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PANTALLA GRANDE

Las mejores películas de 2011

OCIO. Jerónimo José Martín y Juan Orellana, presentadores del programa Pantalla Grande, hacen un resumen de lo mejor que nos ha dejado este 2011 en lo que a cine respecta. Encabeza la lista la última película de Terrence Malick, El árbol de la vida. Pasen y vean...

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J.J.M./J.O. - 27-12-11

La crítica cinematográfica en La Linterna por Jerónimo José Martín, presentador junto a Juan Orellana de Pantalla Grande:

El árbol de la vida (The Tree of Life) ***** (9,5). Por el momento, este quinto largometraje de Terrence Malick (“Malas tierras”, “Días del cielo”, “La delgada línea roja”, “El nuevo mundo”) ha ganado la Palma de Oro en Cannes y el Premio de la Crítica Internacional (Fipresci). Se trata de un drama con fuerte acento autobiográfico, en el que el poco prolífico cineasta texano, de origen sirio libanés, exprime casi todas las posibilidades narrativas, poéticas, discursivas e incluso místicas del cine, hasta lograr una impresionante plegaria fílmica a Dios, con ecos de Tarkovski, Dreyer, Bergman, Kieslovski, Wenders y el Stanley Kubrick de “2001, una odisea del espacio”. De hecho, esta película es homenajeada por la antológica banda sonora de Alexandre Desplat, que se completa con espléndidas piezas de numerosos compositores clásicos. Encabeza el filme la cita bíblica completa del “Libro de Job” 38: 4-7: “¿Dónde estabas cuando Yo cimentaba la tierra? / Explícamelo, si tanto sabes….”. Y, a continuación, una voz femenina sienta las dos coordenadas de la historia: “Hay dos caminos que puedes seguir en la vida: el de la naturaleza y el de la Gracia”, mal traducido al español como “el de lo divino”. Y explica que el camino de la Gracia no teme desagradar ni huye de los sacrificios y los insultos. Mientras que el camino de la naturaleza tiende a la autocomplacencia y la autoafirmación sobre los demás. A esos dilemas se enfrenta en los años 60-70 del siglo pasado una mujer católica practicante de Waco, Texas, la Sra. O’Brien (Jessica Chastain). Y clama a Dios con desgarradora sinceridad, pues se siente incapaz de sortear la desesperación ante la muerte del pequeño de sus tres hijos, quizás en la Guerra de Vietnam. “Ahora está en manos de Dios”, la consuela su esposo, el también católico Sr. O’Brien (Brad Pitt). “¿Pero no ha estado siempre en sus manos?”, le responde ella con pasmosa lucidez. Una angustia similar a la de la Sra. O’Brian atenaza ya en nuestros días a su hijo mayor, Jack (Sean Penn), un insatisfecho ejecutivo de éxito, que ansía reencontrarse con sus raíces y con Dios. Para ello, rememora con Él su infancia y adolescencia (Hunter McCracken), iluminadas por las felices correrías con sus hermanos R.L. (Laramie Eppler) y Steve (Tye Sheridan), y ensombrecidas por su progresivo alejamiento de su padre, un hombre íntegro, piadoso y cordial, pero voluntarista, que trata a sus hijos con excesivo rigorismo, lanzando sin querer a Jack a sus primeros pecados conscientes. Malick detiene entonces esas dos tramas principales —que después desarrolla hasta el apoteósico desenlace—, e ilustra con imágenes las primeras reclamaciones de sus personajes a la misericordia divina. Para ello, despliega durante veinte minutos una fascinante sinfonía visual y sonora, a través de la que imagina la creación del universo por Dios —representado como una llama ardiente—, desde el Big Bang hasta la extinción de los dinosaurios. Todo el pasaje hipnotiza con su música excelsa y sus poderosas metáforas naturalistas, al tiempo que subraya el desbordante amor de Dios y el carácter singular del ser humano, como señor y guardián de la creación por designio divino. Malick articula formalmente esos temas existenciales y religiosos a través de un guión fragmentado y sincopado, con muy pocos diálogos estrictos y abundantes silencios y pensamientos en off, dirigidos a la propia conciencia y a Dios. Y expresa unos y otros con tal belleza literaria y hondura moral, que logra conmover hasta la lágrima. En este sentido, hay que aplaudir las excelentes interpretaciones, más presenciales que verbales. Brad Pitt y Sean Penn están impecables; pero destacan especialmente el niño debutante Hunter McCracken —sobre el que descansa gran parte del metraje— y la californiana Jessica Chastain, la actriz de moda tras protagonizar esta película, el notable thriller “La deuda” y la magnífica tragicomedia “Criadas y señoras”. Por su parte, la contemplativa cámara de Malick —sublimada por la cautivadora fotografía de Emmanuel Lubezki—, vuela de un sitio a otro con permanente sustancialidad, logrando implicar progresivamente al espectador en su audaz propuesta, desde los apabullantes grandes planos abstractos de la creación del universo, hasta insuperables primerísimos planos de detalle, pasando por momentos aparentemente prosaicos, a los que arranca emoción y profundidad gracias a una planificación muy esmerada. Queda así un conmovedor canto a la vida y una verdadera obra maestra, tanto en su utilización de los recursos fílmicos como en su valiente inmersión en la naturaleza trascendente pero herida del ser humano. Una inmersión para nada New Age y profundamente cristiana —y, en concreto, católica—, que afronta algunos de los perfiles más nucleares y complejos del ser humano, como la paternidad, la filiación y la hermandad, la Gracia y el pecado, la fe y la voluntad, el sentido purificador del sufrimiento, el poder redentor del amor —“Si no sabes amar, tu vida pasará como un destello”—, la verdadera alegría de vivir, la Iglesia como sacramento de salvación y, finalmente, el arrepentimiento y el perdón como caminos de plenitud de la libertad humana y de la providencia divina.

