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La terna anduvo por encima de los miuras

Dignidad y dureza

Sevilla, domingo 25 de abril de 2010. Tres cuartos de entrada. 5 toros de Miura, desiguales de presencia, mansos, complicados y duros. 1 toro del Conde de la Maza (5º bis), bien presentado, manso, duro y sin entrega. José Pedro Prados, el Fundi, ovación y ovación (aviso). Juan José Padilla, ovación y ovación. Rafael Rubio, Rafaelillo, ovación y ovación (dos avisos).

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Rafael Cabrera - 25-04-10

Ha hecho falta una corrida de Miura, una corrida complicada, dura, mansa, empeorando a medida que se lidiaba, para que viéramos lo que es auténtica disposición, ocupar el lugar del verdadero mérito y asumir el riesgo que supone pisar unos terrenos éticamente  comprometidos. La terna de hoy, los tres, se ha colocado en su sitio, si no siempre, sí en muchas ocasiones y frente a miuras que sabían lo que se dejaban detrás, se revolvían o iban al bulto en alguna ocasión. Es posible, no es una ilusión de aficionados trasnochados, colocarse en la rectitud, incluso cruzarse, y sacar muletazos de verdadero mérito, aguantando una barbaridad, y cargando la suerte en bastantes ocasiones. Y eso con miuras, repetimos, no con la tonta del bote, con el toro mansito y descastado que no tira una mala cornada, ni con el noble y boyante que tantas tardes se han dejado ir al desolladero algunos, con las orejas puestas.

El Fundi y Rafaelillo, además, han estado a punto de cortar una oreja cada cual, y si no hubiese sido por la espada en un caso, y por la dureza de la res, en otro, lo hubieran conseguido por su excelente labor. Una labor de firmeza, de apostar fuerte por lo que se hacía, sabiendo asumir los riesgos para sacarles series impensables, de mando, dominio, técnica y no exenta de gusto en algún caso. ¡Qué mérito, y no lo de días atrás!

El primero del Fundi se llamó Majalero, de 595 kilos, negro entrepelado, un toro grandón, alto de agujas pero de bastante poco remate, delantero –como el resto de sus hermanos-, manso, complicado y peligroso de juego; llegó a la muleta con la cara alta, cabeceando y con una embestida corta y complicada. Anduvo el madrileño con algunas precauciones en la primera fase del trasteo, mientras el toro se le colaba en algún caso, pero fue afirmando las plantas, soportando las tarascadas -sin terminar de pasar el bicho- y sacando cada vez tandas más meritorias. No hubo lucimiento, ni podía haberlo, pero sí torería y ética –lo que tantas veces echamos de menos-. Una estocada entera, algo caída, lo mando al desolladero. En el cuarto el Fundi se superaría. El bicho pasaba por Macuco, de 545 kilos –que parecían más-, sardo, con cuajo, manso y embistiendo para irse a menos y, a la par, complicándose. Se peleó el diestro, de salida, con el animal, que entraba apretando por ambos pitones. Con la muleta, tras unos comienzos en paralelo, metiéndolo en el trapo, hubo alguna duda. Pero pronto se dio cuenta de lo que había y apostó por ello. Colocado, le sacó una buena tanda a derechas, que al bicho le costó seguir, y otra con la zurda, también a base de exponer y tirar de él. Y llegó la serie clave en la faena, al natural, con profundidad, mando, temple y dominio, de muchísimo mérito, cargando la suerte en las entradas del toro. Repetiría a derechas, vuelto al sitio de importancia, cargando la suerte, sin continuidad, pero sacando muletazos de uno en uno –que sin ligarlos en un conjunto, sí tuvieron unidad-. No terminaba de humillar y empezó a quedarse el bicho en la siguiente, mostrándose el de Fuenlabrada valiente y decidido ante el revolverse del miura. Ni siquiera mostró eso en la siguiente, a pesar de que el diestro se cruzaba, como en toda la mitad de la faena. Cuando parecía tenerlo a punto para la oreja, a pesar de un trasteo prolongado quizá en demasía, falló con el acero porque el bicho se tapó: un pinchazo caído, un aviso, otro más arriba y una buena estocada por los rubios, que de hacer en primera instancia hubiese supuesto corte apendicular.

