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PANTALLA GRANDE

La crítica de los estrenos de cine del viernes 20 de enero de 2012

OCIO. Análisis de los estrenos de cine de esta semana: Jerónimo José Martín y Juan Orellana comentan “Los descendientes”, “Oro negro”, “Silencio en la nieve”, “Sombras en el tiempo”, “Burnaku” y “Jack y su gemela”.

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J.J.M./J.O. - 20-01-12

La crítica cinematográfica en La Linterna por Jerónimo José Martín, presentador junto a Juan Orellana de Pantalla Grande:

Los descendientes (The Descendants) **** (8). “Los descendientes” se ha alzado con el Globo de Oro a la mejor película dramática. El director Alexander Payne, conocido por títulos como “Entre copas” o “A propósito de Smith”, vuelve a ese terreno que le es familiar del drama arropado entre sonrisas y ciertas dosis de ternura. En este caso adapta un relato de Kaui Hart Hemmings, y nos cuenta la historia de un abogado, Matt King (George Clooney), económicamente muy desahogado, que vive con su familia en Hawai. Por un accidente náutico, su esposa Elizabeth (Patricia Hastie) queda en coma, y Matt debe ejercer de padre de familia, algo que no había hecho en su vida. Sus dos hijas, Alex (Shailene Woodley) y Scottie (Amara Miller), no se lo pondrán demasiado fácil. Este drama familiar, que combina con tiento melodrama y comedia, toca muchas cuerdas de interés, sin aspavientos y con contención. Así, la película emociona sin ser lacrimógena y, aunque no arriesga demasiado en sus propuestas, es sin duda un filme sólido, aprovechable y valioso. Por un lado, el guión pone el dedo en la llaga del padre ausente, que es también marido ausente. La nueva situación le obliga a replantearse sus prioridades y a reinventarse como padre. Una niña compleja y una adolescente que tontea con el alcohol, las drogas y el sexo son unos retos demasiado difíciles para un hombre que no ha educado en su vida. Pero, con el tiempo, llegará a encontrar en sus hijas sus mejores aliados. Es más, como ya hemos visto en otras películas, Alex dará algunas lecciones de madurez a su padre. También hay una historia singular de acogida, ya que un impresentable amigo de Alex se incorpora a la vida familiar, y supone un contrapunto cómico que también sirve para representar un tipo de joven muy presente en la actualidad. Es muy interesante el tema del perdón, en la película muy relacionado con el reconocimiento de los propios errores. Todo en la vida tiene consecuencias, y el mal cometido puede convertirse en una ocasión de bien. Al final, la reivindicación de la vida familiar resulta algo previsible y se resuelve de forma ciertamente pobre y tópica: todos juntos viendo la televisión. En todo caso, el filme es positivo en sus propuestas de fondo. A la magnífica interpretación de George Clooney —que le ha valido el Globo de Oro—, se añade la actriz televisiva Shailene Woodley, que sorprende por la madurez de sus registros y su interpretación convincente de la hija mayor Alex. J. O.

Oro negro (Black Gold) *** (7). Arabia, a principios del siglo XX. Tras una cruenta guerra, dos jefes tribales firman la paz en pleno desierto. El vencedor, Nesib, emir de Hobeika (Antonio Banderas), obliga a su rival Amar, sultán de Salmaah (Mark Strong), a respetar como tierra de nadie la llamada Franja Amarilla, que separa los dos reinos. Y, como garantía, Nesib se lleva como rehenes a los dos hijos de Amar: Saleh y Auda. Pasan los años, y Saleh (Akin Gazi) se ha convertido en un audaz guerrero, ansioso por regresar con su padre. Por el contrario, a Auda (Tahar Rahim) sólo le importan los libros y una bella hija de Nesib, llamada Leyla (Freida Pinto). La vida de todos ellos da un giro hacia la tragedia cuando un empresario de Texas encuentra petróleo en la Franja Amarilla, y llega a un millonario acuerdo con el liberal Nesib, lo que irrita profundamente al fundamentalista Amar, que reinicia la guerra entre los dos reinos. Tras el fallido experimento “Su majestad Minor”, el francés Jean-Jacques Annaud (“El nombre de la rosa”, “El oso”, “El amante”, “Enemigo a las puertas”), regresa al drama épico, que ya afrontó con éxito en “Las alas del coraje” y “Siete años en el Tíbet”. Y lo hace adaptando la novela “Al sur del corazón”, escrita por el italiano Hans Ruesch en 1957, con Tarak Ben Ammar como productor, y con “Lawrence de Arabia”, del inglés David Lean, como punto de referencia. En efecto, como esa magnífica película, “Oro negro” recrea a lo grande un episodio histórico del mundo árabe, procurando reflejar con ponderación las tensas relaciones tribales, las diversas corrientes del islamismo y las dramáticas consecuencias del descubrimiento de petróleo en esas tierras y del afán de las multinacionales estadounidenses por hacerse con su control. Todo ello, articulado en un intenso melodrama romántico y familiar a la antigua usanza, respetuoso con la religiosidad de los personajes y nada maniqueo al presentar las luces y sombras de cada uno de ellos. A pesar de su limitado presupuesto, “Oro negro” goza de una brillante factura, resuelta casi sin efectos digitales, con un apabullante despliegue de extras, una ambientación esmerada y una fluida planificación, a ratos algo académica, pero que luce tanto en los pasajes intimistas como en las impresionantes escenas bélicas. Por su parte, todos los actores dan la talla, sobre todo el francés Tahar Rahim, el español Antonio Banderas —más contenido que nunca— y el siempre espléndido Mark Strong. De este modo, queda una notable película de aventuras, sin la genialidad de “Lawrence de Arabia”, pero entretenida, profunda y con una bella banda sonora del californiano James Horner. J. J. M.

