galicia para empezar la fiesta». Hio y Cangas de Morrazo le aguardan con los brazos abiertos para felicitarle por un éxito sin precedentes en el deporte español.
Conchita Martínez y Virginia Ruano. Dobles femenino. Tenis.
Crónica del diario El País del 23 de agosto de 2004:

La plata malquerida

Habían ganado la plata, una medalla olímpica, motivo de alegría para cualquier competidor. Y, sin embargo, la música del himno chino que coronaba a Ting Li y Tian Tian Sun como campeonas sonó como una canción triste en los oídos de Conchita Martínez y Vivi Ruano. Más que ganar la plata, perdieron el oro. Todo estaba preparado para una gran fiesta. Las españolas son mucho mejores que sus rivales. Vivi, lanúmero uno del mundo de dobles, y Conchita, la 14ª y campeona de Wimbledon, contra unas desconocidas (29ª del ranking de dobles). El partido se les presentaba como una ocasión única para lograr el primer oro del tenis español y también de la delegación en Atenas. Pero fueron derrotadas en menos de una hora y media en tan solo dos mangas: 6-3 y 6-3.

«Ahora te toca a tí acabar con las chinas», le había dicho la argentina Paola Suárez a Vivi, su compañera habitual en los dobles del circuito. Había ya una gran euforia alrededor de la pareja española, acompañada en la grada por la reina Sofía, la infanta Elena y Juan Antonio Samaranch, ex presidente del COI. Luego, visto el resultado, Agustí Pujol, el presidente de la federación, proclamó: «El oro no estará nunca tan cerca. Estoy desilusionado. No aprovechamos la gran ocasión».
Y ellas dos, Vivi y Conchita, aún en la pista, sentadas en sus sillas, casi sin mirarse, con expresiones dolorosas en sus caras, hacían esfuerzos para contener las lágrimas y… no precisamente de alegría. «Tenemos la plata», se le oyó a Conchita con la única intención de levantar el ánimo de Vivi, que estaba a punto de colgarse del cuello su primera medalla olímpica. «Sí, pero…», pareció responder ésta sin siquiera poder esbozar una sonrisa. Fue en la entrega de premios cuando las dos intentaron conformarse después de haber perdido una final de forma incomprensible.
«No hemos tenido suerte. No hemos podido implantar nuestro juego porque ellas han sido muy sólidas en el suyo. Pegaban golpes muy fuertes y, cuando lo necesitaron, hicieron puntos increíbles: colocaron un passing paralelo con un cordaje roto», analizó Conchita buscando respuestas que ni ella misma podía encontrar. Todo el partido habían estado apáticas, excesivamente conservadoras. No querían tomar riesgos y sus rivales, en cambio, los tomaron todos. Y fueron minando la moral de las españolas, desesperándolas, incapaces de atrapar el oro.
«Sí. El primer momento es de decepción», reconocieron ambas, que llegaron a la conferencia de prensa casi dos horas después del final del partido con los ojos rojos de tanto llorar. «Acabamos de perder una final, un oro. Pero, cuando lo analicemos con tranquilidad, descubriremos que lo que acabamos de hacer en Atenas es algo grande», argumentó Ruano; «pero cuando analizas el partido crees que podías haberlo mejor».
Conchita y Vivi, con 32 y 30 años respectivamente, tuvieron ocasión de escribir una de las páginas de oro del tenis español, similar a la de la aragonesa cuando ganó en Wimbledon en 1994 o a la de Arantxa Sánchez con sus cuatro títulos del Grand Slam, todos triunfos únicos. Sin embargo, la derrota las condena a ser miembros simplemente del grupo de medallistas españoles: Jordi Arrese (una plata), Sergi Bruguera (una plata), Arantxa Sánchez (dos platas y dos bronces), Sergio Casal (una plata), Emilio Sánchez (una plata), Àlex Corretja (un bronce), Albert Costa (un bronce) Conchita Martínez (dos platas y un bronce) y Virginia Ruano (una plata).
María Quintanal. Foso. Tiro Olímpico.
Crónica del diario El País del 17 de agosto de 2004:

