La corriente - Excelencia Literaria

La corriente

Rosario Fuster

Ganadora de la  VII edición

www.excelencialiteraria.com

 

 

Le despertó un timbrazo.

 

–¿Quién será a estas horas? –preguntó Juanjo, atrapado aún por los sueños.

 

Fue Elena la que salió de la cama y correteó, con los pies descalzos, hasta la puerta.

 

–¡Tenéis que marcharos!… El agua está a punto de entrar en vuestra casa.

 

Era Manuel, un vecino que vivía una cuadra más arriba. Tenía el pánico pintado en el rostro.

 

–Pero… —a Elena se le atragantó la conjunción. Acababa de apreciar el brillo de las aguas turbias que bajaban por la calle.

 

—¡Es el río! —le anunció Manuel con los ojos desorbitados—. Se ha desbordado.

 

El cuerpo se le quedó petrificado y, por un instante, se le nubló la vista. Fue su marido quien reaccionó veloz, decidido a asegurar la supervivencia de su mujer y sus dos hijas, así como a guardar las cosas de mayor valor en un lugar seguro, por si regresaban.

 

Manuel y Juanjo auparon la cama de matrimonio, que fue un regalo de bodas, encima de unos cuantos bancos para intentar salvarla del agua que en breves momentos anegaría cada rincón de la casa. Enseguida sintieron cómo se mojaban sus calzados. El nivel del agua fue subiendo más rápido de lo que desearon y suplicaron. Los juguetes que estaban en la habitación de la pequeña Mariel comenzaron a flotar, se empaparon los vestidos de las muñecas, los cuentos, los peluches, la cocinita… Innumerables objetos iban de un lado a otro sobre un agua marrón.

 

Cada cual tomó lo imprescindible y lo guardó en un bolso. Sin mirar atrás, la familia al completo salió de la casa, en busca de un lugar donde refugiarse hasta que el río volviera a su cauce. No sabían a dónde ir, pero si algo tenían claro era que debían alejarse todo lo posible del puente Uriburu, ya que bajo sus arcadas cabalgaba furiosa la corriente del río Matanza.

 

Con el corazón en la boca y la respiración agitada, observaban cómo cundía el pánico en el barrio mientras crecía la inundación. A los más afortunados el agua les alcanzaba sesenta u ochenta centímetros de fachada, mientras que en otras viviendas llegaba al metro y medio e, incluso lo superaba.

 

Juanjo tuvo la feliz idea de transportar en autobús, hasta un lugar seguro, a su familia y a algunos vecinos. Los llevó lejos de Valentín Alsina. Mientras se alejaban del desastre, los pasajeros pegaban sus rostros a los cristales y derramaban lágrimas: habían perdido sus hogares y todo lo que había en su interior.

 

Desde aquel 12 de octubre y durante días, los periódicos y la radio solo hablaron de la inundación en Valentín Alsina.

 

Los habitantes del barrio no comprendían qué había sucedido ni, mucho menos, qué iba a depararles el  futuro. Cuando descendió el nivel del agua no les dejaron volver. La policía y miembros del ejército prohibían el paso de cualquier civil, pues la zona se había vuelto insalubre. Algunas voces autorizadas hablaban de posibles epidemias. El gobierno dictaminó que quien quisiera recorrer de nuevo las calles de Valentín Alsina, tendría que vacunarse.

 

María Elena decidió que sus hijas eran demasiado pequeñas para someterse a los anticuerpos. Y para arriesgarse a enfermar. Por eso ni Mariel ni Graciela volvieron a pisar su casa. Eso sí, unas semanas después Elena y Juanjo regresaron para limpiar y recoger aquellos enseres que se habían salvado de la inundación. Se encontraron con que el suelo estaba cubierto de lodo y que en el gallinero las aves estaban muertas. Era Mariel quien se había encargado siempre de alimentarlas y de recoger los huevos… El sótano seguía inundado: todo lo que guardaba había quedado inservible.

 

Utilizaron una bomba para succionar el agua y limpiaron la casa con desinfectante, en prevención por la contaminación del río. Los objetos de desecho los fueron dejando en la esquina de la calle, donde enseguida se formó una montaña de bártulos inservibles de toda la vecindad. Pero, como sucede en estos casos, mientras unos tiraban, otros buscaban cosas que pudieran necesitar.

 

Hubo quien afirmó conocer al culpable de lo sucedido. Quienes confiaban en la bondad de la gente, consideraron que el desastre había sido obra de la naturaleza. Pero nunca se supo a ciencia cierta el origen de aquella pesadilla por la que cincuenta y siete mil personas tuvieron que ser evacuadas. Lo material podría recuperarse algún día; las heridas del espíritu, nunca. El agua se había cobrado más de lo que cualquiera de los vecinos de Valentín Alsina podía pagar.

 

Poco después, Elena y Juanjo se trasladaron a la capital, donde rehicieron su vida. Y como la de ellos, hay miles de historias entre aquellos que corrieron con los pies mojados para intentar salvarse. Ninguna de aquellas familias olvidará el instante en el que la felicidad se escurrió entre sus dedos con la fuerza de un río fuera de cauce.

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