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Puerta grande para Castella en un lamentable encierro de Cuvillo

Polémica en la última

Santander, lunes 27 de julio de 2009. Lleno. 5 toros de Núñez del Cuvillo, mal presentados en general, alguno impresentable, mansos –excepto el primero que cumplió en varas-, bajos de casta o descastados, de juego desigual. 1 toro del Puerto de San Lorenzo (6º bis), manso, embestidor. Morante de la Puebla, pitos y división. Sebastián Castella, dos orejas y ovación. Miguel Ángel Perera, silencio y oreja.

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Rafael Cabrera - 27-07-09

Ya sabemos porque la de Cuvillo estaba preparada para el último lugar! Ha costado saberlo, ha costado toda una feria. Figuras en el cartel y baile de corrales, lo de siempre, y una ganadería que lo mismo da buenos que malos toros, boyantes que rajados, porque en una vacada que pasa del millar de madres, todo es posible en domingo…, lunes o martes. Las exigencias de las mal llamadas figuras impusieron un encierro impresentable en el coso de Cuatro Caminos, pero al ser la última de feria, su repercusión mediática habría de ser menor. El escándalo provocado en los aficionados, no tendrá más trascendencia que algunas frases mañana, y todo se olvidará hasta el año que viene. 365 días lavarán las mentes de cuantos se acerquen al coso en 2010 y aquí paz y después gloria. Tan sólo algunos rezagados, que nos quedaremos para ver la de Beneficencia, ampliaremos las quejas un día más. Si este ganado se anuncia al tercer día, hubiera sido una semana de constantes discusiones, de alusiones sin cuento, de quejas pertinaces e insistentes y exigencia de responsabilidades. Pero al colocarla la última, entre el público facilón –hoy hemos preguntado a unos pocos de los se acercaban al coso, en directo, el cartel, y no supieron nombrar a ni uno, pero eso sí, venían con la entrada regalada no sabemos por quién-, las figuras y lo que fuera, lo más probable es que hubiese pocas exigencias en la plaza, trofeos por doquier y alegría final. Y casi, pero no. La mala presencia del ganado, y el poco juego de los bichos han estado a punto de suponer un baldón para la feria del Norte, para la de Santiago, impensable a priori. Si no se llega a cambiar el último, para permitir salir al del Puerto –por fin un toro con trapío-, que dio juego en la muleta pese a mansear en varas, nos hubiésemos quedado con las dos orejas de Castella al segundo y nada más. Menos mal que el asesor ha dimitido, aunque no todo puede ser alegría en la casa del pobre (aficionado madrileño) porque ha decidio coger Vista Alegre de Carabanchel, ¡para hacerse a sí mismo la competencia en la Villa del oso y del madroño! ¿Qué dirá a este disparate la Comunidad de Madrid, tan renovadora de prorrogas increíbles?

Vamos al lío, que dicen por allá. El primero fue Andajoso –sin r después de la d-, de 532 kilos, negro, tocado aunque escobillado y sospechoso del derecho, que cumplió en varas -empujó sin continuidad pero con fijeza, en las dos varas-, se dolió en banderillas y se complicó en la muleta. Morante lo paró a la verónica, ganando terreno a los medios, sin demasiada limpieza, pero con clase, aceptablemente. Luego no le vio condiciones en la franela, se dobló por bajo –aunque rematando los pases por alto para no tirarlo (ya llevaba dos caídas y daría dos más)-, y se lo sacó a medios para pasarlo por derecha e izquierda sin conseguir nada en limpio: el bicho se revolvía y apretaba, haciendo algo de hilo, cabeceaba por el zurdo, derrotaba al finalizar los pases –falto de fuerzas- y terminó por quedarse cortito. Debió quitárselo de en medio antes, pero como para el público uno se tiene que justificar, pese a no decir gran cosa, seis series le daría, destacando algún natural suelto bueno, profundo y con clase, estando bien colocado. El toro al final hizo por rajarse, así que con media perpendicular y caída lo dejó a punto para el arrastre. Pitos porque sí. El cuarto era Uminoso, con 507 kilos, negro bragado corrido, delantero, sin trapío, manso e inválido (este se cayó hasta en ¡doce! ocasiones). Unas verónicas de poca cosa y media buena sirvieron de saludo. Y después volvió a insistir demasiado en un toro que no tenía nada dentro, probablemente ni sangre de horchata, ni músculo alguno. El animalito se desplomaba a cada paso-pase, y cuando no se revolvía corto y arreaba. ¡Qué manía de trabajar por horas le ha dado al público! Media baja acabó con las ilusiones de ver torear como en ese par de derechazos soberbios de los inicios. 