Cartucho de plata

Pocos podían imaginar, cuando la veían ganar concursos de tiro -al plato, al pichón o a lo que fuera- en las fiestas patronales de los pueblos riojanos a las que acudía junto a su padre, que a aquella joven de Bilbao le iba a corrsponder el honor de inaugurar el medallero español en los Juegos de Atenas. María Quintanal, de 34 años, cambió ayer el rumbo olímpico de un país incapaz de hacerse un hueco entre las 29 naciones que, en dos días de competición, habían ganado una medalla.
Quintanal tocó ayer el cielo y, de paso, se convirtió en la primera mujer española en ganar una medalla olímpica de tiro. Fue de plata y la consiguió en un día intempestivo, con un viento racheado que provocó muchos fallos y dejó el duelo irresoluto hasta el último plato. Hasta los últimos diez, la española tuvo tantas opciones de ganar el oro como de no ganar nada. Su acierto en la primera serie de 25 no se repitió en las últimas tres. Atenazada por los nervios, impresionada ante la noción de lo que estaba por conseguir, de los ocho últimos platos de la prueba dejó escapar tres intactos: el 93, el 96 y el 98. Cedió terreno ante la estadounidense Loper y, sobre todo, ante la coreana Lee. Le comieron terreno, sí, pero no el suficiente. María Quintanal acertó con los últimos dos cartuchos que disparó. Cuando el plato número 100 salió de la lanzadera, la australiana Suzane Balogh ya tenía el oro asegurado. Sólo se tenía que decidir la plata o el bronce. El último plato salió a 140 kilómetros por hora y no alcanzó a volar 30 metros. Quintanal lo siguió con el cañón, y el vuelo y el gesto parecieron formar parte de un mismo movimiento. La explosión púrpura levantó una ovación del público. Los trocitos del disco se dispersaron por la hierba y la plata fue para España.
María Quintanal ganó la primera medalla olímpica española en la modalidad de foso y rescató al tiro de una sequía que se prolongaba desde 1988, cuando Jorge Guardiola logró el bronce en skeet, otra prueba de escopeta, en los Juegos de Seúl. Para la otra medalla olímpica española hay que remontarse a la posguerra, a Helsinki, en 1952, cuando Ángel León de Gozalo se hizo con el oro en la prueba de pistola, en 50 metros.
Campeona del mundo en otra modalidad, la de doble trap, prueba en la que realmente sí aspiraba a medalla, aquel título no tuvo, ni de lejos, la trascendencia del logrado ayer. Bien se dio cuenta de ello María cuando se vio rodeada de los periodistas españoles poco antes de recibir la felicitación telefónica de la reina doña Sofía. Lejos quedan los tiempos en los que Quintanal levantaba murmullos de admiración por su puntería en las pequeñas poblaciones a las que acudía a divertirse y, por qué no, a practicar. Ni siquiera una pequeña disfunción en la vista, lo que comúnmente se denomina ojo vago -y por lo que lleva una lente correctora-, ha torcido su carrera, que ayer llegó a lo máximo, el premio al trabajo de una mujer que promedia 15.000 disparos al año.
Y eso que Atenas amaneció con viento. Fue un mal signo para Quintanal, que lo primero que hizo al levantarse fue mirar la punta de los árboles. La vizcaína es una tiradora que necesita un tiempo para apuntar antes de hacer el disparo. En los días ventosos, los tiradores que menos acusan la inestabilidad en el vuelo de los platos son los rápidos, los menos apuntones, como se dice en la jerga de los escopeteros. Se trata de gente que responde más a la intuición que al análisis. No dejan volar al plato y así reducen los efectos del viento. Quintanal no encaja en ese modelo pero, por suerte para ella, tampoco es una apuntona. Ayer procuró actuar con rapidez y cuando falló con el primer cartucho tuvo la suerte, o la pericia, de acertar con el segundo en muchas ocasiones. Su primera serie de 25 fue espectacular. Inalterable ante los golpes de viento, se puso primera en la prueba con 24 puntos y 24 platos pulverizados. Como dijo el técnico de la federación española, el efusivo polaco Cesary Staniszewski: «Cuando los platos bailan con el viento la primera decisión es la que vale. ¡Ésa es la que vale! ¡Y si se falla no importa!».
Los 24 puntos de la primera serie de Quintanal cayeron a 19 en la segunda, pasaron a 22 en la tercera y volvieron a caer a 19 en la última. La oscilación vino marcada menos por aspectos meteorológicos, o técnicos, que por los puramente emocionales. La tiradora española compitió contra sí misma en primer lugar, haciendo un esfuerzo titánico por no dejarse llevar por la ansiedad. Si la prueba se hubiera celebrado hace unos años, probablemente no lo habría soportado. Pero la experiencia, que ayuda a hacer de tripas corazón, le sirvió para concentrarse. Cargar el arma, mirar las señales que le hacía su entrenador, José Luis Pérez Sanz, ponerse la culata en la cadera, luego llevársela a la mejilla, acomodarla entre ésta y la clavícula y pedir el lanzamiento con el ojo en la mira: «¡Ya!».
María Quintanal no pudo evitar que el miedo la arrastrara, pero tuvo el valor suficiente para autocontrolarse. En eso consiste el gancho de este deporte. En convivir con el miedo a fallar y no fallar. La española no erró. Despreocupada ante la australiana, la vencedora, Quintanal defendió su puesto en un mano a mano que dejó a sus perseguidoras, Bo Na Lee y Whitly Loper, hechas jirones. Con más angustia en el cuerpo y un escalón por debajo en una lucha psicológica que duró dos horas, cien platos y doscientos cartuchos.
Rafa Trujillo. Clase Finn. Vela.
Crónica del diario El País del 22 de agosto de 2004:

El éxito de un peso pesado

«Detrás de la medalla hay mucho sacrificio», afirma, emocionado, Rafael Trujillo. Gaditano de La Línea de la Concepción, comenzó a navegar a los cinco años, cuando su prima Lorena le llevaba de paquete en suOptimist dando bordos cerca de la playa. «El mar siempre me gustó», asegura, a sus 28 años, después de colgarse la plata en la clase Finn; «navegar, bucear, nadar… Tal vez tenía más físico para el baloncesto que para subirme a un barco porque, a los 14 años, medía 1,84 metros y pesaba 95 kilos. Pero yo sólo quería navegar».
La fiebre de las velas, el sonido del barco al cruzar el agua, el dominio de los vientos…, se convirtió en una obsesión. El reto era complicado. Por culpa de su peso, sus resultados siempre fueron malos en su etapa de formación. «Tengo un año menos que Luis Martínez y la misma edad que Gustavo Martínez Doreste, pero, cuando navegábamos en Optimist, siendo infantiles, ellos me daban siempre una vuelta», sonríe Trujillo; «siempre era el último. Cuando ellos acababan la regata, a mí me quedaba todavía una popa y una ceñida. Mi problema era llegar dentro del tiempo límite. Ellos iban en Optimist y yo en una especie de sumergible por culpa de mi peso».
Aquellas lecciones de humildad no las olvidará nunca porque constituyeron la base fundamental de su filosofía de vida. «Mi sistema de trabajo es muy sencillo. Si el que va a mi lado me gana y navega tres días, yo navego siete», reflexiona. Sin ser un superdotado para ella, la navegación era su única opción para salir a flote. Fue quemando etapas porque el problema que suponía su peso quedó pronto compensado por la fuerza física que podía desplegar. A los 15 años, por ejemplo, fue el regatista más joven que corrió el preolímpico de Barcelona 92 y que colaboró en la regata olímpica.
Después navegó con José Luis Doreste y con José María van den Ploeg, con quien obtuvo un diploma olímpico -fueron octavos- en la clase Star en Sidney 2000, en su primera participación. «Para mí fue muy importante colaborar con todos estos campeones olímpicos», afirma; «iba siempre con los ojos bien abiertos y planchando oreja. Aprendí mucho de ellos. Pero prefiero navegar solo. Mis aciertos o mis errores dependen sólo de mí mismo». Por eso se enroló en la clase Finn, el barco olímpico más grande con un solo tripulante. Es una clase en la que España ha brillado especialmente a lo largo de la historia: José Luis Doreste fue oro en Seúl 88 y Van den Ploeg en Barcelona. Él mismo fue plata en los Mundiales de Cádiz en 2003. «Es muy exigente. En rumbo abierto, no te da descanso. Debes llevar la escota directa: piernas y tren superior a tope. Y, encima, debes pensar», cuenta Trujillo; «como es un barco tan lento y pesado, puedes perder velocidad si no estás atento a las rachas de viento».
Cuando este mes llegó a Atenas, Trujillo había hecho un buen trabajo. Aunque los Finn son barcos iguales, había intentado bajar el centro de gravedad y mejorar algunas flexiones de los palos. Se sentía cómodo en su nave. Y, cuando las regatas olímpicas le obligaron a abrir las velas, llenó su corazón de ilusiones y se lanzó mar adentro. En diez regatas sólo tuvo un fallo: una descalificación en la séptima por una salida falsa. Llegó ayer a la última siendo el segundo y… sufrió. Pero ganó la plata y descansó tranquilo. Toda su historia había valido la pena. Especialmente, las chocolatinas que le regalaba a su hermano pequeño para que le acompañara cuando el entrenador le obligaba a navegar con otro.
Natalia Vía-Dufresne y Sandra Azón. Clase 470. Vela.
Crónica del diario El País del 22 de agosto de 2004:

