En estos momentos en que tan amenazado se encuentra nuestro más característico de los espectáculos, se hace más necesaria que nunca una ilustración que nos permita acometer su obligada defensa sin pesimismos y sin complejos.
La fiesta tiene detrás de sí una profundidad histórica, intelectual, artística o ética como muy pocos espectáculos pueden alardear de ello. La fiesta taurómaca no se sostiene en pleno siglo XXI simplemente por la costumbre, la ignorancia o la supuesta barbarie. Se sostiene porque ha existido un cúmulo de intelectuales, artistas o moralistas que, junto con sus máximos protagonistas diestros y ganaderos, han dedicado sus esfuerzos a profundizar sobre sus bases, a divulgar sus esencias y a justificar su existencia.
Cinco Papas, cuatro en el siglo XVI y otro más en el XVII, han llegado a escribir Bulas sobre el festejo. Nunca ha habido espectáculo alguno que haya promovido tantos y tan interesantes textos pontificios. Y si bien San Pío V, Pío V cuando escribía sobre toros, intentó erradicar el festejo, haciendo oídos a los detractores del propio espectáculo de aquende nuestras fronteras, hubo quien, como Clemente VIII, Clemente habría de ser, levantó las más graves penas que su antecesor promulgara, autorizando con ello la fiesta siempre que se guardasen las debidas medidas precautorias frente a toreros y espectadores. La polémica sobre la licitud moral de las fiestas de toros quedó finalmente zanjada con la Bula Suscepti muneris de 13 de enero de 1596, no sin que antes y después un número importantísimo de los más ilustres y reconocidos filósofos, letrados y moralistas del momento –los más reconocidos del mundo en su época- bajasen al ruedo –a la palestra- para sostener sus tesis sobre la licitud de la fiesta de los toros. Y después de tan encontradas opiniones, de tan profundas y meditadas disquisiciones, nunca aventuradas a la sombra de cualquier taberna en charla coloquial, el festejo taurino se autorizó y se divulgó. Y a finales del XVII la polémica carece de sentido.
Seguirán tiempos en que se sustituya el principal argumento de los detractores, la posible muerte del lidiador (en verdad, la más elevada de cuantas reconvenciones históricas pudieran hacerse contra el naciente espectáculo de masas), por los criterios mercantilistas e interesados de los ilustrados (que si la producción se abandona en días de festejo [que no podían celebrarse en domingo], que si la muerte de caballos y toros útiles perjudica a la agricultura –tracción de arado, estiércol, labores de trilla-, a la carretería o milicia con las consiguientes pérdidas económicas), o por los sociales de los siglos XVIII y XIX (que si se invitaba a las malas costumbres, que si aumentaba la criminalidad, que si existía inmoralidad en la mezcla de sexos, que si era escuela de blasfemias, insultos y deprecaciones), y llegamos a finales del siglo XX y nos adentramos en el XXI, con que si la tortura y sacrificio de los animales. Fíjense ustedes como, en esta evolución de los dicterios en contra de la fiesta taurina, hemos pasado de los elevados criterios de la defensa del hombre, de su educación y moralidad, de sus esfuerzos y economías, a la defensa del animal.
Nadie puede poner en duda, hoy mismo, que se hace todo lo posible por salvaguardar la vida humana; nadie puede dudar no ya de que con los festejos taurinos se destruya riqueza, sino muy al contrario, las cifras cantan; nadie en su sano juicio puede justificar su prohibición por la posible enseñanza de vicios o malas costumbres –ojo con lo que pasaría con algunos espectáculos deportivos-; nadie puede echarnos en cara, en el siglo XXI, la mortalidad de indefensos caballos (a pesar de que la introducción del peto ha generado importantes y decisivos cambios en el primer tercio del espectáculo); y sólo algunos son capaces de atacar a la misma esencia de la fiesta mintiendo sobre sus orígenes o existencia en algunos lugares de nuestra geografía patria, o inventando sabe Dios qué derechos innatos del principal protagonista: el toro bravo.
El toro, animal grandioso, único, insigne, por más grande que pueda parecernos, no deja de ser eso: un animal. Y como tal, y como carente de intelecto –no confundan ustedes reacciones naturales o instintos con inteligencia-, no es sujeto de derechos. Podemos concederles determinados beneficios, siempre desde la óptica humana, porque los seres humanos sí tenemos ese derecho, consustancial a nuestra propia identidad. Podemos proteger la vida de nuestras mascotas, evitar los malos tratos a animales de compañía, o intentar “paliar” determinados sufrimientos a algunos dedicados al abasto; todo ello lo hacemos en nuestra condición de seres pensantes, con intelecto, capaces de discernir lo bueno de lo malo.
Vivimos tiempos en los que se pretende otorgar derechos humanos a los simios, derechos simiescos deberían decir, cuando les son negados, por muchos de los que preconizan tales medidas, a los propios seres humanos, empezando por su propia vida. El aborto es una realidad palpable. Tratan de imponernos los experimentos con seres humanos –embriones, pero seres humanos con su carga potencial de ADN que les caracterizaría un día futuro como altos o bajos, guapos o feos-; tratan de convencernos de la utilidad –asquerosa palabra empleada en este contexto- de procrear seres humanos que sirvan para curar a parientes cercanos; intentan asegurarnos de la conveniencia de leyes que autoricen la eutanasia –que no sólo legalizarían la posible inducción al suicidio, sino la obligada ayuda a los suicidas, figuras hasta ahora penadas en nuestro Código-, y quién sabe si disponiendo, para evitar sufrimientos a terceras personas, cuándo y cómo podemos disponer de la vida de nuestros semejantes o parientes más allegados. Y en ese contexto nos salen ahora con la muerte del toro. Pues qué bien.
Dediquen sus esfuerzos en pro de la raza humana, como lo hicieron los que se preocuparon en los siglos pretéritos, por la conservación de la vida de los que lidiaban con reses bravas, o incluso de su economía y posibilidades de supervivencia. Conocer los pasos por los que ha transitado la fiesta de los toros, corregir errores, conocer todos sus puntos de vista, nos parece imprescindible para justificar su existencia, para defenderla frente a ataques extraños. Y no crean que mucho de ello carece de importancia, al contrario: perpetuando sus errores sólo daremos nuevas armas a los detractores para su ataque a la línea frontal del festejo. No estará nunca de más, intentar, cuando hablamos de toros, como cuando lo hacemos de teatro, de música, de literatura o arte, atenernos a los datos históricos concisos y precisos y buscar con afán crítico, pero positivo, el dato veraz, la crónica idónea, el comentario más adecuado –sea o no oportuno-, porque en la verdad se esconde la ética del espectáculo, y sobre ésta se construye la fiesta nacional.