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Misa del Pilar en Zaragoza

El Pilar es la identidad de Zaragoza y Aragón

Monseñor Jiménez Zamora
Monseñor Jiménez Zamora

A las 11 en punto de la mañana daba comienzo la Santa Misa en la Basílica del Pilar en Zaragoza, presidida por el Arzobispo de la Diócesis Zaragozana, Monseñor Vicente Jiménez Zamora. Durante la Homilía, Monseñor Jiménez Zamora, evocó la presencia d ela Virgen que vino en carne mortal y viene ahora a ayudar a los creyentes y gentes de buena voluntad: Bendita y alabada sea la hora en que María Santísima vino en carne mortal a Zaragoza. Por siempre sea bendita y alabada. Queridos hermanos: Estamos reunidos en torno a la mesa de la Eucaristía, en esta grandiosa Catedral Basílica, para celebrar la fiesta de la Virgen del Pilar, Patrona de Zaragoza, de Aragón y de la Hispanidad. La solemnidad de hoy, 12 de octubre, ha estado preparada por la tradicional novena organizada por el Excmo. Cabildo Metropolitano y predicada por distintos canónigos. Felicito al Cabildo y le doy las gracias. La Basílica del Pilar es hoy ascua de amor mariano: cuatro torres encendidas como llamas elevadas al cielo; fervor de amor y perfume de gratitud en la multitudinaria ofrenda de flores. Los caminos de Aragón y de España desembocan hoy en este  bendito Templo. María ha elegido y santificado este lugar con su presencia, para que en él resida su nombre por siempre (cfr. 1 Re 9, 3). Este es el texto que figura en latín en el tambor de esta cúpula mayor que contemplamos. Liturgia de la Palabra A la luz de la Palabra de Dios proclamada, Santa María del Pilar es el amparo de nuestra fe, el arca de la Nueva Alianza (1ª lectura, del libro primero de las Crónicas); maestra de los apóstoles reunidos en oración en la espera de Pentecostés (2ª lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles); mujer proclamada por su Hijo bienaventurada, porque escuchó la palabra de Dios y la cumplió (Evangelio, según San Lucas). En la homilía quiero ofrecer este mensaje: La Virgen vino, viene y vendrá a Zaragoza. Vino. Según una piadosa y venerable tradición, en los albores de la predicación evangélica del apóstol Santiago el Mayor, Patrón de España, la Virgen vino en carne mortal a Zaragoza, en el año 40 de nuestra era cristiana, y dejó un signo de su presencia, que es la sagrada columna o pilar, que hoy veneramos y sobre el que se levanta la pequeña y bendita imagen, ceñida con la espléndida corona de oro. Desde esa bendita hora en el siglo primero, tenemos como guía la sagrada columna, pilar de Aragón, que nunca ha faltado al pueblo ni de día ni de noche (cfr. Ex 13, 21-22). Así nos lo recuerda la inscripción en la plaza del Pilar, convertida en corazón de la ciudad. Desde su conversión, los primeros cristianos levantaron una capilla en honor de la Virgen María, a las orillas del Ebro. “La primitiva y pequeña capilla, con el correr de los siglos, se ha  convertido hoy en una basílica grandiosa que acoge, como centro vivo y permanente de peregrinaciones, a innumerables fieles que, desde todas las partes del mundo, vienen a rezar a la Virgen y a venerar su Pilar”. “La devoción al Pilar tiene una gran repercusión en Iberoamérica, cuyas naciones celebran la fiesta del descubrimiento de su continente el día 12 de octubre, es decir, el mismo día del Pilar. Como prueba de su devoción a la Virgen, los numerosos mantos que cubren su sagrada imagen y las banderas que hacen guardia de honor a la Señora ante su santa capilla testimonian la vinculación fraterna que Iberoamérica tiene, por el Pilar, con la patria española. Abierta la basílica todo el día, jamás faltan fieles que llegan al Pilar en busca de reconciliación, gracia y diálogo con Dios” Evocar la historia no es nostalgia del pasado o regodeo narcisista. Es vivir el memorial de una tradición, que llega viva hasta nosotros. El Pilar es la identidad religiosa, espiritual, social y cultural de Zaragoza y de Aragón. Sin atenerse a las raíces del