Sevilla, lunes 19 de abril de 2010. Lleno absoluto. 3 toros de Jandilla (incluso el primer sobrero) y 2 de Vegahermosa, mal presentados, mansos, descastados, sosos y a menos. 1 toro de Javier Molina (5º bis), anovillado, manso, complicado. Julio Aparicio, silencio en ambos. Morante de la Puebla, silencio y ovación tras petición (aviso). Cayetano Rivera Ordóñez, ovación en ambos.
Hay bichos buenos y malos. Bichos que tienen peores y mejores intenciones, incluso alguno que si te pica te hace daño. Artrópodo hay venenoso, cuya picadura puede suponer peligro para el ser humano. Pero no dejan de ser bichos. Y, excepto que nos traslademos en la máquina del tiempo al Pleistoceno medio, o a alguna selva tropical de recóndita memoria, los bichos no dejan de ser unos animalitos de tamaño reducido, las más de las veces indefensos y a merced del primer zapatillazo que nos propongamos. Muchos de los lidiados hoy han sido auténticas cucarachas; miren ustedes… al quinto, un bicho de esos que pueden resultar venenosos, Morante lo mató de un pinchazo… en el corcho maestrante, antes de darle el golpe de gracia. Lo mismito que uno haría en una colección entomológica.
Ello no quita para que la corrida de los tres tenores…, perdón artistas, haya dejado momentos de gracia, de arte, de interés por los de luces, aunque hayan tenido un enemigo ridículo en muchas ocasiones. Cuando no hay toro… qué poco pesa todo…, incluso los novillejos que salieron de su enlatada reclusión aunque las tablillas marquen cantidades verdaderamente fabulosas. Fabular es algo que se suele hacer para engrandecer la fama –pregonada muchas veces, y más en las tablillas o los papeles- de alguna cosa o evento de tres al cuarto. ¡Qué bueno! Tres al cuarto, como los bichos de hoy. No tengo aun claro si fueron coleópteros, dípteros o del género Blatta, pero lo que se dice toros de lidia… apenas vimos al primero y quizá al cuarto, por aquello de la generosidad.
Unas verónicas de gusto clásico, eterno, rematadas con media y un recorte envolviéndose en el capote, de Aparicio en el quite a su primero; otras verónicas superiores, rematadas con revolera de Morante en el mismo primer toro, o buenas al recibir al segundo; verónica y media de Julio en el cuarto, y unas preciosas verónicas, de padre y muy señor mío, rodilla en tierra pero ganando siempre terreno a los medios de Cayetano, fue, al margen de la discutida faena al quinto del de la Puebla, el resumen del festejo. Arte de primera clase, embrujo en el aleteo sutil del engaño, llevando cautivado al artrópodo de turno cual si de cazamariposas se tratase, para dejarlo luego en libertad y repetir el lance. Soberbio y precioso, pero con “bichos y demás familia”, como en el libro de Gerald Durrell.
Un toro, este sí, salió en primer lugar, para desdecirnos de que don Borja Domecq no sabe lo que significa el término “trapío”, que a la vista de lo restante, queda perfectamente avalado. Un toro de mote Entusiasta, con 530 kilos, castaño, tocado y astiblanco, que casi llegó a cumplir en varas, para embestir soso y a menos en el trapo. El capote de Aparicio, de vueltas moradas y tamaño ciertamente descomunal en su extensión –no en su profundidad o tiro- se mostró en su mejor extensión en el quite. En la muleta, también de vueltas que huían del gualda tradicional, no pudo aguantar demasiado las tandas, tres y el de pecho en las iniciales, y dos y el pectoral en las siguientes, como el toro. Algún lance estético, desmayado, al final del trasteo, mano a media altura y no siempre colocación. Un pinchazo con desarme, sin cruzar y una estocada entera y desprendida, y a esperar al cuarto. El cuarto fue un toro bajito, pero al menos con algún cuajo en su capa berrenda en negra, salpicada y alunarada, con 515 kilos, delantero y de nombre Fullero, como su comportamiento. Manso, flojo hasta casi la invalidez, soso y a menos, poco pudo hacer Aparicio que no fuera levantarle la mano en cada pase para evitar caídas, en paralelo y desde fuera. Quédense con el lance y medio a la verónica. Una entera, casi arriba, con habilidad, puso punto y final a su aparición sevillana.
