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J.L RESTÁN | LÍNEA EDITORIAL

El «Procés» dejó de ser un dogma

 

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Las elecciones catalanas del 21D no han arrojado unos resultados que permitan resolver de manera automática los desastres provocados durante los meses de septiembre y octubre pasados. Muchos soñaron un vuelco electoral de resultados mágicos. Ni ha sido así, ni podía ser así. Un apoyo electoral del 47% no se diluye en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, ya nada será igual.

Ciudadanos es la fuerza más votada, mientras que ERC, que se creía vencedora, se ha quedado con el bronce tras una competición electoral arbitrada por el Gobierno de España. Puigdemont no puede regresar de su retiro, aun cuando empeñó su palabra, lo que dificulta que sus herederos mantengan la calma. Hay desconcierto en las filas independentistas aunque intenten disimularlo. Saben que el Estado le ha perdido el miedo al 155 y que ellos no pueden reproducir las mismas barrabasadas legales de comienzos de septiembre. Quizás intenten retorcer el reglamento y alterar los procedimientos de investidura. Pero si lo que siguen ofreciendo es más de lo mismo, no solo aumentará su descrédito sino que contribuirán, todavía más, a desacralizar el proyecto que dicen defender. Lo peor que podía sucederles, y es precisamente lo que ha sucedido, es que su discurso ya no es hegemónico y sus ideas ya no son intocables. Los constitucionalistas se sienten fuertes, no actúan desde la revancha y usan la ironía. Hay que mover ficha ahora que el “Procés” ha dejado de ser un dogma.

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