Madrid, viernes 5 de junio de 2009. Lleno. 6 toros de Victoriano del Río, irreprochables de presencia, mansos, con casta la mayor parte, y desiguales en la muleta, destacando cuarto y sexto. Luís Francisco Esplá, silencio y dos orejas. Morante de la Puebla, bronca y pitos. Sebastián Castella, silencio en ambos.
La última faena de Esplá en Madrid
El toro se llamaba Beato, con 620 kilos a las espaldas, casta y movilidad –para que luego digan de los kilos y otras estupideces colosales-, que cumplió en varas, embistió en la muleta aunque fuese a morir a tablas del 4. El toro pasará a la historia, más que por su condición intrínseca, o porque se le desde una más que generosa vuelta al ruedo, porque lo toreó Luis Francisco Esplá. Porque lo toreó. Uno tiende, muchas veces, a utilizar adjetivos para endulzar algunas cosas, quizá porque no me gusta criticar en exceso. Y así habrán leído que Fulano pasó al toro, o que Mengano lo llevó, Zutano acompañó las embestidas, o Perengano estuvo de tal o cual forma. No. En definitiva eso, tantas veces no es torear, es lancear, pasar, llevar o acompañar; torear es mandar en las embestidas, llevarlo cosido a la muleta bien que su intención sea otra, dominar las acometidas de la res, someterla al antojo del matador y hacerla recorrer el camino que el diestro desea. Torear, y eso es lo que ha hecho hoy un maestro de treinta y tantos años de alternativa –buen ejemplo para los noveles- es coger el toro por delante, pasárselo por la tripa, y rematarlo en la espalda, y eso templando, con limpieza y mando, con torería y gusto. Y es que hasta los remates más eléctricos fueron toreros, los andares por la plaza de diestro avezado en mil batallas, la actitud siempre en la torería que se pretende. Porque ser torero, además, no es dar lances, pases, muletazos o capotazos, aunque sean de gusto.
Ser torero, algo que es el diestro alicantino y que nos demostró a todos desde aquella puerta grande madrileña de 1982, es vivir en torero, moverse en torero, estar pendiente de hasta el último detalle, y si quieren hasta elaborar una artística puesta en escena. Porque la tauromaquia también tiene algo de teatral en el buen sentido; no en el del engaño, el de la sustitución de lo auténtico por lo falso o por la pantomima; sino en el montaje de un conjunto artístico hasta el más nimio detalle, hasta mostrar al más torpe de los posibles espectadores -probablemente uno mismo- que todo tiene su por qué y su sentido, su hondo, profundo y justificado sentido. Y así, al margen de los lances que hoy haya podido entregarnos, justo al final, cuando ya sabía que iba a citar a la muerte recibiendo, supo mostrar a la gente que la suerte iba a producirse sin un gesto de más, simplemente distanciándose del toro, mirando si estaba cuadrado de atrás, y con parsimonia adelantarse hasta la distancia precisa para armar trapo y estoque e invitarnos a gozar de una estocada en la suerte más difícil y meritoria de cuantas existen. No hizo falta un gesto, ni una palabra para que la gente esperase expectante lo que iba, en efecto, a acontecer. Todo ello, aun sin pasarse al toro por la faja, fue torear. Como lo fueron esos andares tan particulares suyos para irse al toro, o para escoger los terrenos desde los que parear.
Primera y única puerta grande tras faena de dos orejas en lo que llevamos de San Isidro y el Aniversario, primera y única puerta grande de dos orejas que habrá llenado los corazones de cuantos nos acordamos de aquellas otras cuatro puertas grandes, dos de ellas de dos orejas y ambas con toros de Victorino Martín. Y déjenme que les cuente como ha sido aquello, cómo se ha producido un triunfo histórico en el día de la despedida de un torero de época.