Seis años tras una medalla

Natalia Vía-Dufresne y Sandra Azón se miraron con complicidad. «Hoy no podemos fallar», se dijeron. Y partieron hacia su última aventura griega en su barco 470. Navegaron con la tensión de saber que podían perderlo todo, pero con la satisfacción de saber que más no podían dar. «Tranquila, Natalia; vamos a lograrlo», le decía Sandra. Y Atenas les concedió la medalla de plata. «Es la culminación de una bonita aventura que empezamos juntas en 1998». Vía-Dufresne sumó de esta forma su segunda medalla olímpica. En Barcelona 92 también había ganado la de plata en una modalidad en la que cayó casi por casualidad, la claseEuropa.
Aunque las dos comenzaron a navegar en el CN El Masnou, sus vidas corrieron paralelas, sin puntos de coincidencia, hasta 1998, cuando Natalia se quedó sin compañera para el 470 y propuso a Sandra, que acaba de partir peras con Teresa Zabell, si quería navegar con ella. «Vamos a probarlo», le respondió. Salieron cuatro días al mar para ver cómo funcionaban juntas. Y la cosa les gustó. Entonces trabajaron con intensidad para preparar bien los Mundiales de Mallorca, que se disputaba aquel mismo año. Y acabaron las cuartas.
«En aquellos Mundiales tuvimos mucha presión», recuerda Vía-Dufresne. «Zabell [campeona olímpica en 470 en Barcelona, junto a Patricia Guerra, y en Atlanta 96, con Begoña Vía-Dufresne] se negaba a aceptar el relevo y volvió a navegar con Guerra para intentar arrebatarnos el puesto olímpico para Sidney 2000. Su actitud fue esperpéntica. Pero la ganamos claramente en Mallorca y creo que aquello la acabó hundiendo porque decidió abandonar». Zabell, ahora eurodiputada por el PP, nunca las ayudó. Cuando se enteró de que Natalia iba a pasarse a la clase 470, dejó de saludarla. Habían tenido muchas vivencias juntas, incluso en Atlanta, donde Zabell navegó con Begoña. «Me invitaron a estar con ellos y con mi hermana y Manolo, su compañero, me ayudó a buscar un patrocinador para seguir navegando cuando no me seleccionaron para Atlanta», cuenta Natalia; «pero entonces, su actitud cambió por completo. Me había convertido en una rival».
Zabell fue, en realidad, el primer punto de contacto entre Natalia Vía-Dufresne y Sandra Azón, que navegó con ella en 1997. «La cosa no funcionó», recuerda Sandra; «para Teresa ya no era lo mismo que en 1992 y 1996. Había tenido a su hija y sus planteamientos habían cambiado. Aguantamos un año. Y tuve algunas experiencias que no me gustaron. Después, comencé a navegar con Natalia». Era 1998. Y tenían enfrente los Juegos de Sidney, en los que fueron las sextas, y a largo plazo los de Atenas.
Hasta entonces sus vidas habían seguido caminos separados. Vía-Dufresne había subido a un bote siguiendo los pasos de su hermano. «Iba heredando sus barcos y aquello no me gustaba», explica Natalia; «hasta que me compraron un Optimist. Entonces quise pasarme al 420para navegar con una amiga, pero mis padres no querían comprarme otro barco. Me tocaba heredar el Europa de mi hermano». Y así fue como se metió en esta clase, que fue reconocida como olímpica en 1988 y le concedió su primera medalla, la plata de Barcelona. Ya contando con todo el apoyo federativo, Vía-Dufresne saltó al 470. Su primera compañera no quería viajar tanto. La segunda, la mallorquina Marta Reinés, aguantó un año. Hasta que Sandra Azón se subió a su barco.
A Sandra le daba miedo el agua y por eso suspendió el curso de navegación a los ocho años: «Te obligaban a volcar el bote y no quise hacerlo. Durante varios años navegamos con mi hermana Mónica en420. Y en 1989 nos pasamos al 470 pensando en los Juegos de Barcelona. Estuvimos en el preolímpico, pero no en los Juegos. Y en 1995 sufrí una rotura de ligamentos y menisco en una rodilla, yendo en moto, y estuve dos años sin navegar. Después llegó la historia con Zabell y mi encuentro con Natalia».
Francisco Javier Bosma y Pablo Herrera. Voley Playa.
Crónica del diario El País del 26 de agosto de 2004:

‘Voley plata’

