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Infumable cuarta ración de jabugos

El de la Puebla colosal frente al descaste

Sevilla, martes 28 de abril de 2009. Lleno. 6 toros de Juan Pedro Domecq (incluso el sobrero) desigualmente presentados, mansos y descastados. Enrique Ponce, silencio en ambos. Morante de la Puebla, vuelta y silencio. Antonio Nazaré, que tomaba la alternativa, silencio en ambos.

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Rafael Cabrera - 28-04-09

¡Y que todavía haya quien se sorprenda y maraville de lo de Morante! ¡Qué descubra a estas alturas que es un torero capaz, técnico, poderoso y valiente! ¡Qué no se trata exclusivamente de un torero de arte! ¡Qué mal han hecho siempre los clichés preconcebidos en el toreo! ¡Qué nefasto es ir con ideas preconcebidas! Porque una cosa es suponer, dados los antecedentes tal o cual cosa, y otra es acudir al espectáculo con la mente puesta en que las cosas deben salir como queremos y hemos pensado o declamado. No descubrimos nada, lo decíamos apenas hace algo más de 24 horas en nuestro editorial del pasado programa, en la madrugada del domingo al lunes. Morante reúne muchas cualidades en su toreo exquisito, de clase, de gusto, de arte con mayúsculas. Contrariamente a lo que muchos suponen -basado en estereotipos más o menos recientes-, esa calidad no está reñida, en el de la Puebla, con el valor o la técnica. Hoy ha exprimido a ese tercero toro de la tarde, le ha sacado lo que no parecía tener, y lo ha hecho a base de calidad de toreo verdad, con gusto, clase, estética, y con técnica, inteligencia y valor. ¡Y el que lo descubra ahora o ha estado ciego, o no entiende de esto, o se deja guiar por intereses espúreos!

La corrida de Juan Pedro en Sevilla ha sido la cuarta ración de jabugo en dos años. ¡Qué ganado tan infumable! Alguno de los de Valencia nos hizo pensar en una posible esperanza; lo de hoy ha vuelto a aquellas andadas: mansos  con los caballos, parados y sin casta en la muleta, rajándose o tirando cornadas para desentenderse de la lid. ¿Y dice la empresa que esto lo pide la afición sevillana? Los piden los toreros, ¡qué narices!; los piden y los reclaman algunos diestros que prefieren el descaste ñoño a la pujanza de la bravura, al empuje y transmisión de la casta.

Ponce ha pasado por esta feria de abril de puntillas; en su última corrida en la plaza maestrante del ciclo no ha dicho absolutamente nada. Su primero era Pachocho, que ya son ganas de llamar a un toro así, un castaño – castaña de 514 kilos, tocado y con trapío, pero manso, rajado y descastado. Alguna verónica le vimos con el capote y delantales en su quite. El tanteo fue brusco, el toro entraba violento y tirando tarascadas y el valenciano no se ajustó, para ver como se rajaba en la tercera tanda –incluída la de tanteo-. Un lujo de la calle Serrano, o de las Sierpes. Tardeando, cuando entraba, con brusquedad, el diestro ni lo sometió, ni se dobló, aunque anduvo intentando dar pases. Si le restamos esa mínima voluntad, apenas vimos nada a la primera figura del escalafón. Una habilidosa estocada, arriba aunque traserita, lo despachó. En el cuarto, Capitán de nombre, de 490 kilos, negro listón, delantero de armas, anovillado –una chiva-, manso , soso y descastado, no hubo ni capote. Con la franela el bicho era soso y parado, yendo a media altura, sin viaje por falta de casta. El de Chiva lo intentó colocado, con suavidad, pero con nulos resultados. Una casi entera caída, lo remató entre protestas. ¿Quién ha sido el entomólogo veedor que ha escogido al tercero, cuarto y quinto; de qué aumentos es su lupa? ¡Qué escándalo que esto se lidie en Sevilla sin apenas una protesta!