The Artist ***** (9). Para sorpresa y perplejidad del espectador medio, se estrena una obra maestra muda, en blanco y negro y en formato 1:33, como las películas de la primera mitad del siglo XX. “The Artist”, dirigida por el francés Michel Hazanavicius (“OSS 117: El Cairo, nido de espías”, “OSS 117, perdido en Río”), afronta la carrera de los Oscar con no pocas posibilidades, tras su paso triunfal por Cannes y San Sebastián, donde ganó el Premio del Público. La película se concibe como un espléndido homenaje al cine mudo, al musical, al glamour de la edad de Oro del cine y al romanticismo limpio y luminoso de aquel cine. El argumento en sí no es original: un actor (Jean Dujardin), estrella del cine mudo, se ve eclipsado con la llegada del sonoro, mientras que triunfa la actriz a la que ama (Bérénice Bejo). Así, la película entronca con grandes títulos como “El crepúsculo de los dioses”, de Billy Wilder, o “Cantando bajo la lluvia”, de Stanley Donen. El actor Jean Dujardin hace un espléndido trabajo —por el que ganó la Palma de Oro al mejor actor en Cannes 2011—, seguido de cerca por Bérénice Bejo —esposa del director— y un formidable John Goodman. La dirección artística es tan austera como soberbia, y la banda sonora de Ludovic Bource es un verdadero tributo a aquella época. La cinta está llena de homenajes y guiños cinéfilos, con momentos visuales memorables, un guión inteligente y un desarrollo lleno de emoción. Sin duda, estamos ante una obra maestra. J. O.

