Sevilla, martes 20 de abril de 2010. Lleno absoluto. 6 toros de Torrealta, bien presentados en general (primero y último con menos culata), mansos, desiguales de juego y condición. Julián López, el Juli, ovación y dos orejas. José María Manzanares, oreja y oreja. Daniel Luque, silencio en ambos.
El Juli está en un momento prodigioso. Le basta un toro para armar el taco y borrar del mapa a cualquiera. ¿A cualquiera? Pues no, porque hoy ha habido uno que ha estado a la altura de las expectativas, y que a la postre ha obtenido idéntica recompensa que el diestro de Velilla de San Antonio, José María Manzanares. Hoy se ha demostrado que el toreo es ambición, no es un pasar por la plaza, ni estar simplemente aseado, ni aun hacer lo que se debe. Eso lo hacen los toreros honrados, es cierto, pero se quedan en la mitad del escalafón o más abajo. Para ocupar el centro de la tauromaquia hay que tener ambición, como la tuvo –y no torero comparable, ojo- Joselito el Gallo, que pedía le pusieran no sólo con Belmonte, de lo que tengo pruebas documentales sobradas de ello, sino con cualquier otro que destacara o que saliera del escalafón inferior pidiendo guerra. Julián López el Juli está hoy en una tesitura similar, tiene esa ambición necesaria para llegar a lo más alto, lugar que ya ocupó la temporada pasada –si no en número de corridas toreadas sí en verdadero peso específico, y quizá también en la anterior-. Como Manzanares le había cortado una oreja al segundo y el había pasado sin mayor pena ni gloria por la lidia del que abrió plaza, salió a poder con lo que le echaran. Sin la menor dilación, tras el cambio de tercio, avanzó a paso rápido hacia los medios, brindó al público y allí demostró lo que es el toreo. No estar aseado, ni cumplir, ni siquiera estar bien, sino torear, con capacidad, gusto, dominio y clase, y sobre todo ello, como decíamos el pasado viernes, diciendo el toreo.
Y si ambición demostró Julián, no le fue a la zaga Manzanares, que visto lo visto, y tras de admirar, como todos, lo que había hecho Julián, le tocó en suerte –mala suerte- un complicadísimo toro que de reservón y complicado era un verdadero regalo. Es verdad que no tiró una cornada, pero acudía incierto, se paraba, y cuando se arrancaba pegaba verdaderos arreones. Y ante aquello, a lo que se podía agarrar cualquiera para doblarse –bueno si supiera hacerlo ese cualquiera-, quitarle las moscas y matarlo, salió el alicantino dispuesto a hacerle faena, para estar por encima del toro y quedar incluso por encima de su compañero. Ese toro necesitaba lo que muy bien hizo Manzanares, cruzarse, tragar una barbaridad, citar con energía y mando, esperarle mucho y templarle para llevarlo, dejándole la muleta en el hocico en tres o cuatro lances seguidos. El toro, falto de casta y sintiéndose podido, al final se entregó, rajó y paró. Había un diestro triunfante. Y no necesitó más que tirarse a matar con muchas ganas para cobrar esa magnífica oreja que le colocó –al menos a la par- junto al Juli en ambición, en trofeos, en emoción y la estima de los aficionados. Ambición, anhelo, ansia, afán, empeño por no quedar por debajo de nadie, ni aun de uno mismo y sus capacidades. Ambición es lo que ha habido hoy en Sevilla y lo que necesita la tauromaquia, la fiesta de los toros.
La tarde, sin embargo, no comenzó bien; el Juli no terminó de entender o conseguir sacra lo buscado a su primero, un toro llamado Argentino -¿sería por el acento en sus embestidas?-, negro mulato, tocado pero de escasa culata, manso y complicado. Un toro que lo mismo daba arreones, que embestía soso, con la cara a media altura, o metiendo la cabeza con clase, que lució un calamocheo molesto en los comienzos –para ensuciar la faena en demasía- y de carácter cambiante. Julián lo recibió bien de capote, pero en la muleta no terminó de cogerle el aire, aseado, es cierto, pero eso en él es poca cosa. Principió algo fuera, llevándolo un poco en redondo, pero sin templar como otras veces. Lo mejor anduvo al natural, dos lances formidables y uno de pecho arrastrando literalmente al toro. Le faltó la profundidad y la mano baja de otras tardes. Al encuentro puso fin a su vida de una entera, algo caída, escuchando una simple ovación. ¡Una ovación! Aquello no podía ser, y tirando de amor propio, que es algo muy propio de los toreros, de los verdaderos toreros, decidió salir a por todas en el cuarto, a no dejarse ganar ni una sola batalla. No podía dejar Sevilla con el recuerdo de una ovación, había que triunfar a toda costa.