España se quedó de plata ante la mejor pareja del mundo, especialmente ante Ricardo, el gigante brasileño, que dejó la hazaña en el subcampeonato. Fue imposible para Javier Bosma y Pablo Herrera parar los remates, bloqueos, dejadas, todo, de una muralla de dos metros, imparable. Emanuel, su compañero, espléndido colocador y saltador, apenas tuvo que intervenir. No se notó. Ricardo remató 35 veces y logró 26 tantos frente a sólo siete y cuatro de su compañero. Los números de Bosma fueron incluso mejores que los del segundo brasileño: 15 y 11. Pablo, en cambio, no tuvo su noche: 17 y sólo seis remates logrados.
La pareja española tenía esperanzas de que la presión por ganar bajara el ritmo de los brasileños, pero nada de eso sucedió. Empezaron a todo tren y sólo mediado el primer set un 8-7 en el marcador hizo albergar esperanzas de que reconducir el partido era posible. Bosma y Herrera mejoraron los bloqueos y el remate, pero duró poco. Los errores de los brasileños fueron mínimos y Ricardo volvió a machacar como un martillo pilón. Algunos de sus remates fueron libres de bloqueo ante la superioridad en la colocación previa de Emanuel. Pero otros entraron entre los brazos de los dos españoles como el cuchillo en la mantequilla. El 21-16 de la primera manga fue el principio del fin. En la segunda nada cambió, salvo algún otro fallo aislado, incluso de Ricardo, que se permitió hacer también tantos de saque y dejadas. Pero pronto se escaparon de nuevo y los parciales de 6-2, 9-3, 14-8 y 19-13 evidenciaron la comodidad del 21-15 definitivo en otra veintena de minutos. Asunto liquidado.
Pero la derrota no puede empañar el segundo puesto extraordinario de Bosma y Herrera. El éxito ha sido el bálsamo para los malos tiempos del voleibol de pista español, envejecido y sin visos de renovación fácil. Rafa Pascual y un reducido grupo de jugadores no pudieron clasificar al equipol para los Juegos. La frustración final fue incluso en Madrid, en el Preolímpico, la última oportunidad de repesca. Hasta en la Liga Mundial el equipo es un comparsa. Ha tenido que haber un trabajo de renovación magnífico en la playa para que hubiera una compensación en el deporte de la red.
Porque la medalla no es sólo de Javier y Pablo. Hay dos personas detrás, fundamentales. Viejos lobos del voleibol que pusieron su varita mágica sobre la playa. Dos nombres históricos del voleibol español: Sixto Jiménez y Jaime Fernández Barros. Éste ha vuelto como jefe de misión a Atenas, tras el paréntesis de Sidney, donde no estuvo porque después de Atlanta no admitió el absurdo federativo de que se abandonara Arona, en Tenerife, y se viniera a Madrid. Allí, entre Sixto y él montaron el Centro de Tecnificación, que más tarde recibió ayuda del Consejo Superior de Deportes. Sixto, de una generación posterior, incluso fue diploma olímpico con Bosma en Atlanta 96. «Él ha trabajado más que yo. Es el entrenador personal y yo superviso», dice Jaime.
Con vistas a Atenas, la federación volvió a recurrir a éste para que reorganizara el voley playa. Y encontró a Pablo, al que vio en los Campeonatos de España, como a Raúl Mesa, el otro joven del futuro con el que formará pareja, pues para Bosma, al borde de los 35 años, ésta ha sido su despedida en la gloria. Mesa y Herrera hace poco más de 15 días que ganaron el Campeonato de Europa sub 23, toda una garantía de futuro para un deporte cuyo presente tiene el brillo de la plata de ley.
BRONCES
Joan Lino. Salto de longitud. Atletismo.

Crónica del diario El País del 27 de agosto de 2004:


Salto a la fama

Joan Lino Martínez sabe esperar. Lo ha hecho demasiadas veces en su vida. Tampoco pudo evitarlo ayer en la mejor noche de su vida. Esperó con incertidumbre y tensión los repetidos saltos de John Moffit, de Beckford, del gran Pedroso. Todos perseguían la marca que había logrado en el segundo salto: 8,32 metros. Son temibles saltadores de las mejores escuelas del mundo. Un estadounidense, un jamaicano, el cubano que ha dominado los saltos en los últimos ocho años. A todos esperó Martínez más de un hora, hasta que finalmente respiró. Su salto valía la medalla de bronce. Entre sus rivales, sólo el joven Moffit le sobrepasó con 8,47 metros. Porque hubo un saltador que no halló adversarios. Fue el norteamericano Dwight Philips, intratable esta temporada. Disfrutó de la medalla de oro desde el primer intento, un largo vuelo de 8,59 metros que no tuvo respuesta. Nadie estaba en condiciones de acercarse a esa marca.