De dioses y hombres (Des hommes et des dieux) ***** (9,5). En mayo de 1996, siete monjes cistercienses del Monasterio de Nôtre-Dame del Atlas, en Tibhirine, Argelia, fueron secuestrados y asesinados por fundamentalistas islámicos. A partir de los testimonios de dos supervivientes, esta sensacional película describe la vida cotidiana en esa pacífica comunidad católica durante los tres años previos a ese cruento desenlace, que es eludido por las imágenes. De este modo, el espectador es testigo de la sencilla vida de los monjes, marcada por la liturgia en común, la oración personal, el estudio teológico, el trabajo manual y la atención de un modesto dispensario médico, al que acuden numerosos habitantes de los pueblos vecinos, la mayoría musulmanes. Con minuciosidad de entomólogos, Xavier Beauvois y Etienne Comar van cincelando en su guión las diversas personalidades de cada uno de los monjes, que son puestas a prueba cuando comienzan a actuar diversos grupos radicales islámicos. Entonces, muchos amigos que tienen por la zona y los violentos militares aconsejan a los monjes que abandonen la abadía y retornen a Francia. Algunos de los religiosos piensan también que ésa es la mejor solución. Otros dudan. Y varios consideran que su vocación les ha llevado hasta allí, de modo que huir sería una cobardía. La situación adquiere perfiles trágicos cuando son asesinados varios obreros croatas católicos a pocos kilómetros del monasterio. Tras dirigir las discutibles Según Matthieu y No olvides que vas a morir, el francés Xavier Beauvois da un giro inesperado, y resuelve de un modo magistral el complejo desafío que suponía De dioses y hombres, una de las mejores películas de la última década y digna heredera de otros filmes franceses de honda espiritualidad católica, como Diálogos de carmelitas, Thérèse, Adiós, muchachos, Ponette, El gran silencio o Vete y vive. En Cannes 2010, la película ganó el Gran Premio del Jurado y el Premio Signis de la Asociación Católica Mundial para la Comunicación, y ahora representa a Francia de cara al Oscar al mejor filme en lengua no inglesa. Todas las interpretaciones son espléndidas, y la contemplativa puesta en escena, fluida y sustancial, vivifica un guión casi perfecto. Así, se afrontan con rotunda profundidad temas tan delicados como la caridad frente al fanatismo, o el poder redentor de la oración —mostrada en varias impresionantes secuencias a lo Dreyer—, o el sentido del sufrimiento y de la muerte en el contexto de la vocación personal a la santidad como amor incondicional a Dios. Unas ideas que quedan esculpidas en esa conmovedora declaración del anciano hermano Luc: “No tengo miedo de los insurgentes; menos aún del ejército. No tengo miedo de la muerte. Soy un hombre libre. En mi larga vida he tratado con todo tipo de personas, incluidos los nazis y hasta el mismísimo diablo”. J. J. M.