pasado, los pueblos y las gentes no saben de dónde vienen ni a dónde van. La historia es la que otorga espesor e identidad a la existencia. No hay proyecto sin historia ni utopía sin memoria. “Esta herencia de fe mariana de tantas generaciones  –  decía el Papa San Juan Pablo II en su estancia en Zaragoza, el 6 de noviembre de 1982  –  ha de convertirse no sólo en recuerdo, sino en punto de partida hacia Dios. Las      oraciones y sacrificios ofrecidos, el latir vital de un pueblo, que expresa ante María sus seculares gozos, tristezas y esperanzas, son piedras nuevas que elevan la dimensión sagrada de una fe mariana”. Viene. Aquí y ahora, en este momento de nuestra historia llena a la vez de incertidumbres y de esperanzas. Viene y nos ofrece a su Hijo Jesús. “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo nace y renace la alegría” (EG 1). Viene para que nuestra Diócesis de Zaragoza sea una Iglesia misericordiosa, servidora y pobre. “La Iglesia, guiada por el Evangelio de la misericordia y por el amor al hombre, escucha el clamor por la justicia y quiere responder a él con todas sus fuerzas” (EG 188). El Papa Francisco nos exhorta a que nuestras parroquias sean comunidades samaritanas, verdaderos hospitales de campaña, capaces de salir a las periferias del dolor para sanar las heridas, curar y dar calor. Vendrá. Para ayudarnos a construir un mundo más justo, solidario y fraterno, más allá de los propios intereses personales, ideológicos y partidistas. Vendrá para alentarnos a todos los fieles de Zaragoza a realizar nuestra Programación Pastoral Diocesana de este curso 2016-2017. Nos animará a ser una Iglesia Diocesana en salida y conversión. Hará camino con nosotros para “desarrollar una pastoral misionera: al encuentro de las personas (especialmente de los jóvenes y de las familia), con nuevos lenguajes” y para “cultivar el encuentro personal con Dios y vivir el seguimiento de Jesucristo”. Los “tiempos recios” que vivimos requieren, como decía Santa Teresa de Jesús, “amigos fuertes de Dios”, capaces de dar testimonio auténtico de su fe. Si, desde el principio, la llamada a anunciar el Evangelio ha sido urgente: “Id y anunciad el Evangelio”(Mc 16, 15), el momento actual de secularización que vivimos nos empuja a un anuncio renovado de la Buena Noticia de Jesús a nuestros vecinos, a todos aquellos que se sienten lejos de Dios y de la Iglesia, a los temerosos e indiferentes, a los desencantados y, también, a todos los que nos sentimos llamados, día tras día, a renovar nuestro encuentro personal y comunitario con Cristo. Súplica final Hoy, Madre del Pilar, en el día grande de tu fiesta, venimos  ante tu imagen bendita, con las flores de un deseo y, parafraseando la súplica que hizo el Papa San Juan Pablo II en Zaragoza, en tu corazón dejamos los afanes de quienes, desde la vida pública, procuran honradamente la prosperidad de todas las personas; de quienes, al servicio de la verdad, informan y forman rectamente la opinión pública; de cuantos, en la política, en la milicia, en las labores sindicales        o en el servicio del orden ciudadano, prestan su colaboración honesta en favor de una justa, pacífica y segura convivencia. Te encomendamos la fidelidad y abnegación de los sacerdotes; la vocación de nuestros seminaristas; la gozosa entrega de las monjas en los claustros; el servicio de los miembros de vida consagrada, religiosos y religiosas, según sus carismas; las necesidades de nuestras familias; el dolor de nuestros enfermos; el compromiso temporal de los laicos que trabajan por el Reino de Cristo en estas tierras. Con el pan y el vino de la Eucaristía, convertidos en el cuerpo y en la sangre del Señor, andaremos el camino de renovación de nuestra Iglesia. ¡Nuestra Señora del Pilar, ven con nosotros al caminar! Virgen Santa del Pilar, aumenta nuestra fe, consolida nuestra esperanza y aviva nuestra caridad. Amén. + Vicente Jiménez Zamora Arzobispo de Zaragoza

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