El momento que marcó la prueba ocurrió en el segundo intento de Lino Martínez, español desde hace dos meses. Un laborioso proceso de nacionalización le desanimó varias veces. Casado desde hace cuatro años con una española, los trámites burocráticos no avanzaban con la agilidad que deseaba. En el sofá de su piso de Guadalajara vio por televisión los Mundiales de Edmonton y París sin hacer realidad el sueño de cualquier atleta. Lino Martínez se había curtido en la excelencia de la escuela cubana, encabezada por Iván Pedroso, el prodigioso saltador que todavía hoy, con toda clase de dolores, es capaz de una genialidad en el aire. Nunca pudo saltar Lino en los Mundiales y temió no conseguirlo en los Juegos de Atenas. Pero esperó. No regresó a Cuba, no abandonó el atletismo, no desfalleció. Aquellos trámites tan lentos se aceleraron en los últimos meses. En julio terminó la espera. Juró la Constitución, recogió su pasaporte y fue convocado para los Juegos de Atenas. Nada se sabía de su trayectoria en un país fascinado con Yago Lamela. Sin embargo, Lino Martínez era alguien en el atletismo, un atleta de talla media, con un físico nada imponente, pero con una velocidad muy interesante, sobre todo porque la traducía inmediatamente en largos saltos. Uno de ellos se produjo ayer en Atenas, en medio del suspense. Así suele suceder con Lino Martínez.
Un pequeño ejército de hombre con levitas negras y gesto muy serio se reunió en conclave alrededor de la tabla. Lino Martínez acababa de cerrar su segundo intento con un buen salto que todavía no estaba medido. La escena recordaba La lección de anatomía, de Rembrandt. Estaban encorvados, con la mirada fija en la tabla, tratando de discernir si había algún tipo de huella en la plastilina. El concilio se alargó tanto que el saltador español se añadió al grupo. La pisada se había ajustado tanto que algunos jueces dudaban de su legalidad. Por fin, los hombres de negro llegaron a un acuerdo. Uno de ellos levantó un banderín blanco. El salto tenía todas las bendiciones. Un salto de 8,32 metros, nada menos. Sólo Dwight Philips lo superaba con sus fabulosos 8,59 metros. En ese momento comenzó la cacería a Lino Martínez.
Para Yago Lamela no hubo oportunidad de superar la marca de su nuevo compañero. Llegó sin demasiado a la final y de la misma forma se retiró. Dos saltos nulos y un tercero muy discreto: 7,98 metros. No podía resolverse en Atenas un año de problemas con el tendón izquierdo, de inseguridades no corregidas en las últimas semanas. Se retiró cabizbajo, con media sonrisa. Parecía tranquilo, pero su insatisfacción era evidente. Estaba destinado a pelear con Pedroso, con Dwight Philips, con cualquiera que se atreviera sobre 8,50 metros. Lamela saltó eso y un poco más en 1999, pero hace tiempo que no se acerca a sus viejas marcas. En Atenas cedió el testigo a otro saltador, a Lino Martínez.
El salto de longitud reúne muchas particularidades. Una de ellas es su carácter imprevisible. Es una prueba sin apenas seguridades. Por supuesto, Philips es ahora la seguridad hecha saltador, pero Lino Martínez atravesó una hora de nervios ante los ataques de sus rivales a la marca que provisionalmente le colocaba en el segundo puesto. Tenía razones para sentirse preocupado. Moffit es el típico joven saltador, irregular, decepcionante en ocasiones. Pero es estadounidense y eso cobra un valor muy especial en las grandes competiciones. Son capaces de cualquier hazaña. En el quinto saltó lo demostró. Saltó 8,47 metros, la mejor marca de su vida y dejó al español en un situación inquietante. Defendía su tercer puesto a duras penas. Otro notable, el jamaicano James Beckford, había saltado 8,31 en el cuarto intento. Sólo un centímetro les separaba. Sin embargo, Beckford no lo consiguió. Fracasó en sus dos últimos saltos. Quedaba Pedroso, el hombre de los milagros. Durante toda su carrera ha ofrecido lo mejor de su talento como saltador en los momentos críticos. Poco importan en Pedroso las lesiones, los dolores, la edad. Nadie es más temible en el último salto. Lamela lo sabe mejor que nadie porque ha padecido la excelencia del cubano. Y Lino lo sabe de primera mano. Viene de la misma tierra. En el último salto, Pedroso, casi sin velocidad, pero intacto como gran competidor, produjo una de sus especialidades, un salto diferente, largo, quizá suficiente para arrebatar el tercer puesto a Martínez. Esta vez, no. La marca, 8,23 metros, era insuficiente. La larga espera de Lino Martínez recibía por fin su recompensa: una medalla olímpica.
Sergi Escobar. Persecución Individual. Ciclismo en pista.
Crónica del diario El País del 22 de agosto de 2004:

