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Puerta del Príncipe para Julián López “el Juli”

Decir el toreo

Sevilla, viernes 16 de abril de 2010. Casi lleno. 6 toros de El Ventorrillo, bien presentados aunque algo desiguales, mansos, de juego desigual, entre el noble y encastado primero y el sexto rajado. Julián López, el Juli, oreja y dos orejas. Sebastián Castella, silencio en ambos. Miguel Ángel Perera, silencio en ambos.

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Rafael Cabrera - 16-04-10

Lo decíamos ayer: el toreo, según José Bergamín, uno de los mejores prosistas y de las cumbres de la generación del 27, no basta con hacerlo, también hay que decirlo. Decirlo y oírlo, añado yo en clara referencia a un presidente que no ha estado a la altura de las circunstancias en el primero de la tarde. Decir el toreo es francamente complicado, al alcance de muy pocos; hay que “hablar” con el público, hacerle comprender lo que se está haciendo, pulsar el tímpano de la emoción y hacer vibrar la cadena de transmisión precisa hasta llegar al corazón y de ahí al cerebro. Casi nada. Decir el toreo no es sólo ejecutar las suertes con corrección, con técnica de escuela, con dominio de aquellas; si sólo fuera esto casi todos los que se visten de luces dirían a voces el sublime arte tauromáquico. No basta, pues, con la técnica tantas veces cantada, ni con el dominio de la res, aunque sea imprescindible para decir el toreo. ¡Cuántas veces hemos cantado en la plaza: Fulano o Mengano ha estado correcto pero no me ha dicho nada! Y no hay nada más cierto. Decir el toreo supone llegar a la emoción, a la conmoción de los sentimientos, logrando trascender. No es suficiente, no obstante, el transmitir a los tendidos, eso lo puede hacer cualquiera en un arranque de valor, o con la depurada técnica puesta en juego. La transmisión, como cada cual puede alcanzar, es un proceso mecánico, de acción y reacción. Decir el toreo es arrancar emociones desde lo profundo, pasando por la claridad del intelecto. Porque se dice y debe entenderse, y el proceso de comprensión es intelectual. Y con ello abrimos las puertas del entendimiento a la grandiosidad de un aire que burla a la muerte, no que se burla de ella, como también apostillaba Bergamín. Decir el toreo, en conjunto, supone generar una conmoción emocional, con la participación de la técnica, y de la escuela, pero con la creación de arte. Arte como el que el Juli nos ha regalado fugazmente esta tarde; fugacidad en el instante, en cada momento, pero continuidad en el regalo y en la memoria de los que lo vivimos. Y el toreo se convierte así en un arte dichoso, gracioso, por cuanto se reparte gratuitamente y llena de magia y embrujo el ambiente, y consigue alegrar íntimamente el corazón de los presentes. ¡Dichoso arte!

A Julián le han bastado dos toros de diferente condición, como han tenido también sus compañeros de terna, para decir el toreo y abrir la Puerta del Príncipe. También sus compañeros han tenido opciones en alguno de ellos, pero, un día más, la comparació es verdaderamente odiosa. Julián está intratable en su capacidad creativa, dominadora, técnica y dichosa. En lo que llevamos de temporada su genio, su talento, su aptitud no han sido igualados por nadie; ninguno de sus diferentes compañeros de tarde o de tardes, han podido no ya hacerle la más mínima sombra, sino alcanzar aun la copa radiante del frondoso árbol de la gracia al que está encaramado. Un Juli, lo decíamos en Valencia, a un nivel de maestría capaz de situarlo en la línea de los toreros más dominadores y largos de la historia.

Su primero fue un gran toro del Ventorrillo, de nombre Ilusión, como la generada en todos los sufridos y mojados espectadores. Abramos un breve paréntesis: ¿es que al espectador que ha de aguantar la lluvia sobre sí durante dos horas y media nadie le tiene en cuenta? Visto el cielo, el chaparrón que caía incesante, las previsiones y que el ruedo se iría paulatinamente embarrando, hay que tener mayor consideración, y pensar, de una vez por todas, que existe algo en Sevilla, como en cualquier lugar del mundo, que se llama aplazamiento, por más que a la empresa le duela el bolsillo. Cerremos el paréntesis para seguir con el hilo del festejo. Ese primero, de 519 kilos, fue un toro negro meano, delantero, manso en varas pero encastado, noble y boyante en la muleta. Julián lo hizo todo, y todo bien: se lo sacó a los medios con verónicas llevando muy toreado y embebido al bicho, quitó de manera portentosa, con variedad, gusto y temple, y con la muleta, después de un soberbio tanteo, sacándolo a los medios, y un par de tandas para encelarlo en el trapo, toreó. Toreó y lo dijo; es verdad que en los comienzos algo más fuerita, pero cada vez más colocado, más en redondo y con mayor clase y dominio. Templó, mandó, paró, citó y remató con gusto y clase. Y cuando el toro acusó algo –porque cuando se les manda por bajo y en redondo, los toros se agotan antes- fue capaz de meterlo aun más mediante un toque más profundo, para obligarle ya hasta la extenuación. Supo, además, medir perfectamente los “tempos” de la faena, sin dejar caer la intensidad de ella, pero dejando respirar al toro para arrancarle hasta la última gota de casta, de roja, caliente y vital sangre que, como la lava, destruye si se encauza mal, pero crea nuevos horizontes y transforma el paisaje si fluye generosa y medida. Un fenomenal estoconazo, en las péndolas –aunque con desarme- y muerte de toro encastado. Y el presidente, ausente en el palco, sólo le concedió un trofeo en vez de los dos que reclamaba el público, la faena y el toreo dichoso. No lo oyó, sin duda, lo que es prueba de sordera tauromáquica, como la que mostró el otro día cuando se le olvidó convidar a los clarines para que cambiaran el tercio. 

