También recuerda que la Semana Santa es la "semana más grande de la comunidad cristiana"

El obispo de Segorbe-Castellón destaca la sencillez, humildad y cercanía del Papa Francisco

El obispo de Segorbe-Castellón, Casimiro López Llorente, en sus cartas dominicales de esta semana se refiere a la figura del Papa Francisco y a la celebración de la Semana Santa.

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!Que Dios le bendiga, Santo Padre¡ Queridos diocesanos: La fumata bianca, el toque de campanas y las palabras ‘habemus papam’, proclamadas por el Cardenal Tauran desde el balcón de la Basílica de San Pedro, nos llenaron de profunda alegría y de emoción contenida el pasado miércoles, 13 de marzo. Dios ha escuchado nuestra oración y nos ha concedido pronto un nuevo Papa. Los cardenales tardaron tan sólo un día para elegir a aquel que Dios tenía designado como Pastor de su Iglesia según su corazón. El elegido para ser Vicario de Cristo en la tierra y Sucesor de San Pedro ha tomado el nombre de Francisco. Demos gracias a Dios que nos ha escuchado y nos ha concedido un gran don en la persona del cardenal Bergoglio, hasta ahora Arzobispo de Buenos Aires. Ya en sus primeras palabras y gestos, nuestro Papa ha mostrado ser una persona sencilla, humilde y cercana, que transmite su cercanía a Dios y la cercanía de Dios a los hombres. Nuestro nueva Papa es un hombre de Dios, y, como Dios, muy cercano a los pobres y los humildes. Al presentarse a la iglesia y al mundo, ha dirigido nuestra mirada a lo fundamental y nuclear en nuestra vida y en la de la Iglesia: ha puesto nuestra mirada y su ministerio en Dios. Nos ha hecho ya orar a todos: orar para amar, orar para evangelizar, orar para agradecer. Lo primero fue dar gracias a Dios y expresar su agradecimiento sentido a su predecesor, el Papa emérito, Benedicto XVI. También quedará en nuestras retinas y en nuestro corazón su petición a todos los presentes, física o espiritualmente, que implorásemos la bendición de Dios sobre él, a la que acompañó inclinando todo su cuerpo. Y, una vez bendecido por Dios, nos bendijo a todos.    En su primera homilía, breve pero intensa y directa, en la Misa con los Cardenales, nos ha propuesto lo decisivo para todo cristiano y para la Iglesia con tres palabras: caminar, edificar y confesar. Cristianos e Iglesia hemos de caminar siempre en la presencia de Dios, a la luz del Señor, intentando vivir con la perfección que Dios pide a Abraham; edificar como piedras vivas nuestra existencia personal y la Iglesia sobre Cristo, que es la piedra angular, y confesar a Jesucristo crucificado y glorioso siempre y en todo lugar para que Cristo, el Evangelio de Dios para toda la humanidad, llegue a todos. El Papa Francisco, hombre de gran devoción mariana, ha puesto su ministerio y a toda la Iglesia bajo la protección de María, la Madre de Dios. Estas serán a buen seguro las claves de su Pontificado. Demos gracias a Dios por Francisco, nuestro nuevo  Santo Padre. Elegido por Dios para ser principio y fundamento visible de nuestra fe, esperanza y caridad, toda nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón le ofrecemos nuestra más sincera adhesión filial y comunión afectiva y efectiva. Oramos por el Papa Francisco para que en su ministerio singular sea fiel reflejo de Cristo, el Buen Pastor y Pastor Supremo, y  así nos pueda llevar al conocimiento, al amor y a la confesión de Cristo, el Camino, la verdad y la Vida, la única salvación y esperanza”. Pidamos a Dios, como el mismo Papa Francisco nos pidió, que Dios lo siga bendiciendo todos los días de su vida.   Con mi afecto y bendición, Casimiro López Llorente Obispo de Segorbe-Castellón    La semana santa cristiana   Queridos diocesanos:             Con la celebración del Domingo de Ramos entramos en la Semana Santa. El Domingo de Ramos o de Pasión es el verdadero y gran pórtico que nos lleva a la Semana más grande de la comunidad cristiana y de la liturgia de la Iglesia. Es una semana verdaderamente santa porque está consagrada por entero a los misterios de la pasión, muerte y resurrección del nuestro Señor Jesucristo. Es la semana en la que el Señor Jesús se dirige hacia la culminación de su vida terrena. Él va a Jerusalén para cumplir las Escrituras y para ser colgado en la cruz, el trono desde el cual reinará por los siglos, atrayendo a sí a la humanidad de todos los tiempos y ofrecer a todos el don de la redención.             La pasión, muerte y resurrección son la prueba definitiva del amor de Dios a los hombres, manifestado en la entrega total de su Hijo hasta la muerte. Cristo nos redime así del pecado y de la muerte, y nos devuelve la vida de comunión con Dios y con los hombres: muriendo destruyó la muerte y resucitando restauró la vida. Este misterio de amor se hace actual en la liturgia del triduo pascual, que va desde la tarde del Jueves Santo al Domingo de Pascua. Para poder entrar de lleno en el misterio del amor misericordioso de Dios, el cristiano debe celebrarla con verdadero espíritu de fe y con recogimiento interior participando plenamente en los actos litúrgicos. El creyente no puede limitarse a participar en las procesiones.             Dos sentimientos deberían reinar en los cristianos estos días: la alabanza, como hicieron aquellos que acogieron a Jesús en Jerusalén con su "hosanna" el Domingo de Ramos; y el agradecimiento, porque en esta Semana Santa el Señor Jesús renovará el don más grande que se puede imaginar: nos entregará su vida, su cuerpo y su sangre, su amor. Pero a un don tan grande debemos corresponder de modo adecuado, o sea, con el don de nosotros mismos, de nuestra fe, de nuestro tiempo, de nuestra oración, de nuestro estar en comunión profunda de amor con Cristo que sufre, muere y resucita por nosotros.             Durante la Cuaresma, los cristianos nos hemos ido preparando para la celebración de la Pascua. La Semana Santa es su última etapa y su meta, el Triduo Pascual, la celebración de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Las tres son inseparables; y no como algo del pasado, sino como realidad presente. El Jesús que padeció y murió, ha resucitado y vive para siempre. Y lo hace por nosotros: Quienes creen en Él son salvados de sus pecados, del dolor y de la muerte, tienen vida eterna y vivirán para siempre. Ante Cristo debemos deponer nuestra vida, nuestra persona, en actitud de gratitud y adoración.             Vivir cristianamente la Semana Santa es, pues, acompañar y contemplar a Jesús desde la entrada a Jerusalén hasta la resurrección. Vivir la semana Santa es acoger el perdón, el amor misericordioso y la paz de Dios en el Sacramento de la Reconciliación para ser testigos del perdón y constructores de la paz. Vivir la Semana Santa es creer que el misterio pascual se hace presente en cada eucaristía y participar de él en la comunión. Vivir la Semana Santa es aceptar que Jesús está presente también en cada ser humano, que sufre y que padece. Vivir la Semana Santa es seguir junto a Jesús todos los días del año, practicando la oración, los sacramentos, la caridad, el perdón y la reconciliación. Semana Santa es la gran oportunidad para detenernos un poco. Para abrir nuestro corazón a Dios, que sigue esperando. Para abrir el corazón a los hermanos, especialmente a los más necesitados. Semana Santa, es la gran oportunidad para morir con Cristo y resucitar con Él, para morir a nuestro egoísmo y resucitar al amor. Con mi afecto y bendición, Casimiro López Llorente Obispo de Segorbe-Castellón

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