«Cantamos juntos, escuchamos la Palabra de Dios, nos escuchamos los unos a los otros mirando todos juntos hacia Cristo, y de este modo damos testimonio del único Cristo». Razones de la acción de gracias a la que invitó Benedicto XVI al caer la tarde del domingo, en su visita a la comunidad evangélica luterana de Roma.
El ecumenismo ha dado pasos importantes en los últimos años, pero no se han superado las divisiones culpables que impiden a católicos y luteranos beber del mismo cáliz y reunirse juntos en torno al mismo altar. Así lo subrayó el Papa hablando a la comunidad luterana de Roma, en la celebración en la que tomó parte en la Christuskirche. Y tal es una situación de pecado, advirtió Benedicto XVI, recordando sin embargo que la unidad no depende sólo de esfuerzos humanos, sino que es necesario fiarse del Señor con la oración en común, la meditación de la misma Palabra de Dios, la escucha recíproca y la mirada de todos hacia el único horizonte de Cristo, en quien la vida se convierte en un don para los demás. Es ésta –recalcó el pontífice- la ley fundamental del amor.
A su llegada a la iglesia evangélica luterana de Roma, inaugurada en 1922, el Papa fue recibido por el pastor de la comunidad, Jens-Martin Kruse. Juan Pablo II visitó este templo en diciembre de 1983, con motivo del quinto centenario del nacimiento de Lutero. Mientras el Papa y el pastor luterano se dirigían al altar, el coro, compuesto de luteranos y seminaristas católicos alemanes, entonó el «Jubilate Deo» de Mozart.
Tras el saludo de la presidenta de la comunidad luterana -en su mayoría alemana-, el pastor Kruse y el Papa pronunciaron sus respectivas homilías. Benedicto XVI es el segundo pontífice que predica en un lugar de culto evangélico desde tiempos de la Reforma de Lutero en 1507.
Durante su homilía, en alemán e improvisada, el Santo Padre afirmó: «Escuchamos tantas quejas por el hecho de que no hay nuevos progresos en el ecumenismo, pero tenemos que decir -y podemos decirlo con mucha gratitud- que ya se dan muchos elementos de unidad».
«No podemos contentarnos -subrayó el Papa- con los éxitos del ecumenismo de los últimos años, pues no podemos beber del mismo cáliz, ni podemos estar juntos alrededor del mismo altar».
«Esto -continuó- nos tiene que entristecer, pues es una situación pecaminosa, pero la unidad no puede ser fruto de los seres humanos; tenemos que encomendarnos al Señor, pues Él es el único que puede darnos la unidad. Esperamos que Él nos lleve a esta unidad».
Citando las palabras que había pronunciado el pastor Kruse, Benedicto XVI señaló que el primer punto de encuentro entre luteranos y católicos «debe ser la alegría y la esperanza que ya vivimos, y la esperanza de que esta unidad pueda ser más profunda».
Al final de la visita, el Papa obsequió a la comunidad luterana de Roma -formada por 350 fieles- una reproducción del mosaico de Jesucristo que se encuentra bajo el altar de la Confesión en la basílica vaticana de San Pedro.
El diario de la Santa Sede, «L’Osservatore Romano», ha publicado esta tarde un editorial de su director con las claves de esta visita pontificia. Por su interés lo traducimos íntegramente:
LOS GRIEGOS QUE QUIEREN VER A JESÚS
La visita de Benedicto XVI a la comunidad luterana de Roma ha confirmado una vez más aquello que Joseph Ratzinger, jovencísimo profesor en Freising, había descubierto leyendo con sus estudiantes los textos del tiempo de la Reforma: que entre cristianos divididos desde hace casi cinco siglos el patrimonio común es verdaderamente importante. Hasta el punto de representar una base que, profundizada y compartida, puede acercarles aún más. El cardenal Ratzinger lo había dicho ya en 1998, durante un encuentro con la misma comunidad evangélica de Roma, y desde entonces el acercamiento ha continuado. Tanto que el Papa ha repetido ahora que el primer punto no es la división, sino la alegría y la esperanza, porque la unidad ya existente puede y debe reforzarse.
Alegría y esperanza que se advirtieron con claridad en la conmovedora celebración común del domingo «Laetare», la «pequeña Pascua» («Klein-Ostern») recordada por el pastor Jens-Martin Kruse en su homilía sobre el inicio de la segunda carta a los Corintios; con acentos que en algunos momentos se han mezclado con la pronunciada por el obispo de Roma –acogido y saludado con gran cordialidad por la presidenta de la comunidad Doris Esch y por toda la asamblea- sobre el pasaje evangélico en el que Juan relata el deseo de algunos griegos de ver a Jesús. Durante una liturgia recogida y al mismo tiempo muy participativa, en la que la oración del pastor hacia la Cruz se alternó con la proclamación del Credo, cantos e invocaciones.
Precisamente el tiempo litúrgico que prepara la Pascua y los pasajes de la Escritura leídos recuerdan a los cristianos que alegría, esperanza y cruz –dijeron el pastor Kruse y Benedicto XVI- son realidades que siempre van unidas. Como unidos, y no uno junto al otro, deben caminar los cristianos. Sosteniéndose recíprocamente en las tribulaciones, subrayó significativamente el pastor. También en una situación de pecado, como es la de la división, herida que sólo puede curar el Señor: sólo contemplando a Cristo se puede de hecho llegar a la unidad, porque sólo Él puede realizarla, repitió el Papa en una explicación ejemplar y conmovedora del Evangelio.
Como los griegos que querían ver a Jesús, también hoy –afirmó Benedicto XVI- todo ser humano busca a Dios. Y también hoy el Resucitado puede llegar para todos «los griegos», esto es, para cada persona humana, en la Iglesia y fuera de sus confines visibles. Testimoniar esta realidad, de la cual muchos son tal vez inconscientes, y abrir así espacios a Dios en las sociedades que quieren olvidarlo o suprimirlo, es hoy la tarea principal de los cristianos. Una tarea que el Papa, el primero, ha asumido y que, con firme mansedumbre, a pesar de incomprensiones y ataques, continua recordando.
Giovanni Maria Vian