Y para ello saldría Zurcidor, de 492 kilos, un toro negro mulato, engatillado de cuerna, feo de hechuras, manso en varas pero encastado y poniéndose el mundo por montera en la franela. Se reservó algo en el capote, saldría suelto de los envites a varas, pero llegó como una locomotora a la muleta; tal era su ansia por coger que incluso en la primera serie pegaba saltos con que cornear el trapo, eficazmente burlado de su alcance por un Juli sensacional. No hubo tanteo, ni probatura alguna: la primera tanda en los medios, aguantando con los pies hundidos en el albero, viendo pasar al antiguo expreso de Andalucía por su costado, sin inmutarse, llevándolo en sus saltos –y asaltos- hasta metérselo en la espalda, algo casi inverosímil. Pura codicia, volvió el bicho a repetir en otra serie espectacular, y el Juli a templarlo como nadie, a pesar de la velocidad a la que acometía el animal, y al salto inicial, rematando hacia la espalda los pases, bien colocado. Ni una duda, ni un gesto, natural; estaba toreando. Y después cogería la zurda para regalarnos otra buena serie, con un natural de ensueño, largo, la mano por los suelos, la muleta barriendo el albero maestrante -¿para qué queremos areneros, si el Juli deja el piso igualado al torear?-, a pesar de que al toro le costó algo más seguir el trapo por la zurda. Y vino la serie fundamental, donde nunca habrán visto mano tan por abajo, mandando tanto y en redondo. Me acordé de la crónica de 1789 dedicada a Pedro Romero en el Diario de Madrid, en que le destacaran con estas bellas palabras: “Sepa Vd. señor mío, que el timón de esta nave [por nave entiende al toro] es la muleta, en que es Romero inimitable, ya llevándola horizontal al compás del ímpetu del toro [templar], ya llevándola rastrera como barriendo el piso donde ha de caer o que ha de besar mal su grado [baja la mano]; aquella muleta que siempre huye, y nunca se aleja de los ojos de la fiera [nueva versión del temple], que a veces la obedece como un caballo al freno [puro dominio]”. Bellísima descripción de lo que es el toreo eterno, de cualquier época, de esta tarde. Siguió ligando con la derecha, con un cambio de mano espectacular y terminó de nuevo a izquierdas, al natural, sin ayuda del estoque simulado, para –algo retorcido, es cierto- llevar más de media muleta por la arena maestrante. Para culminar la obra, una estocada por arriba, un poco trasera y dos orejas de ley.
Manzanares había cortado su primera oreja a Doctorado, un toro de 488 kilos, con trapío, castaño bragado, ligeramente tocado de puntas, manso, y embistiendo pese a que le costase entenderlo al diestro alicantino en los inicios. Y es que el bicho pedía colocación, mano baja y dejarle la muleta en la cara para repetir, y en cuando José Mari lo hizo, sobre la cuarta o quinta tanda, obtuvo la respuesta deseada. Antes anduvo algo acelerado, sin terminar de centrarse, alargando sus embestidas pero sin mostrar ni continuidad ni demasiada limpieza por las brusquedades del animal. Cuando terminó de entenderlo fue suyo: colocándose en la derechura, luego al hilo del pitón, lo embarcó en tres series buenas, ligadas, profundas y templadas. Una estocada por las péndolas y trofeo. El del quinto fue de mayor peso específico, y es que Viajero –ese era su alias- era un toro reservón, que embistió a oleadas, de poca casta y complicado. Con 533 a los lomos, castaño meano y delantero, costó un mundo que tomara el castigo necesario en varas -bien, fenomenalmente picado- y más aun ponerle banderillas, ya que ni aun se arrancaba a los de a pie, para pegarles luego el empujón a tablas. Pero Manzanares, con la misma ambición que el madrileño, salió a no dejarse ganar la partida: Apostó y triunfó. Y lo hizo pese a coladas, miradas aviesas y desconcertantes, paradas al entrar o arreones que hubieran desbordado a alguno. Aguantó una barbaridad, se cruzó como pedía el toro, tiró de verdad y aun le sacó muletazos profundos, largos y de clase. El secreto estaba en citar desde el pitón contrario y tirar mucho del toro en su primera embestida, cosa nada sencilla, porque de vez en cuando regala el animal con algún gañafón. Al final, sometido, humillado por el valor y la maestría del diestro, se rajó, parándose, y a su pesar, aun le sacó otra magistral serie el alicantino. Una entera, arriba, un poco trasera pero de verdad acabó con el toro. Cogería al puntillero, desde el suelo, infiriéndole una cornada en la cara que le provocó un colgajo cutáneo, siendo retirado a la enfermería. Hasta el final vendió cara su vida con arteras maniobras.
Daniel Luque ha pasado casi de puntillas. El tercero se llamó Monitor, de 490 en la báscula, castaño, manso, soso, flojo y a menos. Nada con el capote y con la muleta muy poquito, casi tan poco como ofreció el toro. Lo pasó hacia arriba para evitar caídas y eso no llega a casi nadie, no dice casi nada. A base de zapatillazos al final le sacó una serie al hilo de escasa trascendencia, terminando con un arrimón y desplante entre los pitones. Todos esperábamos que le hubiera sacado más. Una buena estocada por los rubios y un descabello lo dejaron para el arrastre. El sexto fue Naranjiro, un bicho de 514 kilos, con poco remate por detrás, castaño, manso, sin clase y a menos. Y si poco se entregó el toro, tampoco vimos al de Gerena en la mayor parte del trasteo. Descolocado, aunque con alguna ligazón al menos, algún trincherazo levantó tímidos olés. Habíamos visto grandes faenas y sufrido intensas emociones previas: aquello no era nada. Mal dirigido en esta temporada, como siga así, perderemos un valor que cantábamos casi como seguro. Una nueva estocada casi entera, trasera y desprendida y dos descabellos cerraron una triste y cárdena actuación.