Sevilla, jueves 15 de abril de 2010. Casi lleno. 6 toros de Victorino Martín, incluso el sobrero, desiguales de hechuras, mansos, bajos de casta, complicados. El quinto bis, un bicho impresentable. Antonio Ferrera, silencio y palmas localizadas. El Cid, pitos y silencio. César Jiménez, palmas y silencio.
No me gustaron los victorinos, pero aun menos los de a pie, con la excepción de un Ferrera que, sin terminar de estar redondo, al menos no perdió los papeles. ¿Dónde quedan los lidiadores de antaño? ¿Dónde esas faenas de Miguel Márquez, de Dámaso Gómez, de Ruiz Miguel, incluso de José Fuentes, de Andrés Vázquez o Gregorio Sánchez, de Jumillano u Ostos, de Puerta o Camino, de tantos y tantos que triunfaron con toros de este mismo hierro y de catadura más encastada y peligrosa a veces que los de hogaño?
La tauromaquia, esa de la que se subraya, tarde tras tarde, que hoy se torea mejor que nunca –será frente a la borrega que no molesta- está en buena parte desaparecida. En cuanto salen bichos complicados y con guasa, los toreros desaparecen, y como ayer, o anteayer, nos hemos acostumbrado a justificar la ausencia de lidia, de dominio, de poder, de someter las arrancadas incómodas o desagradables de los toros, encastados o sin ellas, so pena de indisponernos con los matadores, sus factores, o el mundillo de lo bien visto o todo vale. Con ello hemos perdido una parte sustancial del toreo, una parte indispensable, insustituible, un componente más importante y básico que la creación de arte o la estética. Antes que nada hay que someter al toro, dominarlo; en las eternas palabras de Domingo Ortega, hacer que éste vaya por donde no quiere ir. En todos tiempos ha habido reses más claras y sencillas y otras más agresivas, descastadas o broncas; pero cuando salían las segundas siempre cabía esperar que hubiera un diestro capaz de poder con ellas, firme la planta y la intención, claras las ideas y presta la técnica, para mostrar lo que es doblegar la indómita violencia de una fuerza desatada de la naturaleza. Once veces, creo recordar, salió Francisco Ruiz Miguel por la puerta grande de Las Ventas, muchas de ellas tras lidiar victorinos, de aquellos que se quedaban debajo y se revolvían, a los que algunos llamaban alimañas. Un rabo llegó a cortar en esta plaza, en la Real Maestranza de Caballería sevillana, un 25 de abril de 1971 a todo un toro de Miura, llamado “Gallero”; el último rabo cortado por los de a pie en el coso del Baratillo. ¿Y me dicen que ahora se torea mejor que nunca? Y un cuerno, eso sí, de los que no se escobillen, que llevamos una feria de abril, donde raro es el día que no vemos auténticos florones en las supuestas puntas de gran parte de los lidiados. No van quedando ya verdaderos especialistas en corridas complicadas, y todos se van, cada día más, centrando en la bobaliconería, tapándose cuando sale el toro difícil con mil excusas. Y si hay toreros con técnica y capacidad suficiente…, no se apuntan en gestos que antaño abundaban, a este tipo de corridas más exigentes. Se acabó.
