Madrid, domingo 13 de junio de 2010. Un quinto de entrada. 6 novillos de Rehuelga, desiguales de presencia (cuarto y quinto, unos tíos), mansos, encastados, con juego en la muleta. Alejandro Parralo, silencio y pitos. Salvador Barberán, silencio y pitos. Víctor Barrio, oreja y vuelta al ruedo (aviso).
Ya no abunda la entrega de antaño. Cuando un novillero venía a dar todo lo que llevaba dentro pese a dificultades, contrariedades, revolcones o volteretas. Hace treinta o más años –y en contadas ocasiones desde entonces para acá- no era infrecuente ver por los aires a más de uno de los pequeños del escalafón, que se revolvían en el suelo cual muñecos de goma, para saltar de nuevo a la cara del toro y seguir intentando llevar a cabo –con más o menos fortuna- lo que el novillo había impedido de mala manera. Puesto que era un jalón más en su aprendizaje gremial –camino de la maestría- no importaba que no demostrasen una técnica depurada, el aficionado sabía que esos detalles y recursos los concedía el oficio, y que cabía esperar que con el transcurso del tiempo y con un buen número de novilladas y de tapias visitadas los fuera adquiriendo. Lo que el público demandaba en el novillero eran las ganas, la entrega, el afán de superación, el no volver nunca la cara ni al novillo ni a las adversidades, el constante intento de practicar suertes o lances variados y desusados. Entonces los novilleros andaban en el escalafón inferior tres o cuatro años –a veces más- antes de dar el salto al superior, salto que daban sólo un número relativamente reducido.
Las cosas hogaño han cambiado una barbaridad. Hoy no es raro ver a novilleros en Las Ventas con el exiguo recorrido de dos o tres festejos en su haber, cuando hace tres décadas aquello hubiese sido impensable. Los noveles toman la alternativa, como pueden, después de cuarenta novilladas o poco más, conseguidas en año y medio o dos y sin haberse fajado más que en unos escasos compromisos de categoría. En el día salen de las escuelas con una cantidad de recursos técnicos como no hubieran podido ni sospechar muchos matadores de unas décadas atrás, recursos aprendidos en sesiones intensivas de aprendizaje, que sin anular por completo la personalidad que se adquiría antaño por sus propios medios, sí la apagan bastante. Ya no hacen tapia, ni recorren ganaderías a la búsqueda de una oportunidad para lucir sus cualidades, sino que las propias escuelas les buscan añojitos o erales para que se luzcan a modo, y aun los hay que si el bicho sale con pies o con guasa, se niegan a pisar la arena, no vaya a ser que se lleven un pescozón por el de los incipientes cuernos.
Hoy, al menos, hemos visto a un novillero como los de antes; aun verde en muchas cosas, pero con ganas, intentándolo siempre, variado, dando la cara y anunciándose ante una novillada de encaste Santa Coloma, que va adquiriendo tintes de terrorífica entre los de la profesión. Víctor Barrio ha cortado una oreja ante los novillos de Rehuelga. Santa Colomas, que no hace tantos años eran los preferidos por las máximas figuras del escalafón, y si no que se lo pregunten a Paco Camino. Hoy les hacen ascos porque conservan la casta, repiten y buscan los engaños, ¡vivir para ver! Santa Colomas que, cuando se entregan o son dominados y sometidos en la muleta, humillan como pocos y siguen los engaños con el hocico por el suelo, con recorrido y transmisión. Pero, claro, hay que hacerles las cosas a modo, so pena que esa casta se complique –como ha sucedido en uno de los vespertinos de hoy- o se revuelvan buscando el trapo que se les hurta y no les engaña, obligándoles a seguirlo por el mágico embrujo del arte. Santa Colomas que, además, vienen a Madrid con cierta regularidad y muestran un trapío –con algún reparo en caso concreto- digno de este coso, al que suelen ponerle el sambenito de la báscula. Pues… pasan en Madrid, y pasan algunos con creces, como dos de los de esta tarde. Otros cumplen con el requisito del trapío dentro de lo que es el encaste Buendía –porque los toros del Conde eran otra cosa-, y como aun atesoran esa casta inapreciable, se crecen como hacen todos los toros que la guardan en su interior, nada más pisar el albero venteño.
El primero de los de Rehuelga se ha llamado Dadivoso, un novillo cárdeno bragado, meano y lucero, que pesó 465 kilos, escurrido de carnes, pero que se creció al mostrar el tesoro de la casta, y aunque manseó en varas embistió en percal y muleta con clase. Salió el animalito con ganas de comerse el mundo, repitiendo hasta casi desbordar al matador y desarmándolo antes de entrar al caballo. Empujó en el primer encuentro con el rabo de escorpión, pero luego cabeceó, empujó sobre un pitón y en el segundo encuentro salió suelto. A la muleta llegó codicioso, aunque había que llevarlo largo para que no se quedara debajo. Le correspondió su lidia a Alejandro Parralo, que descolocado casi siempre, algo despegado y buscando más la postura que la efectividad, lo desaprovechó en buena forma. Tenía las fuerzas justas, iba con la cara a media altura, pero el diestro nunca hizo ademán de bajarle la mano y tirar con decisión del novillo, y fueron surgiendo las dudas a medida que transcurría el trasteo. Media estocada baja, al encuentro lo dejó para las mulas. El cuarto fue todo un torito, Sargento de mote, con la capa cárdena y las armas bien puestas, 527 kilos a los lomos y ganas de embestir, encastado. Tampoco hizo una gran pelea en los caballos, pero a la muleta llegó con recorrido y empuje. Al hilo, Parralo acompañó más que mandó en las primeras tandas y luego volvieron a aparecer esas dudas, sin aguantar las arrancadas del novillo y dando medios pases, en buena medida a la merced del bicho. Se descubrió con la zurda, el toro se le coló, y ahí acabaron sus intentos al natural. Se requería oficio y un valor sereno para sacarle el partido ofrecido. Con la tizona estuvo francamente mal: cuatro pinchazos bajos, alargando el brazo, sin pasar en alguno y con tres desarmes, antes de cazarlo de un bajonazo a paso de banderillas.