En un mundo mejor (Hævnen / In a Better World) **** (8,5). Apadrinada por Lars Von Trier y su Zentropa Films —con la que ha producido todas sus películas—, la danesa Susanne Bier se ha convertido en una de las voces más poderosas y profundas del cine contemporáneo. Se dio a conocer con dos películas notables: “Te quiero para siempre” (2002) —realizada según los postulados ultranaturalistas del Movimiento Dogma 95— y “Hermanos” (2004), que ha sido objeto de un reciente “remake”, dirigido por Jim Sheridan. Y después, Bier se consolidó con dos verdaderas obras maestras: “Después de la boda” (2006) —candidata al Oscar 2006 al mejor filme en lengua no inglesa— y “Cosas que perdimos en el fuego” (2007), su primer trabajo en Estados Unidos, producido por Sam Mendes. En todas ellas, Bier afronta, con una fuerza y una hondura inusitadas, temas de gran calado, como la unidad familiar, el sentido del sufrimiento, el valor la caridad, el desafío de la libertad, la lucha de la razón para dominar los instintos, la ayuda de la providencia… En su nueva película, “En un mundo perfecto” —Oscar 2011 al mejor filme en lengua no inglesa—, sigue profundizando en esos temas al tiempo que afronta específicamente las raíces de la violencia en el mundo actual y la creciente dificultad para hacer valer ante ella una cultura de la paz y la caridad. Anton (Mikael Persbrandt) es médico, y divide su tiempo entre una idílica ciudad danesa y un mísero campo de refugiados en África, tiranizado por un brutal mafioso local, que disfruta maltratando a las embarazadas. Anton y su esposa Marianne (Trine Dyrholm) tienen dos hijos, llevan un tiempo separados y se están planteando el divorcio, aunque a ninguno de los dos le gusta la idea. El mayor de sus hijos, Elias (Markus Rygaard), un bondadoso chaval de diez años, sufre el constante acoso de unos crueles compañeros de clase. Hasta que un día, un nuevo alumno, Christian (William Jøhnk Nielsen), le defiende violentamente. Inteligente y decidido, Christian acaba de trasladarse a Dinamarca desde Londres con su padre, Claus (Ulrich Thomsen), tras la muerte de su madre a causa de un cáncer. Christian no ha superado esa pérdida, y se ha convertido en un chico reservado y agresivo. Esto marcará dramáticamente su incipiente amistad con el sencillo y pacífico Elias, sobre todo cuando se involucran en una peligrosa espiral de venganzas. Como todas las películas de Susanne Bier, “En un mundo mejor” se mueve en todo momento en el filo de la navaja, arriesgándose a caer en la exageración melodramática o en el ridículo. Pero, a la postre, los dolorosos esfuerzos del agresivo niño Christian y del pacífico adulto Anton, por controlar sus instintos más animales y salir de los infiernos de su propia fragilidad, llenan el metraje de una humanidad desbordante, conmovedora, que se queda instalada por mucho tiempo en las entretelas del alma. Y también tocan fibra, aunque en menor medida, la perplejidad moral de Claus —incapaz de comprender y ayudar a su hijo— y de Marianne, cuyo amor propio se cruza inamovible en el camino de la reconciliación con su arrepentido marido. El oxígeno lo pone el inocente y desvalido Elias, cuya bondad acaba conquistando el corazón de todos los personajes. Bier articula esta fascinante propuesta de fondo a través de una densa puesta en escena, más bien hiperrealista, pero de impactante planificación y suavizada con un inteligente empleo simbólico de los diversos ambientes donde transcurre la acción: gélidos, los nórdicos; calurosísimos, los africanos. Y, en todo caso, su realización se pone al servicio de unos actores sensacionales —tanto los niños como los adultos—, que aportan a sus personajes una veracidad y una emotividad desgarradoras.

Criadas y señoras (The Help) **** (8). El actor Tate Taylor se pone detrás de las cámaras para dirigir una película de éxito protagonizada por Emma Stone, Viola Davis, Bryce Dallas Howard, Jessica Chastain y Octavia Spencer, entre otras. Esta película supone la adaptación de la primera novela de Kathryn Stockett, “The Help”, un relato con elementos autobiográficos situado en Jackson, Mississippi, la misma ciudad que vio nacer a la escritora. Se trata de un melodrama social enmarcado en las luchas por los derechos civiles de los negros en el Mississippi de los años 60. Concretamente, se refiere al mundo de las criadas domésticas, en el que no pocas mujeres eran sometidas a sistemáticas humillaciones y desprecios racistas. La protagonista, Skeeter (Emma Stone), una blanca de veintidós años, consciente de la ausencia de reconocimiento social de esas mujeres, decide ayudarlas desde su campo, el del periodismo. Para ello necesita la colaboración de dos criadas que tienen mucho que contar, Aibileen (Viola Davis) y su amiga Minny (Octavia Spencer). A pesar de lo manido del tema, la película es fresca, está bien contada y maneja con acierto y generosidad el pulso emotivo de tramas y personajes. Sin embargo, este buen oficio se desluce algo por un guión muy maniqueo, poblado de personajes extremados: la tonta muy tonta, la mala muy mala, la simple muy simple, etc. Este esquematismo le hace perder a la historia verosimilitud y fuerza moral. Afortunadamente los personajes de Skeeter, Aibileen y Minny son más ricos en matices, y compensan algo la simplicidad de ese coro de secundarios tan histriónico. Por otra parte, la película mejoraría con un metraje más reducido. A pesar de todo, el film gusta y funciona, y propone un camino humano de superación del enfrentamiento racial, haciendo apología del perdón y la reconciliación en un sentido cristiano. J. O.

