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PANTALLA GRANDE

La crítica de los estrenos del fin de semana

OCIO. Análisis de los estrenos de cine de esta semana: “También la lluvia”, “Cartas al Padre Jacob”, “Camino a la libertad”, “Los próximos tres días”, “Las aventuras de Sammy”, “No controles” y “Como la vida misma”.

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MM. Ramos / J.J.M. - 07-01-11

La crítica cinematográfica en La Linterna por Jerónimo José Martín, presentador junto a Juan Orellana de Pantalla Grande:

También la lluvia **** (8). Desde su debut en “El Sur”, de Víctor Erice, la madrileña Icíar Bollaín ha mantenido su carrera como actriz mientras se consolidaba como directora y guionista a través de cuatro cortos y cuatro largometrajes: “Hola, ¿estás sola?” (1995), “Flores de otro mundo” (1999), “Te doy mis ojos” (2003) y “Mataharis” (2007). Ahora confirma su talento en “También la lluvia”, su filme más arriesgado, que ha rodado en Bolivia a partir de un guión del inglés Paul Laverty, su pareja en la vida real y guionista habitual de Ken Loach. Por el momento, la película compite por España para el Oscar al mejor filme en lengua no inglesa, y es candidata a los Premios José María Forqué de EGEDA a mejor película y actor (Luis Tosar). El pragmático productor de cine Costa (Luis Tosar) y el idealista director Sebastián (Gael García Bernal) llegan en marzo de 2000 a Cochabamba, Bolivia. Allí quieren rodar una película de época sobre la llegada de Colón (Karra Elejalde) a América, bastante crítica con la conquista y evangelización. Pero el rodaje, en principio tranquilo y barato, se complica cuando estalla el descontento ciudadano por la privatización del agua, que incluso prohíbe a la gente recoger el agua de lluvia. Lo peor de todo es que el líder de los manifestantes es el inquieto Daniel (Juan Carlos Aduviri), que interpreta en la película a Hetuey, el altivo líder indígena. Quizás la película peca de un indigenismo complaciente, cede demasiado a la leyenda negra sobre la conquista de América y flirtea peligrosamente con la Teología de la Liberación. Pero, en realidad, esos posibles defectos quedan atenuados por la lúcida crítica del guión a la hipocresía del progre Costa —que explota a los indígenas como lo hacían los conquistadores— y por su elogio de la defensa de los derechos humanos de los indios por parte de Fray Bartolomé de las Casas y el sacerdote Antonio Montesinos. Unos eclesiásticos que sentaron las bases del Derecho Natural y el Derecho Internacional, más tarde sintetizadas por Francisco de Vitoria y otros teólogos de la Escuela de Salamanca. Además, la inteligente puesta en escena de Icíar Bollaín, de gran vigor narrativo y visual, pasa de puntillas por los lugares comunes y las más obvias reivindicaciones políticas —por ejemplo, del populismo de Evo Morales—, para subrayar sobre todo los afilados dilemas morales de los personajes, todos ellos interpretados con una convicción memorable, En este sentido, destaca la esmerada caracterización de Luis Tosar, la visceral interpretación de Karra Elejalde —en su mejor papel hasta la fecha— y la poderosa presencia del boliviano Juan Carlos Aduviri, que llena la pantalla cada vez que aparece. Queda así una poderosa película, muy de cinefórum, tanto por los importantes temas que afronta como por su arriesgado ejercicio de trazar constantes paralelismos entre el pasado y el presente, y entre la ficción y la realidad.

 

Cartas al padre Jacob (Postia pappi Jaakobille) **** (8). Leila (Kaarina Hazard) es una ruda mujer finlandesa condenada a cadena perpetua por asesinato. Tras doce años en la cárcel, recibe el indulto y acepta a regañadientes trabajar como asistente del Padre Jacob (Jukka Keinonen), un solitario pastor luterano, anciano y ciego, que ayuda espiritualmente a decenas de personas rezando por ellas y respondiendo metódicamente a todas las cartas que le envían. Poco a poco, la austera y sacrificada religiosidad del Padre Jacob irá ablandando el endurecido corazón de la cínica mujer, que guarda celosamente unas cuantas heridas aún sangrantes. A través de un escueto argumento —aparentemente más apropiado para un cortometraje—, el finlandés Klaus Härö (“Elina”, “Mother of Mine”) consigue un pequeña gran obra, ampliamente premiada y digna heredera de los mejores dramas religiosos y existenciales del sueco Ingmar Bergman y del danés Carl Theodor Dreyer. Härö mima a sus excelentes actores a través de una serena y luminosa puesta en escena, que le permite desplegar poco a poco los sutiles matices dramáticos y morales de sus personajes, arrancando por el camino un puñado de secuencias magníficas, marcadas por una emotividad y una sinceridad arrebatadoras. El tono es realista, de modo que ni idealiza la vida del pastor ni desdramatiza la tragedia de la asesina, aunque oxigena hábilmente todas las situaciones con un inteligente sentido del humor, muy sutil. Logra así imprimir a fuego en el espectador su exaltación de la caridad cristiana, de la alegría del arrepentimiento y del perdón, y de la necesidad de la fe, la oración, la dirección espiritual y la gracia divina. Todo ello, sin estridencias espiritualistas ni enfáticos sermones; sólo con la cautivadora autenticidad de unos personajes verdaderamente de carne y hueso.