Julián salió a apretar en el cuarto: quería y era muy consciente de poderlo hacer y de decirlo; torear hasta abrir de par en par las puertas maestrantes. Botijito llevaba por apodo su antagonista, cargando Julián sobre sus hombros el protagonismo del festejo. Un toro de 549 kilos, colorado ojo de perdiz, manso, flojo y embestidor porque tuvo al Juli enfrente. A otro le hubiera durado un suspiro, o nos hubiese aburrido aguantando las caídas en el último tercio. Veroniqueó ganando terreno, aunque se dio cuenta que no era toro de quite por escasez. A veces hay que hablar bajo para que se entienda más claro. Y tras brindar al respetable, primero con unos pases por bajo, hasta el tercio, soberbio alguno en clase y gusto, comenzó a meterlo en el trapo, con suavidad, sin forzar la maquinaria sonora, colocado algo excéntricamente y llevándolo con mimo, largo, pero en paralelo. Y cuando supo que el toro le respondería, apretó los riñones, se lo metió más en redondo y consiguió, pese a las pocas fuerzas mostradas, mostrar unas cualidades que en otras manos hubieran quedado inéditas. Lo hizo mejor de lo que era, y cuando cogió la zurda, en la segunda serie, todos, hasta él mismo, se dieron cuenta de la trascendencia de decir el toreo de verdad. No hubo nadie al que no le llegase, tan fuerte había sido la expresión del arte. Acabó con circulares conectados, en una rueda sin fin, más de cara a la galería, para rematarlo de otra gran estocada por los rubios, aunque el toro tardó en doblar y se lo levantó el puntillero. Y ahora sí, arrepentido de su insensibilidad el presidente mostró sendos pañuelos desde el palco, concediendo, en justicia, lo que hubiese sido el premio justo a su primera faena.

Y brevemente les contaré que a Castella le tocó un primero, Belloto, de 585 kilos, castaño oscuro y bragado, delantero, manso y rajado, de condición mular. Y que no pasó de silencio porque anduvo siempre buscando la salida o escarbando, sin que el francés pisara los terrenos comprometidos del Juli, se colocara, diera el paso al frente o le templara como Julián. Pudo hacer el toreo, pero no dijo nada, porque torear es otra cosa, y para ello hay que pisar otros terrenos que no sólo son cercanías. Una entera desprendida y mutismo en el foro. El quinto, Costurero, de 545 en la báscula, fue un castaño bragado, manso, embestidor aunque desigual en sus arrancadas. Con la muleta estuvo Sebastián tirando líneas, dando mucha, demasiada salida, desde fuera y sin limpieza en muchos momentos. El toro lo mismo respondía largo que corto, pero cuando se quedaba era por falta de remate del lance en muchas ocasiones, al rematarlo en la cadera o poco más. Algo acelerado en el momento final, le sobraron dos o tres insulsas tandas. Una estocada caída, posterior desarme y gente que se siguió yendo, como tras la muerte del cuarto, cuando ya habían oído al que tenía algo que decir.

A Perera le tocó un tercero de nombre Cetrero, con 532 kilos, negro, manso, flojo pero embestidor, aunque al final a menos. En otras manos, en otra dicción, hubiera dicho algo el toreo; lamentablemente la faena fue un continuo rebozo del toro por el barro, entre acompañamientos y descolocación, con pico y afueras por doquier, y como Castella, sin limpieza en bastantes trances. Una estocada al vacío, un pinchazo y una entera, trasera y tendida, fue prolegómeno de un discurso procesional a tablas. El último fue Algarrobo, de 570 en la romana, castaño bragado, con poco cuello, manso y rajado por completo, huyendo hasta de su sombra en el último tercio, y demostrándolo casi desde salida. Con estos toros hay que doblarse, someterlos, clavarlos sobre el terreno, con técnica y clase, y adornarse por la cara, no intentar darle derechazos o naturales, y vengan intentos de derechazos y naturales. Nada pudo hacer en tan vanos intentos porque el toro pedía otra lidia… que no hay ya quien se la dé entre los que se enfrentan a estas cosas. Un pinchazo bajo y más de media caída y atravesada antes de ver como se echaba, y los espectadores huían a resguardarse o a ver al Juli abrir la Puerta del Príncipe. Las comparaciones son odiosas y a veces injustas. Hoy el que habló, con voz de trueno, haciendo retumbar las entrañas de cada corazón, fue otro.

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