Nader y Simin, una separación (Jodaeiye Nader az Simin) **** (8). Simin (Leila Hatami) y Nader (Peyman Moaadi) son un matrimonio de Teherán que, junto a su adolescente hija Termeh (Sarina Farhadi), se plantean abandonar Irán en busca de una vida mejor. Pero, finalmente, Nader desiste para no abandonar a su padre (Ali-Asghar Shahbazi), que padece Alzheimer y vive con ellos. Enfadada, Simin solicita el divorcio y, al serle denegado, se muda a vivir con sus padres. Las cosas se complican cuando Nader, que se queda con la hija, contrata a una musulmana ultraortodoxa, Razieh (Sareh Bayat), para ayudarle con el cuidado de su padre. Una negligencia de esta mujer, que está embarazada y oculta su trabajo a su fanático marido Hodjat (Shahab Hosseini), provoca un dramático cruce de demandas, que complica todavía más la delicada situación de ambas familias. Este espléndido quinta largometraje del iraní Asghar Farhadi (“A propósito de Elly”) ganó el Oso de Oro a la mejor película en el último Festival de Berlín; y el conjunto de sus actores y actrices fue galardonado con el premio a la mejor interpretación masculina y femenina del certamen. Quizás cabe reprochar al guión —del propio Farhadi— un excesivo fatalismo en la acumulación de desgracias de los personajes; un recurso narrativo, por otra parte, muy habitual en el mejor cine iraní. De todas formas, a través de ese abigarrado entramado de desgracias, Farhadi desarrolla una lúcida radiografía de la soberbia, el egoísmo y la mentira como causas principales de las rupturas familiares y las tragedias cotidianas, subrayando de paso sus dramáticas consecuencias en los hijos que, en esas circunstancias, a veces se muestran más maduros que sus propios padres. El director iraní articula estos sugestivos elementos narrativos a través de una fluida puesta en escena hiperrealista, cuya desbordante veracidad se refuerza con las excelentes interpretaciones de todos los actores, especialmente de Leila Hatami, Peyman Moaadi y Sarina Farhadi, que dan vida a la familia protagonista. Además, acierta plenamente al no cargar las tintas en ningún personaje, ni siquiera en los más extremados, y al darles oportunidad a todos de expresar sus propias motivaciones ante los dilemas que padecen. La película se llena así de una atractiva humanidad, que ni idealiza ni demoniza, y que acaba ganándose totalmente al espectador.

