La trinchera - Excelencia Literaria

La trinchera

Miguel María Jiménez de Cisneros

Ganador de la X edición

www.excelencialiteraria.com

 

El reloj de muñeca del cabo Santamaría marcó las once y media.

Un violento y gélido vendaval sacudía el frente aquella noche, a lo que había que sumar una exasperante llovizna.

Por enésima vez un obús hizo temblar las posiciones. El odio del enemigo podía sentirse muy cerca, muy negro, en sus gritos y en su constante cañoneo. El enemigo no descansaba, no daba tregua.

Otro cañonazo.

Vicens, soldado a las órdenes del cabo Santamaría, sostenía como buenamente podía su fusil. Temblaba de frío y su cabeza quería estallar por la fiebre. Apretó sus agrietados labios y se pasó una mano por la cara.

El hedor era terrible, y su propia suciedad también. Daba pena el andrajoso aspecto que presentaba con su uniforme desgastado y embarrado, aquella rodilla mal vendada y unas mugrientas botas sumergidas en un charco de lodo.

A veces los nervios le dominaban por completo, otras se sentía atribulado por las dificultades. Pero no podía rendirse. Debía resistir como fuese. Si abandonaba la posición, ¿qué sería de su mujer y de sus hijos? ¿De tantas familias que confiaban en aquellos bravos hombres? Era consciente de que frente a él tenía un desalmado adversario que no tendría piedad en caso de victoria. No; no podía rendirse.

Como cada noche, a las doce menos cuarto el enemigo lanzó su ofensiva. Los oficiales dieron la orden de defensa y con tesón comenzaron todos a disparar hacia la oscuridad. Esta vez el ataque fue especialmente enconado. El enemigo empujó, acechó, arrojó hombres en ingente cantidad, y balas y proyectiles por doquier. El griterío y el estruendo llenaron aquella insufrible atmósfera.

—¡No!

Después de un abundante tiroteo, Vicens quedó sin munición. Miró a su izquierda: Santamaría acababa de caer muerto. Miró a su derecha: no había nadie.

Entonces el corazón le comenzó a latir con violencia.

El enemigo se aproximaba; no tenía escapatoria.

Tragó saliva y caló la bayoneta, dispuesto a morir peleando.

Pero algún compañero, cerca de él, lanzó tres granadas contra los atacantes. Vicens se agachó, recibió la sacudida de la explosión encadenada y esperó a que el silencio inundara el ambiente.

Alzó la vista. Con aquellas granadas la ofensiva había sido rechazada. En medio de la confusión buscó a sus compañeros de armas. Descubrió a Martínez y a Fernández.

—¿Estáis bien?

—Sí. ¿Y tú?

—Sí, gracias a Dios.

La trinchera había resistido.

 

 

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