No hace falta emprender un viaje a antaño para que a uno le duela España como a Unamuno, sino que ya se encarga hogaño de conservar el dolor y de consentirlo hasta hacer de éste tu compañero de camilla en el lecho de muerte. No les falta razón a ese sinfín de trovadores modernos o cursis cantantes de pop que en sus audiciones rezan que hay amores que matan. Porque la devoción sentida y hecha carne a modo de homenaje a la nación más vieja de Europa-España- pasa a ser, en más de una ocasión, de una costumbre sana a ese elixir mortífero preparado con jugo de cicuta.
La cruda realidad se pone de relieve cuando a los adversarios del orden no les son del todo cercenadas las alas para volar, convirtiéndose en una afrenta pública con impunidad para hacerse respetar a la par que amenazan y menoscaban a su prójimo. Y así es cuando en las redes sociales, el espectro de la ignominia etarra se adjudica un elenco de espacios donde adquirir representación política y eso, que sus siglas ya han sido manifiestamente ilegalizadas. Les convido a surfear por Facebook para que contemplen atónitos como Batasuna, ANV y sucedáneos viven, colean y dan coletazos a todo aquel que ose arremeter contra su ilegítima existencia. En más de una ocasión, he pinchado con el ratón sobre la opción denunciar y la atención prestada ha sido omisa. ¿Acaso no se reconocen los derechos individuales de las personas?. A esto anexémosle el agravante de que se ha puesto de moda hacer propaganda partidista por este lugar, lo que me lleva a malpensar que no se han tomado ap enas cartas en el asunto.
Visto lo visto, las apariencias me dan a entender que se está deslindando la vida en sociedad en dos submundos, como si la comunicación on-line y lo cotidiano fueran vidas diferentes, cuando la red no es otra cosa que el retrato de las personas sin sus rasgos faciales. Por consiguiente, me atrevo a denunciar, desde esta oportunidad que me ha sido brindada, la inviolabilidad de estos colectivos.