Happythankyoumoreplease **** (8,5). El joven escritor Sam Wexler (Josh Radnor) se despierta tarde, y con resaca, para asistir a una importante reunión en una de las editoriales más prestigiosas de Nueva York. De camino, se encuentra en el Metro con un perdido niño afroamericano, Rasheen (Michael Algieri). Tras intentar sin éxito localizar a la familia de adopción del pequeño, Sam se hace cargo de él y decide llevarlo a su cita, que acaba en un estrepitoso fracaso. La singular situación se complica todavía más cuando Sam se enamora perdidamente de Mississippi (Kate Mara), una hermosa camarera y cantante. Además, justo en ese momento le piden ayudan sus mejores amigas. Por un lado está Annie (Malin Ackerman), que padece alopecia, se ha quedado completamente calva, está deprimida y no sabe qué hacer con un compañero del trabajo, también llamado Sam (Tony Hale), que le lanza los tejos. Y por otro, le pide consejo Mary Catherine (Zoe Kazan), una joven que se ha quedado embarazada y no se atreve a decírselo a su novio Charlie (Pablo Schrieber). Similar en sus planteamientos a otras recientes películas “indies” de calidad —como “Pequeña Miss Sunshine”, “Lars y una chica de verdad”, “Juno”, “The Visitor” o “Once”—, “Happythankyoumoreplease” supone el sobresaliente debut como director y guionista del actor Josh Radnor, famoso por su papel de Ted Mosby en la serie “Cómo conocí a vuestra madre”. Con esta singular tragicomedia romántica, ganó el Premio del Público en el Festival de Sundance 2010 y está cosechando unas críticas excelentes. No es para menos, pues en ella Radnor afronta casi todos los grandes temas del cine actual: la triste soledad del individualismo, la necesidad de abrirse a los demás a través del amor y la amistad, la vacuidad del sexo como simple satisfacción del instinto, el sentido profundo del sufrimiento, la maternidad como culminación de la feminidad y verdadera autoafirmación de la mujer… Y lo hace con la frescura, luminosidad e incorrección política de los filmes antes citados, y con la incisiva inteligencia del mejor Woody Allen, pero sin su apolillado cinismo. Todo esto se traduce en un guión sensacional, lleno de situaciones emotivas y réplicas y contrarreplicas chispeantes, que llenan de humanidad a los personajes y facilitan el lucimiento de un reparto que transmite autenticidad en todo momento, con el propio Radnor como entrañable líder del grupo. Por otra parte, su cámara se pone plenamente al servicio de la historia, integra a la propia ciudad de Nueva York como un personaje más y se deja envolver por la sugerente banda sonora de Jaymay, completada por varias canciones preciosas, que subrayan hábilmente los afilados conflictos dramáticos y morales. Queda así una pequeña gran película, que confirma la buena forma de una nueva generación de cineastas independientes, que saben nadar a contracorriente de la deshumanizadora ideología dominante.

Margin Call *** (7,5). Un espectacular reparto es el reclamo de una película tan solvente en su guión como en su dirección de actores. “Margin Call” está escrita y dirigida por el debutante J.C. Chandor, y fue muy bien recibida en los pasados Festivales de Berlín y de Sundance. Kevin Spacey, Paul Bettany, Jeremy Irons, Demi Moore o Stanley Tucci son algunos de los intérpretes de esta disección del lado oscuro de Wall Sreet. Concretamente el argumento se centra en un banco de inversión durante las horas previas al inicio de la crisis financiera de 2008. Peter Sullivan (Zachary Quinto), un analista jovencito, revela una información que demuestra la quiebra de la empresa, lo que origina una toma de decisiones en cadena tanto morales como financieras, que producen un terremoto en las vidas de los implicados y en todo el sistema bursátil y financiero. Con un guión de hierro, que recuerda el de obras maestras como “Glengarry Glenn Ross”, de David Mamet, la película convierte casi en un “thriller” un argumento económico y empresarial, y consigue que los conflictos humanos y morales vayan emergiendo hasta situarse en el primer nivel de la trama. Las reflexiones que nos brindan los personajes, especialmente el magnate John Tuld (Jeremy Irons), quintaesencia del capitalismo salvaje, son realmente inquietantes y vuelven a poner sobre la mesa lo que ya nadie duda: la crisis, antes de ser económica, ha sido moral. Un tempo medido, un montaje preciso, un espacio y un tiempo propios para cada personaje, y una amplia gama de grises, que despejan cualquier tentación maniquea, dan por resultado una película sólida, no ideológica, impactante. Se nota que el director sabe de qué habla gracias a su padre, y este filme debería ser de obligatorio visionado en las facultades de Económicas y Empresariales. J. O.

