Madrid, martes 25 de mayo de 2010. Lleno completo. 6 toros de distintas ganaderías, desiguales en presencia, fuerzas, juego y calidad. Julián López, el Juli, silencio (aviso) y silencio. Miguel Ángel Perera, silencio y pitos (aviso). Cayetano, silencio y silencio.
De vergonzoso espectáculo puede calificarse la corrida de la Prensa 2010. No es que antes no se hayan producido escándalos en corridas de postín, es que este año el chaparrón de esta tarde cae ya sobre mojado. La presentación de las reses ha sido mala en bastantes de las corridas precedentes, y a ella se ha sumado alguno de los lidiados esta tarde, traídos bajo el brazo por los espaditas de turno. La falta de fuerzas de más de uno ha sido clamorosa, ante la pasividad de un palco temeroso –como mínimo- a echar para atrás al inválido o cojo de turno, no fuera a ser abroncado por el espada que tan conscientemente había escogido su torete. La borreguez de alguno, imagino que buscada a propósito, ha contrastado, sin embargo con la movilidad de algún otro que se ha ido crudo a los corrales.
Pero con ser todo ello un desastre anunciado, aun peor ha sido la disposición de los espadas. Un Juli, que venía de triunfar en varias plazas –Vistalegre, Valencia, Sevilla, Nimes…- se ha conformado con intentar torear sus dos inválidos indecentes y aborregados desde fuera siempre, a pesar de ser recriminado desde el inicio de su faena al que abrió plaza. Desde fuera, con el pico y para afuera. ¡Qué vulgaridad! Se dirá que intentó mantener aquello en pie, y que templó cuando acompañaba –que no mandaba- las embestidas de su primero. Lo que intentaba era que en la séptima tanda, o en la octava o novena, quizá en la décima de su baboseante difunto inicial, le aplaudieran los de la sombra clavelera más por insistencia que otra cosa y poder justificarse. Diez tandas, ante un inválido que se movía mortecinamente, al paso y con la cara a media altura, por donde le enseñaba el trapo el espada, que andaba situado por las afueras de la capital de la China. Sobeteo final con ambas manos sacando tripa, pero a la hora de colocarse en el sitio de verdad…, ni una sola vez. Pasar al inválido a media altura, en paralelo y sin forzarle no es demostrar poderío o inteligencia, es intentar tomar el pelo al público ocasional que iba a ver y dejarse ver en los tendidos. Y matando…, otro tanto, desde fuera, pasando a través de la M-30, tres pinchazos, antes de dejar media perpendicular y atravesada y descabellar a la quinta al de La Quinta. En el cuarto, de Victoriano del Río, otro tanto, pico, fuera y para afuera ante las caídas del inválido, sin ligazón y sin toro alguno, para matarlo de un pinchazo bajo, otro atravesado, una casi entera, también perpendicular y desprendida, además –por aquello de ampliar el muestrario- y dos descabellos. Ambas reses escogidas por el diestro de Velilla de San Antonio fueron mansas, inválidas y aborregadas, aunque al menos tenían presencia para este coso, cosa que no podrían afirmar sus compañeros de cartel. Por cierto, después de no pegar ni un capotazo decente en toda la corrida, ni de recibo ni en cualquiera de los quites propios, salir a dar unas míseras chicuelinas en el último, en el de Cayetano, como para hacer el quite del perdón, es risible. Se sale a dar verónicas profundas y toreras, o se queda uno con la capa… como el resto de la tarde.
Lo de Perera fue aun peor. A la falta de clase de esta tarde y lo espeso de cabeza, hemos de sumar la nula disposición sincera en un toro de enormes posibilidades, como el del Ventorrillo. ¡Ya está mal que te toque un inválido de Núñez del Cuvillo que tú mismo has escogido, bicho sin remate por detrás, soso y descastado con el que intentes dar gato por liebre; pero que se vaya el remiendo del Ventorrillo no tiene nombre! Porque el primero del pacense, el inválido de Cuvillo, entre caídas y descaste, algo descompuesto al principio y entrando a brinquitos por incapacidad manifiesta, es verdad que dejó hacer pocas cosas en limpio, claro o profundo. Bien es verdad, que siempre puede uno colocarse en su sitio -¿para qué, se preguntará?-, citar con la muleta planchada -¿para qué, si existe el pico para mandarlo para allá?-, o cargar la suerte de entrada -¿por qué, si echando la pata atrás, pasa el toro más fácilmente, y así ligo en ese toreo tramposo que aplauden los incondicionales?-. Cambió cuatro veces de terrenos, buena prueba que no sabía qué hacer, ni dónde hacerlo. Más de medio estoque, caído y entrando desde fuera, y gritos de “¡Toros, toros…!”, pidiendo el respetable la materia prima necesaria, en el segundo de la tarde. Pues miren ustedes, salió en quinta posición, el segundo de Perera, un refuerzo de última hora de El Ventorrillo, un toro escaso de culata -¡qué casualidad!-, pero embestidor. Un toro que entraba con alegría y repetición a la muleta –porque de capote no vimos absolutamente nada, pero nada de nada, ni aun un mísero quite chicuelinero-, que se toreaba solito. Y miren, que Perera -colocado como siempre- lo despedía hacia fuera, pues él, pulcro y caballeroso se metía un poco rematándose a sí mismo a la espalda; que no terminaba de acompañarle las embestidas, pues él hacía un semicírculo para que pareciese que aquello tenía calidad; que nunca le pudo, pues él, obediente y sumiso, iba a cada cite. Paradigma de la tríada maldita: “desde fuera, pico y para fuera”, la faena fue una sin razón, hasta el punto de que le gritaron “pesado”, desde diferentes tendidos, a la sexta tanda, visto lo visto. El toro se daría una voltereta, pero lejos de apagarse, siguió yendo ante la insistencia de un Perera que buscaba el arrimón final ante un hipotético inválido de aquellos, que no encontró en el del Ventorrillo. Y eso que intentó ahogarlo entre las protestas de la plaza. Un pinchazo bajo, saliéndose, más de media caída, un aviso y dos descabellos y cosecha de pitos. ¡Qué calamidad!
