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Jean-Marie Lustiger, el cardenal de la razón

Antonio R. Rubio Plo

En agosto se han cumplido diez años de la desaparición de una de las figuras más importantes de la Iglesia francesa y, en definitiva de la universal, en la segunda mitad del siglo XX: el cardenal Jean-Marie Aron Lustiger, arzobispo de París. De origen judío y bautizado a los catorce años, su vida transcurrió por encrucijadas complejas: la ocupación alemana de Francia, las tensiones de la guerra fría, el posconcilio, la revuelta estudiantil de mayo del 68, el pontificado de san Juan Pablo II, la caída de los regímenes comunistas… Fue el gran renovador de la Iglesia de Francia, y de él queda mucho más que los meros recuerdos a disposición de los investigadores que consulten los voluminosos archivos del Institut Lustiger. En sus escritos encontramos claves, en las se combinan el estudio de la Escritura y la sencillez de corazón, para el diálogo con la modernidad, la posmodernidad o las religiones no cristianas. En los textos escritos, en los videos o en las grabaciones del cardenal Lustiger se hacen evidentes esa mezcla de inteligencia penetrante y de auténtica humildad que fascinaron a sus interlocutores.

A mí me gusta llamarle el cardenal de la razón. La amaba tanto que quería salvarla de sí misma, al igual que san Juan Pablo II, deseaba salvarla de su autodestrucción, pues la razón puede cegarse y cometer errores. En su libro-entrevista, La elección de Dios, el cardenal Lustiger desconcertaba a uno de sus interlocutores, Jean-Louis Missika, al relacionar la divinización de la razón con el nazismo y el estalinismo. Sin embargo, Lustiger no estaba inventando nada: tanto Hitler como Stalin se consideraban hombres científicos, racionales… El cardenal tan solo pretendía poner de manifiesto que el ejercicio de la razón humana está manifiestamente sometido a la ilusión y al error. En una conferencia pronunciada en la Academia de Ciencias Morales y Políticas en 1985, Lustiger señalaba que había que desplegar la Razón (lo escribía con mayúsculas) en toda su plenitud, pero a condición de ser curada y salvada.

Generalmente la razón suele identificarse con la sabiduría humana. Lustiger, miembro de la Academia Francesa, no rechazaba esta sabiduría en nombre de un fideísmo desencarnado. Al igual que Pascal, no estaba de acuerdo en dos excesos muy comunes: excluir la razón, y no admitir más que la razón. Tan solo pretendía recordar a sus interlocutores que existe una suprema sabiduría del amor, la sabiduría divina, que está llamada a formar parte de la sabiduría humana. Lustiger estaba en lo cierto, pues el amor está inscrito en el corazón del ser humano, con independencia de que sea creyente o no. Desde esta perspectiva, se entienden bien estas palabras del cardenal: “La verdadera razón está por encima de la razón”.

No es exagerado afirmar que la solidez de la razón ha sido minada por lo que algunos consideran una manifestación suprema de la libertad: el relativismo moral. En los textos de Lustiger no hay alusiones explícitas al relativismo, pero sí aparece a menudo la afirmación de un derecho y un deber: el de buscar la verdad. La mentalidad imperante lo considerará una ilusión, pero sería muy triste, en nombre de la “razón”, negar ese derecho y ese deber. Sobre este particular, en 1992, en una conferencia dirigida a abogados del colegio de París, el cardenal Lustiger señalaba: “Cabe preguntarse si la verdad existe y decir que solo es una ilusión. Pero desde ese momento, no hay ni justicia ni sociedad posibles”. Dicha búsqueda está vinculada a la libertad religiosa que, no por casualidad, es una piedra angular en el conjunto de los derechos humanos. Quienes pretenden reducir la libertad religiosa al ámbito de la vida privada, no siempre son conscientes de que el entero edificio de los derechos y libertades corre el riesgo de tambalearse.

En el cardenal Lustiger, la razón acepta el desafío de abrirse a la trascendencia, pero, en ningún momento, esto ha de servir de pretexto para efímeras pretensiones de reconstruir un reino de este mundo que vincule a Dios con el César. En este sentido, Lustiger, del mismo modo que Péguy, previene contra la tentación de transformar “la mística en política”.

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