Martes, 09 febrero 2010
Actualizado a las 23:03h
Al comienzo del día del miércoles, 15 de julio
En su comentario matinal de hoy, Julio Rodrigo Peral, sacerdote y colaborador de la cadena COPE, reflexiona sobre la figura de San Buenaventura que celebramos en esta jornada.
Se celebra en este día quince de julio, la memoria del gran obispo y doctor de la Iglesia san Buenaventura. Las fiestas de los principales santos siempre merecen la pena ser recordadas y celebradas. Venerar a estos grandes hombres y mujeres es tomar conciencia de que vivimos en comunión con la Iglesia que ha triunfado y vive ya para siempre en el cielo, es mantener vivo nuestro deseo de disfrutar también de la vida eterna que Cristo promete a todos, es reconocer la grandeza y el ejemplo de sus vidas, obra de la fecundidad del Espíritu de Dios en la Iglesia, es expresar nuestra confianza en ellos, en su ayuda fraterna, en su intercesión ante Dios Padre por todos nosotros, y es, cómo no, aspirar a la perfección de vida que ellos vivieron
San Buenaventura nació en los Estados Pontificios en los inicios del siglo XIII. Al llegar a París a ampliar sus estudios conoció a los franciscanos. Fue precisamente el ambiente de vida evangélica de esta nueva orden, fundada años atrás por san Francisco de Asís, el que cautivó al joven Buenaventura. Él mismo lo explica: “Lo que más admiraba en la orden franciscana es que sus orígenes son como los de la Iglesia, que comenzó con sencillos pescadores de Galilea y acabó teniendo famosos doctores.”1
En 1243 ingresó en los franciscanos y dedicó su vida al estudio y la enseñanza de la teología. En 1257 fue elegido ministro general de la orden franciscana. Los diecisiete años de gobierno de Buenaventura son de gran actividad, estuvieron dirigidos a mantener la paz de la orden y a motivar la observancia de la regla, a la que consideraba como el mejor medio de renovación evangélica. Mientras tanto su tarea de escritor no cesó. “Como teólogo de la vida espiritual y teólogo de la vida franciscana, orienta todo a la contemplación. Es también la orientación profunda de todo su pensamiento teológico. El camino para llegar a ella es la suma simplicidad y la suma pobreza. Pobreza absoluta, pobreza penosa que conoce reales carencias de cosas materiales; pero la pobreza no es un ídolo a quien servir; no es un fin, sólo es un medio para llegar a la perfección. Ser pobre significa seguir desnudo a Cristo desnudo. Y esta pobreza es esencial a la vida franciscana.”2
En 1273, un año antes de su muerte, el Papa Gregorio X le nombró obispo y cardenal de la diócesis de Albano, quería contar con él para el Concilio de Lyón que había convocado. Mientras que se desarrollaba el concilio murió en la noche del 14 al 15 de julio de 1274. Nos queda de él, sus admirables escritos y su ardiente vida de caridad.
Nada más amigos, de todo corazón les deseo buenos días.
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