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MISA DE LA DIVINA MISERICORDIA Y REGINA COELI

Francisco recuerda que la resignación no es cristiana e invoca a la Madre de Misericordia

A las 10.30 de la mañana daba comienzo en la Plaza de San Pedro la Misa, presidida por el Papa Francisco. El Pontífice ha celebrado al Santa Misa en el marco del II Domingo de Pascua, día de la Divina Misericordia, último día de la Octava Pascaul, también denominado "in albis", ya que los bautizados en la Noche Santa de Pascua, entraban sin las vestiduras blancas al Templo en este día.

Papa Francsico en la Misa y el Regina Coeli
Redacción Religión
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En su homilía en este Segundo Domingo de Pascua y Domingo de la Misericordia, el Papa Francisco nos recuerda que nosotros le cerramos las puertas a Dios. La puerta de la vergüenza, de la resignación y la del pecado.

Lee aquí la Homilía del Papa.

El Papa recordó que en el Evangelio de hoy aparece varias veces el verbo ver: «Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor»; luego, dijeron a Tomás: «Hemos visto al Señor». Pero el Evangelio no describe al Resucitado ni cómo lo vieron; solo hace notar un detalle: «Les enseñó las manos y el costado». Es como si quisiera decirnos que los discípulos reconocieron a Jesús de ese modo: a través de sus llagas. Lo mismo sucedió a Tomás; también él quería ver «en sus manos la señal de los clavos» y después de haber visto creyó.

A pesar de su incredulidad, el Santo Padre dijo que debemos agradecer a Tomás que no se conformara con escuchar a los demás decir que Jesús estaba vivo, ni tampoco con verlo en carne y hueso, sino que quiso ver en profundidad, tocar sus heridas, los signos de su amor. También nosotros los cristianos tenemos también la necesidad de “ver a Dios”, de palpar que él ha resucitado por nosotros. Y lo vemos, a través de sus llagas. Al mirarlas, ellos comprendieron que su amor no era una farsa y que los perdonaba, a pesar de que estuviera entre ellos quien lo renegó y quien lo abandonó. Entrar en sus llagas es contemplar el amor inmenso que brota de su corazón. Es entender que su corazón palpita por mí, por ti, por cada uno de nosotros. Pidamos hoy, concluyó el Papa, que como Tomás la gracia de reconocer a nuestro Dios, de encontrar en su perdón nuestra alegría, en su misericordia nuestra esperanza.

Antes de la Bendición final y de la oración a nuestra Madre celestial, el Santo Padre agradeció a los fieles y peregrinos que participaron en esta celebración, en particular a los Misioneros de la Misericordia, congregados para este encuentro, a quienes agradeció por sus servicios.

Recordando que, del 8 al 11 de abril de 2018, se realizará el Segundo Encuentro con los Misioneros de la Misericordia con el Papa Francisco, organizado por el Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización. Se esperan más de 550 Misioneros de la Misericordia, procedentes de los 5 continentes, para este 2º encuentro con el Santo Padre, dos años después de la institución de este Ministerio especial durante el Jubileo de la Misericordia.

Asimismo, el Papa Francisco expresó sus cordiales saludos a nuestros hermanos y hermanas de las Iglesias Orientales que hoy, según el calendario juliano, celebran la Solemnidad de Pascua. “El Señor resucitado – dijo el Pontífice – los llene de luz y de paz, y consuele a las comunidades que viven en situaciones particularmente difíciles”.

Además, el Santo Padre dirigió un saludo especial a los Gitanos y a los Sintis presentes en la Plaza de San Pedro, con ocasión de su Día Internacional, el “Romanò Dives”. “Deseo paz y hermandad a los miembros de estos antiguos pueblos – señaló el Pontífice – y auguro que la jornada hodierna favorezca la cultura del encuentro, con la voluntad de conocerse y respetarse recíprocamente. Es este el camino que lleva a una verdadera integración. Queridos Gitanos y Sintis, oren por mí y oremos juntos por vuestros hermanos refugiados sirios”.

Antes de concluir su alocución, el Papa Francisco saludó a todos los demás peregrinos presentes en esta celebración, a los grupos parroquiales, a las familias, a las asociaciones; y a todos invitó a ponerse bajo el manto de María, Madre de la Misericordia.

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