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Ángelus del domingo, 29 de enero de 2017

Francisco agradece a los niños su empeño en construir la paz

Papa Francisco. Foto: Reuters
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Miles de peregrinos han acudido a las 12 del mediofía a la Plaza de San Pedro para rezar el Ángelus con el Papa Francisco en este domingo, 29 de enero, IV del Tiempo Ordinario y Jornada Mundial de la lucha contra la Lepra. En su alocución, el Pontífice ha reflexionado sobre las Bienaventuranzas que se proclaman en el Evangelio de hoy: Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! La liturgia de este domingo nos hace meditar sobre las Bienaventuranzas (Cfr. Mt 5,1-12a), que abren el gran discurso llamado el “de la montaña”, la “magna charta” del Nuevo Testamento. Jesús manifiesta la voluntad de Dios de llevar a los hombres a la felicidad. Este mensaje estaba ya presente en la predicación de los profetas: Dios está cerca de los pobres y de los oprimidos y los libera de cuantos los maltratan. Pero en esta predicación, Jesús sigue un camino particular: comienza con el término “bienaventurados”, es decir, felices; prosigue con la indicación de la condición para ser ello; y concluye haciendo una promesa. El motivo de la bienaventuranza, es decir, de la felicidad, no está en la condición pedida – «pobres de espíritu», «afligidos», «los que tienen hambre y sed de justicia», «perseguidos»… – sino en la sucesiva promesa, de recibirlo con fe como don de Dios. Se parte de la condición de dificultad para abrirse al don de Dios y acceder al mundo nuevo, el «reino» anunciado por Jesús. No es un mecanismo automático, sino un camino de vida de seguimiento del Señor, por la cual la realidad de dificultad y de aflicción es vista en una perspectiva nueva y experimentada según la conversión que se actúa. No se es bienaventurado si no se ha convertido, en grado de apreciar y vivir los dones de Dios. Me detengo en la primera bienaventuranza: «Felices los pobres de espíritu, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos» (v. 4). El pobre de espíritu es aquel que ha asumido los sentimientos y las actitudes de los pobres que en su condición no se rebelan, sino saben ser humildes, dóciles, disponibles a la gracia de Dios. La felicidad de los pobres – de los pobres de espíritu – tiene una doble dimensión: en relación a los bienes y en relación a Dios. En relación a los bienes, a los bienes materiales, esta pobreza de espíritu es sobriedad: no necesariamente renuncia, sino capacidad de gustar lo esencial, de compartir; capacidad de renovar cada día la maravilla por la bondad de las cosas, sin opacarse en el consumo voraz. Más tengo, más quiero; más tengo, más quiero: este es el consumo voraz. Y esto mata el alma. Y el hombre o la mujer que hacen esto, que tienen esta actitud “más tengo, más quiero”, no son felices y no llegaran a la felicidad. En relación a Dios es alabanza y reconocimiento que el mundo es bendición y que en su origen está el amor creador del Padre. Pero es también apertura a Él, docilidad a su señoría: ¡Él es el Señor, es Él el grande, yo no soy grande porque tengo muchas cosas! Es Él el que ha querido el mundo para todos los hombres y lo ha querido para que los hombres sean felices. El pobre de espíritu es el cristiano que no confía en sí mismo, en sus riquezas materiales, no se obstina en sus propias opiniones, sino escucha con respeto y sigue con gusto las decisiones de los demás. ¡Si en nuestras comunidades existieran más pobres de espíritu, existirían menos divisiones, contrastes y polémicas! La humildad, como la caridad, es una virtud esencial para la convivencia en las comunidades cristianas. Los pobres, en este sentido evangélico, se presentan como aquellos que tienen despierta la meta del Reino de los cielos, haciendo entrever que éste es anticipado en germen en la comunidad fraterna, que prefiere el compartir al poseer. Esto quisiera subrayarlo: preferir el compartir al poseer. Siempre tener el corazón y las manos así, no así. Cuando el corazón es así, es un corazón cerrado: que ni siquiera sabe cómo amar. Cuando el corazón es así, va por el camino del amor. La Virgen María, modelo y primicia de los pobres de espíritu porque totalmente dócil a la voluntad del Señor, nos ayude a abandonarnos a Dios, rico en misericordia, para que nos colme de sus dones, especialmente de la abundancia de su perdón. La cita mariana dominical del Papa culminó con un mensaje de paz abrazando a los chicos del mundo Renovándose, también en 2017, la tradicional peregrinación de la Caravana de la Paz, los chicos y chicas de la Diócesis del Papa llegaron a la Plaza de San Pedro, acompañados por sus padres y educadores. Y una vez más, una niña y un niño se asomaron al lado del Papa Francisco, a la ventana del estudio privado pontificio para proclamar su mensaje. Después de la oración a la Madre de Dios, el Papa Francisco recordó la 64 Jornada mundial de los enfermos de lepra, con un llamamiento a atender a los que padecen esta enfermedad y a luchar contra la discriminación. El Obispo de Roma reiteró su cercanía, una vez más, a las poblaciones de Italia central -  que siguen sufriendo las consecuencias del terremoto y del mal tiempo - y pidió que reciban el apoyo de las instituciones y la solidaridad de todos. «Queridos hermanos y hermanas Se celebra hoy la Jornada mundial de los enfermos de lepra. Esta enfermedad, aunque en disminución, es aún una de las más temidas  y afecta a los más pobres y marginados. Es importante luchar contra esta enfermedad, pero también contra las discriminaciones que genera. Aliento a cuantos están comprometidos en socorrer y en la reinserción social de las personas afectadas por la lepra, por las cuales aseguramos nuestra oración. Quisiera renovar también mi cercanía a las poblaciones de Italia central que siguen sufriendo las consecuencias del terremoto y de las difíciles condiciones atmosféricas. Que no falte a estos nuestros hermanos y hermanas el apoyo de las instituciones y de la solidaridad de todos. Me dirijo ahora a ustedes, chicos y chicas de la Acción Católica, de las parroquias y de las escuelas católicas de Roma. También este año, acompañados por el Cardenal Vicario, han venido para culminar la Caravana de la Paz, cuyo lema es Rodeados de Paz. Gracias por vuestra presencia y por vuestro generoso empeño en construir una sociedad de paz. Escuchemos el mensaje que leerán vuestros amigos, aquí a mi lado…» Luego, como símbolo de paz, se soltaron y dejaron volar numerosos globos de colores

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