El tercero fue Señorito, de mote, con 520 kilos, negro, anovillado de hechuras, manso, soso y embestidor, el único que al menos se movería –aunque poco- hacia delante. Y si lo hizo fue, en muy buena medida, porque Morante se empeñó en ello, en tirar de él. Dio muy buenas verónicas de recibo, con gran naturalidad, sin afectación alguna ni ese barroquismo que a veces parece molestar a cuatro detractores del diestro. Naturalidad en la composición de la figura y en el acompañamiento del cuerpo, naturalidad en la disposición y juego de brazos. El toro llegó a la muerte con poca clase, embistiendo a la fuerza, para ver como el de la Puebla se gustaba en un trincherazo inicial soberbio. Poco dijo en las primeras series con la diestra, pero cuando cogió la zurda dio una lección de toreo clásico, de toreo eterno: de frente, perfectamente colocado entre los pitones, echando la muleta adelante, enganchando al bicho para llevárselo a la espalda en redondo, sin mucho viaje porque el toro no lo tenía, pero con gusto, y profundidad. ¿Se puede pedir más? Quizá alguien echó de menos la ligazón, pero era imposible en un toro que entraba sólo arrastrado por la atracción fatal de la muleta morantiana; y se los sacó a pesar de tardeos, de dificultades o de que se le quedara debajo en alguna ocasión. Hubo un momento de medios pases porque el toro no podía más, pero volvieron los naturales profundos. Incluso, en su afán de rematar la faena, puede que se pasara un poco en la misma, nada importa ante la obra realizada. Lástima que un pinchazo malograra el triunfo rotundo y la estulticia del corte apendicular; a los aficionados nos queda el recuerdo de la faena. Después le daría otro pinchazo hondo, arriba y lo remató de un descabello para dar una clamorosa vuelta. El quinto era un Verderón cualquiera, pajarillo indigno, anovillado, de 495 kilos, negro mulato, y manso y descastado de condición. Dio unas verónicas profundas –de las barrocas- en su quite, que volvieron a dejarnos con la sensación de escasez: todos queríamos más. Pero en la muleta no hubo opciones, el bicho iba con la cara alta, sin entrega, corto y tardeando. Ante la posibilidad de un trasteo largo, pesado e insulso, el diestro decidió cortar, doblarse con él, torearlo por la cara y rematar su labor con pases de pitón a pitón por alto –de Joselito el Gallo-. Media atravesada, desprendida, que se hizo entera, bastó para matarlo. 

Antonio Nazaré dejó unas verónicas de clase, ganando terreno hacia los medios, en el primero, que volvería a chiqueros tras lesionarse en una caída. El sustituto fue otro del hierro de don Juan Pedro, llamado Fabricante, de 560 kilos, castaño oscuro, delantero de cuerna, manso, soso y descastado; vaya lujo para una alternativa. A éste no hubo posibilidad de lancearlo con el percal, y llegó a la franela colándose y mirón con peligro. El sevillano, que había brindado a su padre, aguantó firme, intentó pasarlo de uno en uno, dándole cierto aire, bien colocado por ambas puntas, con suavidad, pero el toro remataba por alto ensuciando la faena, terminando por entrar sólo de vez en cuando. El estuvo valiente, entre los pitones, soportando miradas criminales y parones a medio pase. Un pinchazo hondo, sin soltar, y una estocada entera atravesada al hilo de tablas –donde se había refugiado el buey-, necesitaron de cuatro descabellos. El sexto fue otra prenda; Decisivo de mote, de 507 kilos, castaño, guapo de hechuras, pero bizco de cuerna –otro dato que se repite en esta feria con demasía-, manso, descastado y peligroso. Brindó al Niño de la Capea y salió a comerse el mundo, valentísimo, sin moverse, pero con un toro que se quedaba corto en sus arrancadas al inicio e, inmediatamente, a medio viaje con peligro, yendo por él, poco era lo posible. Colocado, con muchísimas ganas le porfió todo lo que pudo, pero la gente, ante el sufrimiento y el que una vez quedó enfrontilado, le pidió que lo matara. Lo que concedió, al fin, de una estocada entera, arriba, buena, viendo como el mulo marrajo se iba a morir a tablas. Habrá que verlo más.

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