Persecución provechosa

Sergi Escobar no perdonó. El campeón de persecución en los recientes Mundiales de Melbourne logró el bronce olímpico. «Me recuperaré. La final es por la tarde. Tengo toda la mañana para soltar, para dormir, para comer y ya está», había dicho, relajado,tras quedarse fuera de la final el viernes por no haberse recuperado en las dos horas entre la primera serie y los cuartos de final, con espera en el control antidopaje incluida. Estaba muy seguro de que su calidad, en condiciones físicas normales, se impondría al segundo británico, Rob Hayles. El primero, Bradley Wiggins, se merendó en la final al australiano Brad McGee.
Parecían dos triunfos esperados y no hubo sorpresas. Hayles bastante había hecho con meterse en la lucha por el tercer puesto del podio. Escobar era una plata en potencia y lo demostró con el segundo mejor tiempo nuevamente, tras Wiggins: 4m 17,947s frente a 4m 16,304s. Aunque la persecución es por parejas, los tiempos son los que mandan siempre. Sólo cuando, sin fuerzas, se fue a 4m 19,581s en los cuartos del día anterior, perdió el español un peldaño. Pero había asombrado con sus 4m 16,682s de la serie, tras los 4m 15,165s del británico. No se podía reservar porque se exponía a quedarse fuera de los cuartos. Pero tal vez una exhibición menor le habría servido para guardar fuerzas después. En cualquier caso, ya es historia y él, aun lamentándose por no haberse metido en la final, estaba contento con su medalla y con su tiempo, récord de España por más de tres segundos. Y, de no ganar al intratable Wiggins, una medalla es una medalla.
Ayer, ante Hayles, siempre fue por delante y al final le arrolló por casi cinco segundos. En el primer kilómetro de los cuatro de la prueba ya le sacaba casi un segundo: 0,888s. Según es habitual en él, empezó muy fuerte y fue aumentando su ventaja. Casi medio segundo por los 250 metros de cada vuelta hasta tener 2,179s en los 2.000. En el tercer kilómetro bajó un poco el ritmo, pero siguió subiendo su margen hasta los 2,303s en los 2.750 metros. Sólo en el paso de los 3.000 empezó a reaccionar el británico, que bajó la diferencia en dos vueltas a 2,134s y 2,023s. A falta de 750 metros, en el fatídico último kilómetro del día anterior, que se le había atragantado, se produjo el único momento peligroso. ¿Se volvería a hundir? ¿Tendría fuerzas? ¿No se habría recuperado como decía?
La respuesta a esas preguntas se dio en menos de 20 segundos, en la siguiente vuelta. Escobar volvió a pasar por su línea de salida con 2,423s, su mayor diferencia. El británico había dado ya todo y a él aún le quedaban fuerzas, apretando los dientes que se le veían entre su bigote y la perilla. Hayles lo dio ya todo por perdido y se descolgó hasta 2,993s, casi 3s, en la penúltima vuelta, preludio de los cinco definitivos.
Escobar no estaba nervioso y se le notó. Es su carácter. «Hay que afrontarlo y seguir con la rutina de siempre: soltar, comer, dormir, descansar, masaje y nada especial», decía antes de la prueba. Su único problema era la recuperación y la consiguió. Esperaba hacer un tiempo similar al mejor anterior y no se equivocó. No creía que Hayles mejorase. Lo veía muy duro, pero posible. «Hay que ir a muerte», comentó. Y lo cumplió. El viernes las piernas no le daban más; ayer, sí.
Tiene 29 años y aún espera estar en Pekín 2008. Sólo lleva seis en el ciclismo porque empezó tarde y se conforma con las becas que recibe y que le permitirán casarse próximamente con Neus. Pero siempre echa de menos el «otro ciclismo». «Todo el mundo me pregunta si soy profesional y yo digo: ‘No; debo de ser el único’. Bartko es de Rabobank; McGee, de La Française des Jeux… Cuando veo a McGee ganar una contrarreloj en el Giro, me da un poco de rabia, pero hay que apechugar. No me llaman y eso depende de los de arriba. ¿Qué puedo hacer yo? Pues también digo: ‘Ganar más carreras y ya está». Ganó todas las contrarreloj de amateurs y está en la cumbre de la pista. Tiene el cartel de libre para todo: olímpico y profesional.
En la otra final de ayer, la de velocidad por equipos sobre tres vueltas, el equipo español cayó en los octavos de final ante Australia, que después perdió el bronce con Francia. Ya en la primera serie de las eliminatorias, España cayó ante Alemania, a la postre campeona sobre Japón, pero Salvador Meliá, el que lanzó la primera vuelta; José Escuredo, la segunda, y José Villanueva, que terminó la tercera, dieron esperanzas porque hicieron el cuarto mejor tiempo: 44,452s. Si ganaban su cuarto de final siguiente con ese puesto disputarían al menos el bronce como había hecho Escobar en persecución. Perdieron e hicieron 44,687s.
Ni los australianos, con 44,220s, ni los franceses, que ganaron a Grecia fácilmente, 44,128s, lograron meterse en la final, que les quitó un coordinado Japón, 44,081s. Bajar de los 44s sólo estaba reservado a los alemanes, que rompieron en los cuartos de final y la final: 43,955s y 43,980s.
Persecución por equipos. Ciclismo en pista.
Crónica del diario El País del 24 de agosto de 2004:

Segunda persecución de bronce

Ni Alemania, la campeona olímpica de Sidney 2000, da ya miedo. Pensar hace unos años que en la persecución de pista el equipo español podía ganarla con tanta facilidad era una quimera. Los pasados Juegos y Campeonatos del Mundo, antes y después de la caída del Muro de Berlín, con la República Federal de entonces, sobre todo, y la Democrática también, y con la Alemania ya unida, están llenos de éxitos germanos. Pero ya no es una utopía. Su nivel sigue siendo fantástico, pero España se ha metido en la cumbre. Ayer lo hizo para ganar la medalla de bronce, segunda de un gran Sergi Escobar, el ilerdense de 29 años campeón mundial y líder indiscutible del cuarteto, que también fue bronce en los recientes Campeonatos del Mundo de Melbourne ante Holanda. Carlos Castaño, madrileño de 25 años; Asier Maeztu, guipuzcoano de 26, y Carlos Torrent, gerundense que cumplirá 28 el próximo domingo, hicieron el resto. Australia, la gran potencia actual, campeón mundial en su país y con una cantera enorme, ganó también el oro olímpico ante el Reino Unido, plata en los Mundiales. Aquí, en Atenas, se respetaron los tiempos de la primera serie y de los octavos de final de ayer. Todo funcionó como un cronómetro. España, tercera siempre, está entre los grandes.