Salió el espada dispuesto a todo, y recibió al toro por verónicas aceptables, rematadas con una media superior, más abelmontada, metiendo mucho la cadera en el camino del toro, y como me comentó un buen amigo “Se paró el viento porque se despedía un torero”. El toro pasó cumpliendo en varas, empujando fijo, quizá sin demasiada continuidad, pero teniendo que sacarlo con dificultad en ambos encuentros. Banderilleó el matador, y sin alcanzar los niveles de su juventud –y eso que apenas se le notan los más de cincuenta años que tiene- estuvo aseado, especialmente en un segundo par al cuarteo, aunque medio del tercer envite se cayera al pinchar en una banderilla ya colocada. Y salió toreramente a brindar al público, lanzando la montera al aire para que cayera como quisiera. ¡Pues faltaría que quien se siente seguro de lo que va a hacer, se fije en detalles absurdos! Comenzó el tanteo pegado a tablas, por alto, agarrando la barrera con la mano izquierda mientras lanceaba con la diestra, y siguió, sacándoselo algo más allá de la raya del tercio, a los medios. Una primera serie con la derecha le sirvió para convencerse de lo que tenía delante, y así le fue echando la muleta para embarcarlo antes de que el toro llegase a su altura. Ese importantísimo momento del cite que mencionara Rafael Ortega en su “Toreo puro”; el embarque con el cuerpo algo sesgado, echando la muleta adelante, y enganchando la embestida antes del cuerpo del lidiador. Y al igual que dijeran los grandes tratadistas, llevando al toro hasta rematarlo en la espalda, en pases de tres metros de longitud, no en esa miseria de medios pases para ligar que se ha impuesto en los tiempos que corren con salvadas excepciones. Al toro le costó seguir el engaño, pero el diestro le obligo: ya estaba sometido a su voluntad, ya había dominio, aunque no lo forzara en redondo. En la tercera tanda le dio dos soberanos derechazos, largos, templados, sentidos, dominadores y hubo un magnífico cambio de mano, todo ello con el diestro colocado sobre un pitón, en buena posición. Y llegó la cuarta, antesala del momento que habría de encumbrarlo, con una serie más discreta, dentro de la calidad, y un esplendoroso pase del desprecio que arrancó un ¡olé! De lo más profundo del corazón. Y cogió la izquierda; la mano de la verdad, aquella donde no cabe aumentar el pico –acaso algo mostrado en los inicios-, y salieron unos muletazos al natural soberbios, largos, con uno fantástico en la primera serie zurda. Y en la siguiente vimos otro estupendo pase de pecho como remate tras un farol y algún otro adorno. Habían sido seis series con la de tanteo en tablas. A la gente le supo a poco, pero Esplá, con sentido de la mesura, de lo que debe ser una faena, fue por la espada y nos regaló una última estocada en Madrid en la suerte de recibir, sonó un aviso -¡qué más da- y acertó con el segundo descabello en tablas. Y las dos orejas cayeron, y dio dos vueltas al ruedo entre aclamaciones, y acabó abriendo esa puerta grande de Las Ventas entre gritos de ¡torero, torero! ¿Cabe algo más grande en el día de su despedida madrileña? ¿Se puede lograr mejor broche a una carrera plena de autenticidad, entrega, sentido de la tauromaquia, apuesta por la historia y por la eternidad de un arte imperecedero?
Su primero se llamó Soleares, un toro de 558 kilos, negro listón, tocado y algo brocho, con poca culata, manso, y que acabó por rajarse a tablas y refugiarse en ellas. Le daría unas aceptables chicuelinas, y se gustó sacándolo al tercio en algún muletazo. Fue una faena de recursos e inteligencia, el toro se le venció en más de una ocasión, apretó a tablas, y al final sólo pasaría al hilo de ellas. Y lo entendió con esa inteligencia que siempre le ha caracterizado como consumado lidiador; y allí le sacó los pases como se debía, sin continuidad, pero siempre dominando la situación a pesar del vendaval que se levantó. Un pinchazo saliendo y una estocada entera, atravesada, con habilidad, tuvieron que completarse con cuatro golpes de verduguillo.
