El día del final - Excelencia Literaria

El día del final

Miguel María Jiménez de Cisneros

Ganador de la X edición

www.excelencialiteraria.com

 

 

–Dong, dong, dong…

El volteo de las campanas en lo alto de la torre de la iglesia rompió el silencio que hasta entonces había reinado en el pueblo, solo interrumpido por algún gallo. Don Marcial, el párroco, iba de un sitio para otro de la sacristía y Abilio, el sacristán, había seguido sus instrucciones de encender las velas de los diferentes altares que poblaban la parroquia.

Poco a poco, los habitantes de las casas en torno a la plaza y el templo fueron llegando y comenzaron a comentar. Luego vinieron los saludos, los abrazos, la celebración, las idas y venidas, la conglomeración ante la pequeña oficina del teléfono, los rumores y las noticias frescas de la capital.

–Dong, dong, dong…

Los niños correteaban de aquí para allá, con especial entusiasmo, uniéndose al gozo popular.

Buenaventura se encaminó al templo, franqueó el umbral de entrada y avanzó por el lateral. Algunas mujeres rezaban el Rosario con lágrimas en los ojos. Accedió a la sacristía: no había nadie. Pasó al patio y lo encontró desierto. Subió entonces al campanario. Allí las campanas bailaban alegres, celebrando las nuevas y buenas noticias.

Sonrió Buenaventura al ver afanados a varios monaguillos, que se turnaban para que no cesase el volteo. Sus manos, de piel suave, apretaban con firmeza las sogas y tiraban una y otra vez.

Desde aquella altura Buenaventura contempló el paisaje: el río, los campos, las casas… La comarca entera se mostraba hermosa y llena de esperanza.

–Dong, dong, dong…

La guerra había terminado.

0 0 0 0