El ciclismo español era de montaña y sólo excepciones como Miguel Indurain empezaron a cambiarlo, a hacerlo polivalente. Ya hay contrarrelojistas en carretera, para las prólogos y para las largas, pero la pista seguía siendo una asignatura pendiente. Guillermo Timoner y sus hazañas tras moto quedaban demasiado lejos. Los Seis Días de Madrid, una anécdota. Sólo el empujón de Barcelona 92, donde precisamente José Manuel Moreno abrió la cosecha de oros en el kilómetro con salida parada, empezó a despertar un mundo olvidado del gran público, de la publicidad y del dinero. Por eso el programa ADO de ayuda a los deportistas fue clave. Ha permitido con el paso del tiempo sacar frutos que ya habían venido a través de especialistas como Joan Llaneras, por ejemplo, en sus modalidades de puntuación y americana (madison). La persecución, que, como ocurre en natación con los relevos 4×200 metros libres, da un buen índice del potencial del ciclismo en pista de un país, era una asignatura pendiente. Pero el asalto a los podios ha dado resultados.
España no empezó muy fuerte, porque el meltemi, el viento del norte, se colaba por el hueco existente entre la cubierta del velódromo y las gradas y podía pasar factura. Había que reservarse y mantener el ritmo, la clave de la persecución. Alemania se puso en cabeza desde la primera vuelta de las 16 a dar a los 250 metros de cuerda y a mitad de la prueba, los dos kilómetros, llegó a tener 1,357 segundos como máxima ventaja. Pero hasta ahí llegó. Sergi se echó el liderazgo a las piernas y en cada relevo, tirando de sus compañeros, fue quien dio la vuelta a la carrera. Según él, fue más porque Alemania empezó a notar el cansancio, pero los mayores recortes fueron con él en cabeza. En un kilómetro, la desventaja desapareció y el cuarto y último fue un paseo. Castaño se descolgó antes que el cuarto alemán, pero no sólo no se notó, sino que Escobar, Maeztu y Torrent aumentaron incluso la diferencia hasta casi 1,5 segundos.
«Estaba pensado que fuéramos como hemos ido. Sabemos el ritmo al que tenemos que ir y ahí hemos rodado», dijo Torrent, sorprendentemente serio para lo conseguido, aunque admitió que es lo más grande su vida; «el seleccionador, Jaume Mas, nos ha dicho que en ningún momento mirásemos cómo íbamos, que él iría cantando los tiempos». Maeztu reconoció: «Nosotros sabemos que Sergi está bien y eso te da una tranquilidad enorme». Y Sergi, con su desparpajo y modestia, quitó importancia a su contribución decisiva. «Bueno, tomo la responsabilidad y ya está», dijo antes de señalar que con el equipo no había tenido problemas de recuperación como le pasó en la carrera individual. Y estaba contento no sólo por la medalla, sino también por haber vencido otra vez al tiempo, un índice de la mejoría en el trabajo que tanto les compensa a los deportistas: «Sí, hemos batido nuestra marca de Melbourne por segundo y medio. Hemos sabido negociar bien la carrera. Me voy contento, pero no sólo por la medalla, sino por los amigos. Hemos trabajado cuatro años con perseverancia para llegar aquí». Y valoró el mérito de ganar a Alemania: «Cuando yo empecé, nos sacaban 10 segundos. Ahora…» Lo que espera es que la pista tenga más ayuda: «Hemos demostrado que se pueden sacar títulos y estar adelante en los Juegos, así a que a ver si los chavales se animan y se vienen a entrenar con nosotros». Y fue incluso realista: «Al Reino Unido se le puede ganar en el futuro. Australia está más lejos. Aquí han traído seis corredores y están como motos. Podrían haber corrido cualquiera de los seis. Nosotros somos cinco y siempre va uno justo y no podemos jugar con tanta ventaja. Teniendo cantera, puedes elegir lo que quieres». Guillermo Ferrer fue el quinto hombre que mereció haber subido al podio. Podía haber sido otro. Por milésimas en los controles se quedó fuera del cuarteto titular y no pudo disfrutar con la medalla. Así de duro y exigente es el ciclismo en pista.
Patricia Moreno. Suelo. Gimnasia Artística.
Beatriz Ferrer-Salat. Doma individual. Hípica.

Crónica del diario El País del 26 de agosto de 2004:

Domadora de medallas

Beatriz Ferrer-Salat se colgó la segunda medalla en su cuello. Llegaba al Gran Premio Libre como bronce y no lo dejó escapar. Esta vez lloró de emoción por lo conseguido, un hito en la hípica española, que en la doma ha tocado dos veces el cielo tras la asombrosa plata por equipos. El viento tremendo que también sopló ayer en el Centro Ecuestre de Markopulo no descentró lo más mínimo a Beatriz, que llevó con mano firme a su gran caballo, Beauvalais, bajo la mezcla de música tecno y aires españoles. La holandesa Anky van Grunsven se recuperó de su fallo del primer día y, al ganar la prueba final de ayer, como había hecho en la segunda del lunes, el Gran Premio Especial, revalidó su título de Sidney, superando a la alemana Ulla Salzgeber. A ésta no le sirvió para ganar el original sistema que había usado para aclimatar a su caballoRusty al calor: sesiones en un recinto de madera con numerosas bombillas de calor. Anky, en cambio, ha tenido el mérito de recuperarse de un accidente que la tuvo un año sin montar.

Entre damas anda la doma y tras las dos grandes ya se ha instalado Beatriz. Su frialdad para la competición se volvió a demostrar ayer. Ni el meltemi, viento del Egeo, que soplaba afectó a que completara un ejercicio con pasos fluidos, amplios. Sólo tuvo un pequeño error al final.Pero ya era muy difícil que la superara la estadounidense Deborah McDonald, cuarta, y la única que podía quitarle el podio. Necesitaba no cometer errores técnicos en cambios de ritmo o evitar defensas del caballo y lo consiguió. Está claro que Beatriz y Beauvalais forman una pareja perfecta. No es fácil en la hípica, en la doma, y buena prueba de ello es que, antes de llegar a ella, el caballo era muchas veces ingobernable y hasta se tiraba al suelo para no trabajar. Con Beatriz todo cambió, pero ya tiene 17 años y, aunque algunos llegan hasta los 21, difícilmente podrá estar en Pekín 2008. Encontrar un sustituto será complicado y caro.
Beatriz se emocionó en el podio y tras ser felicitada por la reina Sofía. Estaba mucho más contenta que el primer día, que ya es decir: «Dos medallas es la leche en patinete». Sorprenden sus frases, pero ella es de una pasta especial. Fue lo primero que dijo para añadir un análisis más serio: «Podían ser dos medallas y podían no ser. La de equipos estaba para seis y la mía ha sido fruto de la regularidad en los tres días». Curiosamente, no sabe qué música es la que usa, sólo que es una mezcla de moderna y flamenca: «Se lo he preguntado a la que me lo ha hecho y tampoco me ha sabido decir de quién es». Alabó a su caballo y sobre el futuro señaló: «Tiene 17 años, pero, como si tuviera ocho. Mientras tire, voy a seguir con él. Es un crack. Hoy ha vuelto a soportar el viento, aunque no lo soporta todo. Pero hay que conocerlo. Soy como su mamá. ¿Qué más se puede pedir?»
Y se emocionó de nuevo cuando se le preguntó a quién iba dirigida la dedicatoria de lo conseguido: «A mi padre, claro». Las lágrimas volvieron a los ojos de Beatriz, que ya se habían humedecido varias veces. «La primera vez, en el podio, fue sólo por la emoción, por lo que he logrado y he luchado durante tantos años», casi se disculpó.
Beatriz es el vivo recuerdo de su fallecido padre, Carlos, ex presidente del Comité Olímpico Español y de los empresarios. De pequeña, le gustaba montar a caballo y acabó convenciendo a su padre de que valía para ello. Primero en saltos y luego en doma, porque el primer caballo que tuvo se le desbocaba. Lo suyo era la doma, el trato exquisito, hasta llegar al podio olímpico. Por eso no tuvo reparos en irse a Alemania para aprender en la cuna de la especialidad a hacerse respetar.Y compró un caballo del enemigo para competir con las mismas armas que ahora pueden cambiar con la incorporación de la raza española.


