Santander, martes 21 de julio de 2009. Casi tres cuartos de entrada. 6 toros del Puerto de San Lorenzo, bien presentados –aunque alguno rarete de pitones-, mansos en varas, pero embestidores, boyantes y nobles en el último tercio. Enrique Ponce, aviso y oreja y aviso y oreja. Manuel Jesús Cid, el Cid, aviso y silencio y oreja. Leandro Marcos, aviso y oreja y dos avisos y ovación.
¡Que pena! Cuando ya parecía que lo tenía todo a su alcance Leandro, un torero de clase y de gusto como pocos en la actualidad, ha pinchado una gran faena en el sexto de la tarde. La mejor de cuantas se han realizado esta tarde en el coso santanderino de Cuatro Caminos; y si me apuran la única de verdadero mérito, junto con la primera de las del Cid, también marrada a espadas. Esto de la tizona que malas pasadas juega. Y sin embrago, justo es de reconocer que aun se valora por el público, quizá de manera inconsciente, pero dando verdadero valor a la suerte suprema cuando no se acierta a la primera. Otra cosa es la ejecución de la suerte, o dónde cae el estoque; así, Ponce ha terminado con los suyos de una entera caída y pinchazo y rinconera, y le han premiado dos insulseces con sendas orejas, el Cid ha matado bien al quinto aunque un poco trasero y Leandro, al de su oreja, de otra caída. Así que lo importante en el tema es acertar rápidamente y al primer o a lo más, al segundo intento, aunque lo apuñales por la espalda. Por eso, el triunfo, el gran toreo de Leandro, quedará eclipsado para muchos por los trofeos del de Chiva, o por la similitud conseguida por un torero muco más conocido, como el Cid. Porque esto de la fama, dado el bajo nivel de afición, en términos generales y con muy distinguidas y salvadas excepciones, por toda España es más bien pobretón, y por tales circunstancias a la hora de ser premiado cuenta más el renombre y la fama que los méritos aquilatados, ¡a la vista está!
Vaya también por delante que la corrida del Puerto nos ha gustado en líneas generales. Si otros días tocaba criticar el descaste y la mansedumbre de sus astados, hoy hay que aplaudir cómo han embestido en la muleta, algunos con codicia por momentos, nobles y boyantes otros, y alguno suelto más soso, como el primero, aunque dando más juego que el exhibido en la muleta de Ponce. Y como de carnes han estado bien, sólo apuntar que alguno salió rarete de puntas, escobillándose con demasiada facilidad, ya me entienden. Si sobre la base de lo contemplado, se depura la bravura –en el primer tercio, pero también al final, ya que alguno hizo ademán de rajarse y varios buscaron durante o tras la faena, refugio cerca de tablas-, los ganaderos consolidarán una buena vacada en unos años. Si seguimos por los derroteros de lo visto en Las Ventas en algunos años, ¡madre mía!
Ponce tuvo como primero a Cantinero, un toro negro, de 515 kilos, delantero, pequeño y corto pero con cuajo, que manseó en varas, muy flojito, pero embistiendo luego soso –no daba para más- en el último tercio. Nada con el capote –como en su segundo-, lo sacó estéticamente a los medios con la franela. Al hilo o fuera de cacho, a media altura, cuidándole para que no se cayera, sin profundidad y a media altura, pero siempre elegante, lo pasó, careciendo de ligazón el último tramo, y con efectismos y fraseo con el público de sol. Una entera caída y una oreja como de pueblo. En el cuarto, Joyito, toro asimismo negro, de 529 en la báscula, tocado, manso, noble y embestidor, tuvo aun menos disculpas. La faena tuvo unos inicios exagerados por lo largo, doblándose con el toro –que no lo necesitaba-, en vez de ponerse a torear con profundidad desde un inicio. Luego lo pasó en paralelo, desde fuera, metiéndoselo a medio pase –sólo entonces, cuando había pasado la cabeza- y sacando tripa como para hacer ver lo cerca que habían pasado las astas. Y sin embargo, qué de pico, y qué despegado en ocasiones. Y como se había pasado con el tanteo y castigo del comienzo, luego el toro se fue viniendo abajo antes de tiempo. Pero como es inteligente hasta supo aprovechar los acordes de la banda para pasarlo en el momento preciso y arrancar así más aplausos. ¿Y torear con profundidad, verdad o mando? Pues esta tarde, muy poca cosa, la verdad. Un aviso sonó mientras estaba engatusando al público con la muleta, y por fin se decidió a matarlo, lo que consiguió de un alfilerazo y una entera rinconera, yéndose al tablas el bicho.