Verbo *** (7). En el pasado festival de Sitges, el cortometrajista Eduardo Chapero-Jackson debutó en el largo con “Verbo”, un original cuento urbano financiado por Telecinco y protagonizado por Alba García, Miguel Ángel Silvestre, Verónica Echegui y Najwa Nimri. Sara es una chica de catorce años solitaria, incomprendida, que intuye que la realidad es algo más que lo que la sociedad le ofrece, que hay algo más detrás de la apariencia. Pero como nada ni nadie comparte su intuición, Sara ha perdido el gusto por la vida. Su esperanza renace cuando cree encontrar a alguien que sí parece entender su corazón. Pero no sabe dónde encontrarlo. Sólo conoce su nombre, Liriko, y los “graffitis” que le deja por toda la ciudad. La película hace de Sara un símbolo de cierto tipo de adolescente actual, desmotivado, poco comunicativo, sin horizonte ni ideal, que frecuentemente fracasa escolarmente y que en no pocas ocasiones trata de acabar con su vida. Eduardo Chapero-Jackson intenta mirar esta realidad desde dentro, desde la perspectiva del adolescente mismo, y entenderla, diagnosticarla y ofrecer —también desde dentro— un camino de salida. El director mira al interior de Sara con ternura, a partir de una hipótesis positiva, y la compara con Don Quijote, un hombre —Alonso Quijano— que, insatisfecho del mundo que le rodea, se refugia en su imaginativo mundo interior y desde él trata de cambiar el mundo. El aspecto formal de la película tiene la estructura de un “graffiti”, o de un videoclip de “hip-hop”: se da una deconstrucción narrativa en la que realidad y onirismo son inseparables. Este tratamiento arriesgado dota a la película de una cierta irregularidad, tanto en el desarrollo dramático como en su tono general. Pero este defecto se vadea aceptablemente gracias al hipnótico atractivo de Sara, pilar indiscutible del filme. Estamos, pues, ante una película original, enormemente interesante, muy valiente en sus planteamientos, con una vertiente educativa y social de indudable valor. Una película que seguramente sea vapuleada por no ser suficientemente comprendida. J. O.

Encontrarás dragones (There Be Dragons) **** (8,5). Esta película recrea libremente la vida de San Josemaría Escrivá de Balaguer (Charlie Cox) durante la Guerra Civil española, y la entrecruza con la degradación moral de Manolo (Wes Bentley), un imaginario amigo suyo de la infancia y juventud. San Josemaría funda el Opus Dei en 1928, forma a sus primeros miembros y sortea con ellos la persecución religiosa desencadenada en la zona republicana. Y en paralelo, Manolo abandona el seminario, pierde la fe y se convierte en un hombre amargado y violento, que se infiltra en una columna anarquista como espía de las tropas franquistas. Su hosco carácter dificultará sus intentos de conquistar el corazón de Ildiko (Olga Kurylenko), una joven húngara de las Brigadas Internacionales, que está fascinada con Oriol (Rodrigo Santoro), el carismático líder del destacamento. Narra la historia, desde 1982, el hijo de Manolo, Robert (Dougray Scott), un periodista inglés que prepara un reportaje sobre San Josemaría, y que no se habla con su padre desde hace años. Esta nueva superproducción internacional —mayoritariamente española— del londinense Roland Joffé ofrece un complejo pero sólido guión, un generoso trabajo de ambientación, una vibrante puesta en escena y unas interpretaciones brillantes, sobre todo la de Charlie Cox, que da vida a San Josemaría. De este modo, el director de “Los gritos del silencio” y “La misión” afronta la Guerra Civil desde una perspectiva izquierdista discutible —a su fresco le faltan matices y le sobra algún tópico—, pero que funciona muy bien como metáfora de cualquier conflicto armado, y subraya de un modo certero la necesidad de superar la desgarradora inercia ideológica de las dos Españas a través del arrepentimiento y el perdón. En concreto, frente al odio fratricida que generan las ideologías materialistas y ateas —el comunismo, el nazismo y el fascismo—, el filme exalta con inteligencia y emotividad el sentido de la filiación divina, la consiguiente caridad hacia todos los hombres y la santidad en la vida ordinaria; todos ellos, temas centrales del cristianismo y coordenadas específicas de la Prelatura del Opus Dei. Una gran película, polémica sin duda, pero valiente y necesaria.

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Brad Pitt protagoniza El árbol de la vida, la mejor película del año para Jerónimo José Martín y Juan Orellana

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