Manolo Martínez. Lanzamiento de peso. Atletismo.

Crónica del diario El País del 19 de agosto de 2004 cuando era cuarto:

Martínez se queda a un paso

«¡Un campeón no puede permitirse desperdiciar su último lanzamiento!», repetía Manolo Martínez. Se lo decía a la prensa, a los amigos que acudían a consolarle, a los admiradores que le felicitaban. Manolo no admitía elogios y blandía el silicio sobre su lomo: «¡Un campeón no pierde el último tiro!». Bañado en sudor, con una sonrisa desasosegada, el lanzador no se consolaba pensando en que la suya había sido una jornada histórica para el atletismo español. Representando a un país sin tradición en el peso, él había peleado por el bronce hasta el último tiro en una final olímpica. Sus 20,84 metros de marca en el quinto lanzamiento lo habían acercado a los 21,07 que había establecido el danés Joachim Olsen, el tercero ayer. Por un momento, mirando la marca del estadounidense Adam Nelson, de 21,15, había pensado que el oro estaba en su espectro. Así emprendió la aventura de su quinto y su sexto tiros. Pero cometió errores técnicos en ambos y no se movió del cuarto lugar. El oro fue para el ucraniano Yuri Bilonog, empatado a 21,15 con Nelson en una conclusión reñida y polémico.

La prueba estuvo lejos de dejar marcas para el recuerdo. Vale con decir que la rusa Irina Korzhanenko, el oro femenino, hizo un lanzamiento de 21,06 metros, a un centímetro del bronce masculino. La tendencia a la baja parece imparable desde que se redoblaron los controles antidopaje a comienzos de los años 90. El bronce del norteamericano John Godina en Sidney, con 21,20, habría sido un oro rotundo ayer. Quizá por eso Manolo Martínez parecía inconsolable. Porque vio que el oro estaba dentro de sus posibilidades y su último lanzamiento, el sexto, fue nulo.
«¡Es que el sexto tiro, mi sexto, es el bueno!», se lamentaba el español, tras el duelo; «Mira Nelson, mira Yuri… Las competiciones se ganan en el primero y en el sexto normalmente. Y un campeón no puede desperdiciar su sexto tiro. No soy duro conmigo mismo, soy realista. El cuarto puesto es de las peores posiciones en que puedes quedar».
La final tuvo a Nelson como gran protagonista. El chico rubio de la Athens (Georgia) estadounidense, abrió el concurso con una marca de 21,15. A partir de ahí, Nelson se sintió tan seguro de que el oro estaba en su poder que dedicó sus restantes cinco tiros a exhibirse en lo que pareció un intento por hacer algún tipo de récord. Es el exponente más perfecto de lanzador de técnica rotatoria. Lanza la bola como si fuera un disco, girando sobre sí mismo una vuelta y media y despidiendo la esfera en un ejercicio de cálculo que arrebata a las aficiones que lo contemplan. El hombre parece una hélice humana, impulsándose con el brazo izquierdo y las piernas. Esta es la misma técnica que emplean Bilonog y Godina. Pero no hay otro atleta que domine mejor que Nelson lo que Alexander Barishnikov inició en el decenio de los 70. Hasta cierto punto, Nelson se siente tan seguro de su poder que es capaz de tirar un oro por la borda. Eso hizo ayer: 21,15 en el primer tiro y luego cinco nulos.
Mientras Nelson se ocupaba de arengar a las masas con un ritual muy circense antes de cada tiro nulo, Bilonog avanzaba centímetro a centímetro. En su último tiro, el ucraniano puso la bola en el mismo punto en el que la había colocado el estadounidense en su primero. Los jueces le dieron el oro a Bilonog sencillamente porque su segundo mejor lanzamiento no había sido nulo.
Momentos antes, Manolo Martínez hizo 20,85 en el quinto tiro, su mejor marca de ayer, pero insuficiente. El metal, como en los Juegos de Sidney, está a partir de los 21 metros. «Ahí perdí la medalla», dijo; «en el quinto, la bola se me escapó de la mano en el último momento. Se me fue sin que le pudiera dar el último impulso. Tal vez habría pasado de los 21 metros».
En el último tiro, Martínez fue decididamente abandonado por los dioses. «Empecé mal el movimiento y no me pude frenar», dijo; «a partir de ahí, ya el tiro estaba mal hecho. No sé por qué me ocurrió. ¿Por qué a veces llueve? ¿Por qué a veces truena? ¡Un campeón no puede desperdiciar su sexto tiro!».
El lanzamiento de peso es especialmente propicio a la tensión nerviosa por la naturaleza del gesto técnico. Sea con la técnica de desplazamiento en línea o sea rotatorio, el tiro se subdivide en decenas de segmentos. Los atletas dedican horas a practicar cada gesto, el ángulo de expulsión de la bola, el movimiento de la mano, el giro, los pasos, la velocidad… Luego, dedican horas a armonizarlo todo como un rompecabezas que debe ser resuelto en menos de un segundo. Si un eslabón falla, el tiro es imperfecto porque no se imprime suficiente fuerza a la bola. Además de voluminosos, los lanzadores son gente perfeccionista que vive dándole vueltas a un laberinto de movimientos. En una competición olímpica, con sólo tres tiros para ejecutar el aprendizaje de años, los miedos, el sentido de la responsabilidad y el vértigo de pensar que ésa puede ser la única oportunidad de hacer grande una carrera, han podido con el temple de muchos talentos. Todo, porque, como dice la inscripción en las ruinas de Olimpia, los atletas compiten «por vivir en la memoria de los hombres».


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