Albacete, jueves 9 de septiembre de 2010. Lleno absoluto. 2 toros de Fermín Bohórquez para rejones, justos de presencia, el primero cumplió y el cuarto rajado, ambos a menos. 4 toros de El Ventorrillo, bien presentados, mansos en general, de juego desigual, destacando el segundo. Pablo Hermoso de Mendoza, dos orejas y ovación. Julián López, el Juli, dos orejas y ovación. Miguel Tendero, oreja y palmas (aviso).
Ambos son figuras, cada cual en su modalidad de toreo, uno el ecuestre y el otro, el pedáneo. Pero lo son porque están –cuando menos las últimas temporadas, en figura. Tienen no sólo esa capacidad que les encumbra, sino que saben mantener el nivel y prestigio con la regularidad necesaria, imprescindible para ello. Puede uno flojear una tarde, quizá los nervios, la responsabilidad o lo imposible del ganado, pero en el conjunto están en una categoría a la que pocos pueden acceder, tan pocos como verdaderos ases tiene la baraja. Hermoso de Mendoza o el Juli están en figuras, porque lo son; y lo son porque están cuando requiere la ocasión, retorciendo el aserto, imponiéndose a las dificultades, sacando virtudes de defectos de sus oponentes, y demostrando tarde a tarde sus innatas condiciones.
Lo de Hermoso con el primer Bohórquez ha sido casi insuperable, más ceñido, más reunido con el toro, pasando más cerca de los cuernos –no diré pitones por aquello del reglamentario despunte- no se puede estar. ¡Qué manera de llevar prendido a la grupa a dos pistas al toro, qué forma de templar a caballo, de torear, qué manera de quebrar en un palmo, cómo vació en terrenos imposibles, y cómo se puede pasar por los adentros a un toro que apretaba para allí en mucho menos que un pañuelo! Y junto a todo ello, clavando como se debe, al estribo; las banderillas y el de castigo arriba; lástima que ese rejón de muerte no cayera en mejor sitio para culminar como se hubiera debido una obra verdaderamente magna. Digno de ser contemplado en el vídeo una y otra vez hasta la saciedad. En el cuarto, con un toro rajado, anduvo metiéndose muchísimo en los terrenos del bicho, casi siempre aquerenciado sobre tablas, en los terrenos del 10. Tuvo mérito lo realizado, casi siempre limpio y seguro, pero el rejoneo necesita un toro con alguna movilidad, sólo alguna, y con franqueza para emocionar como lo hace cuando el astado responde a las exigencias, y en éste le faltó toro al navarro. En todo caso, lección más sobria, más arriesgada, aunque de menos espectacularidad que en su primero. Destaquemos, es de justicia, a Chenel e Ícaro en el primero y a Machado en el cuarto.
El Juli estuvo hecho un coloso; si bueno en el segundo, excepcional en el quinto. Su primer oponente, un toro que casi cumplió en varas, pero que iba corto, cabeceando y que se quedaba por la derecha, tuvo un noble pitón izquierdo. El madrileño, con esa clarividencia que Dios da a los superdotados, supo entenderlo y adecuar –casi de forma instintiva- todo lo realizado por ese pitón. Al hilo del pitón, con mando y muchísimo temple, le supo sacar lo que tenía con suavidad y transmisión, diciendo el toreo a tal nivel que se le oyó y entendió hasta en el último rincón del círculo fascinante. Un circular inverso –con la muleta en la derecha-, los de pecho finales de las tandas a izquierda, previo cambio de mano, para que el toro entrase por su buen pitón, un coite con un cambiado por la espalda, con la muleta en la diestra y así tantos ejemplos como gusten. El toro iba soso, suave, pero sin capacidad para llegar a los aficionados, pero allí estaba Julián, para suplir tales carencias. Lo mató de una buena estocada, con su peculiar estilo, por arriba, y consiguió dos orejas –aunque para mi gusto era de una y media lo realizado-. Mejor anduvo aun en el quinto, un toro manso, embestidor pero algo brusco, con un pitón derecho interesante, que mejoró hasta lo asombroso el Juli. Tanto es así que alguna parte del respetable –de todo punto injustificadamente- pidió que no lo matara. El toro no había sido bueno; lo hizo bueno el de Velilla de San Antonio. Con una magistral forma de mandar, de llevar atado a los vuelos de la franela sus arrancadas, siempre perfectamente templadas, de arrastrar la tela por el albero a la vez que la nimia voluntad del animal, de llevárselo en redondo, rematando los lances hacia la espalda, , consiguió no sólo dominar las complicaciones y calamocheo del toro, sino mejorarlo y meterse al público en el bolsillo, que en algunas partes de los tendidos llegó a ovacionarlo puesto en pie. Supo aunar profundidad, técnica –¡qué toques, qué manera de citar y embarcar!- y gusto. Pero no lo mató: un pinchazo arriba y una entera levemente desprendida y atravesada se atascaron en seis descabellos, y lo que iba para otras dos orejas –mucho más justificadas ahora-, se quedó finalmente en ovación. En la retina y en esa pequeñas células grises -que diría Hércules Poirot- se han quedado, imborrables algunos pasajes del trasteo.