 

Camino a la libertad (The Way Back) *** (7). Siberia, 1940. Durante una ventisca nocturna, que cubre sus huellas, siete prisioneros de diversas procedencias y personalidades escapan del terrible gulag donde estaban prisioneros. Son un valiente oficial polaco, un cínico estadounidense, un pastelero y dibujante ucraniano, un sacerdote letón, un matón ruso y una misteriosa chica polaca, que se encuentran por el camino. Su objetivo es caminar hasta algún territorio no comunista, quizás la India. De modo que deberán recorrer miles de kilómetros y atravesar tundras heladas y desiertos asfixiantes. Todo ello, casi si comida ni equipo. Siete años después de la espléndida “Master and Commander”, el veterano cineasta australiano Peter Weir (“Gallipolli”, “Único testigo”, “El Club de los Poetas Muertos”, “El Show de Truman”) retorna a la gran pantalla con un intenso relato de supervivencia, libremente inspirado en unos hechos reales muy discutidos. El filme lanza una crítica rotunda a las crueles represiones estalinistas —que generaron millones de muertos y desplazados—, y goza de unas magníficas interpretaciones, especialmente de Jim Sturgess y Ed Harris. Además, su vigorosa puesta en escena está atenta a los detalles pequeños al tiempo que aprovecha la grandiosa belleza de los parajes naturales en los que han rodado. El único problema del filme es que su desarrollo resulta previsible, pues se parece mucho al de otras películas de evasiones. De todas formas, está muy por encima de la media.

Los próximos tres días (The Next Three Days) *** (7). Un hombre lleva en su coche a alguien malherido que parece morir durante el trayecto. La acción retrocede tres años en el tiempo y relata el drama del conductor de ese vehículo, John Brennan (Russell Crowe), un pacífico profesor de la Universidad de Pittsburg, felizmente casado y con un niño pequeño, Luke (Ty Simpkins). La vida de John da un giro radical cuando su esposa Lara (Elizabeth Banks) es detenida, juzgada y condenada a 20 años de prisión por un asesinato que ella asegura no haber cometido. Desesperado, cuando agotan finalmente las diversas apelaciones judiciales, John toma la decisión de liberar a su esposa de la cárcel como sea. Para ello, pide asesoramiento a Damon (Liam Neeson), un ex convicto, que se fugó de la cárcel en siete ocasiones y escribió un best seller con su historia. En este remake de la película “Pour elle” (2008), del francés Fred Cavayé, el guionista y director canadiense Paul Haggis (“Crash”, “El Valle de Elah”) confirma sus dotes para la dirección de actores y para el desarrollo de intrigas policíacas y familiares de alto voltaje, aderezadas aquí con varias secuencias de acción bastante bien resueltas. Quizás Haggis alarga y espesa demasiado la trama, fuerza la verosimilitud de algunas situaciones y nunca alcanza la conmovedora vibración visual y dramática de las mejores secuencias de “Crash”. Sin embargo, con la impagable potencia de Russell Crowe —sensacional en su interpretación a media voz— y el inquebrantable amor de su personaje hacia su esposa, lleva a buen puerto esta notable película a lo Hitchcock, que no pasará a los anales del thriller, pero que capta la atención del espectador de principio a fin.

 

Las aventuras de Sammy. Un viaje extraordinario (Sammy’s avonturen: De geheime doorgang) *** (7). Esta entretenida y espectacular coproducción europea en animación 3D estereoscópica relata las andanzas por todo el mundo de la tortuga Sammy desde su nacimiento hasta su madurez. El animador y documentalista belga Ben Stassen (“Vamos a la luna”) imita con habilidad y agilidad el filme de Pixar “Buscando a Nemo” para ofrecer una notable aventura para todos los públicos, con una animación de altísima calidad, una espléndida banda sonora, y un guión muy divertido y enriquecedor en sus planteamientos ecologistas y pedagógicos. No es de extrañar que haya hecho una gran taquilla en los países europeos donde se ha estrenado.

 

No controles *** (6,5). Por culpa de una potente nevada, Sergio (Unax Ugalde), su ex novia Bea (Alexandra Jiménez), el pesado humorista amateur Juancarlitros (Julián López) y otros tipos singulares deberán pasar la Nochevieja en un hotel de las afueras de Bilbao. Tras el notable éxito de “Pagafantas”, el donostiarra Borja Cobeaga mejora su eficaz fórmula humorística en esta alocada comedia, malhablada y un poco soez, pero llena de personajes entrañables, que afrontan conflictos dramáticos de entidad.

Como la vida misma (Life As We Know It) ** (5,5). Aunque se llevan fatal, la hiperresponsable y ordenada Holly (Katherine Heigl) y el ligón y frívolo Eric (Josh Duhamel) aceptan vivir juntos y compartir la custodia de la hija de un año de un joven matrimonio amigo de ambos, que acaba de fallecer en un accidente de coche. El mensaje de la película es positivo, y sus populares actores se esfuerzan por estar graciosos y, a la vez, hacer creíbles los sugerentes matices dramáticos de sus arquetípicos personajes. Pero su elogiable afán choca con un guión demasiado tópico —hasta en sus gruesas concesiones a la ideología de género— y con una puesta en escena muy rutinaria, a cargo de Greg Berlanti (“El club de los corazones rotos”).

 

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