Silencio en la nieve *** (7). Invierno de 1943. Frente ruso de la Segunda Guerra Mundial. Un batallón de la División Azul, incorporado en otro alemán, descubre el cadáver de un soldado español junto a unos caballos atrapados en la superficie congelada de un lago. Un tajo atraviesa el cuello del cadáver, que tiene en el pecho una inscripción grabada a cuchillo: “Mira que te mira Dios”. Los mandos encargan la investigación al silencioso soldado Arturo Andrade (Juan Diego Botto), ex inspector de la policía, que asume la tarea con rigor y profesionalidad, ayudado por el sencillo sargento Espinosa (Carmelo Gómez). Poco a poco descubren que este asesinato quizás responda a una perversa venganza relacionada con la masonería. A partir de la novela “El tiempo de los emperadores extraños”, del ovetense Ignacio del Valle, el productor y director Gerardo Herrero (“Desvío al paraíso”, “Territorio comanche”, “Las razones de mis amigos”) desarrolla en “Silencio en la nieve” una inquietante intriga policial en el marco de la División Azul, unidad de voluntarios enviada por Franco en apoyo del ejército alemán contra el comunismo ruso. Como es habitual en el cine de Herrero, a la película le falta a ratos un poco de vigor dramático y emocional. Además, resulta demasiada explícita en algún apunte sexual y retrata de un modo superficial a un capellán militar, que ofrece una versión chusca del secreto de confesión. De todas formas, la película tiene buen ritmo, desarrolla bien la intriga, goza de una generosa producción —patente en sus secuencias bélicas— y ofrece varios momentos de gran intensidad emocional, sobre todo en la subtrama de las relaciones de Andrade con una joven rusa y su pequeño hijo, y en la recreación del prohibido “juego de la violeta” —como se le llamaba entonces—, más conocido ahora como la ruleta rusa. En estos buenos resultados es fundamental el tono ponderado y poco ideológico con que la novela y la película presentan a los personajes, sin juzgar sus motivaciones políticas y subrayando sobre tono su humanidad, inmersa en una guerra cruel, azotada por un frío espeluznante y aliada con un ejército alemán a menudo inhumano. Todo esto amplía el público potencial de la película y, sobre todo, da entidad a los personajes, interpretados con solvencia y veracidad, especialmente la pareja protagonista, con la que se lucen Juan Diego Botto y Carmelo Gómez. En este sentido, “Silencio en la nieve” abre nuevos caminos en el cine histórico español, al margen de tantas maniqueas caricaturas gruerracivilistas. J. J. M.

