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MEMORIA HISTÓRICA

Un adoquín dorado en recuerdo de Rafa Murillo, superviviente de Mauthausen

El municipio cordobés de Belalcázar ha rendido este domingo homenaje a los republicanos deportados al campo de concentración de Mauthausen, con la instalación en las aceras de las casas donde se criaron de siete adoquines rematados por una placa dorada de latón que recuerda su paso por aquel lugar de horror y exterminio.,Los elementos, denominados Stolpersteine (piedras que hacen tropezar), son una idea del artista alemán Günter Demni

Agencia EFE

Tiempo de lectura: 4'Actualizado 19:17

Por José Antonio Gallego

El municipio cordobés de Belalcázar ha rendido este domingo homenaje a los republicanos deportados al campo de concentración de Mauthausen, con la instalación en las aceras de las casas donde se criaron de siete adoquines rematados por una placa dorada de latón que recuerda su paso por aquel lugar de horror y exterminio.

Los elementos, denominados Stolpersteine (piedras que hacen tropezar), son una idea del artista alemán Günter Demnig, quien alumbró esta iniciativa con el objetivo de homenajear a sus compatriotas asesinados por la barbarie nazi.

Desde 1997, en que se instaló la primera en el barrio berlinés de Kreuzberg, se han colocado más de 80.000 de estos adoquines en 23 países europeos y Argentina, lo que ha convertido a estas piedras en el memorial más extenso del mundo.

A España la iniciativa llegó en 2015 y ahora aterriza en este pueblo del valle de los Pedroches, fiel a la República hasta los últimos días de la Guerra Civil, para recordar a Antonio Calvo Torrico y Antonio Quintana Balsera, muertos ambos en el campo, y a los supervivientes Juan Manuel Fernández Colmenero, Manuel Fernández Pérez, José Paredes Quintana, Tiburcio Vigara Carrasco y Rafael Murillo Mújica.

Dos sobrinos de este último asistían hoy emocionados a la colocación de una de estas piedras junto a la que fuera la casa solariega del Corpus Barga, el periodista y escritor que ayudó a Antonio Machado y a su madre a cruzar la frontera francesa ante de morir en Colliure.

El edificio, ahora en ruinas, está a unos setenta metros de la casa en la que nació su tío el 24 de octubre de 1919, pero el Ayuntamiento ha preferido instalar la piedra en este lugar para separarla de otra semejante instalada en la vivienda cercana de otro deportado, a fin de espaciar una ruta que pretende crear para que la crueldad cometida contra ellos no caiga en el olvido.

"Mi tío nunca dejó de ser republicano", afirma su sobrino Pepe Barranquero, quien recuerda que Rafael fue movilizado por el Ejército popular y destinado al frente de Cataluña.

Una vez perdida la guerra, cruzó la frontera, junto a miles de refugiados, sin llegar nunca a pensar que lo peor aún estaba por venir. Y eso que dejaba atrás un país destrozado y a una familia que tardaría años en volver a ver de nuevo. Primero, un campo de internamiento preparado por las autoridades francesas y de ahí a una compañía de trabajadores extranjeros destinada a afianzar las defensas en la frontera con Alemania cuando estalló la Segunda Guerra Mundial.

Francia se rindió en junio de 1940 y Rafael y sus compañeros españoles fueron capturados por los nazis y enviados al Stalag V-D de Estrasburgo, donde fueron sometidos a interrogatorio por la Gestapo y obligados a subirse a un tren el 11 de diciembre de 1940.

Según cuenta Patricio Serrano en el libro "El triángulo azul, los republicanos españoles en Mauthausen, dos días después, de noche y con varios grados bajo cero, el convoy llegaba a un lugar desconocido. "Nos hicieron salir a culatazos y porrazos (...) Emprendimos la marcha por un camino empinado e interminable. Vimos perfilarse en lo alto la silueta de una fortaleza impresionante. Al acercarnos, se abrieron de par en par una puertas monumentales. Nos hicieron formar en una explanada de tierra cubierta de nieve helada (...) Los oficiales del campo nos comunicaron que nos hallábamos en el campo de Mauthausen, campo de la muerte".

Como todos los prisioneros, Rafael fue obligado a ducharse con agua gélida, rapado al cero y desinfectado, antes de serle asignado un número, el 5.066, que pasó a ocupar el lugar de su nombre.También se le proporcionó un uniforme a rayas con un triángulo azul con una letra S en blanco con el se distinguía a los apatridas de origen español. Luego, el 17 de febrero de 1941, fue transferido al cercano campo satélite de Gusen.

"Mi tío no hablaba mucho de aquellos años, aunque si que nos contó que estuvo subiendo las pesadas piedras de granito por aquellas interminables escaleras que es la imagen que tiene todo el mundo de Mauthausen", relata su sobrina Basi Barranquero.

Testigo directo de ejecuciones y torturas, Rafael estuvo a punto a perecer de hambre, aunque la fortuna le permitió trabajar por unos meses en la cocinas, lo que sin duda le ayudó a sobrevivir.

"Cuando el campo fue liberado el 5 de mayo de 1945, mi tío pesaba 27 kilos. Los primero que hizo fue comerse dos kilos de azúcar. Aunque bajito, era una persona muy fuerte, con mucho nervio y yo creo que fue esa determinación lo que le ayudó a sobrevivir, porque muchos terminaron suicidándose, recuerda su sobrino Pepe, quien destaca que fue uno de los republicanos supervivientes que más tiempo permaneció en el campo.

Libre al fin y sin expectativas de regresar a su país, Rafael se casó con una francesa, tuvo dos hijas, María Dolores y Soledad, hasta que a principios de los años sesenta pudo volver a Belalcázar para ver a su familia y reencontrarse con su antigua novia de juventud, antes de morir en septiembre de 2004 en Perpiñán, localidad a la que se había mudado después de jubilarse para estar cerca de España.

"Nos hace mucha ilusión este pequeño monumento a la memoria de nuestro tío. Ahora solo queremos que mis primas también lo sepan. Hemos perdido el contacto con ellas y nos gustaría que este fuera el punto de partida para retomar otra vez el contacto", concluye Pepe.(Con fotografía)

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