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Las adolescentes en el Sahel viven con miedo, rodeadas de violencia y sin poder estudiar

Europa Press

Tiempo de lectura: 4'Actualizado 13:03

Sin capacidad de decidir por la tradición y las circunstancias, muchas de ellas se ven abocadas a matrimonios tempranos

El drástico deterioro de la situación en el Sahel, donde la violencia se ha disparado y con ella lo ha hecho el desplazamiento y las necesidades humanitarias, ha dejado a las adolescentes particularmente expuestas, con un miedo constante y si posibilidad recibir una educación, pero sobre todo al margen de las decisiones importante que marcarán su vida.

Así se desprende del último informe de Plan International "Adolescentes en emergencias: voces del Sahel", que revela que las chicas están siendo privadas de sus derechos y libertades básicas en una de las regiones más inestables y empobrecidas del mundo, ahora amenazada por la pandemia de COVID-19 y la llegada de la estación de carestía en julio, que agravarán aún más el hambre y las difíciles condiciones de vida.

En el Sahel central hay unos 2,5 millones de desplazados internos y refugiados, de los que unos 900.000 son desplazados en Burkina Faso, mientras que en Malí hay cerca de 240.000. Las niñas y adolescentes que se encuentran entre ellos, según Plan, están sufriendo algunas de las peores consecuencias como violencia extrema, desplazamientos masivos, inseguridad alimentaria y falta de acceso a la educación, los servicios de salud y las oportunidades económicas.

"Las niñas y adolescentes del Sahel están viviendo una triple tragedia en una de las regiones más críticas del planeta. Se han juntado el conflicto, la inseguridad alimentaria y el colapso económico y ha generado una situación catastrófica para toda una generación de adolescentes que está en grave riesgo y necesita el apoyo urgente de los gobiernos y la comunidad internacional", subraya Concha López, directora general de Plan International en España.

Los continuos ataques han cambiado la forma de vida en muchas zonas, impidiendo el acceso a cultivos, mercados u otras localidades, además de sembrar el miedo entre la población. "Tengo miedo por la noche, no durante el día, porque por la noche hay muchas cosas que no puedes ver porque hay yihadistas ahí. Tengo miedo de que, si salgo, se encuentren conmigo y me maten", reconoce a la ONG una joven de 19 años de Burkina Faso.

La experiencia vivida y el temor a lo que les pueda ocurrir, les hace vivir e incluso dormir siempre alerta. "En realidad, no consigo dormir. Nuestros oídos están concentrados en los ruidos del exterior en caso de que haya un problema para poder escapar", ha contado una de las adolescentes con las que ha hablado la organización para realizar el informe, mientras que otras reconocen que tienen miedo de que las secuestren o matadas.

Además, las normas sociales discriminatorias, incluida la violencia en el hogar a manos de padres o hermanos, y las actitudes restrictivas de sus familias y comunidades hacia su educación hacen que las adolescentes se sientan atrapadas e indefensas, abocadas a una vida sin oportunidades, en las que los matrimonios forzosos son muchas veces la única salida. "El matrimonio nos da miedo. Tenemos miedo de casarnos con un hombre que nos pegue", ha comentado una de ellas.

SIN CAPACIDAD DE DECIDIR

"Muchas veces no puedes hacer lo que quieres porque no tienes la capacidad de decidir", ha lamentado Aminata, de Burkina Faso. A lo que Mariam, una adolescente de 14 años de Malí, añade: "A la gente de aquí no le gusta que vayamos a la escuela. Nos dan en matrimonio a edad más temprana".

La violencia ha tenido un particular impacto en la educación en Burkina Faso y Malí, con escuelas atacadas y profesorado amenazado, cuando no asesinado. Como resultado de ello, en el primer países se habían cerrado 2.500 escuelas y en el segundo 1.100 ya antes de la pandemia de coronavirus.

El cierre de las escuelas más cercanas obliga a buscar otras a mayor distancia, en caso de que se quiera seguir estudiando, algo que siempre es más fácil para los chicos que para las chicas, cuyos padres ven más seguro que se queden en casa. Pero no solo influye el cierre de los centros, sino también la discriminación y la violencia de género preexistentes.

Según Plan, tanto en Burkina Faso como en Malí, un tercio de las chicas encuestadas no habían asistido nunca a la escuela o sólo lo habían hecho durante un año y, muchas veces esto se debe a la tradición que prevé que las adolescentes deben quedarse en casa para evitar que se junten con los varones.

La ONG denuncia que la restricción en la movilidad que lleva aparejada la crisis en el Sahel hace que niñas y adolescentes sean menos visibles para sus comunidades y las decisiones sobre sus vidas --sobre matrimonio, trabajo y educación-- se toman en gran medida sin que ellas intervengan. "No tenemos la oportunidad de participar en las decisiones relacionadas con nuestra educación. Son nuestros padres quienes toman las decisiones finales, son ellos quienes deciden si vamos a ir a la escuela", reconoce una adolescente maliense.

Tanto en Burkina Faso como Malí, la edad legal para el matrimonio es los 18 pero la ley a menudo se ignora y en situaciones críticas, con las escuelas cerradas, losmatrimonios tempranos aumentan en los planes de las familias. "Tengo miedo de que mis padres le den mi mano a un hombre que no me guste y los riesgos asociados a ello", confiesa una de ellas.

Así las cosas, Plan International ha hecho un llamamiento a los gobiernos y a la comunidad internacional para que destinen fondos de forma urgente para ofrecer asistencia humanitaria en la región, atendiendo las necesidades de niñas y adolescentes, y den prioridad a las negociaciones de consolidación de la paz y ayuden a poner fin al conflicto.

Además, ha pedido que se reconozca y se acabe con las barreras que impiden el acceso de las adolescentes a la educación y que, siguiendo la Declaración de Escuelas Seguras, se proteja tanto a las escuelas como a los docentes y el alumnado. También ha solicitado que se aborde la discriminación por motivos de género mediante la sensibilización y movilización de la comunidad y el compromiso de los adolescentes y hombres como defensores de los derechos de las niñas.

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