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Ferrera planta cara a un encastadísimo toro de Bañuelos y corta una oreja

¡Vaya toro y medio!

Zaragoza, jueves 15 de octubre de 2009. Media entrada. 8º festejo del Pilar. 5 toros de Antonio Bañuelos, muy bien presentados, mansos, desiguales de juego, sobresaliendo segundo y quinto. 1 toro de Palla Vicente (tercero tris), manso, mular. José Luís Moreno, silencio y ovación. Antonio Ferrera, oreja y ovación. Diego Urdiales, silencio en ambos.

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Rafael Cabrera - 15-10-09

¡Qué manera de embestir, de repetir con codicia incansable! ¡Eso es casta, amigos míos! Si ayer nos quejábamos de su ausencia, la del segundo de la tarde ha servido para compensar la de ayer y la de algunas otras tardes. El quinto también la tuvo, aunque no al mismo nivel –por cierto llevando la cabeza también a otro nivel, el intermedio-. Algo entrevimos en ese bronco y complicado primero, y poca en el sexto. El lunar boyar de la corrida fue el cuarto, aunque al hilo de tablas algo le sacó, con mérito, Moreno a base de porfía. El sobrero…, lo del sobrero era tirar de una noria y sacar agua en los Monearos. El presidente, a mi juicio, debió esperar a ver cómo salía de la primera vara antes de cambiar al titular, un tío con toda la barba y dos velas como para pasar el invierno, que se hizo daño en una mano en el primer capotazo, cayéndose varias veces. Quizá, con algo de paciencia el toro se hubiese repuesto, quién sabe; desde luego a la vista de los sustitutos... nos hubiésemos quedado con el titular cojo y todo.

De presencia, impecable. Si algún ganadero sabihondillo o algún junta líneas de pocas luces quiere saber lo que es trapío que mire las fotos o el vídeo de los de esta tarde. Vaya remate por delante –que cuajo, qué morrillos y qué velas en la mayoría de los lidiados- y vaya remate por detrás, con culatas prietas y musculadas. Una señora corrida de toros con dos bichos espectaculares por su cornamenta y, lo que son las cosas, por su comportamiento, volviendo a hacer cierto el refrán de que la cara es el espejo del alma.

Y a Ferrera hay que destacarle su meritorísima labor con ese segundo, que se comía el mundo, que hubiese desbordado a cualquiera, que repetía y repetía incesantemente, metiendo riñones, galopando en pos del trapo, sin hacer cosas feas en sus embestidas. Muy firme con la muleta, supo, con clarividencia, darle la lidia que necesitaba, dejarle la muleta en la cara para llevarle en larguísimos circulares que mermaran algo la acometividad del bicho, desatadas las fuerzas de la naturaleza, en pases que completaron más de una circunferencia completa. Y tiró de él cuando pudo, cuando el toro no se le venía solo a la simple vista del trapo, bajándole la mano en dos derechazos muy buenos en la última tanda. Es verdad que anduvo a veces al hilo o descolocado –ya me hubiese gustado ver a cualquiera en aquella situación, colocado en la preciosa rectitud- y que con la izquierda no hubo limpieza, pero aguantó una barbaridad y enceló a la máquina de embestir en la muleta todo el trasteo, y eso que complicadísimo estar delante. Y para colmo, lo mató bien, de una estocada entera y arriba; ¡pues sí señor, oreja de ley! Porque el toreo también es eso: honestidad y lucimiento del toro, al que le dio siempre las distancias precisas, sin intentar ahogarlo en encimismos estériles o mentirosos; y quedar a la altura de un bicho de tal naturaleza tiene un mérito indudable. Nos podrá gustar un toreo más preciosista con otros animales, la estética que domine el pase, el lance con gusto añejo y con clase –que algo de ello hubo en momentos puntuales-, pero cuando el toro sale a comerse al lidiador hemos de encontrar un hombre capaz, como lo ha sido hoy Ferrera, de quedar al menos a su altura, no dejarse avasallar y acabar matándolo por las péndolas.