El primer toro de Ferrera fue Vergonzoso de mote, un bicho bien presentado, engatillado de pitones –rápidamente desaparecidos-, cárdeno, de 560 kilos, manso, soso, bajo de casta y corto en sus acometidas. Pareció que iba a ser mejor de lo que fue, porque en el capote repitió humillando; pero tras una dura vara, y un tercio de banderillas aceptable por Ferrera, aunque con demasiadas pausas –que al final se pitaron- llegó paradito a la muleta. Antonio, por cierto se metió por los adentros en unos terrenos imposibles con los garapullos y resultó revolcado sin consecuencias, pero lo podía haber triturado. En la muleta el animal se vino abajo: poco viaje, tardeando, sin gas, y el ibicenco le sacó lo que pudo, más a media altura que cuando le bajó la mano –donde respondía menos, falto de casta-, bien colocado casi siempre y tirando del bicho pero sin continuidad. Acortó distancias pero tampoco obtuvo respuestas, aunque hubo voluntad. Un pinchazo y media delanterilla y desprendida, fueron rematadas con tres descabellos. El cuarto fue Herreruelo, de 495 kilos, pero con dos puntas por delante, veletas, si acaso con poca culata. De condición mansa, incierta y voluble, lo mismo iba que se quedaba, humillaba que no lo hacía, tenía recorrido que se quedaba corto –esto mucho más-, poco claro, en definitiva. Hubo un buen par al quiebro del diestro, y dos pares sobre el pitón, emotivos, al cuarteo, aguantando el arreón. Después de los correspondientes clarines y timbales, hubo poco qué hacer, y eso que intentó meterlo en el trapo, a veces con algo de movimiento. Aseado, siempre dando la cara, Ferrera le terminó sacando dos naturales en una serie donde se le quedó debajo, a medio pase, y él le aguantó el parón. Quizá debió echarle la muleta más adelante y no dejarla casi siempre retrasada. Media estocada tendida fue suficiente para escuchar unas palmas de un tendido concreto.
El Cid está completamente desdibujado: Lo intenta pero no puede, quiere, pero no es capaz de aguantar firme, llevarlo largo y mandado y superar las complicaciones a base de poderío para darle después dos series mandonas. Su primero fue un Conducido –de buenos recuerdos familiares-, de 565 kilos, veleto de cuerna, con cuajo, en tipo con trapío. Un bicho complicado, manso, flojo y que pasó inédito por la muleta. Bruscos ambos en el capote, el Cid no lo quiso ni ver en la franela, hizo hilo en el capote de los banderilleros y algo en el último tercio y después de media docena de intentos de pase, con la muleta por detrás, dudas, movimiento de pies, y retirada de dípteros en general. Tres cuartos de estoque atravesado y un descabello y salida de las mulas. El quinto se llamó Paqueveas, un sobrero del mismo hierro –que casi se cayó lo mismo que el original devuelto por inválido-, novillejo sin cuajo y sin cabeza, de 522 kilos, negro, manso, flojo y embistiendo sin clase. Una buena lidia del Boni es lo único que vimos en éste. Manuel, con el trapo rojo en la mano, anduvo pajareando, sin aguantar, y apenas tiró un poco del animalito en las dos series iniciales. No había mucho viaje, desde luego, las arrancadas no eran encastadas o francas, pero tampoco era un criminal, ni una alimaña. Tres pinchazos, otro hondo y dos descabellos antes de ver salir las mulas con sus tintineos premonitorios.
Tampoco César Jiménez ha venido mentalizado para esto: si sale, sale, y si no… ya nos taparán los amigos. Su primer toro fue Platillito, de 555, capa cárdena como sus hermanos, ligeramente tocado, manso, soso y de poca casta. Lo del capote de hoy no pasará a la historia, ni un lance estirándose, ni intención de ello al parecer, aunque es verdad que los toros apretaban de salida. Con la franela, con la muleta a un lado siempre, citando a base de trallazos –y no con la suavidad que los albaserradas requieren, muy poca cosa. El toro entraba algo brusco y se quedaba cortito, pero apenas lo acarició con la muleta. Ligo tres derechazos en la tercera tanda y se acabó; luego, de uno en uno y desde fuera, a media altura, apenas sacó nada en claro. En el toreo, como decía Bergamín, no basta con hacer el toreo hay que decirlo, que es mucho más difícil, y Jiménez no nos dijo nada. Un espadazo casi entero, caído y atravesado, para ver como se echaba en segunda instancia tras una triste peregrinación a tablas.En el último aun menos. El toro obedecía por Conducido II –de distintas hechuras que el precedente primero-, con 515 kilos, trapío, tocado de puntas, pero manso y complicado, reservón y bronco. Y para qué queremos más… Jiménez fue incapaz de aguantarlo, mientras se reservaba y escarbaba, con brincos a un lado para dejarlo pasar en vez de someterlo con la muleta. Muy pronto optó por castigarlo un poco por la cara –y no por los costados- para matarlo de un pinchazo trasero y caído, otro mejor, media atravesada saliendo achuchado y tres descabellos. ¿Dónde quedan los lidiadores, por Dios?