Custodios de la belleza, capaces de hablar al corazón de la humanidad, de tocar la sensibilidad individual y colectiva, de suscitar esperanza. Palabras que ha dirigido Benedicto XVI a los artistas junto a un «llamamiento apasionado»: Sed conscientes de la gran responsabilidad de comunicar la belleza. Sed anunciadores y testigos de esperanza para la humanidad. No tengáis miedo de dialogar con los creyentes, como peregrinos hacia la Belleza infinita. Porque la fe no quita nada, sino que alimenta el genio artístico.
Belleza y esperanza: síntesis de la Capilla Sixtina, marco incomparable del encuentro del Papa, este mediodía, con los artistas de diversos países, culturas y religiones, o no creyentes, «pero deseosos de mantener viva una comunicación con la Iglesia católica y de no restringirlos horizontes de la existencia a la simple materialidad». Encuentro que se puede definir histórico, como la carta del pontífice artista, Juan Pablo II, al mundo del arte, o el encuentro de Pablo VI hace 45 años también ante el Juicio final de Miguel Ángel. En la estela de estos dos hitos se sitúa la cita de hoy.
Benedicto XVI repite el ardiente compromiso del Papa Giovanni Battista Montini: la amistad renovada de la Iglesia con los artistas, maestros en hacer accesible y conmovedor el mundo del espíritu, de lo inefable, de Dios.
Se relanza esta amistad con el apremio de un presente en el que decae la esperanza; es más: que se inclina a la desesperación, la desconfianza, la agresividad. De un mundo que además «corre peligro de cambiar su rostro a causa de la obra no siempre prudente del hombre, quien, en lugar de cultivar su belleza, explota sin conciencia los recursos del planeta en provecho de pocos -denuncia- y que no raramente hiere sus maravillas naturales».
La belleza es lo que puede devolver entusiasmo y confianza al alma humana. No se trata, dice el Papa, de simple estética, ni de fuga de la realidad. La belleza auténtica no es efímera ni superficial; es capaz de liberar al hombre de la oscuridad.
Pero con demasiada frecuencia se difunde una belleza ilusoria, superficial, aprisionadora. «Se trata de una belleza seductora, pero hipócrita -alerta-, que despierta la avidez, la voluntad de poder, de poseer, de atropellar al otro, y que pronto se transforma en su contrario, asumiendo las caras de la obscenidad, de la trasgresión o de la provocación, como un fin en sí misma».
En cambio la verdadera belleza se distingue por una función esencial que «consiste en comunicar al hombre una sacudida saludable que le hace salir de sí mismo -constata-, le arranca de la resignación, del acomodamiento diario; también le hace sufrir como un dardo que le hiere, pero precisamente de esta forma le despierta, abriendo de nuevo los ojos del corazón y de la mente, dándole alas e impulsándole hacia lo alto».
«Si aceptamos que la belleza nos toque íntimamente –exhorta el Papa-, nos hiera, nos abra los ojos, entonces redescubrimos la alegría de la visión, de la capacidad de percibir el sentido profundo de nuestra existencia, el Misterio del que formamos parte y del que podemos sacar la plenitud, la felicidad, la pasión del compromiso cotidiano».
Discurso aplaudidísimo en el que el Papa recuerda la Biblia como fuente de inspiración artística; y cita desde Platón a Simone Weil, o Dostoievski, para quien la humanidad no podría vivir sin la belleza, o la frase de Hermann Hesse: arte significa mostrar a Dios en cada cosa.
«El arte, en todas sus expresiones, cuando se sitúa ante los grandes interrogantes de la existencia, ante los temas fundamentales de los que deriva el sentido de la vida, puede asumir un valor religioso y transformarse en un itinerario de profunda reflexión interior y de espiritualidad», profundiza Benedicto XVI.
De ahí la afinidad y la sintonía entre arte y fe. Porque el camino de la belleza permite captar al Infinito en lo finito, a Dios en la historia de la humanidad. Esta es la capacidad del genio artístico. Por eso Benedicto XVI llama a los artistas a ser mensajeros de esta esperanza y a ser portavoces de una nueva colaboración, amistad y diálogo entre Iglesia y arte.