Jesús Luis Sacristán García, sacerdote y redactor de la cadena COPE, reflexiona en su comentario matinal de este Domingo Laetare, ya cercano a San José y al Día del Seminario, sobre la Parábola del Hijo Pródigo.
Buenos días a todos. Paz y Bien.
En el Evangelio de hoy, Cristo relata una Parábola a los fariseos y a la muchedumbre. Como siempre, Dios sorprende a la mente humana. Es la historia de un padre con dos hijos. El menor, siente que la vida es suya y le pide su parte de fortuna, para irse a gastarlo todo. La filosofía del vivir a tope, pero sin entrar en la responsabilidad, ni en las consecuencias que supone el desenfreno. No importa la conciencia interior, sino lo externo que es lo que se ve, según los postulados de un mundo laicista, en el que todo parece ponerse de su parte. Y el padre espera, agotado por el paso del tiempo, pero no pierde la esperanza, a diferencia de Israel que no aguarda a Moisés y se fabrica un becerro de oro, en sustitución del Dios Vivo y Verdadero. Una súplica que el Cielo tendrá en cuenta cuando llega el tiempo de hambre. Un periodo que los místicos, como bien apuntaba San Juan de la Cruz en sus escritos, lo llamarán La Noche Oscura del alma. Lo bueno del mundo pasa, lo divertido de la moda se diluye, y queda un mal recuerdo, un querer olvidar. Hasta aquí pueden resonar en nuestros oídos las palabras del Papa Benedicto XVI: “La crisis económica del mundo, hunde sus raíces en la crisis moral y de valores, así como en el relativismo religioso”. Pero ahí sigue la Providencia para brindarnos su ayuda. Caer es propio de todos, levantarse sólo de valientes. Como este hijo que, valientemente, se funde en un abrazo con el padre que le aguarda. Sólo viene, tras reflexionar, a ser el último de los jornaleros. Pero el padre es espléndido y le perdona, acogiéndole en la dignidad de hijo. No como el hermano mayor, molesto por la fiesta que se hace, e incapaz de acoger al que humanamente hablando, era un excluido, pero providencialmente es el hallado con vida.
En este Domingo Laetare y cercano ya el Día del Seminario, en la Fiesta de San José, el Señor nos invita a orar por los seminaristas y sacerdotes, para que su ministerio sea el abrazo, entre Dios y los hombres, promoviendo la cultura de la vida, preludio de la Pascua futura.