A Padilla le tocó Cegadito, un toro de 530 kilos, cárdeno de la casa, en tipo y rematado, manso, complicado y empeorando con el paso del tiempo. Lo recibió con verónicas y una media que valieron, pareciendo que metía la cara el animal. Pero en la franela fue otra cosa, sin continuidad al principio, luego acortando el viaje y revolviéndose, para terminar por tirar el tornillazo a medio viaje, sabiendo lo que se dejaba atrás en esas medias arrancadas. Padilla anduvo bien colocado y aguantando las brusquedades del toro; terminó por doblarse con él, y lo mató, cuando ya estaba peligroso, de una casi entera por arriba, bien. El quinto fue el sobrero del Conde de la Maza, un torazo de 610 kilos, negro mulato, de apodo Cocheroncero, manso, verdaderamente duro y con poca casta, y aunque llegó a meter la cabeza en alguna serie, lo habitual fue que la llevase a media altura y saliera distraído; tan distraído, por cierto, como empezó con el capote. Se dobló bien de entrada el de Jerez en los comienzos, y luego castigándolo por la cara al sacárselo a medios. Luego vendrían unas series de poca transmisión, sin bajar la mano y con alguna precaución. Pero en la cuarta, se decidió a bajar la mano y le sacó una muy buena serie, dominándolo y lo acusó el bicho: en la siguiente tardeó y terminó por rajarse y acabándose ahí la historia. Había durado una serie, aquella en la que se le exigió. Una estocada entera, casi arriba pero con desarme, y ovación en las gradas.

También Rafaeillo estuvo a punto de arrancarle una oreja al sexto. Antes, en el tercero, Habilidoso de mote –que son ganas de ponérselo a un miura- tuvo que pechar con un toro de 530 kilos, cárdeno bragado corrido, algo tocado, manso y peligroso. Lo saludó con un farol a dos manos, genuflexo, ligado con unas verónicas donde el toro fue acortando su viaje y enterándose -más que mucho- de lo que había. Con la muleta empezó tirando algún gañafón a la axila del murciano; éste decidido a poder con él, le bajó la mano, colocándose al hilo del pitón con la derecha, tirando de él mas sin mucho éxito. Cambio a la izquierda, se colocó aun mejor, aguantó una barbaridad e intentó torear, firme y valiente, queriendo hacer las cosas como se deben. El bicho era de aúpa, quedándose sin rematar las suertes y rebañando lo que podía, pero había un torero abajo que sabía lo que hacía. No hubo exquisiteces, pero hubo emoción y verdades. Con la espada, como se tapó en cada entrada, se llevó Rafael un varetazo en el pecho, mientras que el toro recibía dos pinchazos arriba y una casi entera, delantera y caída, porque no había manera de pasar. Casi logró el triunfo en el que cerraba plaza, a pesar de dos avisos porque el bicho no quiso morirse. Se llamó el toro Soberbio, de 593 kilos, negro bragado, manso, complicado, embistiendo con la cara alta y a menos. De nuevo salió Rafael dispuesto a todo, a torear en una palabra, situándose en su sitio, tirando del bicho, cargando la suerte y fue metiéndolo en la muleta. Nos regaló algunos pases de calidad, y llegó a la mitad del trasteo dominando por completo la situación. Allí le sacó dos buenos derechazos y otros dos mejores en la siguiente, a base de aguantar una barbaridad, con mérito indiscutible, tirando de verdad del miura. Éste le haría hilo al finalizar la misma, pero no perdería los papeles el murciano. Allí se debió acabar todo, pero por redondear algo más, insistió y se pasó de faena, costándole mucho cuadrarlo, para dejarle un pinchazo -el toro no le dejó pasar y andaba mirándole al brazo-, oyó un primer aviso, y le embutió el estoque en los rubios, sin que le hiciese efecto hasta descabellarlo al cuarto intento, en un penoso proceso en el que el toro recorrió media plaza barbeando tablas y sin humillar; en el intermedio escuchó un segundo recado presidencial. El mérito fue más que notable, la suerte escasa. Nos quedará el recuerdo de las cosas bien hechas, aunque como dijo el propio matador…, a la gente se le olvidará que pudo cortar una oreja y se quedó en ovación.

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