Pero vayamos al resto del festejo, en el que hubo de todo. El primero fue un astado de nombre Cansadito, con 502 kilos, negro y bien rematado, tocado de puntas, manso, bronco y complicado, tirando constantemente el tornillazo de salida y a veces hasta de entrada. José Luís Moreno anduvo firme, sin demasiada limpieza por los enganchones constantes en distintos momentos de la faena –a veces llegó a templar bien las bruscas arrancadas del bicho-, al hilo o bien colocado pero sin sacar gran cosa en claro. A mi parecer se excedió en un trasteo largo e improductivo, antes de matarlo de una entera baja y atravesada y un metisaca bajo. Entrambos oyó un aviso y soportó que el toro atravesara al completo la plaza para irse a toriles. Tampoco hubo gran opción en el cuarto, por mote Escocés, de 530 kilos, castaño, tocadas las astas, manso y de condición mular. Anduvo el toro suelto correteando al hilo de tablas en cuanto pudo, refugiándose en ellas en los dos primeros tercios; y nada más tomar los primeros lances con la muleta volvió a ella, rajándose sin el menor pudor. Lo intentaría sacar de ahí, sin conseguirlo, el cordobés, pero vistos los escasos resultados, lo anduvo pasando al hilo de tablas, justificándose y sacando algunos muletazos impensables de un burro que a veces metía la cabeza. Es verdad que no le bajó la mano para someterlo o forzó sus embestidas –el bicho se le hubiese vuelto a ir a otro paraje del coso-, pero anduvo meritorio antes de dejarlo para el arrastre de una entera caída.

Acelerado se llamaba ese segundo vespertino que hizo honor a su nombre; 503 kilos en la romana, negro meano de capa, veleto de cuerna, cortito y bajito pero con cuajo y hechuras de toro bravo, boyante y encastado solo le faltó cumplir en varas para ser de bandera. Y es que por los caballos pasó cabeceando, haciendo el puente y saliendo algo suelto o suelto de forma franca, lo que impidió –probablemente- una vuelta al ruedo en premio a su comportamiento ulterior. Ferrera pareó, aguando que se le viniese encima como una locomotora en el primero, quebrando antes de dejar un par en la cara en segunda instancia y quebrando de nuevo, en terrenos de tablas, en tercera. Luego vino la faena narrada y la oreja cortada. El quinto fue Golondrino, un pedazo de toro negro de 611 kilos, veleto, con cuajo como para corregir carencias en media docena, manso, embestidor y encastado, aunque sin llegar al nivel anterior. Embistió con algo menos de empuje acaso, pero repitiendo siempre, con la cara a media altura las más veces. Verdad es, también, que Ferrera no le bajó la mano como para saber si el bicho hubiera seguido la muleta por bajo, en una faena que no tuvo el calado de la anterior, más descolocado, aunque llevándolo en redondo. Se vino algo a menos en las postrimerías del trasteo por lo que el extremeño de adopción optó por pasarlo al final de uno en uno, acortando distancias a renglón seguido, a medida que el toro mermaba su viaje. Le sobró acaso esa última tanda. Dos pinchazos arriba, el primero sin terminar de pasar, un aviso y una señora estocada en los rubios, para ver morir al toro con casta. Ovación.

Urdiales no ha tenido suerte en su lote. El primero fue rechazado sin demora por la presidencia, saliendo en su lugar un inválido de Palla y un segundo del mismo hierro de condición mular. Se llamó Chaparrero, de 500 kilos justos, negro chorreado, feo de hechuras, tocado, manso y digno de estar atado a una noria. Anduvo buscando la salida todo el primer tercio, siempre correteando al jhilo de tablas, y siguió haciéndolo en la muleta, cada vez que Urdiales se ponía delante. Bastante hizo el arnedano en darle matarile con media baja y atravesada. No merecía más, aunque nos guste ver matar por arriba. El último fue Lanzafuego, de 558 kilos, negro mulato, tocado de astas, manso, embestidor pero a media altura, con poca clase, la verdad, yendo a menos al final y terminando por rajarse. No anduvo tampoco fino el diestro riojano –que venía herido de la mano derecha-, y no terminó de colocarse en ese sitio de importancia trascendente que ha pisado otras tardes. Es cierto que el toro calamocheó en los inicios, y que tampoco venía a veces claro, pero como le hemos visto pisar unos terrenos de mucha mayor importancia otras tardes, hoy nos ha sabido a poco. Fuera y sin forzar mucho las arrancadas de la res anduvo algo periférico y a media altura –le vimos bajar la mano una vez sin respuesta del bicho-, embarcando a veces con la muleta retrasada –otra cosa que no suele hacer-. Al hilo de tablas, donde el toro acabó por refugiarse tras rajarse, le arreó un sablazo en las costillas, atravesado, y lo remató de un golpe en el cabello, después de escuchar un recado de la presidencia.

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