El segundo novillo de la tarde nos pareció el peor presentado del encierro, un animal abecerrado, Pescador por apodo, de 482 kilos y capa cárdena oscura, bragada y meana. Tampoco realizó una buena pelea con los del castoreño, y aunque llegó al último tercio embistiendo, lo hizo sin demasiada clase, con la cara a media altura y algo a su aire en entradas y salidas. Salvador Barberán acusó una cierta endeblez en su toreo. Mal colocado con la derecha todo eran pases por alto o a media altura, sin bajarle la mano con decisión y llevándolo despegado, de ahí que viésemos alguna colada del bicho entre el trapo y el cuerpo del diestro. Sumen a eso el mucho trapo que largó cuando pudo hacia las afueras y algunas dudas inconsistentes en diversos pasajes del muleteo. Una entera baja se lo quitaría de delante. El quinto se llamó Aceituna, y fue otro torito, muy guapo de hechuras, con remate y tipo, cárdeno claro, bragado y meano, tocado de astas, bravo en varas y boyante por el derecho en la franela. Derribó con estrépito en las dos entradas que hizo a las plazas montadas, y desde el palco lo cambiaron por falta de afición. Por el pitón zurdo tenía complicaciones, que ya había mostrado con el percal en el segundo tercio, pero por el derecho iba y venía con ganas, especialmente en al distancia. Barberán, que al principio le daría ese espacio necesario, terminó por acortar distancias, haciendo que el toro –que iba siempre- se le quedara más de una vez debajo, teniendo que rectificar terrenos con frecuencia. El toro necesitaba esos cites desde lejos para rematarse más atrás, y que le llevaran con la mano baja, sometido, dominado. Pues todo al revés, mano alta en los remates y estrechez en los cites. Dos pinchazos caídos, saliéndose de la suerte y media con desarme, todo practicado desde fuera de la rectitud, hubieron de ser rematados con un descabello.
El del corte apendicular se llamó Rompecapa, un novillo cárdeno claro, bragado y meano, de 458 kilos, delantero de defensas, manso pero noble y boyante en la muleta, con casta. Lo paró Víctor Barrio en los medios con unas tafalleras, con ganas pero un poco embarulladas y quitó por verónicas (en el segundo había dado unas gaoneras). Y luego, enrrazado, comenzó su labor con la franela dando una serie genuflexa en el platillo central y siguió –dando muchas distancias- con la derecha, llevándolo largo. Era un gusto ver como el torete metía la cara abajo y acudía desde lejos con prontitud y alegría en sus embestidas. Tiró en algunos muletazos bien del novillo, colocado al hilo. No empezó bien con la zurda, sin embargo, algo brusco en los cites, pero a medida que fue llamándolo y llevándolo con mayor suavidad, sin toques exagerados, mejoró el trasteo al natural. Al retomar la derecha se vino lo realizado algo abajo, ensuciando los muletazos, terminando por doblarse con gusto en algunas trincheras, en las que remataba el pase metiendo la muleta en el costado para castigar al bicho. Una estocada entera, aunque caída, pero con ganas le hizo cobrar esa oreja. En el sexto nos gustó bastante menos; el novillo se llamó Luciano, de 498 kilos, negro entrepelado, tocado de puntas, manso pero encastado y complicándose algo por no hacerle lo necesario. Salió el animal repitiendo codicioso, pero pasó por varas sin gloria ni honores. Después de una lidia no muy adecuada este Luciano llegó calamocheando un poco a la muleta, buscando en alguna ocasión, apretando bastante. El novillo era de los que pedían experiencia, técnica y torería demostradas, mano baja y mucho sometimiento, y a punto estuvo de desbordarle en alguna ocasión, saliendo Barrio bien del apuro. Iba desde la distancia, con transmisión, y Víctor le dio algún pase apreciable pero había que haber hecho bastante más. Sólo cayó en la cuenta en las postrimerías de la faena, cuando, por fin, decidió bajar la mano, aunque ahogándolo un poco, lo que motivó que el toro acortase sus embestidas. En definitiva, estando aseado no terminó de someterlo, de poderlo… pero son pocas aun las novilladas en su haber. Dejó dos feas estocadas que le privaron del trofeo, pese a la petición de los paisanos –hoy muy abundantes en Las Ventas-, la primera baja y perpendicular, y la segunda delantera y caída, ambas con pérdida de la muleta y entrambas un aviso. Daría la vuelta al ruedo por petición popular, dejándonos un recuerdo de novillero de los de antes. ¡Qué se repita!