Campanito se llamaba el primero de Castella, un toro de 581 -¿quién ha hecho los lotes esta mañana?, ¿cómo le tocan a Castella dos toros de 581 y 554 kilos, a Morante dos de lo mencionado, y a Perera, atención, otros dos de ¡446! y 525 kilos?-, negro mulato chorreado y meano, acucharado de cuerna, manso pero embestidor. No hubo capote –aunque eso ya no importe para conceder los segundos trofeos…-, pero con la muleta salió el francés muy decidido, tanteándolo con estatuarios a pies juntos y sacándolo a los medios aceptablemente. Luego lo tocaría por la diestra, al hilo, en paralelo, sin muchas apreturas pero templando mucho, para ir metiéndolo en la muleta y pasándolo cada vez más cerca y más en redondo, en series no muy largas para no cansar a su oponente. Con la zurda acortó distancias, para sacar una serie sin ligazón, por donde el bicho iba peor, y por eso retomó la derecha, pasándolo por uno y otro pitón, por alto, terminando con un buen cambio de manos, todo ello vistoso, elegante y muy quieta la planta. Cuando se adornaba con manoletinas le tropezó el toro, dándole –como supimos al final- un  puntazo corrido en el muslo izquierdo, de 10 cm, de pronóstico leve salvo complicaciones. Se levantó como si nada, y siguió con el mismo lance, finalizando con una estocada entera, caída, perdiendo la muleta. Como el toro se aguantó la muerte, él se adornó mucho –no siempre por la cara del bicho-, consiguiendo arrancar esas dos orejas un poco exageradas. Una, desde luego, se había merecido. El quinto se llamó Rescoldito, de 554 en la báscula, castaño, muy pobre de cabeza y con poco cuajo aunque con volumen, muy manso y rajado, sin casta que llevarse a la boca. El toro fue un compendio completo de lo que es un toro verdaderamente manso, que aunque metía la cabeza no hacía otra cosa que huir a toriles en cuanto podía. Allí acabaron ambos, mediada la faena, pese a sacarlo a los medios alguna que otra vez, y allí lo pasó a favor de querencia en lances que llegaron mucho al público de insolación. El pitón zurdo nos pareció mejor, pero sólo lo tocó en una serie postrera. Dos pinchazos, con ganas, precedieron a una entera caída, que enfrió hasta los ánimos de los insolados. 

Campanillo se llamaba la pulga que le correspondió a Perera, una sabandija enana –no sin cierto cuajo en su diminutez, pero impresentable- de 446 kilos, colorado ojo de perdiz, bragado, muy bizco del zurdo –para más INRI-, bajito y cortito –no le llegaba el lomo ni a la cintura del diestro-, manso, a menos y descastado. Ni siquiera se le picó, porque era un bicho para novillada sin picadores de tamaño, haciendo más sangre la divisa que lo que castigó el del castoreño. Perera vio como el mosquito cabeceaba y le desarmaba a la primera de cambio, y cómo, por no castigarle en varas, siguió defendiéndose incómodo, siempre descolocado el matador, despegado y sin terminar de mandar o metérselo más que en la quinta tanda, cuando le ligó ¡dos pases seguidos! El típico arrimón encimista precedería a un intento de rajarse el coleóptero, y a un pinchazo y una entera, desprendida y trasera. Sólo se caería cinco veces en la lidia. Palmas desde el callejón. El sexto fue un impresentable animal que además salió con medio pitón izquierdo roto, sin culata ni presencia, y así se devolvería rápidamente ante las protestas –increíble- del público. Salió en su lugar el del Puerto, de nombre Baratero, con 588 kilos -142 más que su primer toro-, negro mulato, tocado y bizco por la zurda, manso pero embestidor. Salió haciendo muchas cosas feas, pero para irse centrando en la lidia y embestir con cierta codicia en el último trance. Perera se dobló, tras brindar al público, y en una faena desigual fue sacando algunos muletazos de mérito –casi siempre desde fuera-, entre bastantes enganchones y aprovechando algo el viaje en ocasiones. Hubo un revolcón –por confiarse, me contó el Norteño- y ligó de forma apreciable en la séptima tanda. La gente, que andaba buscando excusas para aplaudir, ante media estocada muy trasera y tendida, por echarle la cara arriba –sacando rota la taleguilla- y una entera desprendida con pérdida del trapo, le regaló una oreja, sin petición de la segunda. El diestro se lo agradeció a la presidencia con un gesto algo despectivo, aunque me dijeron que fue porque el usía no miró inmediatamente hacia donde se encontraba el centro del universo, distraído en otros menesteres presidenciales. En tiempos del Norteño, aquello era de sanción segura…, hoy tenemos otro talante.  

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