El resto del festejo apenas tuvo historia. A Morante le tocaron dos toros complicados que el público en su cegazón tauromáquica no supo ver. El primero pasaba por Esmerado, de 598 kilos, negro listón, delantero de armas, manso y peligroso –y no pongo lo de marrajo porque no me digan que es un escualo-. El bicho tenía las de Caín y Morante se dobló bien con él, dejando la rodilla entre los pitones en más de una ocasión al remate del pase de castigo; soplaba el viento molestando notablemente al torero, mientras el bicho cabeceaba, entraba culebreando y con la cara por las negras nubes que se ceñían sobre el coso. Pero es que eso lo había podido ver toda la plaza en banderillas, si es que se hubiesen fijado en ello…, y a pesar de esto mismo, le pitaron por hacer lo que tenía que hacer. ¡Qué publiquito, Dios mío! Le faltó al de la Puebla, tras doblarse, mostrar a los poco duchos que el toro tenía más que mala guasa, y como siguió doblándose las críticas fueron en aumento. Un par de miradas del diestro a la presidencia, por cambiar el tercio con el bicho crudo, don César, y a por la espada. Que clavó de mala manera: tres pinchazos a cual peor, y una baja y atravesada, con bronca final. El quinto era Entrador, un señor toro de 613 kilos, negro listón, tocado de puntas, manso, complicado y bajo de casta. Otro bicho con escasísimo juego, que levantaba la cabeza como si fuera a derrotar en las estrellas. Es verdad que no le templó, y que los pases salieron sucios en un porcentaje altísimo, pero la condición del bicho era la embestida brusca, sin clase, y el constante derrote arriba, siempre a la defensiva en su querencia hacia las tablas. Morante lo intentó, lo sacó al tercio –nuevos pitidos de los de Logse-, se dobló bien con él, acabó pasando de pitón a pitón por alto y bajo –ilustración a los que no sabía lo que hacía-, y lo mató de media estocada baja y atravesada escuchando ruido de buccinadores. No es que haya estado mal, es que con ambos toros no se podía estar bien.
Castella fue otra cosa. En su primer toro, Fogonero de mote, de 543 kilos, negro bragado, tocado, con culo de pollo, manso y peligroso, no se le ocurriría otra cosa que llevárselo a los medios, entre un auténtico vendaval, al lugar donde más sopla el aire. Y allí le daría cien trapazos enganchados, colándosele el toro contantemente, en parte por la mala intención, y en parte porque le enseñó latín y sánscrito, y se descubría siempre por la suciedad de los lances. ¡Y el público le aplaudió! ¡Hombre que es al revés!; aplaudan a Morante que hizo con al muleta lo que debía, y piten a Castella, que hizo lo que no debió hacer, intentando torear al peligroso a base de derechazos entre el huracán y en los medios! Hubo desarmes, hubo coladas, mantazos y al final le dejó media atravesada saliéndose de la suerte –nueva ovación en el sol-, dos desarmes al matador mientras descabellaba –hasta en cinco ocasiones-, un aviso y al final el toro se echó por su cuenta. ¡Fantástico! Otro tanto pasaría en el encastado sexto, un toro complicado de nombre Diamante, de 592 kilos, castaño, tocado, y aunque manso, con transmisión, acometividad, alguna brusquedad y ansia infinita de coger los engaños. Perdió terreno de manera exagerada con el percal –nuevos aplausos-, y comenzó al faena con dos pases cambiados en los medios, por la espalda, resultando algo embarullados los siguientes porque el toro reponía y buscaba. Toro para un lidiador, para someterlo, para poderlo, y probablemente tras de eso se hubiera entregado. No pudo con el toro Castella, y siguió dando los sempiternos derechazos y naturales, desde fuera de la rectitud las más veces, con mucho enganchón de muleta, con nuevos desarmes –al menos otro par de ellos-, para terminar encimista por ver si el toro se ahogaba. Un pinchazo caído, un aviso, otros dos pinchazos igual de feos y media más, también bajita, lo despenaron. ¡Pues hubo quien aplaudió al espada en el trasteo! ¡Para que vean ustedes! ¡Y eso tras ver torear a Luis Francisco Esplá! ¡Qué se le va a hacer!