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En 'La Tarde'

"A los 10 años era capaz de usar una pistola o un AK47"

Un marero nos cuenta como salió de la Mara 18, una de las más peligrosas del país 

 

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De niño quería ser Ingeniero en Sistemas para aprender a desarmar estructuras, pero lo primero que aprendió fue a desarmar una nueve milímetros. A la Mara 18 llegó Agustín Coroy cuando apenas tenía 10 años. Tuvo que huir de su familia. A su llegada a la pandilla encontró el amor y la confianza que no tenía en su familia. Nunca sintó el cariño de sus padres. Por culpa de estos problemas se tiró a la calle, se hizo drogadicto y pasó más de 14 años rodeado de violencia dentro de esta mara. Una de las más peligrosas del país. Por fortuna logró recomponer su camino. Ha formado una familia y ayuda a otros jóvenes a no entrar en estos grupos que atemorizan el país. Hay un dato demoledor, la media de edad de las pandillas es de 15 años. 

"A los 10 aprendí a usar una pistola y un AK 47"

En el especial de 'La Tarde' desde Guatemala hemos estado con Agustín para contarnos su paso por la Mara 18: "Cuando yo entré era un chiquillo, después de grandes golpes en mi casa, decidí echarme a la calle. Ahí conocí a muchos jóvenes qe se drogaban. Empecé a involucrarme con ellos. Ese fue el momento en el que mi vida cambió". A los 9 años Agustín ya formaba parte de la estrucutra de la pandilla: "Mi primer arma fue una 38 cromada, y a los 10 aprendí a usar una pistola y un AK 47". En su cabeza siempre tenía presente a su familia, por lo mal que se lo hicieron pasar. Llegó incluso a pensar en matarlos: "En una ocasión fuí a asesinarlos, me paré en la puerta de casa y no lo pude hacer. Dios tenía un propósito y me dijo para y paré". 

ESCUCHA LA ENTREVISTA COMPLETA | Agustín Coroy, Linda Amezquita y Nancy Sajvin en 'La Tarde' desde Guatemala

Si hay algo que identifique a las maras, eso son los tatuajes: "Sigo teniéndolos pero no me los puedo quitar por normas de las pandillas. Si te los quitas te matan". El recuerdo siempre quedará grabado, tanto por los tatuajes como por las heridas de guerra: "Tengo una herida de bala en el pie, luego perdí el 50% del ojo izquierdo por culpa de una granada. Al fin y al cabo heridas por todo el cuerpo". 

El problema más grande es encontrarle salida a la violencia. Agustín lo consiguió: "Lo primero que hice fue enfocar que Dios me podía echar una mano. Gracias a una iglesia yo dije que no. Por primera vez cuando yo cambié, le dije a Dios que no quería ser el mismo. Sentí lo que años atrás no sentía". En su cuerpo solo tenía odio y rencor. Tenía alrededor de 22 años cuando salí, había pasado 14 años dentro de la pandilla".

"Si todos cambiamos nuestra actitud, cambiaremos el país"

Agustín logró encaminar su vida y formó una familia: "Ahora tengo cuatro hijos, la mayor tiene 10 años. Es una bendición. Ahora cuando miro a mis hijos trato de abrazarlos y darles el amor que yo nunca tuve de mis padres". Trata de darles lo mejor, ya que desgraciadamente el nunca tuvo esa oportunidad: "Les doy consejos, amor, todo lo que necesiten. Con ellos me he hecho un amigo, he logrado generar esa confianza con ellos".

Ahora que tiene controlada su vida sueña con un país en paz y sin violencia: "Nosotros no ponemos límites, lo importante es que todos nos unamos para cambiar el país. El deseo tiene que salir de todos. Si todos cambiamos nuestra actitud, cambiaremos el país". 

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