TOROS. Tarde para el recuerdo la vivida este sábado 30 de abril en la Real Maestranza con un José María Manzanares que se ha elevado al Olimpo de las figuras del toreo tras cortar cuatro orejas e indultar un toro de Núñez del Cuvillo.
Sevilla, sábado 30 de abril de 2011. Lleno de ‘No hay billetes’. Toros de Cuvillo, el 2º como sobrero, desiguales de presentación. Bravo el 1º; encastado el 2º; El 3º, Arrojado de nombre, 500 kilos, noble, con clase y duración fue indultado A menos 4º y 5º. Noble el 6º. Julio Aparicio, pitos y pitos. Morante de la Puebla, saludos y pitos. José María Manzanares, dos orejas simbólicas y dos orejas.
Tarde de sentimientos encontrados. De analizar bajo el prisma de la ortodoxia o dejarse llevar por el ambiente que ha electrizado la Maestranza. La cabeza te pedía una cosa, pero el corazón otra. De velar por la pureza de la Fiesta y el rigor de una plaza o ir más allá y agradecer lo acontecido para el futuro más próximo de este espectáculo.
Y todo ello condensado en una faena, en un toro… pero sobre todo en un torero que hoy ha firmado la tarde más redonda y rotunda que uno recuerda desde el 5J de José Tomás en Madrid en 2008. Porque por encima del indulto y de la polémica que generará, está la actuación de José María Manzanares. Cuatro orejas y una plaza y una afición entregadas a la pasión del Toreo, con mayúsculas.
El animal al que se ha perdonado la vida ha salido en tercer lugar, Arrojado de nombre y 500 kilos en la tablilla. Un toro bajo, armónico, que pasó por el caballo sin mansear, pero tampoco sin hacer pelea de bravo. Sin embargo, en la faena de muleta fue el prototipo de toro que busca Cuvillo. Un toro de una nobleza enclasada que embistió hasta el final y de una duración tremenda. Manzanares le había recibido con unas verónicas muy a compás y se dio cuenta rápido de las cualidades del toro. Sin titubeos ni probaturas comenzó a desgranar tandas de gran expresividad y empaque, pero sobre todo de un temple sublime y una despaciosidad asombrosa. Mediada la faena el público comenzó a vivir la obra del alicantino puesta en pie y comenzó a pedir el indulto. Si nos ceñimos a la realidad que vimos hay que decir que el toro buscó la querencia de los tableros de sol, lugar del que le sacó Manzanares para llevárselo de nuevo más allá del tercio para cuajar otras dos tandas que reafirmaron la nobleza y la calidad del toro. El público pidió con unanimidad el perdón de la vida del toro y el presidente Salguero tuvo que plegarse a la voluntad de la mayoría. Dos orejas simbólicas y vuelta de Manzanares con Álvaro Cuvillo.
Pero ahí no había quedado lo único que nos iba a ofrecer José Mari. Porque con el escurridito sexto volvió a deleitar, esta vez más roto, enganchando más al toro al que cuajó una faena más corta de metraje pero de igual ritmo y temple. Hubo naturales eternos, echando los vuelos de la muleta por delante y tirando del toro hasta detrás de la cintura. Haciendo y diciendo el toreo. Estocada arriba y otras dos orejas que van más allá de la estadística, que encumbran a José María Manzanares definitivamente en la cima del toreo.
Y si hablábamos antes de términos como nobleza o bravura, para bravo el primero de Cuvillo. Toro serio, que apretó en las dos varas y que embistió también con nobleza y humillación por ambos pitones. Sin embargo, las manos de Aparicio, y tal vez el corazón, no fueron capaces de estar a la altura de tan importante animal. Con la muleta siempre retrasada y el valor justito, el toro se fue sin torear. Sin embargo hubo varias embestidas que sí aprovechó Morante en su turno de quites para elevar una vez más su toreo a la verónica a Bien de Interés Cultural, ahora que está tan de moda. ¡Qué majestuosidad Dios mío!. Aparicio concluyó su paso por Sevilla abreviando con el apagado cuarto.
Y Morante, además del citado quite, poco más. Estuvo esforzado y a veces desbordado con el encastado segundo, un toro que se vino arriba en el último tercio. Empujó más la gente que Morante por hacer romper al toro. Al deslucido quinto se lo quitó de en medio sin mediar siquiera una tanda de rigor.