A Cayetano se le fue el suyo, o los suyos, como quieran. El tercero fue de Domingo Hernández, ganadería que no tiene adquirida antigüedad en Madrid, pero ¡qué importa en el montaje vespertino!: sale el tercero y se acabó... Luego dicen de las tradiciones, de la cultura, y de mil sandeces. Aquí se monta esto, y punto en boca a cualquier díscolo aficionado. En fin…, luego tocaremos el espinoso tema ganadero. A Cayetano, nulidad capotera esta tarde, se le fue el del hierro salmantino tras unos estatuarios a pies juntos. Lo único de verdadero valor que ofreció. Lo demás fue torear por telégrafo, desde fuera y para fuera, a base de pico y sin limpieza en muchas de las tandas ante un toro generoso, noble y boyante. ¡Qué auténtico desperdicio! Al final el toro, cansado de muletazos por los cerros de Úbeda, se desentendió de la faena, como hizo también Cayetano para no quedar fuera de lugar. Un pinchazo por la paletilla, otro más arriba y una entera, que hizo guardia como de un palmo –imagínense cómo entró-, requirieron un descabello. El último fue otra repesca, en esta ocasión de Toros de Cortés, segundo hierro de don Victoriano. Un bicho mal presentado, con pelo de invierno y una cabeza para lidiarlo por los pueblos, con un cuerno –el izquierdo- para abajo y abrochando antes de levantar la punta veleta. Pero, aunque cojo desde el principio, al menos quiso embestir, y algo, entre caídas, le vimos. Repitió y se merendó al espada de salida, así que no le quedaron sino los restos para el último tercio. Entre toro y torero cupo un autobús de orientales, pero no a lo ancho, sino a lo largo. Muy mono, todo. Siempre fuera, acompañando al toro en sus viajes en derredor, Rivera Ordóñez chico, creo que se llegó a creer los “olés” de guasa de media plaza, porque, si no, hubiese cortado aquello antes, más aun después de un desarme en el que hubo alguna hilaridad de los sarcásticos. Con pajareo entre lances y gritos de “¡Toros, toros…!” ante las caídas del animal, no termino de comprender a qué vinieron siete series y pico de lances para nada. ¡Otro bicho injustificablemente desaprovechado! El vergonzoso espectáculo degeneró en un pinchazo casi a la huida y una entera caída, yéndose el bicho a doblar a tablas, camino de chiqueros.
Y permítanme unas palabras finales para los ganaderos. ¡Qué tipo de afición han de tener para traer a la primera plaza del mundo toros de aqueste calibre! Dos de ellos mal rematados; dos que no pasaron el reconocimiento veterinario inicial –de Jandilla y Carmen Segovia- y que fueron sustituidos por el del Ventorrillo y Toros de Cortés. Varios toros inválidos y aborregados que, o hubo manipulación fraudulenta, o tenían que haberse visto en el campo o en los corrales. Toros admitidos por la presidencia –del eterno veraneante don Julio- y el “equipo habitual”. La dejación de la antigüedad, además, es tema que toca al honor de la divisa. En buena hora ganaderos de los de antes -cuando se usaban patillas de hacha, cuando se acudía en traje corto al coso, cuando se buscaba que tus toros fueran los mejore del mundo y pudieran a los toreros-, en buena hora, repito, hubieran hecho dejación de su antigüedad. Tamaño insulto sería imperdonable, y los archivos están llenos de duras cartas y misivas de ganaderos reclamando sus derechos, de ganaderos que lo eran, no de vende-toros, comerciantes al uso, o nuevos ricos. ¿Dónde están las asociaciones de criadores, la propia Unión, esa de la carta del temporal invernal? El Reglamento, publicado lo tenemos en nuestra página web, nada dice de corridas de más de dos ganaderías, ¡olvido imperdonable!, pero afirma que para lo no legislado se atendrá la lidia a los usos y costumbres tradicionales. ¡Qué más tradicional que lo que se dictó y siguió desde siempre, incluso en el reglamento anterior –de 1962- que decía que las ganaderías se lidiarían siguiendo su orden de antigüedad! Este cachondeo de los toritos debajo del brazo, como en las cenas levantinas de sobaquillo, debe acabarse de una vez por todas. Entre los tres espadas de esta tarde sumaron 224 corridas en 2009, y no las once del pasado domingo 16 de mayo. ¡Sorteo e igualdad de oportunidades para todos, midiendo a cada cual con reses de idéntica ganadería, o corridas concurso, con respeto del honor de la divisa!