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CRÓNICA NEGRA (SERIE ESPECIAL) (Previsión)

¿Dónde está la cabeza de la Meli?

"Llevo una vida muy chunga y el trabajo que hago me desmoraliza. Hay días que no me traigo ni un duro y días que me gustaría acabar con mi vida". Es un fragmento de una carta que María Paula M.R., la Meli, envió a su novio a la cárcel madrileña de Carabanchel. Meses después su cuerpo fue hallado decapitado en un descampado. Jamás se encontró la cabeza.,"Hoy, un día cualquiera. Prisión de Carabanchel, cementerio de hombres vivos donde se evapora la vida, don

Agencia EFE

Tiempo de lectura: 6'Actualizado 11:27

Sagrario Ortega

"Llevo una vida muy chunga y el trabajo que hago me desmoraliza. Hay días que no me traigo ni un duro y días que me gustaría acabar con mi vida". Es un fragmento de una carta que María Paula M.R., la Meli, envió a su novio a la cárcel madrileña de Carabanchel. Meses después su cuerpo fue hallado decapitado en un descampado. Jamás se encontró la cabeza.

"Hoy, un día cualquiera. Prisión de Carabanchel, cementerio de hombres vivos donde se evapora la vida, donde se pierden seres queridos y se ganan enemigos", respondía el destinatario en una de las decenas de cartas que escribió a la Meli, sobradas de reproches por sus escasas visitas a un recluso que se cansaba de decirle cuánto la echaba de menos y cuánto la amaba.

Eran los años 80 en Madrid. Los años de la "movida", ese movimiento musical y cultural que trascendió fronteras. Pero era también la década de la heroína, de las papelinas y jeringuillas a las que se engancharon muchos jóvenes, como la Meli, obligada a ejercer la prostitución para poder sufragarse los "picos".

Años en los que también proliferaron los clubes de alterne, más a la vista que ahora, en barrios como Vallecas, San Blas o Carabanchel, o en pueblos como Coslada o Torrejón de Ardoz. Y calles como la que hasta hace poco se llamaba Capitán Haya, durante años sinónimo de prostitución.

Y fue en la calle Rosario Pino, muy próxima a Capitán Haya, donde la Meli se apostó por última vez en busca de un cliente. Allí la recogió N.G.M. la noche del 12 al 13 se agosto de 1987 y la llevó a los apartamentos "El Jardín".

Nadie la volvió a ver con vida. Salvo su asesino o asesinos.

EL CADÁVER

La tarde noche del 19 de agosto, seis días después de esa última cita, el cuerpo de la Meli fue hallado por unos vigilantes en un polígono industrial de la localidad madrileña de San Fernando de Henares, en la calle Picos de Europa. Les alertó un fuerte hedor.

Los vigilantes habían llegado a su empresa en torno a las 20.30 horas para comenzar su turno cuando "notaron un fuerte olor de descomposición", como recuerdan los primeros atestados del caso, que investigaron los agentes de Homicidios de la entonces 112 Comandancia de la Guardia Civil en Madrid.

Creyeron que podría tratarse de un perro muerto e inspeccionaron la zona. Uno de los vigilantes se acercó a un bulto envuelto en una manta, le dio la vuelta y vio un cinturón. Entendió entonces que podría ser el cadáver de una persona y dio aviso del hallazgo.

Según el acta de la primera inspección ocular, el cadáver se hallaba sobre un suave declive de la calle, a unos 9,80 metros de la vía férrea, rodeado con una manta de cuadros, los pies envueltos en una bolsa de El Corte Inglés y cartones quemados encima del cuerpo. Le faltaba la cabeza y los dedos de la mano derecha estaban quemados.

Para los investigadores, estos dos últimos detalles no dejaban lugar a dudas: el asesino o los asesinos querían dificultar la identificación.

Que estuviera la mano derecha "al parecer quemada solamente a la altura de la primera falange de los dedos" y que faltara la cabeza "hace pensar que el autor/es del hecho es persona/as conocedora del modo de actuar para la identificación de los cadáveres", subrayaba uno de los informes de la Guardia Civil.

La inspección ocular arrojaba más datos. La posición del cadáver y la forma en que estaba envuelto revelaban, a juicio de los investigadores, que el cuerpo había sido trasladado ya muerto, posiblemente en el maletero de un vehículo.

Apenas había restos de sangre en el lugar, salvo algunos muy leves en la ropa. Eso significaba que la habían matado en otro lugar y que, una vez decapitada, fue desangrada para que no quedaran rastros.

Quien quiera que fuese, mató primero a la Meli y después le cortó la cabeza de un solo golpe. No podía haberlo hecho así si hubiera estado viva, porque hubiera movido el cuello para evitarlo.

Ningún signo externo e interno de lucha o violencia se observaba en el cuerpo, lo que daba una nueva pista: el autor la conocía y la Meli no sospechó de él.

Otra conclusión que los agentes sacaron de la inspección y de la autopsia: en el cuerpo no había ningún tipo de heridas, ni de arma blanca, ni de fuego ni de golpes. Por tanto, las heridas que le causaron la muerte las tendría en la cabeza.

Por otra parte, las marcas encontradas en los brazos revelaban que la víctima era heroinómana.

