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CORONAVIRUS PANDEMIA (Crónica)

La batalla de Mariantònia contra COVID: aislada, sin habla, con alucinaciones

Mariantònia ingresó en el hospital de Castelnuovo in Garfagnana (Italia) el 27 de agosto y su piel no volvió a sentir el calor del sol hasta el 1 de noviembre, cuando fue dada de alta en el tercer hospital por el que pasó durante ese periodo de tiempo.,Han sido más de dos meses de auténtica odisea. Ha tenido que pasarlos sola, aislada en su habitación de hospital y conectada al mundo de vez en cuando solo mediante una tableta. Ha llegado a perder

Agencia EFE

Tiempo de lectura: 3'Actualizado 11:29

Martí Puig i Leonardi.

Mariantònia ingresó en el hospital de Castelnuovo in Garfagnana (Italia) el 27 de agosto y su piel no volvió a sentir el calor del sol hasta el 1 de noviembre, cuando fue dada de alta en el tercer hospital por el que pasó durante ese periodo de tiempo.

Han sido más de dos meses de auténtica odisea. Ha tenido que pasarlos sola, aislada en su habitación de hospital y conectada al mundo de vez en cuando solo mediante una tableta. Ha llegado a perder el habla, por suerte ya recuperada, y ha convivido con alucinaciones, tantas que incluso ahora hay cosas que no sabe si las ha soñado o las ha vivido realmente.

Y todavía soporta secuelas físicas y psicológicas: camina ayudada por un bastón, en el mentón se le dibuja una herida que tardará en marchar y lucha por superar la pereza que dice que la invade tras el periplo superado.

El virus de la COVID-19 decidió instalarse en el cuerpo de Mariantònia poco antes del 23 de agosto, día en el que esta catalana de 67 años, que en aquel momento se encontraba en Fréjus (Francia), comenzó a notar algo de fiebre.

Su pareja, el italiano Gianfranco, de 80 años, también ha lidiado con el virus durante unos cincuenta días, si bien el bicho se ha mostrado particularmente caprichoso en este caso: a ella, 13 años más joven, la ha dejado al borde de la muerte, mientras él, aunque cree que sigue teniendo alguna secuela, no ha debido siquiera ingresar en el hospital.

Profesora jubilada de filosofía y actriz amateur de teatro, Mariantònia se define como una persona llena da vida, siempre de un lado para otro, con ganas de hacer cosas todo el rato.

Pero ahora nota que lo vivido le ha dejado mella: "Me ha entrado pereza, no tengo ganas de hacer nada. Solo quiero vivir el momento, tomar el sol y que me dejen en paz", explica a EFE.

No es para menos, la cronología de los hechos asusta: primeros síntomas el 23 de agosto; ingreso en el hospital de Castelnuovo in Garfagnana el 27, donde le diagnostican una pulmonía en cada pulmón; traslado a Lucca el 28; traqueotomía el 17 de septiembre, dado que la cosa no mejoraba; traslado a la planta libre de COVID el 5 de octubre; traslado al hospital de Lido di Camaiore el 8, donde inicia la recuperación; alta el 1 de noviembre.

El cuerpo de Mariantònia pasó por varios altibajos. Ingresó con 39,5 grados de fiebre y le propusieron trasplantarle plasma de enfermos de COVID-19 que ya habían dejado atrás al virus, fórmula ensayada por los médicos italianos que funcionó, pero no lo suficiente como para acabar con la enfermedad. También se le suministró el medicamento antiviral remdesivir.

Era 29 de agosto cuando la enferma empeoró, tuvo que ser intubada e ingresada a toda prisa en las unidades de cuidados intensivos hasta que el 17 de septiembre se le hizo una traqueotomía -la apertura quirúrgica de un orificio en la tráquea- para ayudarla a respirar.

Por suerte, a partir de ahí las cosas fueron a mejor: el virus dejó de incordiar unos días más tarde y a principios de octubre comenzó la fase de recuperación, que se alargó otro mes antes de que a la convaleciente le concedieran el alta.

El mientras tanto fue un sufrimiento terrible. La enferma deliraba hasta tal punto que unas veces soñaba estar de viaje en Japón y otras le parecía estar observando desde la distancia su propio funeral.

Los ataques de pánico fueron constantes, pues aún pudiendo respirar tenía la sensación de que no lograba inspirar ni exhalar aire y eran las enfermeras quienes debían tranquilizarla diciéndole que todo iba bien.

Unas enfermeras y unos médicos que "parecían astronautas", equipados con todas las medidas de protección imaginables, pero que le dieron la vida al permitirle comunicarse con sus seres queridos mediante una tableta.

Cuando Mariantònia no lograba hablar, porque se le habían inflamado las cuerdas vocales, le acercaban una pizarra para que se expresara.

"Llegué a estar muy deprimida, en plan paso de todo. Pero ver a la familia me ayudaba a respirar. Me hacían bromas, reía y lloraba al mismo tiempo", relata ahora Mariantònia rememorando unos días que todavía le quedan muy cerca.

Y la conversación no podía acabar de otra forma: "Cuídate, que ya ves como andan las cosas".

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