Sombras del tiempo (Schatten der Zeit) *** (7). Alrededores de Calcuta, poco antes de la independencia de India. Ravi (Sikandar Agarwal) y Masha (Tumpa Das) son dos niños abandonados por sus padres, que se hacen amigos en unos telares donde son explotados por un mísero salario. Con la generosa ayuda de Ravi, Masha compra su libertad y, antes de irse, promete al chaval que irá cada noche de luna llena al templo de Shiva más grande de Calcuta, para reencontrarse allí con él. Pasan los años, y Ravi (Prashant Narayanan) marcha finalmente a Calcuta en busca de Masha (Tannishtha Chatterjee), que trabaja desde niña en un burdel. Como quedaron, ambos van al templo de Shiva, pero el destino les resulta esquivo y les tienta con otras oportunidades de mejorar su vida. Tras ganar el Oscar en 2001 con su corto “Quiero ser” (“I Want to be...”), el alemán Florian Gallenberger (“Honolulu”, “John Rabe”) debutó en el largometraje en 2004 con “Sombras del tiempo”, que se estrena por fin en España. Se trata de un notable melodrama a la antigua usanza, con una espléndida puesta en escena, una esmerada ambientación, una resolución fotográfica y musical de gran belleza y unas interpretaciones notables, sobre todo de la pareja protagonista, tanto de niños como de adultos. Además, evita las concesiones vulgares al afrontar los pasajes más sórdidos de la trama. En este punto y en el papel del destino en la trama, “Sombras del tiempo” se parece bastante a “Slumdog Millionaire”, de Danny Boyle, aunque su tono es menos optimista, y su estilo, mucho más clásico. Ciertamente, en su afán de fidelidad a la cultura y al cine indios, Gallenberger extrema el melodrama, lo que debilita un poco la parte central del filme. Sin embargo, nunca pierde las riendas del relato, mantiene un alto nivel emocional y logra delinear con nitidez los perfiles dramáticos de los personajes. Queda así una película valiosa por su poderoso romanticismo y por su denuncia de la explotación infantil y del rígido clasismo de la sociedad india. J. J. M.

Bunraku * (3). En el futuro, las armas de fuego han sido prohibidas, y los problemas se resuelven en combates de artes marciales con espadas y puñales, o a golpe limpio. Un misterioso vagabundo (Josh Hartnett) llega a una tenebrosa ciudad en la que sus habitantes viven aterrorizados por el despiadado Nicola (Ron Perlman) y su ejército de matones, encabezados por nueve asesinos mortales entre los que destaca el cruel Asesino nº 2 (Kevin McKidd). El vagabundo se ve forzado a confiar en un joven samurái (Gackt) —que busca limpiar el honor de su familia— y en el dueño de un bar (Woody Harrelson), que lleva años intentando reunir a un equipo de nivel para acabar con el tiránico Nicola. En esta versión fílmica de los ancestrales espectáculos japoneses de marionetas —que ilustran los originales títulos de crédito—, el poco conocido Guy Moshe (“Holly”) imita descaradamente el tono y estilo hiperviolentos de Quentin Tarantino en las dos partes de “Kill Bill”, así como su abigarrado cóctel de cómic, spaghetti western, películas de samuráis y videojuegos. El problema es que Moshe está a años luz de Tarantino como director y como guionista. Así que casi nunca logra implicar al espectador, a pesar de una barroca ambientación retrofuturista —a menudo, de cartón-piedra— y de los esfuerzos físicos del notable reparto. El guión abusa de la narración en off, y resulta confuso y arrítmico. Las coreografías de los combates no tienen vigor ni veracidad. Y los desparrames sangrientos y apuntes sexuales suenan a reclamo barato para epatar al público, incapaz de identificarse con ninguno de los personajes. En fin, un tostón perfectamente olvidable. J. J. M.

Jack y su gemela (Jack and Jill) * (2). Jack Sadelstein (Adam Sandler) es un publicista de Los Ángeles, felizmente casado con Erin (Katie Holmes), y padre de una niña (Elodie Tougne) y un niño (Rohan Chand), ambos singulares. Jack pasa por un delicado momento laboral, pues debe fichar como sea a Al Pacino para protagonizar un anuncio de donuts. A todo esto, y como todos los años, irrumpe en su hogar Jill (Adam Sadler), la hermana gemela de Jack, una asfixiante mujer de Brooklyn, simple, pesada e inoportuna, que todavía no ha encontrado al hombre que la soporte. Agobiado por todo, Jack intenta que su hermana se vuelva a Nueva York cuanto antes; hasta que, durante un partido de los Lakers, el mismísimo Al Pacino se enamora de ella. Su director habitual, Dennis Dugan (“Zohan: Licencia para peinar”, “Niños grandes”, “Sígueme el rollo”), permite al cómico Adam Sandler hacer doblemente el ganso en esta patética comedia disparatada. La película elogia la familia, la fraternidad y el amor; rinde homenaje a “¡Qué bello es vivir!”, de Fran Capra, y seguramente, sus creadores la plantearon para todos los públicos. Pero, en realidad, no pasa de ser una irritante sucesión de chistes groseros, escatológicos, políticamente incorrectos y, sobre todo, con muy poca gracia, pues recurren una y otra vez a los tópicos sexistas y racistas más sobados. Especialmente penoso resulta ver a Al Pacino rebajarse en varias escenas que provocan vergüenza ajena. J. J. M.

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George Clooney protagoniza Los Descendientes

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