LA IDENTIFICACIÓN

El hallazgo saltó a la prensa, que publicó la descripción del cadáver. Correspondía a una mujer de unos 30 años, rubia, de unos 50 kilos de peso. Vestía un pantalón rojo ceñido por encima de una malla negra y una camisa en cuyo bolsillo estaba impresa la palabra "Forage". Rodeaba su tobillo una pulsera de cuero con dibujos de colores.

También se aportaba otro dato: una cicatriz en el abdomen debida a una cesárea o a una operación de útero.

Mientras, los trabajos de criminalística proseguían para intentar identificar a la víctima.

Seis días después del hallazgo, la hermana de la Meli acudió a la Comisaría de la Policía Nacional en Coslada. Había visto la noticia en la prensa y la descripción encajaba con su hermana, de la que la familia no sabía nada desde el 12 de agosto.

Evidentemente, el cadáver correspondía a la desaparecida.

LA MELI

¿Quién era la Meli? María Paula M.R. había nacido en Madrid en mayo de 1957. Soltera, con tres hijos, trabajaba en clubes de alterne de varios municipios de la región, aunque en la última etapa se había trasladado a la zona de Capitán Haya.

Tal y como pudieron cotejar los agentes, contaba con varios antecedentes policiales por tráfico de drogas, hurto de coche y prostitución.

Había tenido los hijos muy joven y con un hombre que murió en un accidente de coche. Luego inició una relación con otro hombre, un atracador que acabó en la cárcel.

La Meli no podía atender a sus hijos y se quedaron dos de ellos con la madre del fallecido. Una niña fue acogida en un colegio de monjas.

De club en club, todo el dinero que ganaba la Meli -una mujer "de trato abierto y simpática pero con reservas", como la definió la "madame" de uno de los prostíbulos- se lo gastaba en papelinas. Hasta llegó a robarle 70.000 pesetas a un cliente.

Nunca quiso someterse a un tratamiento de desintoxicación y en algún club la llegaron a despedir por su adición a la heroína, que habitualmente adquiría en el barrio de Vallecas.

2.000 pesetas diarias y el 50 por ciento de las copas de día eran sus honorarios en alguno de los clubes donde trabajaba. Pero los dejó y en los días previos a su asesinato hacía la calle en la zona de Capitán Haya.

Allí se hacía llamar "Ana". Sus compañeras de la calle dijeron que no se le conocía "chulo" alguno ni proveedor de droga. Sí declararon que la Meli les llegó a decir que "estaba metida en un mal rollo y tenía miedo".

Como declaró su sobrina, con la que últimamente convivía, en esta etapa salía de su casa a las doce de la noche y volvía entre las 7 y las 11 de la mañana.

SUS ÚLTIMOS PASOS

La Guardia Civil interrogó a todos sus familiares y amigos, a todos sus contactos. Y pudo reconstruir su última noche.

N.G.M. recogió a María Paula en la calle Rosario Pino la noche del 12 de agosto de 1987. Juntos se fueron al hostal "El Jardín", donde pasaron la noche. A las 10.30 horas, según el testimonio del acompañante, y sin pagar el alojamiento, N.G.M. la dejó en su domicilio, en la calle San Claudio.

El día 14 por la noche este hombre envió a un amigo al hostal para que pagara la factura: 17.800 pesetas.

Se abrieron muchos interrogantes en torno a este hombre, el principal sospechoso. ¿Por qué dijo que no conocía de antes a la víctima si, incluso, vivían en la misma calle (a escasos cien metros) y otros testigos declararon que les habían visto juntos en locales de ocio?

¿Por qué no pagó el hotel en el momento de irse y le pide a un amigo que lo haga por él?

Algunas preguntas más sin respuestas y muchas pesquisas que no dieron resultado. No había pruebas. Ni contra él ni contra ninguna de las decenas de personas que investigaron.

Tampoco se pudo relacionar el caso con otra mujer cuyo cadáver carbonizado apareció en noviembre de ese mismo año dentro de una furgoneta en el distrito madrileño de Ciudad Lineal.

¿LA MATÓ EL ASESINO EN SERIE, EL MENDIGO FRANCISCO GARCÍA ESCALERO?

Años más tarde, en 1994, Francisco García Escalero, un homicida múltiple y que en ese momento estaba ingresado en la unidad de psiquiatría de un hospital penitenciario, confesó ser el autor también de la muerte de la Meli.

Su amplio historial abrió una puerta a la esperanza de los investigadores para resolver el crimen.

En un interrogatorio reconoció varios de sus crímenes y, al ser preguntado por el de María Paula, explicó que la recogió en la Castellana en un Seat 124 que antes había robado. Era el único modelo que sabía robar. Compraron vino, se lo bebieron y se fueron a Coslada.

"Después pasó como otras veces" -continuó-". Le entró "una fuerza interior" y la mató. Según él, le dio una puñalada en el cuello, murió y luego le cortó la cabeza. Luego la arrojó en un solar, volvió a Madrid y quemó el coche.

No recordaba más cosas. Pero a la incoherente declaración se unió una prueba que le descartaba: el Seat 124 apareció quemado a las 11 de la mañana del 12 de agosto de 1987. Ese día la Meli estaba viva. ¿Y su cabeza? ¿Dónde fue a parar?

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Con Beatriz Pérez Otín

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