A Cayetano –reservemos a Morante para el final-, le salió un gato de mote Zángana, que es nombre de vaca, con 501 kilos, negro mulato, tocado, anovillado en el mejor de los casos si es que llegaba a tanto, manso, soso y descastado. Bicho que la gente se tomó, como era lógico, a cierta chufla. Además comenzó dando una voltereta que le dejó rebozado y listo para freír, como si fuera gamba con gabardina. A media altura con la franela, despegado el diestro, y sin sal y cortito el crustáceo, la gente le pidió que lo matase. Lo mejor fue un buen cambio de mano en el tanteo, y algún estatuario inicial. Entera, arriba, con extraño salto para pasar el pitón, y ovación no sabemos por qué. El último fue otro para la colección de un Museo de Ciencias Naturales, de nombre Birlador, con 528 kilos, lavado de carnes y sin cuajo alguno, negro, delantero, manso, descastado y algo bronco. ¿Perduren esas verónicas arrodillado para el recuerdo! Con la muleta anduvo algo sucio, porque el bicho pegaba el tornillazo al rematar y entraba con brusquedad, de nuevo en toreo despegado –igual de inmaculado acabó el traje blanco y plata como lo sacó- y periférico a veces, pero aguantando algún parón del bicho en las entradas, con mérito. De nuevo nos dejó una entera, desprendida, con ese curioso salto que afea la suerte pero resulta tranquillo bastante eficaz.
A Morante le echaron ambos titulares al corral, el primero por partirse un pitón (¿tendrá algo que ver con ello el asunto de las fundas?), el segundo por flojedad –aunque en realidad por impresentable-. El definitivo segundo fue Miliciano, un artrópodo de 510 kilos, negro, ligeramente tocado y bizco del zurdo, manso, embistiendo con punteo siempre y viniéndose a menos en su sosería. Guarden esas verónicas de recibo, como las precedentes del quite en el toro de Aparicio. Con la franela hubo poca cosa, buenas dos trincheras a izquierdas en el tanteo, empezó con esa mano, algo fuera y sin demasiada limpieza, aunque salpicando algún buen natural. Cambiada la muleta a la derecha ligaría algo más, en redondo, aguantando en el de pecho el parón del bicho, para tardear el animal en la siguiente y última. Quedó la espada trasera y cada con entrar a lo cinegético. El quinto fue otra cucaracha de don Javier Molina, llamada Flamenco, de 511 en la báscula, negra bragada y emana, anovillada y sin dignidad para este coso, mansa y complicada. No se lució en el capote, y en varas vimos reírse a Cayetano y Aparicio, no sabemos de qué. Con la muleta empezaron mal las cosas, brusco y codicioso encerró contra las tablas al maestro de la Puebla, y pensamos que ahí se acabaría la cosa, pero siguió voluntarioso, doblándose de entrada, por bajo y hacia los medios. Allí, al hilo y con algunos feos enganchones, anduvo trabajador –quién nos habría de decir que habríamos de verle subyugado por el estahanovismo-, porfión, salpicando algunos buenos muletazos entre otros sin sal o enganchados. Hizo un verdadero esfuerzo, aguantando en lo posible a mala clase del bicho, su revolverse al finalizar el pase y su no siempre clara y larga embestida. El toro se le fue rajando hacia su terreno, cerca de toriles, y por allí, sobre el tercio, acabó sacándole los mejores muletazos de la faena, a derechas, emocionante, mejor colocado que antes, rematada con una trinchera para esculpirla. Y siguió y siguió, metiéndolo en el trapo, sacando algunos muletazos de calidad sueltos, con ambas manos, y aguantando las malquerencias del animalejo. El morantismo acabó por arrebatar los tendidos –sobre todo en terrenos de sol, pero también en parte de los “asombrados”-, alzándose las gentes ante una faena meritoria pero desigual. ¡Sonó un aviso antes de coger la de verdad! Díganme si es este el Morante de otros días, o anduvo empeñado en sacar partido de lo que no tenía demasiado. Un pinchazo atravesado, con desarme, propio de un coleccionista de coleópteros, y un descabello, dejaron la cosa en petición, sin respuesta del usía. Hubo más ilusiones que realidades en el trasteo del de la Puebla, por más que le reconozcamos el mérito de aguantar el complicado y casi venenoso bichejo de marras. No obstante lo cual: lección entomológica de Morante.