Al Cid le correspondió Cubilón, de 578 kilos, negro, tocado, manso, pero yendo a más, con codicia en la muleta. Y ahí estuvo Manuel, tras unas verónicas y media muy potables y unos delantales aceptables, con la muleta dispuesto a torear. Colocado, comenzó por la zurda, tirando bien en dos naturales, con la mano baja ¡albricias, es posible!, ligando una y otra serie, la segunda más exigente y en redondo. El toro acortó un poco su viaje y cambió a la derecha, donde fue peor, más corto y protestón, punteando algo, aunque, a base de insistir, acabaría sacándole partido y corrigiendo algo su defecto en la siguiente tanda. La faena estaba hecha, pero siguió algo más sucio, con algún circular meritorio y otros menores, antes de coger la tizona. Y no remató lo realizado con los aceros: hasta tres pinchazos, con aviso intermedio y una media, algo atravesada, y tres descabellos necesitó el animal para dejarse arrastrar. En el quinto, de mote Pompito, con 552 kilos, negro y tocado, y de nuevo manso en varas, pero embestidor en la muleta, volvió a veroniquear con gusto. Con la muleta nos gusto acaso algo menos que en la anterior, pero hubo momentos de toreo, a pesar de un comienzo más flojo para encelar al toro. Estuvo algo más descolocado con la derecha, pero ligando y llegando a la gente, dando salida al toro, pero metiéndoselo a medio pase muy cerca del cuerpo. El toro fue acortando sus embestidas, con la cara alta, y cambió el diestro a la mano izquierda. Allí lo tocó más en corto, pero mucho más en redondo, colocado, aprovechando la escasez de recorrido, y volvió a sobrarle una serie final con la diestra. Una estocada entera, trasera y desprendida, con el bicho camino de tablas para echarse, le calió la oreja.
El triunfador del festejo fue Leandro, pese a quien pese y a orejas cortadas. La faena a Fardero, de 520 kilos, negro mulato, tocado, manso pero embestidor y boyante –mejor por el derecho y más en corto-, fue merecedora de esa oreja, aunque con reparos a la estocada. Dio dos buenas verónicas y una media con la capa, y con la muleta, al ver que metía bien la cara, lo tocó por el pitón derecho, algo al hilo o fuera, pero creciendo en intensidad en las tandas. Cogió la zurda y le dio una serie más en corto, con el toro repitiendo, aunque sin demasiado viaje, y al retomar la diestra vinieron los momentos más brillantes, con un derechazo de mucha clase, y luego una tanda con clase, gusto y torería, al hilo del pitón. Ahí debió coger la Colada, pero se empeñó en insistir, pasándose un poco de trasteo, y rematando su labor con manoletinas y pecho, buenas. Una entera caída, un aviso y oreja. En el sexto llegó lo mejor de la tarde. El toro era Ventisquito, negro, 584 kilos (fíjense en los lotes, por favor), tocado de varas, manso pero embistiendo, y aunque con alguna gana de marcharse al final, metiendo riñones y repitiendo, para morir en tablas. Desigualdad en el carácter. La faena no tuvo tanteo, ni pérdida de tiempo, desde el principio se puso a torear con la derecha, con dos buenos muletazos y otro de pecho. El toro iba con transmisión, clase y ganas, y Leandro lo supo torear, con todo lo que ello supone: echar la muleta adelante, llevarlo dominado y templado, dándole la salida oportuna, y rematando las series con buenos de pecho o trincheras, con empaque y torería. Bajó algo por la zurda, donde el toro era otra cosa, pero con la diestra volvería a elevarse el tono final, en redondo, pasándose un poco de faena al fin. Ahí, creo, estribó el problema, le costó cuadrarlo, le dejó un pinchazo hondo que escupió, llegó el primer aviso, y fruto del aceleramiento volvió a dejar otros tres pinchazos de diferente profundidad, antes de una entera caída, un segundo aviso y una lenta agonía del animal. Probablemente hubo regalo presidencial… pero ¡vimos torear! Y eso siempre es digno de la mejor recompensa. En nuestra memoria quedan varias series del vallisoletano, su torería y buen hacer; probablemente en muchas otras, en las frías estadísticas y en alguna hemeroteca…, la puerta grande. ¡Pues para mí, lo mío!