Miguel Tendero, al lado de ambos gigantes, anduvo algo acelerado, nervioso por momentos y, a mi juicio, no terminó de entender la faena que ambos necesitaban. El tercero fue un bicho Arisco, de nombre y carácter, manso, complicado y engañoso, que parecía embestir con nobleza y metiendo la cara en el capote y se complicó y mucho en la muleta. Quizá porque Miguel no terminó de cogerle el aire, de llevarlo más por bajo y mandado hasta cuanto atrás pudiera. El toro terminaría aprendiendo, haciendo hilo varias veces, reponiendo, acortando el viaje y cabeceando a medio lance. Los primeros de cada tanda valían, luego se iban acortando recorridos y quedando el bicho, ensuciando el trasteo. Acabó por buscar el bulto más de una vez. Tendero lo liquidó de una soberbia estocada al volapié, ganado por eso, y con ello, esa generosa oreja otorgada por un palco facilón y dadivoso y un público en exceso festivo. En el sexto, un buey rajado que buscó siempre la huída, tuvo pasajes en los que conseguiría aguantarlo; no fueron muchos, más bien al final, cuando por fin se decidió a bajar la mano –no rematando los lances a media altura o por alto- y cerrado más sobre tablas –en vez de buscar los medios, de donde el toro quería irse para buscar el refugio del olivo-. Otra estocada entera, por arriba, buena, hubo de rematarse de cuatros descabellos, entre ellos un aviso, y con ello y todo escuchó cariñosas palmas. Aun ha de quedarle otra oportunidad, y sin duda, como a nosotros, el recuerdo de una tarde soberbia del Juli a pie, y de Hermoso a caballo.
La corrida de El Ventorrillo, sin fracasar como en otros pagos, tampoco nos ha gustado. Reses de buena presencia para este coso, pero sin fondo, mansos –alguno demostrándolo en exceso- y sin esa nobleza y claridad de otras tardes. Destacó ese segundo, de nombre Alpargatero, con 561 kilos, castaño y acucharado de cuerna, que casi llegó a cumplir en varas, manseando después, y que llegó a la muleta con un noble pitón zurdo, siendo muy poca cosa lo mostrado por el contrario. El tercero, Arisco, otro castaño de 536 en la romana, delantero de armas, no valió nada, ni en varas, ni en la muleta, complicándose a medida que transcurría la faena, de forma engañosa. Tampoco fue un gran toro Apresado, por más que hubiera esa inconcebible petición de indulto; negro salpicado, tocado, maseó en varas y llegó a embestir –no sin regañadientes- por el derecho, pero con cabeceo y calamocheo y sin entrega por el zurdo, yendo a menos en la faena. El último se llamó Centinelo, con 565 en la báscula, capa negra bragada, tocado de defensas, manso y rajado desde el principio, siempre buscando la salida de los lances, el refugio en tablas, y con brusquedades sin cuento. Una corrida, en resumen, en la que la maestría de Julián hizo mejores a sus enemigos de lo que en realidad fueron.